Un espacio para el encuentro con historiadores y apasionados por la Historia. Con los que se emocionan con la polémica historiográfica, con la divulgación o la investigación. Y creen en la Historia como instrumento de compromiso social. Porque somos algo más que ratones de biblioteca o aprendices de erudito. Porque nuestro objeto de estudio son personas.
Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)
domingo, 12 de febrero de 2012
THATCHER: LAS CUENTAS (Y LOS CUENTOS) DE LA VIEJA
El diario El Mundo siempre ha ostentado un incendiario lenguaje libertario, pese a alojar las propuestas periodísticas más rancias. Esa doble moral no es un invento, sino la vieja estrategia neoliberal que viene lanzando desde hace 30 años contra la izquierda acusaciones de aspiración totalitaria para defender un concepto de libertad muy subjetivo, apenas una justificación para la codicia. Según esa verborrea, la derecha sin complejos viene empujando una “revolución conservadora” que libera al individuo de la fiscalidad, la tiranía estatal, el lenguaje políticamente correcto, la dictadura de la vagancia, en fin… toda suerte de idioteces con las que arrogantes sin escrúpulos agitan las bajas pasiones para meterse (también) en el bolsillo a un electorado no precisamente reflexivo. El ejemplo más patético de toda esa basura ideológica no es cuando llaman “reforma laboral” a la esclavitud, ni cuando califican como “contabilidad creativa” lo que en realidad son estafas, ni cuando llaman empresarios a los trileros, sino –a mi parecer- cuando retuercen el pasado para encontrar antecedentes ilustres a toda esa caterva de sandeces.
En esa dirección no descansan ni en los titulares más pequeños, como demuestra el encabezado de una entrevista a Meryl Streep en la que, para rendir culto a Margaret Thatcher en el panteón neoliberal, tuvieron que sacar de contexto unas declaraciones de la actriz. “Humanizarla es un acto subversivo”, le hacían decir. Es cierto que la veterana actriz añadió que “hasta ahora pervivían de ella dos imágenes totalmente enfrentadas y exageradas, la del icono y la del monstruo”, y que la directora de la película ha declarado que su intención era demostrar que “bajo esos dos clichés había un ser humano”. Pero lo que escondía el titular es que en muchas entrevistas Meryl Streep dejaba bien claro que no sentía la más mínima simpatía por el personaje. No es de extrañar: la "Dama de hierro" es uno de los personajes más siniestros de la Historia.
Sin ir más lejos, The Guardian estima que la crisis actual es resultado de sus políticas y se hace eco de la iniciativa para “privatizar” los funerales de estado que el gobierno británico ha comenzado a preparar. Los ciudadanos que firman la iniciativa sostienen, con flema británica, que “por respeto a la herencia de la gran dama, deberían estar financiados y gestionados por el sector privado al objeto de ofrecer el mejor precio y la mejor oferta tanto para el consumidor como para los accionistas”. La iniciativa le hubiera encantado, y sería consecuente con quien defendió hasta la saciedad el recorte del déficit público, la reducción de las atribuciones del estado, las privatizaciones, el dinamismo de las empresas y la adaptación de las necesidades humanas al mercado (y no al revés). Además, parece absurdo dedicarle unos funerales de estado como los que recibió Churchill, quien por lo menos se ganó el sueldo resistiendo contra Hitler, a un personaje que llamó terrorista a Nelson Mandela, buscó capital político en una guerra colonial, defendió a Pinochet, y dejó morir impasible, -en medio de la turbación mundial-, a 10 presos del IRA que iniciaron una huelga de hambre en demanda del status de presos políticos. Para ella, apenas eran asesinos: “la política”, declaró, “es otra cosa”. Me pregunto si crear una sección del MI5 para sabotear la acción de los sindicatos era, en su imaginario, “esa otra cosa” llamada política.
Con un currículo tan espeluznante, propio de una galería de los horrores, no me extraña que la película en la que Meryl Streep ha interpretado a Maggie haya dividido al Reino Unido, y lanzado a su clase política a ejercer de crítico cinematográfico. El primer ministro David Cameron ha lamentado que se priorice mostrar la demencia antes que “una extraordinaria primera ministra”: y es que los conservadores no se cortan un pelo y se quejan de que la película no muestra “sus logros” y que, en cambio, enseñar “los problemas de su avanzada edad es de un mal gusto extraordinario”. Desde el otro extremo del espectro ideológico se le ha querido tranquilizar diciendo que la película, al presentar asépticamente la obra del gobierno Thatcher, sin analizar sus pros y sus contras, ejercerá como propaganda del partido conservador entre quienes piensan que gobernar –más que alcanzar consensos- consiste en marcar paquete, genio y figura. Estoy de acuerdo en que los furiosos mineros que se asoman a la ventanilla de su coche parecen monstruos porque la película no se preocupa del paisaje devastado del que proceden, y que al enfocar la demencia de Maggie se nos invita a la compasión por un ser humano que lucha por superar su vejez, olvidando el daño que hizo. También me parece algo absurdo que se la presente como un icono del feminismo: las imágenes que la muestran como una llamativa y renovadora pincelada azul en un manto de trajes grises olvidan que jamás aportó una mirada alternativa, que no fuera autoritaria y masculina: la mancha azul de aquel parlamento gris era, de hecho, un hombre con falda.
Resumiendo, a mi también me hubiera gustado que la película no pasara de puntillas sobre la obra política de la Thatcher, y que no mezclara en cinco minutos las Malvinas, el IRA y las huelgas sin más datos que un puñado de imágenes de archivo. Pero –como escribía Lluís Bonet en La Vanguardia el 6 de enero pasado- la película tampoco es una hagiografía. Usando la ancianidad como recurso justificativo de continuos flash-backs, la película muestra, por ejemplo, cómo de joven atendía el mostrador de la tienda de ultramarinos de su padre, quien debió tratar la contabilidad de su modesto negocio con idéntica severidad que la educación de su hija. Ella no se rebeló, sino que vivió fascinada por ese mundo tan pequeño como provinciano, que le indujo a sospechar que la humanidad, -como sus clientes- se divide en dos grupos: los honrados que pagaban al contado y los que pedían que les fiaran mientras esperaban el subsidio bebiendo en la taberna. Esa visión de la economía como las cuentas de la vieja es la que quiso aplicar a la gestión del país, tal y como ella misma reconoció cuando afirmó en 1979 que “cualquier mujer que entienda los problemas de llevar una casa está cerca de entender cómo llevar un país”. Desconozco si la frasecita puede ser considerada una muestra de feminismo, o si demuestra que Lady Thatcher era entonces más corta que una cola de conejo. Lo que sí sé es que su política económica santificó los preceptos liberales leyéndolos con brocha gorda: el mercado se corrige a sí mismo, se purifica expulsando de su seno a los débiles y a los holgazanes, el estado no está para ayudar a los ciudadanos, cada uno es responsable de sí mismo. Mientras, iba y venía de Dawning Street al parlamento con un bolso charolado de cocodrilo.
Ian Hernon (Riot! Civil Insurrection from Peterloo to the Present Day. Pluto Press, Londres, 2006) escribió que la Dama de Hierro “llevó al Reino Unido a niveles de malestar social sin precedentes” y que “el desempleo alcanzó los 3 millones y el contraste entre los acomodados que alardeaban de su riqueza y una creciente clase marginal (…) alimentó los disturbios” (pág. 211). Se refiere a una escalada violenta que culminó en Londres (1990) durante la lucha contra la “poll tax”, un impuesto que gravaba la vivienda por individuo, no por su nivel de renta, lo que implicaba que un acaudalado aristócrata pagase tanto por su mansión como el campesino por su cabaña. La batalla se saldó con 400 heridos, el incendio de la embajada surafricana en Trafalgar Square y docenas de comercios asaltados. La popularidad del gobierno se hundió y aparecieron rivales en su partido. En 1987 había ganado una tercera legislatura con mayoría, y apenas tres años más tarde tuvo que abandonar Downing Street con lágrimas en los ojos. Sólo a alguien con menos corazón que ella puede parecerle un balance positivo que, tras su renuncia en 1990, el 28% de los niños en Gran Bretaña estaba por debajo de la línea de pobreza: ese porcentaje llegó a ser el más alto de Europa en 1997.
Si acudir a ese dato puede ser tachado de demagogia estilística propia de la izquierda jacobina sensiblera, se puede abordar el mismo tema acudiendo a los ferrocarriles. Es lo que ha hecho Diego Carcedo recientemente en Historia y Vida, al convertirlos en símbolo de ese desastre. Su privatización dejó atrás un ejemplo mundial de puntualidad, modernidad y seguridad. Sin la subvención estatal, sus tarifas se elevaron mientras sus prestaciones empeoraban, y –según el veterano periodista- “adquirieron pronto una imagen tercermundista que se reflejaba en (…) la frecuencia y gravedad con que sufrían accidentes, en muchos casos con víctimas”.
Todo ese abanico de desastres no sólo se justificó con dogmas economicistas, sino también con piruetas religiosas tan sofisticadas como indecentes. El discurso pronunciado en una colina artificial de Edimburgo para la asamblea general de la iglesia presbiteriana de Escocia (7/1988) fue llamado irónicamente el “sermón del montículo” (21 de mayo de 1988) en recuerdo del “sermón de la Montaña” que pronunció Jesús. Para convencer a los cristianos que se estaban alineando con la izquierda al ver los estragos que provocaban sus políticas de exterminio de los más débiles, la Dama de Hierro retorcía los más complejos conceptos teológicos. En el discurso confesaba que siempre había tenido dificultades para interpretar el precepto bíblico de “amar al prójimo como a nosotros mismos”, algo que todos veníamos ya sospechando. Después, tranquilizaba a quienes se incomodaran con el décimo mandamiento (No codiciarás): “no es la creación de la riqueza lo que está mal, sino el amor al dinero por sí mismo”, decía. El discurso recordaba que había que dar al César lo que es del César, lo cual no deja der ser curioso después de bajar los impuestos a las rentas más altas. Finalmente, tomaba de la carta de San Pablo a los tesalonicenses la advertencia amenazante de que “si uno no quiere trabajar que tampoco coma”, afirmación sacada espeluznantemente de contexto para legitimar las reducciones de subsidios para los más desfavorecidos.
