¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 30 de mayo de 2009

LOS ENTUSIASTAS DEL IMPERIO



Aún recuerdo cómo se me heló la sangre cuando un amigo también modernista me confesó que sentía “compasión” por Felipe II porque “hizo todo lo que pudo”. Y sin embargo no entiendo por qué me sorprendió tanto aquella falta de empatía hacia las víctimas de la intolerancia militante: debería haberme acostumbrado a compartir pasión historiográfica con un buen montón de eruditos que braman con nostalgia su lamento por aquellos tiempos que sienten grandes.

Es cierto que la defensa del imperio no se hace ya con los argumentos nacional-católicos con los que el Valle de los Caídos fue construido tan cercano (geográfica e ideológicamente) al Monasterio de El Escorial. Sin embargo, resulta anacrónico que, pese a su incontestable brillantez, un maestro como el profesor Fernández Álvarez siga repitiendo las tesis con las que Menéndez Pidal respondió, en la famosa conferencia en La Habana (1937), a la biografía que Karl Brandi dedicó al Emperador Carlos. Y no sólo porque al definir la paternidad “española” de la idea imperial carolina se apoyaba el proyecto que Franco encumbraba en la península a golpe de sable, sino porque las fuentes en las que se inspiraron estaban mal interpretadas y nos proporcionaban teorías confusas.

Urge una mirada suspicaz a los documentos, que permita superar la propaganda carolina. Ese esfuerzo he detectado en la reveladora lectura del libro de José Luis Villacañas ¿Qué imperio? Un ensayo polémico sobre Carlos V y la España Imperial. (Almuzara, 2008). Cuando, por ejemplo, nos explica quién era en realidad el Obispo de La Mota, nos permite entender el famoso discurso en las cortes que se ha usado para reivindicar en términos españolistas la idea imperial.

Me ha parecido especialmente brillante la lectura del informe que Maquiavelo envió a Florencia sobre la corte de Maximiliano, describiendo su proyecto de coronación en Italia y la oposición de las ciudades libres de Alemania e Italia. El observador florentino detecta una facción italiana en la corte imperial dispuesta a expulsar a Francia de la península itálica para consolidar allí el modelo alemán de territorios libres bajo protección imperial. Toda la historiografía ha reconocido en ese texto la críticas del penetrante observador florentino a los “humores contrarios” de Alemania frente a la Francia ordenada, sometida al prestigio y la iniciativa de su monarquía. La lectura de Villacañas va más allá: detecta cómo Maquiavelo repara en que las ciudades alemanas nunca soltarán un duro para reforzar a Maximiliano en su proyecto de coronación imperial. Por eso, concluye el autor de ¿Qué imperio?, el proyecto de los Habsburgo culminará, vencida la oposición comunera, con dinero castellano. En definitiva, el proyecto es dinástico y, por tanto, ajeno a los reinos peninsulares, que –sin embargo- lo sufrirán.

Las interpretaciones propuestas, basadas en estudios filológicos de obras literarias o piadosas del momento, leídas entre líneas con lo que a mi escasa teología le parecen sólidos argumentos, permiten detectar muchos más opositores a los Habsburgo que los desdichados comuneros. Sin ir más lejos, los humanistas que asisten al proceso de entronización absoluta de Carlos de Gante en Castilla muestran la misma tristeza que detectábamos en los humanistas cívicos italianos que se lamentaron por la muerte de las repúblicas italianas en manos de los príncipes.

