¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 14 de enero de 2007

FEDERICO NO FUE EL ÚNICO (o las tres muertes de Don Miguel)


El poeta, escritor, filósofo y polemista Miguel de Unamuno murió tres veces. Es cierto que, biológicamente hablando, don Miguel fallecía en el "exilio interior" el 31 de diciembre de 1936 en Salamanca. Pero también lo es que, apenas dos meses antes, su vida peligró. Y es que aquel vasco pagó muy duro no estar "ni con los hunos ni con los hotros" aquel verano de 1936. Individualista, independiente, solitario, criticón, pendenciero y cascarrabias, había sido antimonárquico cuando el "rey perjuro" agotaba sus "crisis de Oriente", había sido desterrado por Primo de Rivera a Fuerteventura, y criticó duramente a la República cuando su lluvia de reformas le pareció más bien un chaparrón. ¡No se casaba con nadie, vamos!
Aquel verano de miedo le soprendió rector en Salamanca, cuartel general y orgía de sangre -como tantas, por otra parte- de los sublevados. Fue destituído de su cargo cuando saludó el golpe, pero los franquistas le repusieron... ¡para deponerle de nuevo tras el incidente del Paraninfo el doce de octubre!
No está claro el desarrollo del acto, ni las palabras exactas pronunciadas, porque las versiones están basadas en recuerdos posteriores, y son contradictorias en los detalles. Lo que sí está claro que mientras en el acto escuchaba las proclamas nacionalistas, Unamuno garabateaba precipitadamente la que sería su intervención. Constreñido por el "Viva la muerte" del general Millán Astray, se atrevió a responderle que "un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor". En ese momento, el mutilado legionario ya no pudo contenerse: "¡Mueran los intelectuales! -gritó-. ¡Viva la muerte!". Falangistas y legionarios respondieron a coro. Pero Unamuno logró imponerse sobre aquel griterío de brazos alzados: "Éste es el templo de la inteligencia. Y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha".
Nunca sabremos qué hubiera pasado si la esposa de Franco no le hubiera ofrecido su brazo para acompañarlo, abriéndose camino lentamente entre una multitud enfurecida, hasta el coche que le llevó a casa. ¿Le hubieran linchado aquellos vociferantes falangistas y ofendidos legionarios? Especulaciones aparte, parece claro que aquel día don Miguel también murió. Que aquel día sembraron en su corazón la semilla de la muerte. Cayó en desgracia, quedó proscrito, confinado (¿o protegido?) en su casa hasta fallecer el último día de aquel año terrible.
Me he acordado de aquel episodio al leer en Babelia que se reedita un libro ya clásico de Luciano G. Egido: todas las referencias sobre Agonizar en Salamanca: Unamuno julio-diciembre 1936 son excelentes. La de Babelia dice que "es el relato de la confusión de un viejo lleno de ideas y aislado en un mundo que no entiende de matices, en el cual la gente, ávida de consignas, prefiere matar antes que pensar".
Don Miguel nos debe mirar igual de desolado desde donde esté, porque recientemente en el PP volvieron a matarlo, usando su lema "Venceréis, pero..." contra la devolución a Cataluña de los legajos del Archivo General de la Guerra Civil de Salamanca. ¡Sus nietos y bisnietos tuvieron que dirigirse al partido para pedirles un poco de respeto, ya que don Miguel no compartiría las absurdas y cavernícolas consignas con los que el PP azuzaba viejas sensibilidades filofascistas!

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