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jueves, 1 de enero de 2015

LOS GALONES PESAN, O KUBRICK SE QUEDÓ CORTO



No suelo detenerme en los obituarios, pero el pasado 20 de diciembre tropecé en La Vanguardia con el que anunciaba el fallecimiento de Jon Stallworthy. El gran experto en la poesía de Wilfred Owen nos permitió lamentar la muerte del poeta en las trincheras pocos días antes del armisticio. Hubo miles de tragedias parecidas que mezclaron azar y desgracia en el frente durante la Gran Guerra, sin duda, y pensé en aquel momento que darlas a conocer constituye una victoria de expertos como Stallworthy, además de un homenaje a aquellas personas que se dejaron la vida en la tragedia que hoy cumple cien años. 

La empatía con la que hoy recordamos aquellos soldados parece general: la UEFA ha sublimado el famoso partido de la Tregua de Navidad, e incluso IsabelII incluyó alguna referencia en su mensaje oficial de Nochebuena.

Sin embargo, no todos siguen esa corriente: el especialista en historia militar del Imperial War Museum Peter Hart, en una reciente “Historia Militar de la Primera Guerra Mundial”, hace una lectura bien distinta. “Si hubo una locura fue la decisión de emprender la guerra, y no cualquiera de las decisiones tácticas tomadas por los comandantes sobre el terreno”, dice. La idea de desviar responsabilidades a los políticos no solamente llueve sobre mojado en un momento oportuno de desengaño político generalizado, sino que ignora premeditadamente la mentalidad favorable a la guerra que se había instalado en los Estados Mayores, y que ya describió Pierre Renouvin en su clásico manual sobre la Gran Guerra. Puede que la inepta clase política de entonces precipitara ultimátums aquel verano de 1914 en la creencia -como el mismo Káiser dijo en una entrevista con el rey de Bélgica en noviembre de 1913- que la guerra era “necesaria”. Pero no hay que olvidar que, en su lucha por mantener preparados para la acción sus ejércitos, los Estados Mayores llevaban años presionando a los gobiernos para aumentar sus recursos. Tal carrera de armamentos, justificada con la tensión diplomática y amparada por la exaltación nacionalista, pretendía ofrecer una superioridad momentánea que todos estaban dispuestos a aprovechar. Cada una de esas miserables esperanzas precipitó las grandes movilizaciones de tropas aquel funesto mes de agosto de 1914.

Desviar la responsabilidad hacia los políticos es un recurso fácil, pero no el único del que se sirve Peter Hart para justificar las acciones de las barrigas engalonadas: también utiliza la nueva naturaleza del conflicto, condicionada por la mortifera capacidad de permanente renovación tecnológica que ofrecía la Segunda Revolución Industrial, como explicación a la dificultad de resolver la guerra decididamente. “Con independencia de lo que hicieran”, dice, “la guerra hubiera sido igualmente corrosiva” porque “se desarrolló en la era industrial moderna” con “nuevas armas utilizadas en choque táctico, en continua evolución entre el ataque y la defensa”. Es cierto que, marcados por la experiencia reciente, todos esperaban una guerra rápidamente superada: desde 1871 las tensiones internacionales se habían resuelto con diplomacia secreta, repartos coloniales o -en el peor de los casos- enfrentamientos rápidos como los que se habían sucedido en los Balcanes en los años inmediatamente anteriores a 1914. Sin embargo, la Secesión americana ya había mostrado las carnicerías que podía ejecutar la nueva tecnología, sus limitaciones, y de hecho, parte de la confianza en un conflicto rápidamente resuelto provenía de la sistematización de los nuevos transportes, la velocidad, la ciencia y la técnica. El Plan Schlieffen, tomado como hipotético ejemplo, pretendía superar el pánico alemán a la guerra en dos frentes sirviéndose del efecto sorpresa y un estudio concienzudo de la capacidad de movilización de cada uno de los adversarios. La innovación tecnológica cambió la guerra para siempre, es cierto, pero no era un factor inesperado sin considerar sino la carta que los burócratas de la muerte creían tener en su manga.

