Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)
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miércoles, 15 de julio de 2020

EL MINISTERIO DEL TIEMPO: APRENDER UNA HISTORIA MEJOR (y 2)


Felipe III confirma el Tratado de Londres, en un episodio que presenta al duque de Lerma era belicista y la reina Margarita pacifista: ¡fue al revés! En el episodio 37 presentan ya anglicana a Isabel Tudor en 1558. Más que errores parecen simplificaciones que hagan inteligible la trama al espectador.


Decía en el post anterior que “El ministerio del tiempo” había cumplido con algo más que una tarea divulgadora de la Historia de España, que también contenía una nueva mirada historiográfica que pretendía superar la retórica peripatética del nacionalismo más casposo, y también los lamentos por el fracaso reiterado y la tragedia repetida que han caracterizado a la mirada más progresista. Es imposible mirar atrás y que no se te encoja el alma en un suspiro, y de hecho en la serie pasa: a menudo alguno de los protagonistas explicita que cada vez que pasa por una puerta del tiempo le parece encontrarse “el duelo a garrotazos de Goya año tras año, siglo tras siglo, en una guerra civil permanente”. Eso sugería Amelia en el capítulo 25 cuando le compraba al pintor su grabado “El sueño de la razón” y le veía reñir con las duquesas de Alba y Osuna, y –cansada de tanta miseria- le echara en cara que “así ha pasado siempre. Los inteligentes acaban divididos en mil luchas intestinas, los audaces frente al pelotón de fusilamiento, los íntegros en el exilio, y los inocentes en la miseria”. Esa tristeza flota en la serie como una especie de personaje fantasmagórico que reaparece muchas veces: ya en el capítulo 3 una Lola Mendieta madura, que aún parece malvada, lamenta la victoria francesa en 1812 porque permitió a Fernando VII anular la Pepa, matar al Empecinado y que “nuestros mejores” (refiriéndose a Goya o Jovellanos) se tuvieran que exiliar; a continuación se pregunta si vale la pena que el Ministerio se desangre –a veces explícitamente- para salvar esa Historia de dolor…

Por poco que uno conozca de la Historia del país resulta difícil no sentirse así de descorazonado. Pero me parece que la serie intenta superar esa tristeza peripatética con dos estrategias: revisando científicamente la historia, y rescatando del olvido a los personajes que nos robó la historiografía oficial para que generalotes y moralistas de medio pelo ocuparan su lugar. Por lo que respecta a la revisión científica no sólo he visto pequeñas explicaciones teóricas, como la que Amelia hace del romanticismo en el episodio sobre Bécquer. También se desnuda el discurso histórico de apriorismos nacionalistas: hay un ajuste de cuentas con Torquemada (4) y cierto reconocimiento de las víctimas de la inquisición. Ya en el capítulo 3 Amelia le desmiente a Alonso la expresión “imperio español”: Breda es una victoria de mercenarios, y Spínola era genovés. El capítulo dedicado a los “últimos de Filipinas” está más pendiente de las miserias del reclutamiento que de ninguna épica imperial (15). La misión en Yucatán (29) muestra muchas de lasmiserias de la conquista: de hecho, que el agente del ministerio en aquel tiempo sea Bernal Díez del Castillo ya es toda una declaración de intenciones. A Felipe II le ponen fino en el capítulo 21, donde se consagra la inquisición como instrumento del poder real. Y cuando unos radicales –los Hijos de Padilla- intentan atentar contra Alfonso XII durante el Consejo de Ministros que en 1881 celebró en la finca del Marqués de Comillas, cuyo pasado esclavista es el hilo conductor del episodio 27, se denuncia la Restauración como un régimen corrupto: “dos partidos se reparten el poder y enriquecen a cuatro empresarios”. También se traza un paralelismo entre los moriscos expulsados en 1609, que son “tan españoles como nosotros” (31), y los refugiados que llaman hoy a las puertas de Europa, y –en el episodio 9- se confecciona un retrato del Cid como mercenario.

Que Isabel la Católica grite "Yo soy la reina de Castilla, no mi esposo" es una lección sobre la época moderna, en la que se ambienta el 35% de las tramas de los episodios. Sólo un 11% de las tramas transcurría en la Edad Media; el 53% en la contemporánea

Que la serie encierra una mirada historiográfica, pues, parece obvio. Es cierto que evita algunos debates –la autoría del Lazarillo, por ejemplo, en el capítulo 6- pero a veces plantea que puede haber miradas distintas sobre el pasado: en el episodio 26 el talante de Godoy puede parecer tiránico, pero Amelia recuerda su papel en la protección de la ilustración. También se ejercen miradas historiográficas contradictorias cuando, en el capítulo 5 una misión para proteger el retorno del Guernica permite celebrar el Madrid de la movida, pero –cuando el objetivo es que Almodóvar conozca a Banderas (36)- el reencuentro de Pacino con aquellos años es una tragedia, porque a su antiguo amigo del instituto le diagnostican la plaga que puso fin terminó con la bohemia creativa. Queda claro así que los ochenta tuvieron dos caras, y que debemos evitar que la nostalgia empañe la mirada.

Los guionistas incluyen pues, también, una mirada comprometida con el presente: hay capítulos que denuncian la violencia de género (38), los desahucios o los recortes del estado del bienestar: Salvador Martí, cuando descubre a la empresa americana que trapichea viajando en el tiempo, afirma enfadado que “hay cosas que no se pueden privatizar, como la educación, la sanidad o los viajes por el tiempo”. Hay cierta normalización de la diversidad en la forma alegre y desprejuiciosa con la que Irene Larra vive su sexualidad, y también se procura empoderar a los personajes femeninos: no sólo porque Amelia es una agente inteligente y culta, y por eso dirigirá la mayor parte de operaciones de la patrulla. También porque los espectadores conocen a María Pita, y a las “Sin Sombrero” en un capítulo (18) en el que Irene se dice fascinada por Clara Campoamor, a la que, en un capítulo posterior con momento emotivo, puede agradecer su trabajo personalmente en el París de la Exposición Universal de 1937 a costa de perderse un “cameo” con Josephine Baker. Esa manera simbólica de saldar la deuda que tenemos con uno de los grandes personajes de nuestro pasado va en la línea también de la relación especial que Julián tiene con Federico: su abrazo al final del capítulo 8, y su reencuentro posterior, que hacen de Lorca un personaje simbólicamente inmanente sobre parte de la trama de la serie, simbolizan, a mi entender, la relectura de la historia de España que se pretende. Le debemos ese abrazo a Federico y ese agradecimiento a la Campoamor; dárselo en la serie no sólo es justicia poética, también constituye una oportunidad de reconciliarnos con esa historia tan ingrata de exilios, hogueras  y espirales de venganza. Yo mismo, cuando descubrí a Emilio Herreraen el capítulo 40 –mucho más que un pedazo de ingeniero- me quedé tan emocionado como enojado. ¿Por qué nos han robado esos personajes? ¿Quién se ha empeñado en callar sus voces? Y es que, como los protagonistas de “El ministerio del tiempo”, todos tenemos cadáveres en el armario que nos incomodan. España los tiene, y muchos. El mejor homenaje que se les puede hacer es contar su verdad, escribir sobre ellos, hacerle un hueco a sus gestas, conocerles, rescatarles de las cunetas de la Historia (y de las otras) y meterles a empujones en los libros. Agradecerles lo que hicieron contando su historia, recogiendo sus palabras o sus obras, en definitiva, darles vida.