Es cierto que todo ese sórdido bagaje no aparece en la película. Pero también lo es que la brillante actuación de la Streep nos describe a una estrecha remilgada de valores trasnochados, patética en su soledad, especialmente considerada con la ortografía, los buenos modales y la puntualidad, pero exasperante hasta el ridículo, tiránica con sus colaboradores, ajena al dolor ajeno, egoísta, ególatra, y –como le sugiere el personaje de su esposo en un par de ocasiones- una pésima madre, incapaz de inspirar los valores que propagaba en su proyección pública, tal y como demuestra que su hija acabara concursando en un reallity de tercera clase, y su hijo procesado por tráfico de armas. En última instancia, buscándose la vida, haciendo las cuentas para llegar a fin de mes, tal y como su madre pretendió que hicieran los británicos más pobres. Y es que tarde o temprano, a todos los cerdos nos llega San Martín. Quizá no debimos olvidar, querida Maggie, que algún día los que necesitaríamos la ayuda del estado seríamos nosotros…
domingo, 5 de febrero de 2012
PARKER: DONDE DIJE FELIPE, DIJE DIEGO
Fue un placer escuchar a Geoffrey Parker en su primera visita, el otoño pasado, a la Universidad de Barcelona. La exquisita conferencia que pronunció en el Aula Magna de la facultad de Geografía e Historia celebraba la reedición de “La Gran Armada”. El director del departamento, Xavier Gil, bromeaba al presentarle que Parker -45 años más tarde de haber leído por primera vez un manuscrito de Felipe II- viene aclarando en la prensa, con motivo de la publicación de una nueva biografía, presentada como “definitiva”, que “había iniciado el trámite de divorcio” con el rey. La replica del profesor de la Ohio State University estuvo cargada de elegante humor británico: ¡dijo que, al no haberse consumado la relación, en realidad se trataba de una mera anulación! Después, empezó su charla citando una pragmática isabelina de 1597 en la que, si tomé bien mis notas, se decía que providenciales tormentas en tiempos y lugares inesperados explicaban el fracaso de la invasión de Inglaterra por Felipe II, sinergia entre guerra y clima que explicita el “Armada portrait” de la “reina virgen” cuya proyección abrió y cerró la charla, y que presenta las tormentas como un aliado de Inglaterra.
Resultó espectacular la diversidad de fuentes dispersas que utilizó a continuación para demostrar que los años finales del siglo XVI fueron un tiempo de aberraciones climáticas. Concluyó que el verano de 1587 fue el más frío en 600 años, y que el año 1601 fue el más frío en el mismo periodo. Este conjunto de anomalías, que incluye tres erupciones volcánicas capaces de arrojar suficiente dióxido de azufre a la atmósfera como para rebotar radiaciones solares y forzar así una bajada importante de la temperatura global, se completó con intensos episodios de “El Niño” que dejaron dramáticas sequías en Asia y Australia, Etiopia y la India, así como inundaciones en América. Citó el Libro de los Famélicos, un estremecedor documento confeccionado en Henan que “contiene la más vívida representación del hambre que haya visto una imprenta” y se sirvió de una avalancha de datos sobre Castilla, tanto de lo que Parker llama el “archivo natural” (los datos recogidos por la glaciología, la polinología o la dendocronología) como del “archivo humano”: registros de variaciones en las cosechas, del número de personas que no podían alimentarse con ellas, del número de entierros superior al de bautismos.
“No soy un determinista climático”, terminaba diciendo. No cree, quería decir, que fuera sólo el clima lo que causó una tremenda crisis general, sino que la intransigencia de los gobernantes intensificó el impacto de un clima anómalo. La referencia velada a Felipe II, a quien Parker acaba de dedicar una nueva biografía (que corrí a comprarme al salir de la conferencia), parece obvia: su exceso de celo sometió algunos de sus reinos a situaciones límite. Mateo Vázquez, viendo a Castilla exhausta, llegó a pedirle que dejara de gastar recursos en guerras ajenas: si Dios le impone esos encargos, que le dé fuerzas para hacerlos, se quejó. El rey le respondió que “no son materias a descuidar las que tengo a mi cargo”. También cayó en saco roto la demanda de los procuradores a Cortes de que, aún siendo tantas guerras “santas y justas”, cesaran.
Ese sentido del deber forma parte del retrato habitual que venimos haciendo de Felipe II. Y es que, lejos de presentarnos novedades, la nueva biografía que Parker ha publicado sobre el rey, y que se presenta como definitiva, sólo lo es porque difícilmente nadie podrá acumular más anécdotas y datos de tan extraordinaria variedad de fuentes. Sin embargo, en esencia, el retrato del rey sigue siendo el mismo. Parker quizá se muestra algo más crítico con la eterna desconfianza que le impedia delegar, tal y como demuestra la carta que Gonzalo Pérez escribe en 1565, quejoso del rey, diciendo que “muchos negocios yerra y yerrará Su Majestad por tractarlos con diversas personas, una vez con una y otra con otra, y encubriendo una cosa a uno, y descubriéndole otras, y así no es de maravillar que salgan despachos diferentes y aun contrarios”. En 1567 Gabriel de Zayas escribía al duque de Alba que “el rey ha querido que lo de substançia vaya por tantos arroyos” que “assí todo es un caos”. Esa crítica de la desconfianza que entorpecía cualquier ágil toma de decisiones, sin embargo, esconde cierta empatía por el rey trabajador, sumergido permanentemente bajo un alud de papeles que encogen su vida. Es, de hecho, la imagen que él mismo nos legó cuando se lamentaba de que “pidiendo muchos y dándose a pocos, han de quedar descontentos los más. Y por esto y otras cosas digo yo que es muy ruín oficio el mío”. Las frecuentes quejas de fatiga visual –contrastadas por el embajador veneciano que en 1574 escribe que Felipe “lee con una vela cerca de su cama unas horas antes de dormir” o por el emisario flamenco que en 1582 observó que “sus ojos están algo enrojecidos, como los de quienes leen y trabajan mucho”- culminan en la simpática anécdota sobre sus “antojos”. Pero aparte de retratarnos al rey algo presumido con sus gafas, Felipe II sigue siendo el papelero de toda la vida, de quién se alaba su capacidad de trabajo, por mucho que se reconozca que la presión burocrática impedía una gestión ágil de los asuntos pendientes: en 1574 Leonaro Donà aseguró al senado de Venecia que “el rey se ocupa en muchas menudencias que le quitan el tiempo por mayores cosas” y en 1584 el cardenal Granvela se queja amargamente de los retrasos provocados porque “su Majestad quiere hacerlo todo y verlo todo, sin confiar en nadie más, ocupándose él mismo de tantos detalles nimios que no le queda tiempo para resolver lo que más importa”.
Con todo, la insistencia de Parker solo viene a confirmar un tópico reconocido por la historiografia, evidente, y por tanto, cierto. No se le puede reprochar que no escriba nada nuevo, si la verdad es la que ha contrastado y se venía diciendo. Incluso me atrevo a decir que, pese a las amenazas de divorcio, la sangre no llega al río, y hay cierta reconciliación. Me refiero a que, a pesar de que durante las páginas dedicadas a la ejecución de Montigny un escalofrío recorre la espalda del lector, a pesar de lo mal que el rey se portó con Carranza o con el conde de Egmont, o pese al doble juego de las cartas del Bosque de Segovia, Parker sigue disculpando todos sus crímenes en base a la necesidad política o a la extrema piedad, manifestada en su colección de reliquias y en cientos de fuentes: el nuncio en Madrid elogió el día de su muerte la “ayuda a los católicos ... sin mirar sus propios intereses” y su asistente de cámara desde 1590, Jehan Lhermite, anotaba que “no pasó un sólo día en que no dedicaba un buen espacio de tiempo a la contemplación u oración mental”, y citaba que Juan Ruiz de Velasco (“que lo debe saber mejor que nadie pues, sirviéndole, pasaba con él a solas todas las veladas después de la cena”), le había contado que Felipe “se dedicaba con tal ahínco y devoción a esta oración mental que muy a menudo tenía los ojos completamente anegados de lágrimas (...) y me ha asegurado el mencionado Juan Ruiz, quien pudo observarlo durante largos años, que contando el día y la noche, este príncipe debía pasar rezando verbalmente u orando con la mente más de 4 horas en varios intervalos separados”. Lhermite asimismo refería que en su real dormitorio “no había rincón donde no se viera una imagen devota de algún santo o crucifico, y siempre tenía los ojos fijos y absortos en estas imágenes y el espíritu elevado hacia el cielo”.
