¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 4 de mayo de 2007

LA RISA Y EL CUCHILLO (O EL TIRANO EN SU LABERINTO)

La polémica que desencadenó aquella aberración apologética que Henry Kamen publicó bajo el poco acertado título Felipe de España me sorprendió estudiando en la universidad. Recuerdo haber leído en aquel entonces una crítica de Mia Fernández Almagro, muy divertida, en la que, para acreditar los tres rasgos definitorios que ella adjudicaba a la personalidad del rey, recordaba que si le conocía tan bien era porque “no había pasado tantas horas con ningún otro hombre”.

Las tres características, -pasión por sus palacios, el deber, y la angustia- son en el fondo sucedáneos de lo que, de forma más vulgar, precipitada, alevosa y panfletaria, decía la Leyenda Negra. Creo que su sentido del deber, así como su profunda piedad, no debían manifestarse solamente en su compulsiva colección de reliquias, o en máximas del tipo “preferiría perder cien vidas si las tuviera, que gobernar sobre herejes”.



Acepto que la leyenda negra fue propaganda de sus opositores políticos, y disfruté leyendo la humanización que escribió Parker sirviéndose, entre otras fuentes, de las cartas a sus hijas. Sin embargo, creo que los congresos y publicaciones que conmemoraron el cuarto centenario de la muerte de Felipe II dejaron pendientes muchos puntos oscuros, y que si no arriesgamos un poco para explicarlos dejamos demasiado espacio a la especulación y propiciamos que otros se muevan en un absurdo limbo de imprecisiones y conjeturas.

En la última obra de nuestro insigne Antonio Gala hay una apasionante relación de los acontecimientos que conocemos como “Alteraciones de Aragón”, y una brillante apología de la sexualidad “a la italiana”. Algo desordenada, diríamos hoy. Hay también algunas páginas de elegante prosa, casi poética, y agudas reflexiones: “sé muy bien de qué está hecho” –dicta un ya anciano Antonio Pérez en un angosto e inventado manuscrito- “el pedestal de las estatuas”. Esta amargura con la que el supuesto texto de Antonio Pérez se refiere a la suciedad de la política, a los métodos con los que se conserva el poder, estremece al lector. Sin embargo, al final, la sangre (aún manchando muchas páginas) no llega al río. Y uno se queda pensando que –tratándose de fantasía, ficción- la accesibilidad del secretario a todas las covachuelas debería darnos, creo yo, unas postreras confesiones mucho más suculentas y truculentas.

Manuel Aylón no ha sido tan prudente como don Antonio: quizá por eso me he leído de un tirón, pese a algún error tipográfico y el tamaño ladrillo, “La conjura de El Greco”. Incluso me ha hecho reír (literalmente, de veras) el capítulo que imagina un encuentro de escabrosa intimidad entre doña Ana de Mendoza y su real “primo” (ella podría llamarle así). Aunque esta novela no escapa a esta moda tan extendida hoy de incluir en la trama oscuras maquinaciones de organizaciones secretas, mezcla con ingenio, destreza y originalidad el proceso del arzobispo de Toledo Bartolomé Carranza, el mensaje cifrado que Domenico Teotokopoulos deja en El entierro del Conde de Orgaz, el juicio de Verónica Franco en Venecia, Benito Arias Montano escondiendo misteriosos manuscritos en la biblioteca escurialense, los supuestos experimentos alquímicos del arquitecto Juan de Herrera, el misterioso encierro de Ana de Mendoza, y –cómo no- el asesinato de Escobedo en las oscuras calles que rodeaban el viejo Alcázar.

Vamos, que menos OVNIS sale de todo. Sin embargo, en mi opinión el reinado se merece las oscuras mezquindades y las audaces sospechas que proyecta la inteligente y emocionante trama de esta novela. ¿Acaso olvidamos la sórdida y secreta ejecución de Montigny? ¿No escribió Cabrera de Córdoba que de este rey “su sonrisa y su cuchillo eran confines”?. ¿Recordamos la hipocresía del rey al escribir las cartas desde el Bosque de Segovia negando lo que acababa de conceder al conde Egmont? ¿Y cómo este fiel vasallo, uno de los vencedores de San Quintín, fue decapitado por el Duque de Alba y su Tribunal de los Tumultos? ¿Olvidamos qué fue de Juan de Lanuza, o de los diputados de la Generalitat durante la crisis del excusado? ¿Y que el cuerpo de Juan de Austria viajó desde Flandes discretamente troceado, como nos cuenta Bartolomé Benassar en su biografía del bastardo guaperas?



Mientras los historiadores esperamos expectantes las pruebas que nos permiten mostrar nuestra infinita sapiencia y prodigiosa erudición, novelistas y aventureros conjeturan historias tenebrosas a costa de las sombras. Alguien tendrá que ensayar otro método distinto de la espera, y atreverse a sufrir la humillación de proponer una hipótesis descabellada y acabar concluyendo un "no" como una casa. Pero logrando así el progreso de la ciencia histórica, al menos, con un camino que ya no hará falta andar.

Fue Canovas del Castillo quien escribió que “Carlos I inspira entusiasmo, Felipe II respeto, Felipe III, indiferencia; Felipe IV, simpatía; y Carlos II, lástima”. A mi Felipe II en realidad me da más miedo que “La Matanza de Texas” en tres dimensiones y dolby-soround. Soy consciente que estoy desfasado, que desde Kamen vivimos tiempos de “Leyenda Rosa” y que por tanto toca retratar al rey cual brillante príncipe del Renacimiento, pese a que el exquisito repertorio de placeres propio de los tiempos de Leonardo y Miguel Ángel yacía inerte junto a tantas otras víctimas de las guerras de religión cuando Felipe II reinaba.

Me gustaría ver qué cara se les ponía a estos apologistas si su padre se dirigiera a un hereje camino del quemadero diciéndole, como escuchó el príncipe Carlos, que “yo mismo traería la leña para quemar a mi hijo si fuera tan perverso como vos”. A ver donde quedaba entonces la magnificencia, el mecenazgo, la admiración por los jardines de El Escorial y el renacimiento de marras. Pero mejor dejo al desdichado Don Carlos para la próxima semana...

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