¿Quiere decir todo eso que es una serie “de izquierdas”? No lo creo: que haya unas pocas secuencias en catalán y un guiño austracista (7) no la convierte en una serie independentista. De hecho, uno de los adversarios del Ministerio son los Hijos de Padilla, un grupúsculo revolucionario que coquetea con el terrorismo y a los que Amelia recuerda la cita de Sebastian Castellion “Matar a un home no es defender una doctrina, es matar a un hombre”. Los comunistas no salen bien parados (40), y una de las pocas polémicas historiográficas que ha generado la serie igualaba a los dos bandos de la guerra civil al recordar Lola Mendieta el bombardeo de Cabra (Córdoba) por tres Topolev soviéticos el 7-11-1938 como una “Guernica olvidada” (35). Si en algún momento la serie parece escorarse es porque quienes se manifiestan junto a una estatua de Don Pelayo o retiran bustos de Abderrahman III ocupan demasiados titulares: consumimos una historia de cartón piedra, y eso nos aleja de cualquier referente auténtico proveniente del pasado. Sólo una vez he escuchado a un político presentarnos la historia de España que deberíamos conocer: fue Pablo Iglesias, en el discurso que pronunció en el 2015 delante del Museo Reina Sofía, celebrando el resultado de las elecciones europeas que dieron protagonismo a su partido. Allí dijo que aquella noche se podía escuchar “la voz del pueblo de Madrid resistiendo al invasor, de Riego defendiendo espada en mano la constitución, de Torrijos desembarcando en Málaga, la voz de los demócratas de la Gloriosa, la voz de Joaquín Costa y la institución libre de enseñanza, la voz de Rosalía y la risa irónica de Valle Inclán, de las mujeres que lucharon por la extensión del sufragio y de los reformadores republicanos, de Clara Campoamor, de Victoria Kent, Margarita Nelken, Federica Montseny. Dolores Ibárruri (…) de Miguel Hernández, de Federico, de Machado y de Alberti. De los mineros asturianos, de Companys diciéndole a Madrid os habla vuestro hermano. De Durruti, de Largo Caballero, de Azaña y de Andreu Nin. Las voces políglotas de los voluntarios internacionales que por haber defendido nuestra patria serán españoles para siempre. De los que empuñaron las banderas de la libertad frente al terror. Las voces de los que lucharon contra la dictadura. De la clase obrera que ganó con huelgas sus derechos. Se escuchan voces en euskera, en catalán, en gallego (…) a Carlos Cano cantando a los emigrantes, las voces de Serrat, de Paco Ibáñez, de Rosa León, (…) de Manolo Vázquez Montalbán y de todos los que lucharon por un futuro mejor”.

Fueron muchos. Y muchas. Si les atiendes, de repente, todo parecer ser de otra manera. Dicen en “El ministerio” que “la historia es la que es”. Tienen razón. Pero si uno se atreve a meterse por cualquiera de sus puertas, encuentra una realidad muy distinta a la que cuatro machirulos borrachuzos nos presentan entre banderas.

Gracias, Clara Campoamor!
Irene Larra puede conocer en persona a uno de sus personajes favoritos de la Historia... y agradecerle su trabajo y su esfuerzo






sábado, 16 de noviembre de 2019

EL TIRÀ I EL TITÀ (O NAPOLEÓ OBERT EN CANAL)




Els documentals del Canal de la Història ens tenen acostumats a un ritme trepidant que apel·la a totes les emocions possibles, amb l’objectiu de mantenir segrestada l’atenció de l’espectador en mil misteris egipcis i els vicis dels emperadors romans. Aquest enfocament fa dels personatges una espècie d’éssers extraordinaris amb facultats sobrehumanes, desmereixent l’acostament rigorós i sense prejudicis que hauria de fer l’historiador. El resultat acostuma a ser atractiu per als sentits, però descoratjador per al qui vol aprendre història.

"Napoleón, el Dueño de Europa" no és diferent en aquest sentit. L’exageració de les facultats del personatge acaba semblant una pel·lícula d’éssers mitològics amb facultats sobrehumanes. No és que ja en la introducció se’l qualifica com “el més gran militar de tots els temps”, que “gràcies a la seva intel·ligència i la seva capacitat de lideratge va conduir França a cotes de glòria sense precedents”. És que el fil conductor de la història que explica és la pròpia personalitat de Napoleó: ja quan retrata la família situant-la en la petita noblesa togada es pretén presentar de forma gairebé miraculosa el seu vertiginós ascens social, com si d’una trajectòria titànica es tracés. Després, com si els historiadors fóssim psicòlegs pel mateix preu, ens descriu la seva personalitat amb elogis gairebé fantasiosos: expressions com “era conscient de la seva pròpia importància” no tenen cap valor historiogràfic si no es presenten fonts documentals per contrastar-les. Lluny de fer-ho, la veu en off insisteix a presentar un nen que ja anunciava el geni de la guerra quan organitzava baralles a l’escola.

Potser quan el documental celebra els èxits acadèmics de Napoleó a l’École Militaire se’l vulgui presentar com un il·lustrat: la consciència de la importància de la formació, l’interès per la política i la filosofia, la lectura compulsiva de grans biografies de personatges del món clàssic, la passió pels estudis (tècnics) d’artilleria, semblen apuntar en aquest sentit. És l’únic context a què es fa referència: la personalitat de Napoleó és sempre el fil conductor capaç de crear un relat en el què l’egocentrisme de la joventut, que el duria a l’èxit, va deixar pas a la megalomania, abocant-lo al fracàs. És una interpretació seductora i moralitzant que fa de la Història -com diria Ciceró- mestra de la vida... evitant que sigui també eina crítica del present, ni mecanisme d’aproximació científica al passat!
Culte a l'individu, prespectiva subjectiva i lectures emocionals demostren l'èxit de l'escola postmoderna en la historiografia nord-americana, i la seva projecció en productes audiovisuals. 

El segon problema que presenta aquesta mirada al personatge que sembla adquirir rang de culte és que es menysprea els personatges secundaris que l’envolten. Fins i tot la revolució és poc més que un paisatge! No queda més remei que fer-hi referència, però solament s’expliquen els episodis que justifiquen l’ascens de Napoleó: a Toulon contra els britànics, i als carrers de París contra les masses reialistes. Fora de presentar-la com a “temps turbulents” que van permetre el seu ascens, la Revolució és solament un decorat en el monòleg napoleònic. I això mateix passa amb Josefina: la relació amb ella es presenta com “un dels romanços més famosos de la història” i ella,  amb una misogínia insultant, és presentada com una jove “vídua ambiciosa i calculadora, que sabia el que volia i com aconseguir-ho” i que “es va plantejar la relació com un negoci”. El masclisme continua quan es diu que “l’home més poderós de la seva època no va arribar mai a dominar-la”, com si la condició natural de l’home fos dominar, i la de la dona ser dominada. Així s’oblida que el principal beneficiari del seu matrimoni és ell: després d’haver perdut el seu marit en la fase radical de revolució, ella era una dona ben connectada, sofisticadament elegant, freqüent en alguns salons, podríem dir una mica mediàtica, tot i que els meus alumnes van preferir qualificar-la, amb més traça que jo, com una “influencer”.