Por mucho que registre esa obsesión compulsiva, hay al menos dos aspectos que sugieren cómo subyace en el relato de Parker la misma empatía con la que rompió hace años la Leyenda Negra. Por un lado, cuando relaciona –en unas páginas magistrales- las veces que la vida de Felipe II corrió peligro. Mientras en Europa florecía el asesinato político –Guisa (1563), Condé (1569), Juana de Albret (1572), Enrique IV (1610), Darnley (1567), Enrique III (1589)- Felipe II también tuvo sus sustos: en Londres (1556) se detectó un plan para matarle, en Lisboa (1581) descubrieron una mina que debía estallar en la iglesia donde acudía a rezar, y en Badajoz (1580) “una doncella portuguesa andaba para hablar al rey, (...) decía que andaba a demandar justicia, y por eso le dejaron pasar”, pero cuando se aproximó al rey, “uno le alzó la manga, y se descubrió que era armada de una daga y después, mirando más a menudo, se veía que tenía un puñal al lado”. En 1586, Felipe concedió audiencia a una mujer portuguesa y fue posteriormente informado de que era una espía del prior de Crato, y parte de un plan para apuñalarle con la afilada daga que escondía en su cayado de peregrina. ¡Pobrecito, tan expuesto!
Frente a esa idea del rey en permanente amenaza –que no debería hacernos descuidar que él lo fue para otros- Parker recoge, en unas páginas antológicas, las ocasiones en las que el pueblo se tropezó con él por la calle: en 1580 una portuguesa le saludó cuando él pasaba a caballo, diciéndole “senhor, que vos queremos ver como os outros” al tiempo que le ofrecía agua espontánea y afectuosamente. En 1585, camino de Zaragoza, muchos labradores alegres por su venida le bailaban “al uso de España haciendo casteñetes con los dedos”. Ya en la ciudad, el miércoles de ceniza de ese mismo año, se topó con una procesión religiosa y se apartó a un lado, mezclándose con la multitud, y se arrodilló, con la cabeza descubierta, y permaneció, entre sus súbditos, en respetuoso silencio, hasta que el paso sacramental se alejó. En 1592, en Valladolid se sentó con sus hijos entre los estudiantes para asistir a las lecciones públicas que se celebraban en la universidad, y en Tarazona entró a caballo, sólo entre la multitud. En 1587, habiendo logrado el regreso a Toledo de las reliquias de un santo, “le tomó sobre sus hombros, y haciendo señal a los grandes de Castilla que allí estaban para que le ayudasen”, fue portándolas con parsimonia por las calles repletas de espectadores. La anécdota es representativa: Felipe II fue sobre todo un hombre abrumado públicamente por el peso de una responsabilidad sagrada y sin parangón.
Parker nos hizo un acertado regalo cuando, rompiendo la imagen siniestra heredada de la historiografía protestante, presentó la cara humana del rey en aquella deliciosa biografía que publicó en 1984. Hoy ha matizado ligeramente aquella imagen: la humanización de entonces quizá abrió el camino hacia la “Leyenda Rosa”, y urgía volver a poner las cosas en su sitio. El maestro nos ha querido recordar que el entusiasta apoyo de Felipe a la persecución de la herejía constituye el reflejo más famoso (o infame) de una convicción que quemó cientos de protestantes en Inglaterra (1556-1558) y los Países Bajos (1556-1566). Él mismo presidió cuatro autos de fe: aunque el más conocido sea el de Valladolid (1559), los hubo también en Lisboa, Barcelona y Toledo. No es para nadie una novedad el compromiso del rey de que “antes de sufrir la menor quiebra del mundo en lo de la religión, y del servicio de Dios, perderé todos mis estados y cien vidas si las tuviese”. Nunca debimos olvidar que tal intransigencia, aunque no le hizo perder la vida, sí que costó la de millares de otros.
sábado, 4 de febrero de 2012
ESPANYA 1788-1875. EL LLARG CAMÍ CAP A L'ESTAT LIBERAL
Temari que segueixo a 2n de Batxillerat.
Característiques de l’Espanya borbònica
- És un estat absolutista, centralitsta i militaritzat
- Política econòmica mercantilista: la pressumpta liberalització de 1778
- Colonialment Conseqüents: francofilia i anglofòbia en els Pactes de Família
- Una il•lustració dèbil i poc agosarada, incapaç d’impulsar reformes
• Contra censura i inquisició, busca la contradictòria protecció del caprici reial
• La força dels privilegiats. Exemple: el projecte d’Única Contribución
• El pes de la tradició. Exemple: el motí d’Esquilacce
La crisi de l’Antic Règim (1788-1808)
* La política davant 1789: “pànic de Floridablanca” i rebomboris del pa
* Davant 1791, Aranda es planteja el dil•lema de la política exterior
* Davant 1793, la Guerra Gran i la “tercera via” (Godoy)
* Conseqüències de la nova amistat amb França (conxorxes, Trafalgar, Fontainebleau)
La guerra del francès (1808-1813)
* Els esdeveniments de 1808: Aranjuez, Baiona, Madrid
* Característiques:
•És una guerra civil, com demostren els afrancesats,
•És una guerra irregular, com demostra la guerrilla
•Té un component identitari: dóna forma a la consciència nacional
•Té un component revolucionari: Juntas, convocatòria a Corts i tasca de Cadis
-La constitució de 1812
-Els decrets de deconstrucció de l’Antic Règim
Ferran VII (1813-1833)
El sexenni absolutista: de Valençay als Manifest dels Perses, una invitació al cop d'estat
El trienni liberal. Els problemes: Divisió liberal, partides apostòliques, i sabotatge reial (discurs de “la coletilla” i injerència de la Santa Aliança)
La Dècada Ominosa. Els problemes:
• Oposició reaccionària (els malcontents) davant l’obertura econòmica
• L’oposició liberal (Torrijos, Goya, Riego, Mariana Pineda...)
• La independència americana (i repatriació de capitals: el cas Bonaplata)
• La qüestió successòria: la Pragmàtica Sanció
Isabel II (1833-1868)
Els problemes polítics de la Regència de Maria Cristina de Borbó (1833-1839)
• Les diferències entre els carlins i els isabelins
• De l’Estatut Reial a la Constitució de 1837
• Davant els carlins, la desamortitizació de Mendizábal: objectius i resultats.
Espartero com a primer “espadón” (1840-1843)
• Les característiques dels “pronunciamientos”
• Debilitat de la industrialització i urgència del proteccionisme
• La Jamància i el final del Trienni Esparterista
La Dècada Moderada (1844-1854)
•La constitució de 1845: diferències entre progressistes i moderats
•Les idees: sobirania compartida, poder de la capacitat i dictadura necessària
•La Guàrdia Civil, alternativa a la Milícia Nacional
•L’oposició: matiners, carlins i vaguistes
•El Concordat amb el Vaticà: Significat, objectius i resultat
El Bienni Progressista (1854-1856)
•La Vicalvarada i el Manifiesto de Manzanares
•La desamortització de Madoz
•La llei de ferrocarrils: els problemes del creixement ferroviari
•La vaga de 1855: muralles, selfactines i còlera
O’Donnell com a “tercera via”: la Unión Liberal (1858-1863)
•La resposta burgesa a 1855: teories sobre el desenvolupament de les colònies
•La resposta utòpica a 1855: les propostes de Cerdà per urbanitzar Barcelona
•La política colonial del govern unionista
La crisis del moderantisme arrossega la reina (1863-1868)
• El rasgo, segons Castelar, i “Los Borbones en pelota”, segons Bécquer
• L'exclussió dels progressistes, Caserna de Sant Gil i Nit de Sant Daniel
• Corte de los milagros, hambre del algodón, y Pacto de Ostende
El sexenni democràtic (1869-1875)
El govern provisinal i la constitució de 1869
L’oposició a la monarquia democràtica
Els problemes de La I República i el gir corporativista de l'exèrcit
sábado, 21 de enero de 2012
SAN QUINTÍN (JUAN CARLOS LOSADA, 2005)
Un rubio adolescente engalanado en la cubierta de una nave de guerra, un mar crispado, la costa africana al fondo. El trágico bautismo de fuego de este joven aristócrata durante el fracaso de Carlos V en el asalto de Argel ocupa las primeras páginas de “San Quintín”, lo que nos advierte que la vida del conde Lamoral de Egmont será usada por Juan Carlos Losada como hilo conductor en el retrato de una época. Y sin embargo, él no es el único protagonista de sus páginas: aparece un duque de Alba tan eficiente como siniestro, Felipe II quemando sin abrirlo el horóscopo que para él ha escrito Nostradamus, un arcabucero llamado Juan de Herrera que acabará dirigiendo la construcción de El Escorial, o Catalina de Médicis, con la que llegaron a Francia el tenedor y la belladona.
No estamos ante una novela, pero hay amenidad en los retratos de estos eminentes cortesanos. Y precisamente entre la corte y el campo de batalla el autor nos muestra a Egmont ejercer de vasallo modélico; el conde se había encargado de negociar las capitulaciones matrimoniales del príncipe Felipe con su tía, María Tudor, la reina que pretendió restablecer en Inglaterra la autoridad de la Roma católica con tanto empeño que se ganó el apodo de Bloody Mary. La misión en Londres sólo fue uno de tantos episodios en los que el protagonista ostentó la total confianza de la dinastía. Por eso asistió emocionado a la abdicación de un abatido Carlos V en Bruselas. El noble flamenco que tanto admiraba al incansable emperador aparece en el libro de Juan Carlos Losada como un nostálgico de una concepción de la guerra en la que el valor había sido el factor fundamental. Pero ya no era así: había acabado el tiempo de la caballería y llegaba el de las armas de fuego y las fortalezas inexpugnables. Egmont aborrece las nuevas técnicas artilleras, con las que un villano arcabucero puede acabar con un arrogante caballero a distancia, sin correr riesgos.
