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sábado, 26 de junio de 2010

GUIA PARA PERPLEJOS Y MEMORIA DE LOS EXPULSADOS EN 1492



Esta semana he asistido a una de las mejores presentaciones de libros que he visto jamás. Pese a la presencia institucional en el acto, los parlamentos fueron breves y ágiles, y dejaron el protagonismo a los autores, que presentaron el contenido de la publicación, tras un sentido discurso del conseller Joaquim Nadal. Sabía que era historiador, pero no le suponía una sensibilidad tan exquisita: recogiendo el acertado aforismo que Jafudà Bonsenyor escribió en el siglo XIII –Convé al savi que no haja ànsia de ço que ha perdut, mas que guard ço que és romast- diferenció entre el patrimonio tangible que los judíos expulsados en 1492 dejaron atrás, y aquel otro que pudieron llevarse consigo sin ir cargados, aquello que permanece pese a las pérdidas. Con el primero, apenas vestigios arqueológicos pero muchos documentos, Silvia Planas ha reconstruido la vida cotidiana de los judíos en la Catalunya medieval. En las páginas que ha escrito de este manual cuya autoría comparte con Manuel Forcano, se dedica a desmentir viejos tópicos historiográficos, como la pretendida “convivencia” entre cristianos y judíos, para describirla mejor con el término “coexistencia”, poco más que una existencia en paralelo que no implica vivir juntos, ni mezclados. Puede que judíos y cristianos vistieran igual y hablaran catalán, pero la convivencia nunca fue fácil.

Otro de los conceptos desarrollados en el libro es el de Sepharad: para los judíos catalanes era el equivalente a Al-Ándalus, aunque después de 1492 los expulsados, que compartían la experiencia traumática de la marcha y el recuerdo de su origen remoto, forjaron un lugar común de memoria colectiva que fue materializándose hasta definir un espacio concreto que acabó designando al todo. Por eso en hebreo moderno Sepharad significa España.

Se matiza también en el libro la idea de la aljama como “estado dentro del estado”. Tras la pretendida independencia de la comunidad se recuerda que su señor era el rey, como les recordaba Pedro el Ceremonioso al decirles que “vosotros no gozáis de los fueros y privilegios del reino de Aragón, ni estáis sujetos a ellos, sino que sólo y únicamente tenéis y debéis observar como ley nuestra pura y simple voluntad”. La cita define una sumisión total a su señor, que se traducía en el control, la posesión, de las aljamas y sus bienes, y –como cualquier otro feudal- la percepción de tasas que explicarían que la aljama de Girona fuera el regalo de bodas que el futuro Joan I le hizo a su esposa Violant de Barr. El sentido de propiedad continúa tras los asaltos de 1391: el rey les protegerá de nuevos ataques diciendo que los judíos son “cofre e tresors nostre” y que por tanto “qui dampnifica ells, dampnifica les nostres coses”.

Si la aljama es la comunidad, su concreción física son los calls. Las juderías, que acabaron siendo espacios de reclusión, nacieron de la necesidad judía de un espacio propio que permitiera desarrollar su vida en comunidad; como escribía ya Flavio Josefo en el siglo I: el barrio judío –decía en “La guerra de los judíos”- les permitía “conservar más pura su forma de vida”. Practicar la Ley de Moisés, añade Silvia, no era posible sin una sinagoga, baños rituales, mataderos, hornos y cementerios. Sin embargo, los muros que habían nacido para proteger su vida en común, serían su prisión a partir de la peste negra: los prejuicios ancestrales de los cristianos hacia el pueblo deicida les convierten en objetos de todo tipo de brutalidades “para que cesen las dichas pestilencias”.

Finalmente, se explicó también que el tópico del judío como hombre de poder olvida que la mayoría era gente sencilla de toda condición. Es cierto que la corona requería de equipos fieles de funcionaros y administradores, y que la prescripción ritual de leer hacía de los judíos personal apto para la administración y la diplomacia. Por eso Astruc Bonsenyor es descrito en el “Llibre dels feyts” como “scriva nostra d’algaravia”. Muchos judíos se habían refugiado en los condados catalanes huyendo del integrismo almohade, portando en su equipaje el rico legado cultural andalusí. Eso explica que Cresques Abnarrabí operara con éxito en 1468 a Joan II de cataratas.



Por esta Historia de la Cataluña judía desfilan pues judíos de toda condición. En las páginas escritas por Manuel Forcano se reivindica a los hombres de saber, como Mahmanides, verdadera autoridad mundial y aún hoy objeto de estudio y guía de tantas escuelas rabínicas. En los capítulos que Forcano dedica al patrimonio intangible de las comunidades judías catalanas se desgrana cómo la comunidad judía protagonizó la transmisión del saber andalusí hacia los reinos cristianos en el siglo XI, cómo la polémica maimonidiana sacude en el siglo XII el pensamiento tradicional judío, como las controversias públicas de los siglos XIII y XIV desvelan las desconfianzas y los odios que culminarán en la tragedia de 1391 y que condenaron a miles de judíos al “exilio interior”, paso previo a la expulsión de 1492.

El acto constituyó pues un preciado resumen para ignorantes del tema como yo. Un toque de atención que debió dejar perplejos a los que silencian las cirujías del pasado, y a los que las repetirían. Debemos rescatar del olvido a todos los que tantas veces fueron obligados a irse, o a vivir en silencio. Gente que era -como dijo el conseller Molins-, “part de la nostra Història, sang de la nostra sang”. En definitiva, eran "nosotros".

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