El mateix any en què va casar amb Josefina, Napoleó va prendre la direcció dels exèrcits d’Itàlia. El documental es refereix a aquell 1796 com el temps en què Napoleó va revolucionar l’art de la guerra, però  no ens explica com ni per què. Enrere queda, se’ns diu, la “guerra de cavallers en la que dos exèrcits es reunien en el camp de batalla i carregaven l’un contra l’altre fins a la rendició del contrari”. Un altre cop, al no aprofundir en el tema, sembla que l’únic ingredient que impulsaria els canvis en la guerra seria el geni de Napoleó, que convertiria “les derrotes en victòries, i les victòries en conquestes”. I que a Itàlia es va forjar la fama d’invencibilitat que li va permetre aspirar a conquerir Europa, “si no el món sencer”. 

Afirmacions exagerades com aquesta, gairebé fantasioses, farien el paper de juguesca amb què mantenir l’atenció de l’espectador si després apareguessin historiadors que en fessin punta o matís. Però els historiadors que hi apareixen no fan cap aportació important: ni es reconeix cap especialista, ni cap subtítol justifica la presència d’aquells professionals en concret en base a una recerca, un llibre publicat o una exposició. Es limiten a fer afirmacions curtes, sense profunditat, que acompanyen l’explicació sense introduir-hi cap ciència. El guió segueix doncs pautes cinematogràfiques, mai historiogràfiques. I en aquest context, Egipte acompleix un paper especialment atractiu. No queda clar per què –en tornar d’Itàlia- es va enviar a Napoleó allà: se suggereix que es volia sentenciar la guerra contra el Regne Unit bloquejant a Egipte les rutes comercials amb l’Índia. La qualificació del territori com un ”exòtic camp de batalla ancestral” podria fer referència a la voluntat d’estendre la revolució per a alliberar un poble esclavitzat per supersticions i poders tirànics; també es parla del component científic de l’expedició, però tampoc no s’analitza el perquè, i s’adjudica –un altre cop- a la personalitat curiosa de Napoleó. Així que el documental ens arrastra fins a Egipte, ens ensenya les piràmides per recordar-nos que al seu peu Napoleó va guanyar una batalla, i precipita l’explicació del seu retorn en base a la relació amb Josefina, la nova coalició formada a Europa contra França i l’oportunitat d’assaltar el poder que li oferia la necessitat que, segons el documental, tenia la societat francesa d’un líder fort “després d’anys d’inestabilitat”, un “sabre” que acabés amb el desordre social. No goso dir que se'ns fan recomanacions polítiques, però sí que subliminalment es vol tancar un cercle narratiu: el nen que guanyava batalles de marrecs era l’home providencial que havia de posar ordre en el caos revolucionari. El conte seria perfecte, sinó fos perquè l’home es va torçar!


La darrera imatge de Napoleó que descriu el documental és el del treballador incansable. Aprofita per fer-ho les reformes del període del Consolat, que faria de França, diu la veu en off, “enveja del món”. Aquestes insistents preferències pels governs d'ordre permeten saltar-se Abukir i Trafalgar, que qüestionarien la imatge del personatge com a “déu de la guerra” que el guió ens vol donar en aquest tram. Així doncs, quan es comença a parlar dels "errors de Napoleó" es prefereix parlar del bloqueig continental, una totalitària intervenció estatal contra el liberalisme econòmic anglosaxó. És aleshores quan emergeix el monstre “presa de temptacions, d’una insaciable gana de glòria i poder”, l’home trasbalsat per l’ambició que es precipitaria cap a la seva perdició. Així que es coronaria emperador, impulsaria el bloqueig continental i envairia Rússia. Coronació, divorci de Josefina per a concebre una dinastia en una princesa austriaca més jove, i megalomania imperialista demostren que l'ambició desmesurada seria la llavor del seu final. Solament he trobat una reflexió científica sobre el fracàs de l’imperi: l’expansió de les idees revolucionàries que Napoleó significava, va implicar revoltes contra els exèrcits ocupadors, tan difícils de costejar. La reflexió permet referir-se a Espanya, on un “brot nacionalista” (sic) faria de tomba napoleònica, i presentar sir Arthur Welleslay, el futur Duc de Wellington, un personatge necessari perquè es dedicaran molts minuts de metratge a explicar la trepidant fugida d’Elba i la derrota a Waterloo.

La batalla es presenta com una lluita entre titans, desproveïda de lectura política. De l’enfrontament entre la França de la burgesia revolucionària i l'Europa dels aristòcrates reaccionaris, no se’ns diu res. Napoleó és solament una trajectòria espectacular que va fer d’ell una “llegenda en vida, o un mite després de la seva mort”. Tota lectura possible és moral. Podríem discutir molt sobre aquesta concepció de la història com a teatre d’homes d’acció, emprenedors o lluitadors, molt a la mida del caràcter dels nord-americans, i la seva utilitat en el blindatge d’aquest model. Però sembla clar que la figura de Napoleó continua esperant el producte audiovisual que permeti els espectadors conèixer qui va ser i què representa!

domingo, 6 de mayo de 2018

EL MAQUIS

http://www.rtve.es/alacarta/videos/para-todos-la-2/para-todos-2-debate-maquis/2068587/

Prement l'enllaç, Internet et direccionarà a un video del programa "Para totos, La 2".
En 20 minuts, tot el que has de saber sobre el maquis. No eren bandolers, sinó alguna cosa més!
La imatge és una fotografia d'un grafit pintat a Sallent de Llobregat (Barcelona) representant un maquis perseguit per la guàrdia civil.




lunes, 12 de febrero de 2018

DÁNDOLE VUELTAS A LA REVOLUCIÓN MEXICANA (1)






Que la revolución mexicana no ocupe un puesto de honor en los manuales de historia contemporánea siempre me sorprendió porque –aunque no soy un buen conocedor de la historia del continente americano- su carga simbólica me parece incuestionable. La historiografía padeció el supremacismo blanco hasta bien entrado el siglo XX, y Europa tiene una larga experiencia en mirarse el ombligo. Como fenómeno histórico la revolución mexicana no es fácil: quizá falte un mercado interesado y –desconozco- un erudito capaz de seducirlo. Está claro que no voy a llenar ninguno de esos huecos con este post, pero escribirlo me servirá para poner orden en mis apuntes, prepararme la clase en la que voy a abordarla, y –quién sabe- proporcionar materiales para despertar curiosidades más organizadas que la mía.

PORFIRIATO (1876-1911). El sistema políticoimperante en México a finales del XIX recibe ese nombre por el militar que lo sostiene, Porfirio Díaz. Es el típico “estado positivista” capaz de ofrecer estabilidad y negocios a la burguesía, cuyo monopolio del poder se legitima con argumentos darwinistas. Incluso sus contemporáneos llamaban “científicos” a los tecnócratas que conforman el entorno de Díaz, cuyas políticas -parcelación de las propiedades corporativas (1890), protección para la construcción de líneas ferroviarias…- nos recuerdan fácilmente la institucionalización de la revolución liberal en Europa. Por debajo, la miseria: en 1910 el 1% de las familias controlaba el 85% de las tierras cultivables y el drama de la represión obrera/campesina por parte del Cuerpo de Rurales -manifestada en las huelgas deCananea y Río Blanco- es denunciada por J.K.Turner en México Bárbaro (1908).