El retrato que Kubrick hizo de los mandos militares en “Senderos de gloria” puede parecernos despiadado, pero algunos ejemplos de mediocridad e incompetencia sugieren que se queda corto. Fijémonos por ejemplo en el General Joseph Joffre. Cuando el gobierno francés le nombró jefe del Estado Mayor (1911) apenas se le conocía por la toma de Tombuctú (1894). Me permito cuestionar que podamos contar la guerra colonial como experiencia curricular: aquellos aquelarres ultramarinos consistían, en resumen, en enfrentar fusiles y cañones contra lanzas y jabalinas. Lo que me permite concluir que, en 1914, Francia enfrenta la guerra bajo la autoridad de un hombre inexperto, y que -ametralladoras y alambradas aparte- eso explica que durante el primer año de conflicto se sucedan los desastres. El general, sin embargo, se mantuvo en el cargo hasta que Aristide Briand logró su dimisión en diciembre de 1916, no sin compensarle elevándole a la dignidad de Mariscal de Francia. El Atlas Histórico de Le Monde Diplomatique (2011) se pregunta a qué se debió tal retraso y por qué se le concede tal honor, después de tanto desastre.

Y acude buscando respuestas al libro de Roger Franekel “Joffre, l'âne que commandait des lions” (París, 2004). De su lectura se concluye que, al ser el único que tomaba decisiones en la zona de combate, el general pudo falsificar informaciones que encubrían las derrotas, escondían al gobierno la realidad de la situación, y le permitieron seguir en el cargo. Alegaba haber dispuesto sus ejércitos con superioridad numérica y en las mejores posiciones: “la palabra la tienen ahora los operativos, que tienen que sacar partido de esa superioridad”, escribía en un telegrama al ministro de la guerra el 23 de agosto de 1914. Veinticuatro horas más tarde, fingiendo aflicción, confesaba la derrota de varios días anteriores cargando la responsabilidad en la tropa: “Debemos rendirnos ante la evidencia. Nuestros ejércitos, a pesar de la superioridad numérica con la que contaban, no han demostrado en campo abierto, las realidades ofensivas que nos habían hecho esperar los éxitos parciales del principio”. Joffre pasó meses culpando a otros, mientras miles de soldados morían en inútiles ofensivas. A pesar de eso, seguimos considerándole estúpidamente el vencedor del Marne, el genio que requisó los taxis parisinos para llevar a sus hombres al frente, el héroe que tuvo derecho a un funeral de estado.

No es el único caso: cuando se firmó el armisticio en Compiègne a las 5:30 de la mañana del 11 de noviembre de 1918, para que entrara en vigor a las 11 h, seis horas más tarde, canallas engalonados como el Mariscal Foch enviaron a miles de soldados a tomar posiciones que pocas horas después hubieran podido ocupar pacíficamente. Escudándose en la obligación de combatir porque seguían en guerra, buscaban ascensos y méritos ante un enemigo ahora fácil de batir. Un documental de la BBC que llevaba por título “El último día de la Primera Guerra Mundial” (producido por John Hayes Fisher en 2008, y basado en un libro de Josep Persico) explica que en esas horas murieron 3000 americanos y en total 10.000 hombres.


La verdad es que no sé cómo explica Hart en su libro las últimas horas de la Gran Guerra. He de reconocer que abandoné la lectura porque se me antojó demasiado empeñado -tal y como manifiesta en su introducción- en denunciar el tópico retrato de unos mandos “carniceros y chapuceros”. Me quedé en las páginas que dedica a las ofensivas de abril de 1917 contra las disputadas colinas del “Camino de las Damas”: allí reconoce que “la metodología del General Robert Nivelle carecía de cierta sutilieza”. Efectivamente, lanzar a una muerte segura a miles de hombres no parece ser una “metodología sutil”.

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