Es precisamente en la descripción de la batalla y el previo sitio de San Quintín donde el experto conocimiento de las técnicas bélicas que caracteriza al autor hace ganar cuerpo y emoción al relato. Se sirve de recursos literarios, pero no olvida el rigor: sin abandonar el registro divulgativo, cita fuentes como las memorias del prestigioso Ambroise Paré, un estremecedor testimonio de la semana que pasó atendiendo a los heridos de San Quintín, amputando miembros gangrenados. Paré nos describe el campo de batalla al que acudió cubriendo su cara con un pañuelo mientras vagaba por aquel manto de insepultos cadáveres corruptos, envueltos en un zumbido constante de nubes de moscas.
En aquel campo sembrado de muerte en San Quintín, y en la consecuente paz de Cateau-Cambressis (1559), se consolidó la hegemonía incuestionable de la monarquía hispánica en Europa. En la victoria, la caballería de Egmont cumplió con un papel decisivo. Sin embargo, aquel noble vasallo y fiel servidor recibió en 1557 el agradecimiento del mismo rey que, apenas once años más tarde, permitía su ejecución pública ¿Cómo llega uno de los primeros y más prestigiosos servidores de la monarquía a ofrecer mansamente su cuello al verdugo del rey? Juan Carlos Losada logra mostrarnos esa caída en desgracia sin rebajar la tensión de un lector que ya sabe que finalmente la cabeza del conde rodará sobre el patíbulo. Es cierto que una atmósfera de opresiva intransigencia sumió al continente en las guerras de religión a mediados del siglo XVI. El papa Paulo IV, cuyo fanático celo conciliarista permite olvidar a los corruptos papas del Renacimiento, -siempre rodeados de pintores geniales, apuestos sobrinos y generosos guardias suizos-, simboliza ese cambio generacional. Realmente, no hay color!
Pero hay que recordarle al autor, ya que en su relato subyace una idealizada diferencia entre el Emperador Carlos y su sucesor, que hay obras de referencia sobre la transición entre los dos reinados que, de haberse tenido en cuenta, añadirían al texto suculentas anécdotas sobre rivalidades por la reputación en el seno de la familia imperial y sobre las recomendaciones de firmeza (y hoguera) que desde Yuste el anciano emperador hizo llegar a su hijo.
lunes, 16 de enero de 2012
EBOLI. SECRETOS DE LA VIDA DE ANA DE MENDOZA (2006)
El parche que cubría el ojo derecho de Ana de Mendoza escondía mucho más que la ambición de quien –como Grande de España- podía llamar “primo” a Felipe II. Seducido por su atractivo y su triste destino, Nacho Ares abandona su ámbito habitual de estudio, la Historia Antigua. Con rigor, confiesa nuestras lagunas sobre doña Ana, y -consciente de que hay poca producción seria sobre el tema-, se sirve de los historiadores locales de Pastrana, la villa ducal desde cuya corte renacentista los Mendoza gobernaban noventa mil vasallos de ochocientos pueblos distintos. Acude también a los legajos del Consejo de Estado que pueden alumbrar qué oscuros intereses aunaron a la princesa con Antonio Pérez, secretario de Felipe II. ¡Cuantos ríos de tinta ha desbordado el asesinato de Escobedo, el secretario del gobernador de Flandes y hermanastro del rey, don Juan de Austria, una noche de 1578! No sabemos qué tuvo que ver la de Éboli, pero su estrecha amistad con Antonio Pérez la involucró de tal modo que el rey –que los había detenido a los dos- la mantuvo a buen recaudo el resto de sus días. Mientras, Antonio Pérez sufriría tormento, un largo proceso, escaparía a Aragón y se acogería a sus fueros. El choque entre constituciones aragonesas y venganza regia acabaría en tragedia, pero el autor no se distrae en la complicada trama política y prefiere acompañar a la princesa de Éboli durante su largo encierro, mientras Antonio Pérez sataniza al rey Felipe en la obra paradigmática de la Leyenda Negra, a sueldo de monarcas rivales. A la afortunada descripción del plomizo ambiente de la reclusión apenas le falta profundizar en la causa de tanto ensañamiento: ¿quizá la implicación de la de Éboli en la política portuguesa, justo cuando el rey ponía sus ojos en aquella corona vacante? Parece que la princesa seguirá guardando secretos detrás de su parche.
miércoles, 11 de enero de 2012
LAS OLVIDADAS, SEGÚN ÁNGELES CASO (2005)
Entre Safo de Lesbos y las mujeres que pintan junto a los impresionistas parece haber un ensordecedor silencio de voces femeninas que ha pesado como una losa sobre las artistas y escritoras en busca de referentes históricos. Sin embargo, la presencia femenina en el mundo de la creación no fue tan escasa como nos han hecho creer: Ángeles Caso llama nuestra atención en este libro sobre las mujeres que trabajaron intensamente en los scriptoria de los monasterios medievales, en los talleres de pintura del Renacimiento o en las cortes de los príncipes del Barroco.
Prestar atención a las mujeres singulares no la hace olvidar a las demás. Por eso jalona su discurso con eficaces retratos de los contextos en los que vivieron aquellas mujeres cultas: el proceso de enclausuramiento de las órdenes femeninas, la exclusión de la mujer de la medicina, o la instrucción de las nobles y su uso como mercancía matrimonial. Aunque el libro nos permite entrar en los salones de las damas ilustradas, atiende también a esclavas o prostitutas, y no olvida presentarnos a las beguinas, a la primera autora en lengua catalana, a las trobairitz que en lengua de oc nos dejaron refinadas muestras de amor cortés, o a las autoras en lengua árabe de al-Andalus.
La mujer va adquiriendo presencia historiográfica, pero hasta hace bien poco el discurso histórico apenas atendía voces que no procedieran de los varones blancos europeos bien situados. El ejemplo de Cristina de Pisan es muy representativo; en 1405 escribió Le Livre de la Cité des Dames, un tratado alegórico que reivindicaba el valor moral, intelectual, incluso político y guerrero, de las mujeres a lo largo de la historia. Aquel universo de autoestima y dignidad femenina tuvo mucho éxito hasta el siglo XVIII en el desarrollo de la “querella de las damas”, un intenso debate sobre las cualidades intelectuales y morales de las mujeres que implicó a numerosos ensayistas durante más de trescientos años. Pues bien: Gustave Lanson, en un prestigioso estudio sobre la historia de literatura francesa publicado en 1894, calificaba a Cristine de Pisan como “una de las más auténticas marisabidillas (¡!) de cuantas han existido en nuestra literatura”.
Muchas creadoras fueron empujadas, apenas desaparecieron, al limbo del silencio y la inexistencia. En el barrio de La Latina de Madrid conocen bien a Beatriz Galindo, que enseñó a Isabel la Católica el idioma culto del tiempo de los humanistas; pero en general la mayor parte de las mujeres consagradas a la cultura ha caído en el olvido. La mayoría desconocíamos que la que podríamos considerar la primera pintora hispana conocida firmó un códice de los Comentarios al Apocalipsis del Beato de Liébana, y muchos aún se sorprenden cuando –en su visita a nuestra principal pinacoteca- descubren que el retrato más conocido de Felipe II es obra de Sofonisba Anguissola. Y es que recientemente los grandes museos han tenido que cambiar muchos rótulos de las obras exhibidas. ¡Quién sabe si la guerra de autorías todavía puede darnos alguna sorpresa y nos descubrirá si algunos de los retratos de la familia real que hoy adjudicamos a Sánchez Coello pertenecen a esta muchacha italiana, dama de honor de Isabel de Valois!
Así, de sorpresa en sorpresa, el ensayo de Angeles Caso se lee con amenidad. Apenas se echa de menos un resumen de la recuperación historiográfica, del proceso de reivindicación de estas autoras, que dejara constancia de qué tipo de dificultades tienen que salvar los investigadores que las trabajan.
viernes, 6 de enero de 2012
LA CRÍTICA DE LA CONSPIRACIÓN (Y LA CONSPIRACIÓN DE LA CRÍTICA)
Las primeras secuencias de “La conspiración” nos acercan a hechos conocidos: el actor John Wilkes Booth disparó a la cabeza de Lincoln en el transcurso de una representación en el Teatro Ford, gritó "Sic semper tyrannis!", saltó desde el palco lesionándose la pierna, y huyó a caballo. Era la cabeza ejecutora de un complot que buscaba subvertir el resultado de la guerra, o vengar la derrota de Lee en Appomattox ante el General Grant. El guión de la película, sin embargo, no se entretiene en el radicalismo sudista, sino que quiere contarnos una historia mucho menos conocida. Sabemos que Booth fue perseguido y descubierto, que murió en una emboscada, y que sus cómplices protagonizarían el proceso en el que Robert Redford centra su película; pero muchos desconocíamos que –habiéndose fraguado el atentado en una pensión, cuya propietaria era la madre de uno de los compinches de Booth- las sentencias empujarían también a esa mujer hasta la horca, convirtiendo -el 7 de julio de 1865- a Mary Surrat en la primera víctima femenina de una ejecución celebrada por el Gobierno Federal de los Estados Unidos.
La película deja bien claro que las pruebas presentadas contra Mary Surrat eran endebles y que el proceso no tuvo las debidas garantías. No es, sin embargo, una película “de abogados”: ni sustituye al arquetípico héroe de acción por un orador brillante, ni cuenta en esas escenas con suficiente intensidad dramática como para ser “cine judicial”. Creo más bien que cumple con una importante función divulgativa, poniendo de relieve la letra pequeña de la Historia que a menudo nos permite entender la letra grande. Ese objetivo parece no haber gustado: muchas críticas se lamentan de que –al construir una “crónica fidedigna”- Redford ha sustituido “el ejercicio cinematográfico” por un “manual de Historia”. Como quien no quiere la cosa, esas críticas asimilan cine a entretenimiento frívolo, y definen la Historia como un libro cogiendo polvo en la estantería. Sus socarronas descripciones de la película como un “docudrama del History Channel” contrastan con la curiosidad con la que los amantes de la Historia celebramos que “la conspiración” sea sólo la primera empresa de una productora que quiere dedicarse en exclusiva a reproducir momentos de la apasionante historia americana, sin adoctrinamiento.