En 1907 James Creelman, de la Pearson's Magazine de NYC, entrevistó al presidente Díaz y redactó el artículo “El presidente Díaz, héroe de las Américas” (1908). Parcialmente reproducida en un periódico adicto al régimen, “El Imparcial”, provocó un verdadero terremoto en la política mexicana porque Díaz anunciaba que se retiraría cuando finalizara su séptimo mandato, y aceptaba que se fueran preparando partidos que se presentaran como alternativas. Sobre todo, hacía un balance optimista de su gestión en términos positivistas y nacionalistas: “Ha convertido a las conflictivas, supersticiosas y empobrecidas masas de México, oprimidas por siglos de crueldad y avaricia españolas, en una nación fuerte, estable, pagadera de sus deudas y amante del progreso”.

Desde la perspectiva norteamericana, la entrevista tenía también su interés. El presidente Roosevelt había sido reelegido en 1904 bajo la promesa personal de no volver a competir por la presidencia en 1908. Cuando la apología de Díaz que escribió Creelman vio la luz, aún no se sabía si Teddy Roosevelt cedería a la tentación; se entrevistaba al maestro de las promesas de no reelección rotas que rompió su promesa para sacrificar su voluntad en favor del progreso. Él mismo opinaba que “no veo ninguna buena razón para que el presidente Roosevelt no sea reelegido otra vez si la mayoría del pueblo americano desea que continúe en la presidencia

Después de haber prometido no presentarse, sin embargo, lo hizo. ¿Por qué? Quizá las referencias a su edad que contiene la entrevista –77 años que serían 80 en el momento de la elección presidencial- insinúen cierta preocupación por el futuro y cierta angustia en la clase política por dejarlo “atado y bien atado”. Desde ese punto de vista, el documento periodístico sería una especie de testamento político en el que Porfirio justifica su labor, y –en tanto el balance es positivo-, y una apuesta por una transición hacia un nuevo régimen donde todo quede “bien atado”: “Quiero estar vivo para ayudar a mi sucesor”, respondía Porfirio Díaz al periodista americano.

           a) En cuanto a la justificación de las políticas desarrolladas, llega a explicitar que “adoptamos una política paternalista (…) guiando y restringiendo las tendencias populares con una fe firme en que una paz impuesta permitiría a la industria y l comercio desarrollar su estabilidad”. El enriquecimiento de la burguesía, entendido como progreso nacional, parece justificar –en ese texto- la limitación democrática.
          
 ¡    b) Y no sólo eso! A la vista del resultado conseguido, Díaz justifica la violencia utilizada para mantener el monopolio del poder: reconoce haber sido duro “hasta el extremo de la crueldad”. Los resultados, dice, justificaban “la poca sangre derramada”. En resumen, el régimen ha sido moderadamente violento y eso es disculpable si se atiende a la prosperidad conseguida.

Difícilmente encontraremos una justificación más cínica de la censura y la violencia en beneficio de la prosperidad capitalista. Si censura y violencia parecían instrumentos válidos para garantizar el monopolio de la propiedad que ejercía la burguesía, la mentira sería “pecata minuta”. Así que –para garantizar la continuidad del sistema y evitar sobresaltos políticos que lo cuestionaran- finalmente Don Porfirio optó por una marcha gradual: pese a lo que había declarado en la famosa entrevista se haría reelegir y vincularía a la vicepresidencia a una facción de la élite, la que debía continuar dirigiendo el cotarro. Sin embargo, el amago del presidente permitió reconocer a la facción formada por los científicos del partido reeleccionista (partidarios de mantener un “porfiriato” sin Díaz), y los que querían liberalizar el sistema, entre los que destacó el hacendado Francisco I. Madero. En su libro “La sucesión presidencial de 1910”, desconfiaba de Díaz: temiendo que no se fuera, fundó el Centro Anti-reeleccionista (1909) e impulsó una activa campaña electoral que le permite llenar actos por todo el país. Acusado de fomentar la rebelión e insultar a las autoridades, acabó en la cárcel.

Poco después de que Díaz saliera elegido (junio 1910), el Porfiriato celebraba su apoteosis: las celebraciones del centenario de laindependencia. En el sumun del positivismo, se inauguraban a un ritmo frenético hospitales, plazas, libros de historia, universidades, escuelas, edificios, estaciones y monumentos, como el Ángel de la Independencia en mitad del Paseo de la Reforma. Como buen gobierno de la época del positivismo, el Porfiriato se sirvió del evento para monumentalizar la ciudad (haciendo nación), celebrar la ciencia (alumbrando negocios) y reinventando la historia (adaptando el pasado a la necesidad de legitimar el presente). Así cambe entender la exposición de arte mexicano –en la que debuta un joven Diego Rivera-, el monumento a Alexandervon Humbolt,  -significativamente pagado por los alemanes- y el XVII Congreso Internacional de Americanistas que inaugurala restauración de las pirámides de Teotihuacán.


REVOLUCIÓN MADERISTA. Mientras, Madero escapa de San Luis Potosí a los Estados Unidos y en 11/1910 da a conocer el Plan de San Luis. En él declara nulas las elecciones, recoge algunas reivindicaciones de indígenas y obreros, se proclama presidente provisional, y convoca a todos los mexicanos a levantarse el 20 de noviembre. Ese día se produjeron más de 13 levantamientos, principalmente en zonas rurales. Destacamos el de Pascual Orozco -cuyas huestes se enfrentaron por primera vez a los federales con éxito en Ciudad Guerrero y Pedernales- y Francisco Villa en Chihuahua, o Emiliano Zapata en Morelos. Sus primeras victorias permitieron el regreso de Madero (14-2-1911), aunque su movimiento anti-reeleccionista se había transformado con esos combates. Había nacido como un movimiento opositor de naturaleza urbana y de clase media, ahora los apoyos recibidos lo transformaban en una rebelión popular con un claro componente rural.

De hecho, podemos considerar terminada la “revolución maderista” con su exitosa entrada en Ciudad Juárez el 10 de mayo de 1911, ya que a finales de ese mismo mes Porfirio Díaz embarcaba en Veracruz camino del exilio en Francia, donde fallecería en julio de 1915. Dejaba un presidente interino, Francisco León de la Barra, quien presionó a los líderes revolucionarios para que licenciaran a sus tropas y –viendo que Emiliano Zapata ponía como condición lo prometido por Madero en el Plan de San Luis- mandó para someterlos al general Victoriano Huerta. Zapata dicta un manifiesto en Morelos acusando a los científicos, en el que exculpa a Madero y proclama el Ejército Libertador del Sur. Madero, por su parte, formaba el Partido Constitucional Progresista, basado en Plan de San Luis. Las elecciones le eligieron presidente con el 99% de los votos. Pero reformar México no le resultaría nada fácil…


PRESIDENCIA DE MADERO (1911-1913). Aunque el nuevo gobierno surgido de la revolución moderada rectificó la constitución para ampliar el derecho al sufragio, contra él surgieron cuatro oposiciones violentas:



-  Unas de carácter reaccionario, pretenden un relativo regreso al viejo orden. Entre ellas cabe destacar la del sobrino del dictador, Félix Díaz, un militar que se pronuncia en Veracruz y recibe el apoyo del embajador americano Henry Lane Wilson.
Otras quieren profundizar en la revolución, atendiendo a las demandas obreras y campesinas. En este bloque tenemos la revuelta de un antiguo aliado del presidente: Emiliano Zapata se niega a desmovilizarse, acusa a Madero de estar “en contubernio escandaloso con el partido científico, los hacendados feudales y los caciques opresores” (Plan de Ayala). 
También en este bloque tendríamos al general Pascual Orozco, desengañado al no entrar en el gobierno Madero, que lanza el Plan de la Empacadora.


