¡Echando de menos la edición radiofónica!

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"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 9 de julio de 2011

1714: ENTRE LOS (h)UNOS Y LOS (p)OTROS



Un interesantísimo blog dedicado al reinado de Carlos II valora la supuesta “GRAN MENTIRA de que Cataluña era un ente independiente” hasta 1714. La contestación a la supuesta falacia no se argumenta, puesto que después el post habla de otras cosas. Eso sí: después de tanta negrita y de tanta mayúscula, y tanta afirmación grandilocuente, no es capaz de hacerle al discurso historiográfico propio “la prueba del algodón” que recomienda para las interpretaciones ajenas.

El abandono de la evidencia documental no es un pecado exclusivo de la historiografía catalana teñida de empeño “renaixentista”: el blog al que me refiero se sirve del término “España” hasta la saciedad, un anacronismo que –en la documentación que trabaja- apenas puebla la correspondencia diplomática porque no formaba parte de la realidad jurídica ni política de aquel tiempo. Parece que aún hoy la complejidad de la monarquía hispánica sigue sin entenderse, sigue dudándose de que los reinos que la componían tenían instituciones, monedas, leyes, impuestos, distintos, y componían un mosaico europeo de jurisdicciones sumadas, en las que el rey gozaba de más o menos atribuciones en función de los antiguos privilegios de que cada una gozaba. El autor del blog demuestra erudición y un bagaje de lecturas considerable, pero ignora esa construcción política. Es decir, sigue sin aceptar que España se pudo construir –como proponían los austracistas- de otra manera.

Hay un montón de aciertos en el post. Tiene razón el autor que la Renaixença –el romanticismo, en resumen- creó una serie de mitos en torno a la guerra de sucesión que hoy se siguen explotando para consumo de masas nunca reflexivas y demasiado apasionadas. En frecuentes discusiones con amigos “indepes” he criticado la nostalgia por las supuestas libertades perdidas en 1714, a mi juicio absurda porque eran corporativas y estamentales, en realidad privilegios, por tanto minoritarios, y no constituyen pues ningún antecedente ilustre para ninguna nación democrática. La celebración de la Diada seguiría siendo oportuna –sin embargo- para vindicar la coherencia, determinación y compromiso de los catalanes para defender sus ideas, así como denuncia de la represión desproporcionada, general y ejemplarizante que los felipistas ejercieron sobre los súbditos que habían, según Felipe V, “faltado al juramento de fidelidad que me hicieron”, argumento que –junto con el burdo “derecho de conquista”- sirvió para legitimar una Nueva Planta de gobierno. Pero no es el momento de hablar sobre la onerosa (y arcaizante) fiscalidad impuesta ni sobre el “diezmo de horca” que se aplicó, durante la guerra, sobre algunos territorios vencidos. Sino de insistir en que no hay nada de modernidad en el régimen resultante del conflicto. Lo cual no quita verosimilitud a algunas de las afirmaciones que se pueden encontrar en el post citado:


- Que el testamento de Carlos II fue aceptado de manera general en todos los reinos de la monarquía
- Que el nuevo rey fue recibido con entusiasmo, tal y como demuestran los panegíricos que se citan en el post.
- Que la Academia dels Desconfiats exaltó a Carlos II con cierta prevención por la nueva dinastía, y que aceptaron el testamento como última muestra de fidelidad a Carlos II, en base al principio de indivisibilidad de la monarquía que constituía el eje central del testamento carolino.
- Que las cortes de 1701-1702 otorgaron la conversión de Barcelona en puerto franco y el derecho a comerciar con América (que rompía el monopolio sevillano), lo que las convierte en las más favorables para los catalanes representados en cortes que cualquiera de las que había celebrado la dinastía anterior. Aquí el post olvida otra concesión, mucho más importante: la aceptación de un "tribunal de contrafaccions" consagrado a deshacer los contrafueros que la actuación cotidiana de la administración regia pudiera provocar. El descuido demuestra hasta qué punto las particularidades políticas de la Corona de Aragón le son ajenas y por tanto qué prejuicios le van a impedir comprender la compleja construcción política gobernada por la Casa de Austria.

Esa carencia es la que explica que nuestro blogero tenga dificultades para explicar también –partiendo de todos esos supuestos acertados- la sedición catalana. Al desconocer la cultura política en la que se ha formado el nuevo rey en Versalles, y sufrir la misma dificultad que él para aprehender el constitucionalismo catalán, la única explicación que le parece viable es la traición a un primigenio proyecto nacional que se presupone sin demostrarse. Por eso se argumenta, acertada pero parcialmente, que todo estalló por “el conflicto entre la camarilla hispano-francesa de Felipe V y el lobby comercial” catalán. Ningún especialista en este tema niega eso, como demostraría una lectura atenta de la bibliografía científica, testada y consensuada en congresos.