El autor de ¿Qué imperio? se luce al escuchar al intelectual más lúcido del momento. Desde que, empeñado en entender la Inglaterra Tudor sin leer en inglés, me encontré a Juan Luis Vives trabajando para Catalina de Aragón en Londres, siempre me he preguntado por qué Vives no ocupa el lugar que merece en nuestros manuales. Gracias al libro de Vilacañas entiendo por qué: las opiniones del valenciano sobre las noticias que le llegan de España resquebrajan la sospechosa unanimidad sobre la grandeza del proyecto imperial. En las Declamationes Syllanae (1520), tan alabadas por Erasmo, Vives se sirve de modelos clásicos –el partido popular vencido por el régimen despiadado de Sila- para recomendar al joven Carlos que no conserve el poder con terror creciente. El consejo, que hubiera sido agua de mayo para la Castilla sometida a la represión contra los comuneros, es alabado por Moro, quien acusó recibo del libro diciendo que “presentaba a todos los personajes de la historia antigua como realidades del momento actual”. El mismo Vives escribe que “estas cosas, lo diré aquí con toda libertad, se dan en este tiempo”. Sin embargo, ni el “golpe de estado” que proclamó a Carlos en Flandes ignorando las instituciones regnícolas peninsulares (primera foto), ni la perdurable represión de los comuneros, aparecen en nuestros manuales. .

¿Cómo es posible que nadie tuviera en cuenta esas fuentes para analizar el periodo carolino? ¿Cómo es posible que nadie analizara las facciones cortesanas de fernandistas –rigoristas en materia religiosa-, y filoflamencos más o menos reformados? ¿Cómo es posible que nadie detectara que, aprovechando la ausencia del emperador, accedía a los consejos peninsulares un núcleo de intolerantes cristianos viejos ajenos –incluso desdeñosos- del círculo humanista que acompañaba la corte itinerante, de sus esfuerzos conciliares, sus escritos antipapistas, sus sueños evangelizadores en Granada o Valencia?



El último retrato que nos deja Villacañas, el del anciano resentido, quebrado, asustado, reaccionario, que entra en Yuste tras probar la amargura de la derrota en Innsbruck, es prodigioso: ve caer sobre su círculo íntimo la inseguridad que domina Yuste por doquier, la “angustia por el porvenir, la mirada pavorosa hacia un futuro amenazante”. La noticia de los focos luteranos de Valladolid fue la gota que colmó el vaso: la reacción de aquel hombre arrepentido de no haber quemado a Lutero, encendido internamente por la conciencia de culpa, es intolerante y radical: pide sangre de herejes y fuego de hoguera para aquellas tramas librepensadoras (si hemos de hacer caso a Marcel Bataillon, que no veía en ninguno de ellos a lectores incondicionales de Lutero). El anciano emperador, veía cercana la comparecencia definitiva ante el temido tribunal celestial. Y esa angustia permite ilustrar la provocadora interpretación que Vilacañas realiza del cuadro de Tiziano que conocemos como La Gloria, aunque el entorno de Yuste le llamaba El Juicio Final. La imagen, en cuya contemplación expiró el Emperador, representa a aquel hombre quebrado, que fue el más poderoso del mundo, compareciendo tembloroso y asustado, despojado de toda grandeza, pálido y descompuesto, ante el tribunal celeste. Tenía miedo. Y motivos para tenerlo: si seguimos a Alfred Kohler, uno de sus libros de cabecera era… ¡una Biblia en alemán!

[La segunda imagen es un fotograma del Lutero de Eric Till, en la que Torben Liebrecht interpretaba al joven emperador en Worms. Para seguir la lectura del capítulo del libro del profesor Villacañas atendiendo a los detalles de la pintura de Tiziano he encontrado una buena web que permite ampliar los detalles, aunque el mejor catálogo de pinturas es, a mi parecer Web Gallery of Art]

1 comentario:

pep dijo...

Molt bé l'article, encara que no sóc un expert. Però un consell, vigila la utilització de denominar-te modernista, perquè a vegades es confont amb els modernistes del segle XX. I no tant lluny en una de les escoles que he estat tenien de l'època moderna un retrat de Carles V i la casa Batlló de Gaudí. Quin Sacrilegi!!!

I realment si vols saber alguna cosa de Tiziano utilitza la segona web, contingut millor i millors imatges.

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