Temiendo la desafección de los hacendados si no acababa con las revueltas, Madero mandó acabar con ellas al general Victoriano Huerta, Fue persiguiendo a Orozco que este general se ganó la confianza del presidente, y que tuvo un altercado con otro comandante rebelde (un tal Pancho Villa) por unos caballos robados que aquel se negaba a devolver. Enfurecido, lo arrestó y ordenó fusilarlo, pero el hermano del presidente Madero medió para liberarlo, lo cual encolerizó a Huerta. Aunque ratificó su lealtad al presidente, y había escoltado a Porfirio Díaz al exilio, se fue inclinando hacia la conspiración que lideraba Félix Díaz, el sobrino del antiguo presidente.

Madero no lo sabía cuándo le encargó la salvación del gobierno durante los diez días de desórdenes impulsados por los reaccionarios en Ciudad de México (Decena Trágica, febrero de 1913). En ese contexto, Victoriano Huerta cambió de bando: firmó el “pacto de la embajada” (americana) con el embajador Henry Lane Wilson, por el que se comprometía a apresar al presidente, para pacificar a los maderistas convocando elecciones y –manipulado el resultado- cederle la presidencia a Félix Díaz. Ese mismo día, Madero y el vicepresidente Pino Suárez fueron apresados y obligados a renunciar. La revuelta culminó el 22 de febrero con su asesinato. La revolución quedaba en suspenso, y se restablecía el viejo orden con formas militaristas. Hubo, claro está, resistencias.










sábado, 3 de febrero de 2018

S13: LA CRISIS DE LA GUERRA




1917 és l’any de les CRISIS DE L’ENTUSIASME, perquè -decebuts  i esgotats pel sobreesforç -  els soldats es neguen a sortir de les trinxeres camí d’una mort segura. I és que la mitjana de víctimes diàries de les guerres napoleòniques (233 soldats/dia) o la guerra de secessió nord-americana (518 soldats/dia) quedava superada pels tres primers anys de guerra: 5.509 soldats/diaris. La desesperança dels soldats que convivien quotidianament amb la mort i la incertesa a la trinxera es va manifestar a la primavera de 1917 en 129 motins que van arribar a afectar 40.000 soldats francesos, i que els consells de guerra van intentar aturar amb una justícia sumària: 629 penes de mort entre juny i desembre de 1917. La pel·lícula “Camins de glòria” (Stanley Kubrick, 1957) s’inspirava en l’ofensiva al Chemin des Dames per fer el retrat d’una colla de militars insensibles i incompetents, llençant onades de joves innocents cap a una mort segura. Encara que Peter Hart (Historia militar de la Primera Guerra Mundial, 2014) va tractar de disculpar els comandaments per fer caure la responsabilitat en els polítics (“si hi va haver alguna bogeria va ser començar la guerra, no les decisions tàctiques preses sobre el terreny”) o la tecnologia (“amb independència de com ho fessin, la guerra hauria estat igual de destructiva perquè es va desenvolupar en l’era industrial moderna”) la visió que fa Roger Fraenkel del general Jofree (L’ane qui commandait des lions, 2004) és ben contrària:  amb l’única experiència dels conflictes colonials (Tombuctú, 1894) va cobrir la seva mediocritat falsificant informes, culpant la tropa. El documental “L’últim dia de la Primera Guerra Mundial” també descriu uns comandaments amb actitud gens professional ni edificant.

Però els motins al front no són l’única demostració de que l’entusiasme de 1914 s’havia esvaït el 1917. La població civil ha estat objectiu de guerra, i està esgotada per la inutilitat de l’esforç, l’acumulació de morts i ferits, la caiguda del poder adquisitiu, les restriccions a les llibertats públiques imposades pels governs, i el dirigisme econòmic de l’estat.  La seva implicació en el conflicte l’ha convertit en objectiu de guerra, i el 1917 participa massivament en vagues cada cop més nombroses, plenes, violentes i freqüents, amb música de fons:  la crida socialista (Manifest de Zimmerwald, 1917) definint la guerra com un escorxador d’obrers i un producte de l’imperialisme.
Després del fracàs de l’atac del general Robert Nivelle al Chamin des Dames (que costa milers de baixes aliades) la seva destitució dóna pas al general Philippe  Petáin. L’heroi de Verdun els procurarà més permisos, més descansos, més racions, més barracons més còmodes i més atacs d’abast limitat. Els motins de soldats es van aturar, però el malestar seguia a la ciutat.

EL TRIOMF DE LES POLÍTIQUES AUTORITÀRIES. L’eficàcia necessària per fer la guerra no és compatible amb principis democràtics, perquè requereix unitat de comandament, secret de les operacions i centralització de decisions (davant la separació de poders, la transparència de les decisions i el control de l’executiu per part del legislatiu que necessita qualsevol democràcia).  Les pràctiques autoritàries justificades pels estats amb la necessitat de seguretat –estat de setge, consideració dels pacifistes com a sabotejadors, censura, control postal, suspensió del dret d’associació- van introduir mesures excepcionals en la pràctica política: Raymond Poincaré (8/1914) parla d’”Unió Sagrada” i el parlament francès deixa de reunir-se regularment. 


George Clemenceau –que resum el seu programa dient “je fais la guerre”- arriba a instaurar una espècie de dictadura virtual que no qüestiona formalment les regles parlamentàries, però se les salta amb l’aplaudiment general. Suprimeix els comitès secrets, a porta tancada, quan els militars no volen donar explicacions als polítics i el seu ministre de l’interior, Jean-Louis Maluy,  arriba a ser citat pel TS acusat de prevaricar (per no ser prou sever amb els pacifistes). A Alemanya, Hindeburg i Ludendorf acusen el canceller Bethman-Hollweg de deixar el parlament aprovar la RESOLUCIÓ DE PAU impulsada pels diputats socialistes i el Zentrum, fent caure el seu govern. També David Lloyd George condueix la guerra amb un gabinet de 5 membres (en qui delega per anar als Comuns) i sense parlament.

TEMPTATIVES DE PAU. El Papa Benet XVI va fer una crida a la pau general (1-8-1917), convidant a les nacions a negociar entorn d’un pla de 7 punts (disminuir arsenals, arbitratge internacional, drets comuns sobre el mar, renúncia a indemnitzacions i evacuació de territoris evacuats). També l’emperador Carles I –eliminat l’equip de govern del seu pare al morir Francesc Josep (11/1916)- iniciarà tímids contactes amb França, que seran tallats per la intervenció del kàiser, quedant les decisions de Viena en mans de Berlín.