Ahí viene la segunda crítica contra Redford. Algunos le acusan de incumplir ese objetivo, de ceñirse a una “reivindicación política injustificada”. Citan a la profesora Kate Clifford Larson, autora de The Assassin’s Accomplice: Mary Surratt and the Plot to Kill Abraham Lincoln, que se mostró convencida de la culpabilidad de Mary, y de que -además de albergar a los conspiradores- les asistió en cuanto pudo y conocía sus planes. Insisten en criticar a la película que no cuenta cuánto conocía Mary de la conspiración, lo que a mi juicio implica que no han entendido nada, puesto que la película no trata de desentrañar el complot contra el presidente en la que participó el hijo de la protagonista, sino un relato de indefensión constitucional ante un gobierno que organiza una farsa de juicio para apaciguar a la nación herida con un desenlace rápido y un castigo ejemplarizante. La escena en la que el secretario de guerra, Edwin Stanton, deja claro que quiere a los conspiradores enterrados y olvidados nos permite comprobar que logró su objetivo: ha hecho falta la película para que muchos conociéramos la tragedia de Mary Surrat. A cuantos les parece “injustificado” rescatar su historia, me gustaría decirles que –aunque todos sabemos que es más fácil proclamarse liberal que serlo en la práctica-, no estaría de más refrescar en la memoria el derecho a un juicio justo para todos, incluso los más retorcidos sospechosos. Nadie es liberal si considera menudencias la presunción de inocencia, o la independencia de la justicia. Y no hace falta mucho esfuerzo para reconocer que, en la actualidad, se nos olvida a menudo.
Finalmente, hay un tercer formato de críticas: las que –llegados al punto de analizar la película como una muestra de cine político- argumentan que el discurso es meritorio en intenciones pero simplista. ¡Vaya por Dios! Veamos. El film nos cuenta cómo Frederick Aiken, héroe bélico nordista, se enfrenta al dilema de actuar como abogado defensor de una mujer del bando enemigo. Seguirle en el viaje que va desde defender a regañadientes a Mary Surratt ante un tribunal militar, creyéndola culpable, hasta revelar –en una defensa ardiente- pruebas que ponían en duda las imputaciones, lejos de ser algo simple, nos permite advertir con él que –tras el discurso de que la nación amenazada debe sacrificar los derechos civiles para garantizar su seguridad- se escondía una segunda trama conspirativa: la que aprovecha la ocasión para justificar la actuación impune, sin trabas, arbitraria, del poder político. Es por eso que Redford subraya que es el mismísimo presidente Andrew Johnson quien envía a la horca a Surratt, subvirtiendo la sentencia de cadena perpetua que dicta el tribunal. “En tiempos de guerra, enmudecen las leyes”, le espeta un alto cargo del gobierno al abogado defensor. ¿Por qué tan selecto lector de Cicerón no prefirió citar al insigne romano diciendo que “ser esclavo de las leyes nos hace libres”?
A mi el guión me ha parecido brillante y original. Original porque, para vindicar la democracia, no se ha usado –como tantas veces- la exaltación de Lincoln, el culto a la personalidad del gran hombre. Al contrario: quienes conspiran y aluden constantemente a la supuesta situación de emergencia nacional son quienes apelan continuamente a la memoria del mandatario asesinado. El guión también me ha parecido brillante, porque, sin declaraciones grandilocuentes y patrioteras ni banderas ondeando al viento, se denuncia cómo los políticos crean estados de excepción imaginarios para justificar su actuación. Parece claro que implícitamente, Redford se está refiriendo a Guantánamo y al debate “seguridad vs. Libertad” que se abrió en la sociedad norteamericana después de los atentados contra las Torres Gemelas. Y quizá haya estado esa crítica hacia el patriotismo de pandereta la que ha pinchado la película en los Estados Unidos, a pesar de que se estrenó –aprovechando el 150 aniversario del principio de la Guerra de Secesión- en el lugar del asesinato.
Los críticos se han acelerado conforme se ha venido confirmando la espalda de la taquilla. En el vol. XXI de la revista del colectivo Film-Historia explicaban el fracaso en términos técnicos, diciendo que “Robert Redford no deja mucho espacio a sus actores para actuar libremente”, por lo que “sus interpretaciones son demasiado teatrales”, la fotografía hacía la película “latosa” e “insufrible”, el guión era “monótono”, la cárcel “demasiado limpia”, la recreación de Washington D.C. “demasiado elegante” y –en conclusión- “la conspiración” es un “intento de blockbuster fallido, lo que explica que le fuese mal en el box-office en Estados Unidos”, afirmación cuyo significado ignoro pero que parece esconder una acusación terrible.
Incluso la elegantísima y concienzuda crítica que Carlos Reviriego tituló con acierto “Todos los asesinos del presidente” (El Mundo, 2-12-2001) tiene intención: cuando nos advierte que un rótulo final informa al espectador de que Frederick Aiken se convertiría en el primer redactor local del Washington Post intenta adjudicar un antecedente ilustre al “periodismo de investigación” del que presume su jefe. “Este detalle no es banal”, dice, porque nos remite a la película (1976) en la que Redford interpretó a Bob Woodward, uno de los reporteros del Post que destapó el Watergate: “el paralelismo entre Woodward y Aiñen viene en cierto modo a cerrar un círculo en la filmografía del legendario actor y director californiano. El rótulo final lleva el mismo mensaje que el impertinente sonido de las máquinas de escribir que, sobre un discurso presidencial televisado, clausuraba la película de Pakula: la prensa no será silenciada”. Es en esa línea que su jefe ha tomado de la película la tesis de la conspiración de estado para continuar removiendo su denuncia del "cierre falso" del 11M y el “condenado inocente”, en un alarde de liberalismo enfrentado con la tiranía. Liberalismo, y acción investigadora, que sin embargo el diario de Pedro Jota guarda en el cajón cuando toca hablar de la trama Gürtel, el impacto del Prestige, los trabajos de Aznar para Murdoch o las armas de destrucción masiva que siguen buscando en Irak.
Por cierto que Pedro Jota -a cuyas ínfulas historiográficas espero poder dedicar algún post- es el único que detecta un fallo: parece que Lincoln, moribundo, no fue acomodado en la cama como la película sugiere. Y sin embargo, comparar las fotografías reales de la ejecución, como la que encabeza este párrafo y muestra la preparación de los reos, con la secuencia correspondiente, evidencia un encomiable esfuerzo de verosimilitud y fidedignidad. De hecho, el guión sugiere algo tan verosímil como contrastable aún en el presente: el uso de Mary Surrat como cebo para prender al único conspirador que había logrado huir, su hijo, y el aparentemente impasible exilio silencioso del fugitivo pese al sacrificio materno. Una vez más, las mujeres usadas como moneda de cambio, instrumento, chivo expiatorio, y piedra arrojadiza por parte de una sociedad tan vengativa como masculinizada. No parece que nadie haya atendido -en la reyerta política del presente- el sacrificio silente de una madre llamada Mary Surrat...
martes, 3 de enero de 2012
L'ESCLAT DE L'EST (LLIBERT FERRI, 2006)
Quan a la capacitat d’anàlisi de l’historiador s’afegeix la descripció dels fets viscuts, pròpia del periodista, el relat històric del temps recent no solament pot guanyar una presentació més atractiva, sinó també una reconstrucció dels esdeveniments tant dinàmica com verídica. És per això que “L’esclat de l’est” desperta imatges televises de l’inconscient del lector que crèiem oblidades, sense simplificar la complexitat del procés que es proposa d’explicar: l’enfonsament dels règims comunistes a Europa.
L’autor comença el relat recordant la fotografia de George Orwell que Agustí Centelles li va fer a Barcelona pel desembre de 1936, mentre feia cua per allistar-se a les milícies del POUM. L’anècdota simbolitza la seducció que la revolució va exercir sobre gran part de la intel•lectualitat europea, després compromesa en la denúncia de la temptació totalitària. No comparteixo l’opinió que la construcció d’un govern fort a la República Espanyola en guerra fos un assaig subversiu de les futures instauracions de les democràcies populars a l’Europa de l’Est. Més aviat crec que la nostra visió de la Unió Soviètica posterior, omnipresent i tentacular, intervencionista i activa en tots els fronts mundials freds, ens fa obviar l’aposta per la col•laboració amb els partits burgesos, el projecte de “socialisme d’un sol país”, i la dificultat estratègica que per a Moscou implicava la revolució espanyola. Malgrat que tot això dificulti l’existència de cap pla el 1938, ningú no pot negar, acompanyant Llibert Ferri en el viatge cronològic fins a l’est “alliberat” pels soviètics el 1945, que alguns dels protagonistes de la satel•lització de l’Europa de l’Est ja havien respirat darrera el clatell d’Orwell o dels “Poumistes” allunyats de l’ortodòxia.
Aquesta és una de les sorpreses d’aquest llibre, mitjançant el qual lector s’assabentarà també, per exemple, que Glasnost no és exactament llibertat d’expressió, coneixerà quin percentatge del territori bielorús continua contaminat pel verí radioactiu vessat a Txernòbil, descobrirà els límits de la desestalinització de Krushev, sabrà com es va produir el traspàs del matrimoni Ceaucescu, i on es va obrir el primer McDonald’s del territori soviètic. El resultat és una crònica d’esdeveniments de ritme trepidant, que posa ordre en el marasme de dades quan els fets es precipiten, i que resta tan atenta als despatxos de Moscou com als carrers dels països satèl•lits, i que sovint recorda –gràcies a l’experiència personal de l’autor com a corresponsal a Moscou- la confosa allau d’informació que van rebre les estorades opinions públiques occidentals coetànies.
