¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

domingo, 17 de septiembre de 2017

LA LOCURA DE LA GUERRA EN LA ERA DE LA RAZÓN


Preparando el artículo sobre Napoleón que me encargaron con motivo del bicentenario de Waterloo descubrí este libro, y tuve que volver a él para reflexionar sobre el significado de aquella batalla en una clase de la ESHAB. Quizá se me pueda diagnosticar síndrome de Estocolmo, pero ha acabado pareciéndome un libro importante. Su autor intenta seguir la profunda transformación que vivió la guerra en el tránsito de la época moderna a la contemporánea. Y es que, por poner un ejemplo, de aquella famosa escena dieciochesca que Kubrick compuso en Barry Lyndon (1975) no queda nada en los campos de batalla de Waterloo.

Aquellas “guerras de gabinete” durante las que los nobles del Antiguo Régimen acudían, con la cara empolvada y engalanados, al campo de batalla, a dirigir las operaciones de acuerdo con un código del honor (cortesía y galantería incluidas) para conseguir la rendición del contrario, dejaron paso –eclipsada la nobleza- a una nueva forma de combatir. Llegó entonces la “guerra total” que consumía todos los recursos de la sociedad movilizada, dirigida por generales desaliñados y de aspecto enfermizo que se proponían destruir al enemigo y consagrar la gloria de la nación. Abandonar el viejo código caballeresco de combate que había permitido en Fontenoy (1745) que el general francés invitara a los ingleses a abrir fuego –“Ustedes primero, por favor”- dejó atrás las guerras de proporciones y consecuencias limitadas (en sus contingentes, en la implicación de la población civil) y dio lugar a una guerra de consecuencias imprevistas, a menudo sofisticadamente catastróficas, que caracterizan nuestra modernidad.


Valmy simboliza en sí misma ese relevo: la consideramos la derrota de la aristocracia prusiana ante el nuevo ejército nacional, basado en el reclutamiento universal/cívico emprendido por los revolucionarios franceses en defensa de los valores democráticos. Cuando Prusia, aquel “ejército que tenía un estado” (Mirabeau dixit), cayó allí, malherida, a los pies de la “nación en armas”, no sólo se inauguraba un largo periodo de guerras entre la revolución y los príncipes. Durante aquella especie de apocalipsis que no acabaría hasta 1815 se movilizaron ejércitos gigantescos (medio millón de combatientes participaron en la batalla de Leipzig) y Europa se empapó con la sangre de una generación entera: el millón de víctimas francesas de las guerras napoleónicas, cinco millones si sumamos al resto de beligerantes, nos anuncian los trágicos balances de 1918 y 1945.



La tesis de que la “Guerra Total” llegó con las guerras de la revolución levantó muchas críticas entre los especialistas en la historia de la guerra, que tradicionalmente venían reservando el concepto a los grandes conflictos mundiales del s. XX y tratándolo como un fenómeno principalmente tecnológico que relaciona milicia e industrialización, y que, al borrar la frontera entre combatientes y no combatientes –como demuestra su máximo exponente, las armas de destrucción masiva-, convierte a estos últimos en objetivo bélico.

David A. Bell no sólo retrotrae el concepto hasta las guerras napoleónicas, sino que incluye en la definición de “guerra total” un nuevo elemento: la política.  En su opinión, una buena definición del fenómeno no solamente debería referirse al alcance e intensidad de los combates, sino también debería describir una dinámica política que induce inexorablemente a sus participantes al compromiso total y al abandono de cualquier restricción. Ya Clausewitz se dio cuenta de que “no es un rey quien libra la guerra contra otro rey, ni un ejército contra otro ejército, sino un pueblo contra otro pueblo”. No sólo insinúa el compromiso de todos los recursos de la nación en la lucha, también se intuye cierto pesimismo en torno a las consecuencias imprevisibles que implica esa movilización extrema. El escándalo de Clausevitz es lógico: esos pueblos enfrentados a muerte por una victoria total, convencidos de que sus adversarios están empeñados en exterminarles, les deconstruirán –al compás de una propaganda grosera- hasta descartar a sus soldados como seres humanos y a sus retaguardias como espectadores respetables. Ahí está el corazón del monstruo, el motivo ideológico que explica la brutalidad de la guerra contemporánea. Un monstruo que sigue vivo hoy: por eso el diplomático británico Robert Cooper podía justificar Iraq diciendo en 2002 que “en nuestro país seguimos la ley, pero cuando combatimos en la selva necesitamos adoptar las leyes de la selva”, tal y como Napoleón reflexionaba, en el mismo sentido, diciendo que “nos ha costado volver (…) a los principios que caracterizaron la barbarie (…) pero nos vimos obligados a desplegar contra el enemigo común las armas que utilizaba contra nosotros”. Hay doscientos años de diferencia entre ambos textos, y sin embargo ambos pretenden justificar la brutalidad como una necesidad imperiosa en virtud de la urgencia política de la victoria de la civilización frente a la barbarie.



Puede que esa concepción de la guerra como brutalidad necesaria nos pueda parecer enfermiza. ¡Pero es la nuestra! Como hijos de la ilustración, renunciamos a la guerra de forma idealista; sin embargo, envolvemos la Segunda Guerra Mundial de una aureola mítica/mística que la convierte en una cruzada excepcional, pero necesaria, por un objetivo noble. Hacemos lo mismo con la actual “guerra contra el terrorismo” e incluso con algunas de las intervenciones neocoloniales que la precedieron.

Son pruebas, dice Bell, de que la “guerra total” es inherente a la modernidad, nace con ella, y que su concepción política es un ingrediente tan importante al menos como la tecnología. Tradicionalmente habíamos explicado la brutalidad de las guerras revolucionarias y napoleónicas apelando al hecho de que enfrentaban a dos sistemas de creencias radicalmente incompatibles, que –al demonizarse mutuamente- exigían la destrucción del contrario. Añadíamos que, cuando la “leva en masa” convertía al ciudadano en soldado, se forzaba un esfuerzo logístico que redoblaba esfuerzos y multiplicaba las posibilidades de impacto sobre el terreno.  Bell ignora esas explicaciones tradicionales y rastrea en la política los orígenes de esa nueva percepción de la guerra: para contrastar su tesis se sumerge en los turbulentos tiempos de la Revolución.


¿Por qué? Porque cree que en algún momento del proceso revolucionario la definición que la ilustración –presunta comadrona de la modernidad- otorgaba a la guerra como un fenómeno bárbaro y aberrante que debería desaparecer del mundo civilizado se desvaneció. Y desde ese momento se definió como una lucha apocalíptica que debía librarse hasta la completa destrucción del enemigo, con efectos purificadores/redentores para sus participantes. Así es como se consagra a la lectura de los discursos en la Asamblea Nacional Constituyente, a la búsqueda del momento en que el pacifismo ilustrado fue sazonado por la fermentación política hasta moldear en el imaginario colectivo una concepción de la guerra que permitiría su intensificación catastrófica. En una próxima entrada, le seguimos. 

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