AMENACES A LA COHESSIÓ NACIONAL. Encara que la por al coqueteig dels armenis amb els russos va desencadenar unes polítiques estatals d’extermini, el “front intern” més important és l’enviament  a Sant Petersburg –en discret tren alemany- d’un revolucionari rus amb qui els alemanys havien contactat a Zurich. L’arribada de Vladimir Ilich Ulianov a Rússia facilitarà els bolxevics connectar amb el malestar popular i donar-li la forma d’un moviment revolucionari. La caiguda del tsarisme i l’arribada d’un govern provisional el febrer de 1917 que provarà de mantenir els compromisos internacionals i a Rússia en guerra amb Alemanya no aturarà el malestar. Per això, els esdeveniments es van precipitar l’octubre quan els bolxevics van arribar al poder i les seves negociacions de pau van espantar l’Entesa. La victòria alemanya a l’est  els significaria aprovisionaments infinits per continuar la guerra, però –pitjor encara- alliberaria les tropes que en aquell moment estaven ocupant grans territoris de Rússia per poder-les concentrar a l’oest. La por a la victòria alemanya feima tremolar la banca nord-americana, que temia no cobrar els crèdits de guerra. 

El president Wilson no estava còmode amb els britànics (per les transgressions britàniques al dret internacional marítim i la repressió d’Irlanda), però al balanç de les agressions submarines alemanyes -2.000 vaixells enfonsats, 578 pesquers, 12.573 mariners morts i 908 civils- s’afegia la congestió dels ports atlàntics, on els armadors aturaven el tràfic, s’acumulaven les mercaderies i els exportadors no trobaven assegurances per a les travessies atlàntiques. L’excusa la va donar un conflicte diplomàtic: l’oferta alemanya a Mèxic (el telegrama Zimmerman), desvetllada per inclinar una opinió pública aïllacionista, prometia ajut per recuperar els territoris perduts a la guerra de 1848 (actualment Califòrnia, Nevada, Utah, part d’Arizona, Colorado i Nou Mèxic) en el cas que –davant la campanya d’enfonsament de vaixells neutrals- els Estats Units declaressin la guerra a Alemanya. Què venia passant a Mèxic?

El Porfiriat  mexicà (1876-1911) era el típic sistema polític tecnocràtic que oferia estabilitat y negocis a la burgesia. Per sota, la misèria: el 1910 l’1% de les famílies controlava el 85% de les terres, i la repressió d’obrers i camperols va ser descrita en el llibre “Mèxic bàrbar” (1908) del periodista J.JK.Turner. El 1907 l’entrevista “El president Díaz, heroi de les Amèriques”, publicada per James Creelman en la Pearson's Magazine de NYC, va trasbalsar el país perquè anunciava la retirada de Porfirio Díaz. El seu principal opositor -Francisco I. Madero, autor de “La successió presidencial de 1910”- va resultar empresonat. Però mentre els “científics” celebraven l’apoteòsic centenari de la independència (i, finalment, la reelecció de Díaz), Madero escapava i publicava el Pla de Sant Lluís, una crida a la lluita armada que recollia reivindicacions d’indígenes i obrers. A la seva lluita s’hi van sumar guerrillers que -com Pascual Orozco (primer vencedor dels federals), Francisco VIlla (N) i Emiliano Zapata (S)- van transformar el moviment: de ser una oposició liberal urbana de classe mitjana passava a ser una revolta camperola.

lunes, 1 de enero de 2018

martes, 28 de noviembre de 2017

S7: CARACTERÍSTIQUES GENERALS DE LES GRANS POTÈNCIES


Si alguna cosa tenen en comú aquests actors que hem estudiat és que estan fets a la mesura de la burgesia. Acabades les revolucions amb les que va desplaçar del poder l’aristocràcia, posa aquests poderosos estats al seu servei: per organitzar els seus negocis amb llibertat (desregularitzant), per protegir la propietat privada contra les noves ideologies socials (que en proposen alternatives), per potenciar polítiques colonials que els facilitin matèries primeres i mercats per a les seves indústries, per evitar les revoltes que perjudiquin l’activitat econòmica i per monopolitzar els debats polítics mitjançant la restricció dels drets civils.

La calle Montorgueil con banderas
Claude Monet, 1886 
SÓN ESTATS NACIONALISTES. Aquests nous “estats-nació” intenten incorporar a les masses fent-les participar dels beneficis de la cursa imperialista mitjançant tímides polítiques socials i la progressiva ampliació del sufragi. No era suficient per subvertir la crida internacionalista del moviment obrer, així que la burgesia va iniciar la “nacionalització de les masses”. Això és el que volia dir Massimo d'Azeglio quan va dir (1861): “Ja hem fet Itàlia, ara hem de fer els italians”. Es referia a inculcar-los valors patriòtics que diluïssin la identitat obrera en una nova identitat nacional. Com? Mitjançant la creació de nous símbols (diades nacionals, banderes, himnes, monuments, nomenclàtor dels carrers), i mitjans d’adoctrinament (l’ensenyament obligatori i laic, el servei militar obligatori...). La implicació massiva de la població civil que aquest nacionalisme comportava va obligar a simplificar els missatges, fer-los accessibles a tothom, en un embrutiment de la política que busca connectar-hi mitjançant els instints més primaris.



La consolidació del sufragi universal masculí, però, continua marginant les dones, que en aquesta època inicien la lluita pels seus drets. Fer visible la seva lluita va comportar grans sacrificis –com el d’Emile Davidson, que es va llençar davant el cavall de Jordi V durant les curses d’Ascot (1910)- i un degoteix d’èxits molt lent: el 1906 Finlàndia les inclourà en el dret al sufragi, Noruega el 1913, Dinamarca el 1915. El seu compromís amb la “Guerra Total” atorgarà el sufragi a les dones a Islàndia, Àustria, Irlanda, Gran Bretanya, Alemanya, Luxemburg, els Països Baixos, Canadà i els Estats Units en els anys immediatament posteriors a la Gran Guerra... Franceses i italianes hauran d’esperar al final de la Segona Guerra Mundial.


SÓN ESTATS QUE VIUEN LA SEGONA REVOLUCIÓ INDUSTRIAL.  Des de 1870 la industrialització viu una segona fase, que podem distingir de la primera perquè els seus motors -una nova energia (l’electricitat) que supera el vapor, un nou combustible (el petroli) que aviat superarà el carbó- impulsen nous sectors punta (l’acer i la química), que superen els antics protagonistes (tèxtil i siderúrgia). Si el factory System i la divisió tècnica del treball havien caracteritzat la primera revolució industrial, ara un estudi científic del procés productiu permetrà multiplicar la producció i rebaixar costos: en el seu estudi sobre com reduir els temps morts improductius, Frederick Taylor (The Principles of Scientific Management, 1911) analitzarà científicament el procés de fabricació per –gràcies a un curós estudi del temps i dels moviments que composen cada tasca- eliminar moviments inútils, estandaritzar tasques amb moviments més eficaços i assignar a cada obrer d’una tasca limitada. Henry Ford aplicaria aquests principis a la seva cadena de muntatge, per això sovint anomenem "fordisme" a la fabricació en sèrie. El seu Ford T valia 950$ el 1909 i passaria a valer-ne 450$ el 1914. 