Aquesta seqüència vertiginosa evita els dogmes de qualsevol signe. Per tant, no és un text revisionista amb voluntat de fer llenya de l’arbre caigut, sinó un retrat fefaent del passat recent, que se serveix d’una acurada i selecta bibliografía, en la qual destaquen la sociòloga Olga Kryshtanóvskaya i la periodista Anna Politkóvskaya. Així doncs, no es defuig diferenciar l’ànima totalitària de l’ànima humanista del comunisme, ni criticar els ultraliberals que van impulsar les teràpies de xoc dissenyades als laboratoris occidentals per desmantellar l’economia planificada i substituir-la per una altra que, més que de mercat, semblava de casino. La davallada de la producció i la caiguda de les inversions que va provocar aquestes teràpies es van intentar superar retallant despeses socials. Així va ser com 40 milions de persones arruïnades per la inflació i la consegüent pèrdua del valor adquisitiu dels sous van haver de buscar estratègies de supervivència, que anaven des de les paradetes en parcs i voreres per vendre els objectes personals, fins a l’ús de la violència per desallotjar els desvalguts petits propietaris dels pisos privatitzats.
El 1999 les Nacions Unides van publicar un balanç sobre el cost de vides humanes del desmantellament del comunisme a Europa: es volia denunciar que un gran nombre de persones havien desaparegut dels censos de població. Se les havien endut les malalties (per l’ensorrament del sistema públic de salud), els suïcidis, l’alcoholisme i la violència d’una societat desestructurada. La xifra espanta qualsevol: recomano que, quan us la trobeu a “L’esclat de l’est”, la compareu amb les que s’atribueixen a 90 anys de règim soviètic en qualsevol d’aquests “llibres negres” consagrats a donar al comunisme un caràcter intrínsecament criminal. En el text de Llibert Ferri les víctimes del capitalisme salvatge també mereixien el seu sentit record reivindicatiu!
domingo, 1 de enero de 2012
UN SAHIB CON SALACOT EN LONDRES (75 AÑOS SIN KIPLING)
Me acerqué al libro del periodista canadiense David Gilmour “La vida imperial de Rudyard Kipling” con precipitación y alevosía. Faltaban pocos días para que en Fent Història celebráramos una de las ya habituales lecturas públicas que nuestra compañera y amiga Victòria Medina viene organizando desde hace ya algunos años en el marco de la Setmana de la Ciència. Incluimos en esta iniciativa de la Fundació Catalana per a la Recerca nuestra invitación a la ciudadanía para leer en público, y buscamos un libro que sintonice con el pretexto científico que cada año ejerce como leit motiv de esta convocatoria consagrada a la divulgación científica: la declaración por las Naciones Unidas del 2011 como Año Internacional de los Bosques, por ejemplo, hacía de “El libro de la selva” de Kipling la lectura más adecuada. Temía, sin embargo, que quienes conozcan la obra del escritor británico nacido en la India, pudieran descalificarlo como un “apóstol del imperialismo”.
Puede que la urgencia de esa pregunta sesgara mi lectura, y quizá por eso me resultara una obra exculpatoria. En la introducción, por ejemplo, se cita al escritor bengalí Nirap Chaudhuri, de quien se nos dice que insistía en que el pensamiento político de Kipling “no era un ingrediente esencial de sus escritos”, y a Charles Carrington, aparentemente el “biógrafo oficial”, quien “sostenía en privado que su biografiado no era un tory ni un imperialista”.
No es que Gilmour niegue que Kipling encarnara la aspiración imperial. Lo que ocurre es que prefiere acentuar su papel como “profeta de la decadencia”. Al hacerlo, dulcifica todo cuanto Kipling pensaba, como hombre de su tiempo, que pudiera incomodar al lector occidental del siglo XXI. Quizá con esa voluntad de disculparle afirma (p. 51) que “gran parte de cuanto dijo y escribió puede contradecirse con otras cosas que dijo y escribió”. Dicho lo cual se dedica a desmentir su “misoginia aparente” basándose en la “simpatía” y “comprensión” que muestra hacia algunos personajes femeninos en sus cuentos. La lectura exculpatoria se extiende entonces a la apología imperial: en el debate sobre la verosimilitud de la India que Kipling nos describe, afirma que “su capacidad para observar y escuchar, y no condenar (…)le permitía experimentar mucho más de la India nativa más que la mayoría de los ingleses”, que “los indios lo consideraban distinto a otros sahibs”, que “su conocimiento (…) le conseguía invitaciones para lugares a los que rara vez se llamaba a los extranjeros”, que “su saber de las castas y credos impresionaba a sus amigos”. Hasta aquí se nos retrata a Kipling como esencia de la curiosidad científica, como explorador fascinado por la exoticidad, olvidando que el afán de conocimiento del positivismo pretendía en el fondo someterlo todo, controlarlo todo, explotarlo todo. Sin embargo, Gilbour dibuja a un partidario de un formato de “imperialismo” más o menos informal –¿indirect rule?- alejado de la geoestrategia nacionalista vociferante y del saqueo de las colonias con mano de obra semi-esclava.
Convencer de que la “informalidad del imperio” minimizaba el impacto sobre los colonizados, y esconder la violencia (formal o informal) bajo un manto filantrópico fueron los objetivos, y creo que las lamentables conclusiones, del debate sobre los costes del imperio que se desarrolló en la historiografía occidental durante el último cuarto del siglo XX. Es posible que, llegadas a esas conclusiones, que tanto hacían por santificar los beneficios de esta nueva forma de control que llamamos “globalización”, urgiera releer las obras de Kipling para enaltecer su “carga del hombre blanco”, la misión civilizadora. No sé si será ese el objetivo de Gilmour al escribir que “en general, le caían bien los indios como individuos y le iba bien con los que conocía. (…) Miraba a los indios como inferiores en varios sentidos (…) pero eso no demuestra en sí mismo una reivindicación de superioridad racial (…) más bien refleja la opinión (…) de que entonces los británicos eran más capaces que los indios para llevar a cabo ciertas tareas (…) los británicos de los cuentos de Kipling rara vez exhiben alguna superioridad moral (…) quería reformar la India eliminando las cosas que no podía tragar, abusos como el matrimonio infantil, la suciedad y el peligro de vivir en los barrios bajos de las ciudades. Pero no quería que se impidiera a los indios que fueran indios, ni transformarlos en otra cosa”. Dicho de otro modo, que si trabajaban barato en los campos de algodón, podían continuar muriéndose lentamente de hambre a su antojo. Libremente, eso si. ¡A la velocidad y en el rincón que ellos mismos eligieran, eso sí, que el capitalismo lleva pareja la libertad!
El retrato de este Kipling “post-moderno”, tan transigente con la diversidad y respetuoso con la identidad, no es un estudio literario ni filológico, aunque algunos párrafos del libro contienen breves “guías de lectura” que insisten en la apuesta de Kipling por el imperio como paraguas de la diversidad. Se nos dice, por ejemplo, que el cuento “el hombre que pudo reinar” era “un aviso a los imperios de que les pueden echar abajo si vulneran en demasía las costumbres de los pueblos sometidos”, y “The Jungle Book” se interpreta como la defensa de la civilización superior de quienes obedecen la ley sobre quienes “viven sin ley”. ¡Doctores tiene la iglesia, estetas del discurso la globalización, aquí alivio y después gloria, pensé!
Lo que realmente me pareció acertado del libro fue la descripción del papel de Kipling como “profeta de la decadencia”. Se refiere a que se dedicó a “insistir ruidosamente en que la supervivencia dependía de que se aplicaran ciertas medidas políticas: el servicio militar obligatorio, la ampliación de las fuerzas armadas, la alianza con Francia contra Alemania, y la negativa a cualquier concesión a los nacionalistas indios e irlandeses”. La segunda mitad de la vida de Kipling coincidió con el comienzo de la decadencia imperial, “sincronía que explica la amargura de aquellas décadas como profeta al que nadie escuchaba”. Ese retrato de Kipling como “abuelo cascarrabias” me pareció mucho más verosímil que el del partidario del “imperio acogedor”: cuando regresó a Londres, Wilde triunfaba con “El retrato de Dorian Gray”, y todo aquel mundo “de cuellos altos de terciopelo y esteticismo petulante, de absenta y buhardillas parisinas”, le pareció frívolo y enojoso. A su alrededor solamente percibía socialistas, irlandeses y liberales, fantasmas unidos en una “profunda falta de interés por salvar el imperio”. Clamó contra el impuesto sobre el patrimonio contra el que Lloyd George quería financiar el gasto social y contra las sufragistas con el argumento de que la emancipación femenina acabaría con lo mejor de la mujer: su “delicadeza, su pureza, su buena educación”. Es la época en la que “entregó su corazón y a veces su mente a una larga lista de causas políticas: la soberanía inglesa en la India, la reforma de los imperios, la supervivencia de Francia, el servicio militar obligatorio, preservar el Ulster de la Irlanda autónoma, la protección de Inglaterra frente a los peligros que suponían los alemanes, el sindicalismo, las sufragistas, el libre-comercio y el partido liberal”.