Nadie duda hoy de que las cortes de 1701-1702 no justifican la apuesta catalana de 1704, que se relaciona con el desembarco aliado en Cádiz, el ataque a los galeones fondeados en Vigo, la entrada de Portugal en el bloque aliado y la proclamación en Viena del Archiduque. Por eso decimos que el Pacto de Génova (1704) es un acto oportunista: aprovecha la coyuntura bélica favorable a los aliados en el continente. Pero, ¿por qué se lleva a cabo?


a) Para empezar, porque la memoria histórica proporciona al lobby que negocia con el plenipotenciario de la reina Ana, una valoración positiva del recuerdo de la Casa de Austria: la ilegitimidad del testamento de Carlos II por las presiones sobre el rey enfermo, su no consulta a cortes, la renuncia de la infanta María Teresa al casar con Luis XIV…
b) Todo un argumentario que vino a completar la franco-fobia que había ido acumulando Cataluña durante las invasiones de Luis XIV, y la desconfianza ante los primeros actos de gobierno del nuevo rey, educado en una tradición política ajena al pactismo que, virtualmente, seguía practicándose.

Todo eso acabó precipitando a las clases dirigentes catalanas a traicionar el juramento que habían prestado a Felipe de Anjou en una actuación –oportunista, sin duda- pero coherente: ya hacía tiempo que Narcís Feliu de la Peña (y el lobby de los asentistas que se venían beneficiando de la presencia militar en el Principado) venía abogando por el modelo librecambista angloholandés, que se quería aplicar a toda la monarquía. Por eso decimos que la apuesta austracista, además de oportunista y consecuente, fue un acto “españolista”. Y es que, aunque los (h)unos y los (p)otros lo olviden, ni fue un acto de afirmación nacional ni una traición a la unidad: proponía un tipo de gobierno garantista y de pacto, parlamentarista y participativo (aunque tremendamente elitista) para TODA la monarquía.



Sin embargo, una historiografía militantemente españolizada ha venido criticando esa defensa de unas “Cortes feudalizantes que defendían arcaicos privilegios estamentales”, presuponiendo la incapacidad del pactismo de avanzar hacia sistemas de libertades contemporáneas, y presuponiéndole modernidad a su alternativa, el centralismo militarista y mercantilista que impusieron los Borbones a sangre y fuego. A mi juicio, resulta patético buscar antecedentes ilustres y referentes de gloria nacional en un estado nacido de una implacable represión.

Y sin embargo, ése es el modelo de integración nacional que parece gustar al autor del blog. O al menos eso parece deducirse del doble rasero utilizado al juzgar dos tradiciones historiográficas. Porque el sutil análisis de la realidad política que le permite ponerle comillas a la caracterización de la monarquía de los Austria como “federal” (término que, efectivamente, no es fidedignamente descriptivo, aunque se utiliza para que nuestras mentalidades contemporáneas acostumbradas a la racionalidad uniformista de la administración territorial actual entiendan la complejidad de los entramados jurisdiccionales de los estados de la época moderna), no sea igual de exigente a la hora de describir el proyecto borbónico. Llamar “reformista” a la camarilla que rodea a Felipe V es aceptable si nos referimos a los cambios que se pretendían para encauzar la vieja pretensión absolutista anunciada ya por Olivares en el Gran Memorial secreto que entregó a Felipe IV en 1624. Efectivamente, querían hacer cambios. Pero creer que esas reformas “se querían imponer desde Madrid para modernizar el país” eso ya es mucho creer. Es hacer gala de una fe crédula y primitiva, que sólo se explica si viene abalada por un nacionalismo acrítico tan patético como el que adjudica al discurso historiográfico de los catalanistas que han heredado su mitología de la Renaixença. Dicho de otro modo, los historiadores catalanistas ya se han reciclado, han superado el romanticismo; pero la Real Academia de la Historia –por citar un cenáculo de historiografía rancia- sigue anclada en un discurso lamentable, filofranquista y nada científico.

El autor del blog desatiende esa necesidad de modernización historiográfica para denunciar con apriorismos y desconocimiento que el nacionalismo catalán decimonónico es “radical” y cuenta con un enconado “odio a la inmigración”. Pero ese es otro tema, y merecería una discusión que –vista la simpleza de las argumentaciones- difícilmente podría ser edificante. Y es que, aunque la entrada del blog se niega anticatalana, muestra un contenido desprecio por el adversario político que piensa diferente: “fauna política”, dice en un pie de foto. Todo muy propio del nacionalismo español, tan dado a ejecutar junto a las tapias de tantos cementerios a quien discrepa. Tan inclinado a prohibir antes que a negociar, a gritar antes que a escuchar, y a empujar donde se debería demostrar fairplay.

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