L’accés massiu a la producció industrial que permetria l’abaratiment de costos (i preus) va canviar les vides quotidianes de milions de persones. I la cadena contínua d’invents que es va popularitzar en aquest període reforçaria la confiança en el progrés de la mà de la ciència i la tecnologia: la màquina de cosir Singer, el paviment amb asfalt, la màquina d’escriure, la bicicleta, el frigorífic, la dinamita, el ciment i el formigó, el forn elèctric (Siemens), l’ascensor, el telèfon, la bombeta, el fonògraf (1880), la telegrafia sense fils, els raigs X, l’automòbil a benzina (1897), l’avió (1902) i 1908 la ràdio (Marconi).
El Flatiron Building (NYC), un dels primers
"gratacels" de l'Escola de Chicago
També les ciutats canviarien la seva fesomia. El curs passat les vam veure enderrocar les muralles medievals i eixamplar-se per crear espais de sociabilització burgesa: boulevards, pulmons verds i casinos. El resultat va ser la segregació social, que representa el triomf del capitalisme i la societat de classes. Aquestes noves metròpolis superen el milió d’habitants i celebren la ciència i la tècnica significant-se mitjançant edificis singulars que perfilen el seu nou sky line, dels que la Torre Eiffel –porta d’accés a l’Exposició Universal celebrada a París el 1889 com a commemoració del centenari de la Gran Revolució- és un bon exemple perquè està construïda amb un dels nous materials que, aixecant estacions de ferrocarril i grans mercats, simbolitza el progrés: l’acer. Altres exemples d’aquesta “arquitectura del ferro” van sorgir de la reconstrucció de Chicago després l’incendi de 1871: grans estructures metàl·liques revestides de ciment constituïen un esquelet que permetia aixecar més pisos, ara que l’electricitat facilitava l’accés vertical, i –sense murs de càrrega- es podien obrir més finestres. El model, tan ben representat pels Magatzems Carson (Louis Henry Sullivan) es va reproduir aviat arreu, com demostra la construcció a NYC del Flatiron Building (de Daniel Burnham), que ja té 22 pisos.

SÓN ESTATS IMPERIALISTES. Per proveir aquesta poderosa indústria de matèries primeres barates i mercats reservats, els “estats científics” van impulsar polítiques de conquesta i explotació de colònies. Els imperis resultants són ben diferents dels imperis de l’època moderna:

- Aquells s’ubicaven principalment a Amèrica; els nous, a Àsia, Àfrica i el Pacífic, ja que la Doctrina Monroe (1823) havia tancat el continent a qualsevol intervenció europea.
- Les antigues colònies eren factories comercials costaneres, administrades per companyies privilegiades amb el monopoli; ara es busca sotmetre el territori i la població.
- Sobre tot, canvia el ritme d’ocupació. En pocs anys (1881-1909) es reparteix el pastís colonial.  Del 35% de la superfície terrestre controlada per europeus el 1800 passem al 67% el 1878, i al 85% el 1914. Això implica ocupar una mitjana de 560.000 kilòmetres quadrats cada any.


Per que, partint de plataformes geogràfiques anteriors, es van alçar grans imperis? Primer, cal dir que Europa estava preparada: la Segona Revolució Industrial havia alterat l’antiga relació de forces entre civilització blanca i medi salvatge hostil. Com deia Daniel Headrick (“Los instrumentos del imperio. Tecnología e imperialismo europeo en el s. XIX”, 1989) el nou imperialisme no va ser resultat de la simple superioritat, sinó de la possibilitat de desencadenar una força aclaparadora amb costos mínims. Primer, les exploracions promogudes per societats geogràfiques (National Geographic, p.ex., 1888) permetrà cartografiar-la, fixar direccions a l’expansió. En aquest sentit l’expectació generada pel viatge d’Stanley per trobar Livingstone (1869-1871) és paradigmàtica. Però materialitzar el domini que la cartografia havia teoritzat sobre el paper va ser possible amb altres armes, que Headrick converteix en protagonistes successives de les tres fases de la conquesta d’Àfrica que distingeix en el seu llibre:


- Una fase de penetració i exploració, en la que els vaixells de vapor i la quinina (que permet lluitar contra la malària) serien les  principals eines;
- Conquesta i submissió de la població, gràcies al fusell de repetició i la metralladora Maxim
- I una tercera fase, d’establiment d’una xarxa de transport i comunicacions que lligaven activament colònia i metròpoli mitjançant línies regulars de vapors, cables telegràfics submarins, el Canal de Suez i xarxes de ferrocarril.

Las Cataratas Victoria, que descrubrió Livingstone








martes, 28 de marzo de 2017

REVOLUCIÓN EN FRANCIA (y 3): LOS REYES AGITANDO LAS AGUAS




Asalto a las Tullerías el 10 de Agosto de 1792
Jean Duplessis-Bertaux (1793)
En el post anterior describía el clima que se respiraba en Francia cuando –agotada su función la Asamblea Constituyente- se convocaron elecciones a la Asamblea Legislativa. Rumores, denuncias y obsesión por las conspiraciones condicionaron a los nuevos cargos electos, notablemente distintos porque se prohibió la reelección de los diputados constituyentes: su perfil más joven, más plebeyo y más politizado contribuyó a polarizar el ambiente. Pero lo que fue definitivo, según Timothy Tackett, fue la metástasis del miedo y la sospecha que se extendió entre ellos: las referencias a complots llenan las series epistolares que este historiador utiliza en su libro “El terror en la Revolución Francesa”. Las cartas sugieren que los actos de fanatismo del clero refractario, el alza de precios, incluso las facciones que dividen la asamblea cuando se debate con angustia qué hacer con el rey (después de su traición) y las potencias absolutistas (después de sus amenazas) estaban provocadas por quienes “movían los hilos en secreto y se habían infiltrado en todas partes”. Girondinos y jacobinos se acusaban mutuamente de traición con la misma rabia que antes dirigían a la nobleza, y tal demonización del antagonista político se aceleró después del estallido de la guerra, porque los fracasos ante austriacos y prusianos dieron crédito a rumores sobre sabotajes: “no había pruebas, pero a fin de cuentas la esencia de las conspiraciones radicaba en su secretismo e impermeabilidad”, así que el enrarecido ambiente de sospechas mutuas se volvió más denso. Todos pensaban que los traidores se ocultaban tras solemnes discursos revolucionarios, que si se esperaba a descubrir las pruebas fehacientes sería demasiado tarde. Las amenazas del Duque de Brumswick a los parisinos fueron la gota que colmó el vaso: la masa de activistas parisinos, -los sans-culottes politizados a golpe de libelos, oradores callejeros, vendedores de periódicos y escritos de Rousseau-, se lanzó a la calle en agosto de 1792.



Aquella nueva revuelta dejó más de mil muertos alfombrando París; fue la mayor hecatombe en la ciudad desde el s. XVI. Quienes vieron asaltar las Tullerías comprendieron –como muestra su correspondencia- que se había iniciado una “segunda revolución”: la familia real fue encarcelada en la fortaleza medieval del Temple, se proclamó la República y se convocaron elecciones para que una nueva asamblea redactara una nueva constitución basada en el sufragio universal. La asamblea que aceleraba la revolución y convocaba elecciones debía enfrentarse al mismo tiempo al inaudito desafío que presentaba la Comuna de París como poder paralelo consagrado a la persecución de opositores. Aunque la violencia alcanzó, durante las “Matanzas de Septiembre”, cotas de brutalidad difíciles de explicar, la marcha de los contingentes de jóvenes voluntarios reclutados masivamente, y la extraordinaria inversión de la situación militar que puso fin a la amenaza extranjera, detuvieron la violencia callejera.