Hay un episodio lamentable de la vida de Kipling que puede ejercer como “guinda” que permita interpretarle: cuando en 1914 su hijo de 17 años suspendió un examen físico para alistarse porque había heredado mala vista, la prioridad de Kipling fue obviar el diagnóstico para conseguirle un destino. ¿Cómo disculpar ese ejercicio tiránico de la autoridad paterna? Gilmour toma una carta que nos permite reconocer que el matrimonio Kipling nunca se hizo ilusiones sobre las opciones de supervivencia de su hijo, al tiempo que justifica que le entregaron en sacrificio porque “no podemos dejar que mueran los hijos de amigos y vecinos para salvarnos nosotros y a nuestro hijo. No hay posibilidad de que John sobreviva a menos que esté tan lisiado por una herida que quede inútil para el combate. Lo sabemos, y él también. Todos lo sabemos, pero todos debemos entregar y hacer lo que podamos, y vivir en la sombra de la esperanza de que nuestro hijo sea el único que se salve”. Aunque el chico duró algunas horas más de las que duraría yo en las trincheras francesas, el noble sacrificio de la familia Kipling en el altar del imperio se me antoja el método para conocer rápidamente al autor de “Si…”. Cada cual que piense lo que quiera
martes, 6 de diciembre de 2011
LES LLOTGES CATALANES, SEGONS FRANCESC ROCA
Aquesta setmana, el professor de política econòmica de la UB Francesc Roca ha publicat un article molt interesant en el diari electrònic L'econòmic
Si calgués sintetitzar amb una sola paraula el que ha estat històricament l'economia catalana, aquesta paraula podria ben bé ésser “llotja”. Una llotja és un espai obert i cobert construït per funcionar específicament com a mercat per a mercaders o comerciants. Pot ésser general o tenir una certa especialització i, aleshores, diem: llotja de mar, llotja de cereals, llotja del peix, llotja de l'oli, llotja de la seda o llotja del cànem.
El cas català és excepcional, car a tots els territoris de l'antiga confederació catalanoaragonesa es van construir, a partir de 1339, grans llotges, seguint el model de la primera: la Llotja de Mar de Barcelona. Foren uns edificis de grans dimensions i de gran bellesa: la Llotja de la Seda de València, construïda a partir de 1482, ha estat declarada, per la Unesco, Patrimoni de la Humanitat.
Coetàniament, no se'n va construir cap, de llotja, a la veïna corona de Castella- Lleó. Això és el que va descobrir en un moment difícil (els anys 1940) Romà Perpinyà Grau, l'economista de Reus que ha estat considerat un dels millors economistes hispànics del segle XX. Només n'hi ha equivalents a Florència i altres repúbliques italianes. Així i tot, la Loggia della Signoria de Florència no era un mercat, era un espai públic destinat a festes i cerimònies de gran solemnitat. I la Loggia del Mercato Nuovo és de 1547. A Gènova, la Loggia dei Mercanti és posterior: de 1589.
A partir de Barcelona, i durant 200 anys, es van anar construint les grans llotges catalanes, que (associades, o no, als Consolats de Mar), són, sovint, un del principals centres d'atracció de les ciutats on es localitzen.
Després de la de Barcelona, les llotges construïdes foren: Tortosa (1368-73), Castelló d'Empúries (1393), Perpinyà (1397, ampliada el 1554, amb l'estada del rei emperador Carles I a la ciutat), Palma de Mallorca (1420-52, Sa Llonja, obra mestra de Guillem Sagrera), València (1482-92, projectada per l'arquitecte gironí Pere Comte), Saragossa (1541-51, obra del polifacètic Joan de Sarinyena), Alcanyís (1570, formant cos amb la casa de la vila), Granollers (1586, la Porxada de Granollers), Castelló de la Plana ( 1603, la Llotja del Cànem).
No totes, és clar, tenen les mateixes dimensions, ni totes han seguit trajectòries semblants o paral•leles. Però, el que suggeriria Perpinyà Grau és que la simple existència d'aquest conjunt formidable de llotges catalanes (amb, lògicament, diferències entre elles) és un fet molt rellevant. En dos àmbits: en l'àmbit hispànic, car simbolitzen les grans diferències entre les economies de Castella-Lleó i de Catalunya-Aragó. I, en l'àmbit europeu, car donen pistes sobre les possibilitats de creixement de les economies de l'antiga confederació catalanoaragonesa.
Segons el pròleg de 1943 (a la història econòmica de Jaume Carrera Pujal) que va escriure Perpinyà Grau, la diferència és clara: “Castella va tenir fires, els regnes mediterranis van tenir llotges”. L'explicació és acadèmica: “Aquesta (diferència) és una mostra de la seva diversa infraestructura.” Però, segueix: “A Castella, contractació periòdica, amb temps limitat, grans distàncies, població dispersa, collites que es poden guardar i concentrades lentament”.
En canvi, a Catalunya-Aragó, “el mar i les distàncies menors en les petites, però poblades, terres en forma de ventall, donaven, al tràfic dels grans i petits ports de Catalunya, Mallorca i València, la possibilitat i la necessitat de la contractació diària, i la fe de la paraula donada. Cada contracte era petit en el seu volum, i, en mercaderies d'espècie molt diversa, segons origen i segons època”. Segueix, la llista cronològica de llotges.
Aquesta pràctica –diària, i intensa- contribuí a la fixació del dret mercantil: “A la Mediterrània, el Dret va seguir al costum. Es va manifestar i fixar en Usatges, Furs i Llibres del Consolat de Mar, en què la casuística reflecteix molt més la realitat que els monuments jurídics de les Partidas”.
La Llotja de Mar
Si el fort creixement econòmic català iniciat al darrer terç del segle XVII té una icona, aquesta icona és la nova llotja construïda a partir de 1746, embolicant i ampliant l'antiga. La nova llotja, però, va tenir, a més de les funcions d'espai de contractació comercial de la primera, altres funcions. Fou la seu del govern econòmic del Principat: la Reial Junta de Comerç de Barcelona. Fou l'espai on s'aixoplugaren els ensenyaments tècnics d'alt nivell que necessitava la nova indústria, i el laboratori d'introducció dels avenços científics de la Il•lustració.
sábado, 12 de noviembre de 2011
ELOGIO DE ERASMO (Y DE QUIENES SUEÑAN UNA ESPAÑA CON MENOS HOGUERAS)
La revista LEER ha dedicado a Erasmo de Rotterdam un apasionante dossier con motivo del 500 aniversario de “El elogio de la locura” (1511). Además de un interesante articulo de Ramón Garcia, el biógrafo de Delibes, sobre la gestación de la novela “El hereje”, el dossier contiene un artículo del filósofo José Luis Abellán, el autor de “El erasmismo español”, y una semblanza del gran humanista escrita por Javier Huerta para recordarnos la paradoja de que, teniendo aquí más adeptos que en ningún otro lugar, en 1517 Erasmo repondió a la invitación de Cisneros con un “Non Placet Hispania” al que Huerta llama paradójico porque el humanista holandés no tuvo en ningún otro lugar tandos adeptos.
Marcel Bataillon llegó a hablar de una “invasión erasmiana” cuando se refiere a las ediciones de sus obras, y añadió que el erasmismo en España no fue ni minoritario ni elitista: “fue una profunda revolución en la vida española” que “no fue cosa de una minoría culta, de unos cuantos intelectuales, sino que apasionó a la aristocracia, y llegó a las capas populares”: el autor de “Erasmo y España” recogió una carta del editor comunicándole la aparición del Enchiridion en español (1526) y que “con tener muchos millares de ejemplares impresos, no logran los impresores contentar a la muchedumbre de compradores”. Por eso Ricardo García Villoslada (en un capítulo de su “Historia General de las literaturas hispánicas”, 1968) encontraba erasmismo “en la corte, en los conventos, en las catedrales, en las escuelas, hasta en las posadas de los caminos pululaban los lectores y entusiastas de Erasmo”. Esta devoción multitudinaria explica dichos como “quien no ama a Erasmo o es un fraile o es un asno” o que el “Monachatus non est pietas” tuviera versión libre: “el hábito no hace al monje”. La frase no sólo demuestra la voluntad ética de vuelta al intimismo religioso, sino la creencia de que –si la interiorización tenía éxito- el poder temporal de la iglesia se acortaría porque muchos fieles se sustraerían al control de los obispos. El éxito de Erasmo refleja el estado de depravación de la iglesia en la península, y se explica también por el gran número de judeoconversos que había.
Morias Enkomion
Me ha gustado especialmente la caricatura de David Pintor que muestra al humanista haciendo equilibrios como los que le situaron entre el cristianismo que nunca abandonó y su crítica, que le acercaba al protestantismo, del que se quiso también distanciar. El “elogio de la locura”, en latín “Stultitiae laus”, algo así como alabanza de la estulticia o de la necedad, constituyó –en su critica a todo bicho viviente- un paso hacia lo que Roma consideraría años más tarde la herejía.Y sin embargo, en su momento el humanista lo definió como un puro y trivial divertimento, un elogio a su anfitrión Tomás Moro escondido en el juego onomástico que asimila el apellido de su amigo a la palabra "locura" en griego. Aún así, “El elogio” bebe de otras fuentes de su tiempo. Javier Huerta le asigna fuentes folclóricas más que librescas. Se refiere a las fiestas de los locos, unos ceremoniales transgresores y obscenos de origen medieval que se habían dejado sentir en las iglesias y catedrales al amparo de una fiesta que la iglesia católica había instituido en el tiempo de las fiestas saturnales de la Roma pagana: la Navidad. Desde San Nicolás a la Epifanía, una serie de festejos con más carga carnavalesca que religiosa, vindicaban -frente a la religión de la muerte y del dolor- una religión de la vida y la alegría, un cristianismo del gozo, en el que cabía incluso la risa, desterrada durante mucho tiempo por los teólogos como propia del diablo y ajena a Cristo. Según Harvey Cox (Las fiestas de locos, 1969) “capacitaban al pueblo para ver que las cosas no tenían por qué ser necesariamente como de hecho eran”. Su espíritu aflora en las páginas del Elogio, tanto como en el largo poema satirico de Sebastian Brant “La nave de los locos” (1494), que retrata la humanidad como un mundo de locos, poseídos por la ambición, la vanidad, la lujuria, la avaricia, la discordia, la pedantería, que se embarcan camino de un país inventado.