Los diputados de la nueva Convención que se reunieron el mismo día que llegó la noticia de la victoria en Valmy se habían elegido, en medio de aquella tensión, sin exclusiones. Por eso muchos tenían experiencia política, elocuencia, habilidades en la trinchera dialéctica, y una férrea decisión que les permitía, sin inmutarse, declarar la guerra o juzgar al rey. Los recelos contra el monarca crecieron cuando trascendió el contenido de los documentos encontrados en su caja fuerte, que confirmaban sus contubernios. Su procesamiento y ejecución tuvieron una carga simbólica muy fuerte: la guillotina no sólo segó la cabeza de Luis XVI, también eliminó los límites de la violencia política. Una vez ejecutas al Antiguo Régimen encarnado, quedan automáticamente ampliadas las fronteras de lo imaginable. Ya todo es posible.


La sangre del rey envenenó más el ambiente: pocas horas antes de su ejecución, un diputado noble y togado que había votado a favor de su ejecución, Le Peletier de Saint-Fargeau, murió apuñalado por monárquicos que le consideraban un renegado. Su asesinato hacía plausibles las amenazas que se cernían contra la revolución: muchos diputados escribieron que temían por sus vidas, que recibían amenazas por la calle… Se quejaban de llevar “una vida agotadora”: su servicio a la nación incluía maratonianas sesiones de discusiones, comités de trabajo, redacción de informes, correspondencia de su electorado… “Aplastados por el trabajo”, la responsabilidad y las disputas difamatorias, masticaban miedo todos los días, e imaginaban conjuras por todas partes. La traición de Lafayette, y del general Dumoriez después, fueron devastadoras. Aquellas deserciones, como la del rey anteriormente, despertaron una psicosis enfermiza que se proyectó contra los sospechosos. Fue aquel ambiente el que propició que se dictaran medidas extremas (embargar a los emigrados, expulsar extranjeros, acelerar los procesos judiciales…) y que se crearan instituciones excepcionales, como el Tribunal Revolucionario, o el Comité de Seguridad Pública. Fue ese contexto excepcional, en el que actuaban angustiados muchos protagonistas, el que precipitó acontecimientos como la purga del 2 de junio de 1793 que acabó con 21 girondinos arrestados. En los meses siguienes serían juzgados y en octubre subirían al cadalso. Desarticulada su oposición, los jacobinos se convertían en protagonistas de los acontecimientos.



¿Por qué ocurrió? Los aquelarres de la derecha hacen de este momento un golpe de estado jacobino, una traición a la legalidad vigente, una concesión a las masas parisinas que se demuestra equivocada “porque quien cree que está domesticando a la fiera cediendo sólo a una pequeña parte de sus  pretensiones no se da cuenta de que no es sino el comienzo de una pesadilla”. Esas declaraciones de Pedro José Ramírez o las de Esperanza Aguirreson expresiones paradigmáticas del discurso historiográfico neoconservador del que hablaba al iniciar esta serie de posts, que ve una fiera furiosa sedienta de sangre en la movilización ciudadana, pero no advierte ninguna fiereza en el (previo) capitalismo desatado y devastador.

Cubrir sus chanchullos (contabilidades creativas, lo llaman ellos) y evitar hoy que profundicemos en la democracia exige denunciar la presunta radicalidad de sus críticos de hoy, a los que se desacredita equiparándoles con un erróneo modelo pasado juzgado como responsable de todas las catástrofes. Dicho de otro modo, los indignados de hoy son los jacobinos de ayer, y por tanto, sus aspiraciones de democratización hoy son peligrosas aspiraciones totalitarias para mañana. El problema de toda esa parafernalia demagógica es que exige camuflar algo más que el impacto de las “contabilidades creativas” (alias libremercado) en los desahuciados ciudadanos de hoy y en los hambrientos de ayer. También ha hecho falta esconder la estrecha relación entre los girondinos y los generales que se pasaron a los austriacos, y cómo los diputados a los que llaman moderados amenazaban a los jacobinos de que los voluntarios que habían de llegar desde los departamentos girondinos les “pondrían en su sitio”. Fue en ese contexto de pasiones desatadas, desconfianzas verosímiles y amenazas reales que los diputados improvisaron las instituciones que impulsarían el Terror. La purga que acabó con la ejecución de 21 girondinos en 1793 es en ese sentido premonitoria, es cierto, pero no de ningún plan sistemático para levantar un estado totalitario. Sino de la caótica puesta en marcha de soluciones extraordinarias para superar una situación de peligro: el Tribunal Revolucionario, los “delegados en misión”, o los “comités de vigilancia” se habían ideado antes –tras Varennes- con el concurso y aplauso girodino. No hay pues plan, conjura ni golpe. La purga ejecutada con saña contra los girondinos anuncia otra cosa mucho peor: la creencia en que que cuando la revolución corría peligro todos los medios quedaban justificados para preservarla. Y eso nace de un ambiente, de una preocupación compartida por todos, no de un proyecto ideológico. Fue un diputado girondino, Edme-Michel Petit, quien había dicho, por ejemplo, “al enfrentarnos a una necesidad extrema, debemos dejar a un lado las leyes”. Pero condenar a los jacobinos exige seleccionar en sus discursos las declaraciones que permitan trazar un camino inventado hacia el terrorismo de estado, evitando las de sus contrarios. Así, el monstruo que se esconde agazapado en esa frase es ignorado.

Esa exégesis tan subjetiva exige hacer más trampas todavía. Para que los jacobinos parezcan radicales sinsentido también hace falta sacar de la relación de los acontecimientos las revueltas federalistas en Lyon, Marsella y Toulon. Estas ciudades optaron por aliarse con las potencias coaligadas contra Francia y ofrecerles sus puertos contra la revolución que se radicalizaba en París. Aquella traición permitió concluir que federalistas y girondinos estaban confabulados con los tiranos europeos, como antes el rey, Dumoriez, o Lafayette. Por si fuera poco, el asesinato de Marat en su bañera a manos de una joven de la pequeña nobleza de provincias fascinada por los líderes girondinos, Charlotte Corday, otorgaba plausibilidad a la amenaza que se cernía sobre todos y cada uno de los asustados líderes revolucionarios.

Nada de eso justifica la justicia sumaria e implacable que cayó contra los supuestos traidores: en aquel juicio apenas hubo garantías, para condenar a los girondinos se aceptaron rumores y testimonios indirectos como pruebas. Se acercaban, sin duda, las horas más oscuras de la revolución, y por eso las fuentes escritas que utiliza Tacket se vuelven más tibias. Algunas series de correspondencia se interrumpen, otros ciudadanos empiezan a ser más cuidadosos con lo que escriben. Algunos decidieron quemar las cartas que guardaban, o destruir páginas de sus diarios. Unos hablan sólo de negocios, otros evitan valoraciones. Se notan, dice Tacket, redacciones más forzadas. El barco de la revolución en el que viajaban en medio de “la tormenta perfecta” estaba a punto de naufragar, es cierto. Sin embargo, el símil náutico no es adecuado, porque la Revolución no naufragó sóla. No eran asépticas fuerzas climáticas las que amenazaban su navegación: sus enemigos no eran agentes naturales ni fenómenos atmosféricos ni tiburones fantasmas, sino fuerzas humanas terriblemente poderosas desencadenadas con la misma violencia sumaria con que la Revolución se defendió. Si el barco de la revolución se agitaba indefenso en mitad de un océano bravío no era porque la tripulación estaba obsesionada con destruir al capitán. Sino porque alguien agitaba las aguas, y otros habían querido hacer de la embarcación el exclusivo yate de lujo que conducir a su antojo.