Finalmente, no sabemos si Erasmo conoció los cuadros de El Bosco “La nave de los locos” (Lovre) y “El carro de heno” (en El Prado), pero se considera demostrado que vio las ilustraciones que adornan el poema de Brandt que se han atribuido a Durero, y que Holbein se inspiró en aquellos locos ataviados como bufones, con cascabeles y caperuza, para ilustrar el “Elogio”. Es pues como si Erasmo se vistiera de bufón, haciendo accesible al lector común los tratados de difícil digestión, para clamar contra los poderosos que alientan la guerra, contra la hipocresía de los religiosos, contra la superstición que venera las reliquias, contra la inutilidad de la nobleza, incluso contra los papas, sirviéndose de sus conocimientos sobre los evangelios, de los que extrae –con la finura propia del filólogo y del teólogo- pasajes donde la estulticia es avalada por san Pablo o por el propio testimonio de Cristo. De la obra beberá Cervantes cuando rinde en El Quijote un último homenaje a la locura erasmiana mediante un personaje que ha perdido la cordura de tanto leer los libros de caballerías que tanto denostaba Erasmo. El Quijote erasmista
Cuando José Luis Abellán consideró el Quijote el mayor triunfo del erasmismo subterráneo, ya Américo Castro (“El pensamiento de Cervantes”, 1925) le había diagnosticado un fondo ideológico inconfundiblemente erasmiano, y Bataillon lo había confirmado en “Erasmo y España” (1937). Antonio Vilanova demuestra que Cervantes tuvo que conocer al menos el Elogio, dada la similitud de la locura de Don Quijote con algunos de los ejemplos que expone Erasmo en su obra: anticlericalismo, crítica a la liturgia y a las ceremonias, amor a la naturaleza, énfasis del cristianismo frente al catolicismo, exaltación de la libertad, critica a la España oficial, y –sobre todo- la valoración de la caridad sobre la justicia. Incluso el enfoque general de la obra podría ser una muestra: Don Quijote se hace caballero andante –apenas acompañado de un bobo, tan próximo a la inocencia evangélica que predica Erasmo- para defender a los menesterosos, a las viudas y a las doncellas, a los necesitados en general.
Y es que el nervio doctrinal de la Philosophia Christi es la metáfora del cuerpo místico de Cristo, según la cual todos los hombres somos miembros del mismo cuerpo cuya cabeza es Cristo. Lo cual puede leerse como que estamos subordinados a él, pero también de otra manera más exitosa en España según la cual todos los miembros forman parte del mismo cuerpo y se relacionan en igualdad/comunidad. Ese discurso incluye una reivindicación de igualdad jurídica para todos, capaz de cuestionar la división entre cristianos nuevos y viejos. Así es como muchos conversos abrazan el erasmismo como la posibilidad utópica de establecer un reino de Dios donde todos eran iguales, al menos en derechos.

Cuando libera a los galeotes se dirige a los guardianes diciendo “me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres, cuanto más, señores guardas, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros, allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios en el cielo no se descuida de castigar al malo, de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello” (I, XXII). La acción de liberar al desalmado no se comprende a la luz de la justicia humana; sólo se explica si el autor confía ciegamente en la justicia divina, que permite al hombre la caridad absoluta. Es decir: convenido que sólo Dios tiene autoridad para juzgar, al verdadero cristiano sólo le queda como opción el amor caritativo y misericordioso a ultranza. Así se lo justifica Don Quijote a Sancho: “A los caballeros andantes no les toca ni atañe averiguar si los afligidos, encadenados y opresos que encuentran por los caminos, van de aquella manera o están en aquella angustia por sus culpas o por sus gracias; sólo les toca ayudarles como a menesterosos, poniendo los ojos en sus penas y no en sus bellaquerías. Yo topé un rosario de gente mohína y desdichada, e hice con ellos lo que mi religión me pide” (I,XXX). Al defender esa actuación caritativa sin valorar consideraciones humanas, Don Quijote parece valorar la fe por encima de las obras. De hecho, la única frase expurgada por la inquisición -“las obras de caridad que se hacen tibia y flojamente no tienen mérito ni valen nada”- , no sólo recuerdan la opinión del obispo Carranza de que las obras no valen nada si no se cumplen en estado de gracia, sino que explicita cuanto los anteriores ejemplos sólo insinuaban. Al insistir Cervantes en la importancia de la conducta y de las buenas obras, viene a expresar una opinión muy próxima a la erasmiana en el desprecio de la teología, la cual viene a significar para él casi siempre una serie de formamismos que tienen poca o ninguna relación con la vida cristiana. Este es el episodio central del Quijote, porque convierte al caballero en un delincuente perseguido por la santa hermandad, apenas liberado –a costa del exilio- cuando en la tercera salida se refugia en el reino de Aragón, lejos de la justicia castellana. ¡Podría ser esa huída un símil de la que tantos humanistas habían tenido que emprender metidos en el equipaje imperial, mientras chisporroteaban las hogueras inquisitoriales a sus espaldas! En conclusión: a Erasmo no le place España porque los motivos que permitieron su éxito editorial son los mismos que empujarán la persecución de sus partidarios.
jueves, 10 de noviembre de 2011
CRIMEA Y LA SECESIÓN AMERICANA, INICIO DE LA GUERRA INDUSTRIAL
Me ha gustado este documental porque me permite introducir la guerra de Crimea y la de secesión en clase. Explica cómo la tecnología aceleró el ritmo de las matanzas. Parte de la afirmación de que durante siglos la tecnología bélica había permanecido igual: un combatiente en Waterloo, dice, hubiera reconocido armas y tácticas de cien años antes porque se seguía luchando con pólvora, caballos y espadas. Esa batalla marca precisamente el final. Tras ella, Europa gozó de cuatro décadas de paz, durante las cuales el éxito industrial desarrolló la producción masiva y una cadena de inventos que lo cambiará todo: nuevas armas de fuego que multiplican la potencia de fuego, los trenes que conducirán velozmente a los hombres al frente, las cámaras de fotografiar que registran su sufrimiento, relojes precisos permitían sincronizar los ataques, el telégrafo repartía sistemáticamente las órdenes sobre el terreno de operaciones y permitía que los enviados especiales de la prensa enviarán crónicas como las que William Howard Russell envió desde Crimea para el TIMES. También incentivó las innovaciones médicas que Florence Nithingale llevaría al frente…
Los franceses y los ingleses llevaron a sus tropas a Crimen en barcos de vapor: desde lejos se podían precisar planes de ataque y calendarios. El vapor permitió trasladar una ingente cantidad de tropas, munición y provisiones allí y cuando se necesitara. El desembarco cerca de Sebastopol les enfrentó a unos soldados rusos armados con mosquetes parecidos a los que usaron sus abuelos para frenar a Napoleón. Tolstoi, el autor de “Guerra y Paz” sirvió en Crimea como oficial de infantería, y describió consternado el efecto terrible que causaban los silbidos de las aparentemente interminables lluvias de balas.
Fascinado por el sobrecogedor espectáculo de las trincheras, afirman que Karl Marx afirmó que “se mire como se mire, la guerra civil americana es un espectáculo inédito sin precedentes en los anales de la historia militar. La extensión del territorio en disputa, las amplias líneas del frente de operaciones, la fuerza numérica de los ejércitos enfrentados, su coste fabuloso, y los principios tácticos y estratégicos, todo es nuevo a los ojos del observador europeo”. Tenía razón: ambos bandos luchaban con la tecnología más moderna, lo que alargó de forma cruel una guerra sin precedentes. Incluso predijo que la guerra terminaría luchando por Georgia. La trágica ocupación de Atlanta por el general Sherman simboliza la capacidad destructiva de la guerra moderna sobre la población civil. El conflicto terminaría con más víctimas americanas de las que les costarían después las dos guerras mundiales, la de Corea y la de Vietnam juntas.
El documental se queda, sin embargo, en la victoria de Bismarck sobre los austriacos en 1866.
martes, 1 de noviembre de 2011
LINGÜÍSTICA Y NACIONALISMO (JUAN CARLOS MORENO CABRERA)
Apasionante conferencia: "La lingüística y el nacionalismo lingüístico español", del del profesor Juan Carlos Moreno Cabrera, en la jornada "10 anys de filologia catalana a la UOC".
Juan Carlos Moreno Cabrera (Madrid, 1956) es doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Autónoma de Madrid y, desde 1993, catedrático de Lingüística General en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha sido miembro del Comité Científico del Informe Sobre las Lenguas del Mundo llevado a cabo por la UNESCO [publicado como Words and Worlds Multilingual Matters, 2005 y en castellano con el título Palabras y Mundos, Barcelona, Icaria, 2006] y participó en el proyecto EUROTYP (tipología de las lenguas de Europa) financiado por la European Science Foundation (1990-1994). En la actualidad es miembro del comité científico de LINGUAMON- CASA DE LAS LENGUAS de la Generalitat de Cataluña. Es autor, entre otros muchos libros, del ensayo "El nacionalismo lingüístico. Una ideología destructiva" (Barcelona, Península, 2008); Spanish is Different (Castalia, 2010).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




























