Aunque los postmodernos descalificaron la historia social
y económica para potenciar la política y la cultural, “El temperamento
revolucionario. París 1748-1789” me ha recordado los clásicos estudios estructuralistas que con
tanta saña criticaban los apóstoles de los “cultural studies”. El papel del escándalo del collar en las
misóginas acusaciones que se vertieron contra María Antonieta, o el estreno de
“Las bodas de Fígaro” (1784) -la ópera en que el pícaro protagonista que
inventa Beaumarchais afea a su señor que apenas “os habéis tomado la molestia
de nacer”- ya inducían las causas de la revolución francesa, pese a constituir
pinceladas de historia política y cultural, cuando yo estudiaba en la
universidad a finales del siglo pasado. Ambos acontecimientos están situados en
el reinado de Luis XVI, y el nuevo libro de Robert Darnton rastrea ya en el
anterior la presunta y creciente disposición general a cuestionar el Antiguo
Régimen. Nunca me leí “la matanza de gatos” pero como estudiante escuché buenas
referencias sobre Robert Darnton, y, aunque este libro me ha parecido bastante
aburrido, la crónica del reinado de Luis XV que incluye me ha permitido confirmarlas. Sigue pareciéndome, como entonces, que los “postmos” siguen ahogando
al lector en párrafos infinitos mientras circulan entre lo obvio y lo
indemostrable. Así, presenta el libro recordando que “los acontecimientos no
nacen desnudos”, sino revestidos de actitudes, suposiciones, valores,
recuerdos, pronósticos, esperanzas y temores; y que para comprender cuanto
sucedió urge acercarse a esas percepciones inseparables que lo revisten. Por
eso propone estudiar esas manifestaciones culturales como indicios de cómo
reaccionaron los parisinos a lo sucedido entre 1748 y 1789, en la creencia de que
así podremos conocer la evolución de la consciencia colectiva, a la que define
como un “estado de ánimo fijado por la
experiencia de forma análoga al temple del acero por medio de un proceso de
calentamiento y enfriamiento”. Me abstengo de comentar esa definición, pero sí lamento
que la introducción -lejos de justificar por qué concentra su estudio en determinados
periodos, y los criterios con los que los ha seleccionado- vomite que su autor
no se siente apelado a explicar ninguna metodología. Su respetuosa reverencia
por las fuentes sugiere que la selección cronológica tiene que ver con acontecimientos
que generaron una avalancha de documentos. Ese es un punto fuerte del libro,
porque utiliza muchas fuentes y muy variadas: periódicos, canciones, panfletos,
literatura de cordel, informes policiales que transcriben de manera casi
literal conversaciones escuchadas en mentideros, incluso los ensayos de los
enciclopedistas cuya difusión, dice, poniendo como ejemplo el recibimiento
triunfal de Voltaire al volver a París tras largos años de exilio (1778),
“demuestra que esas ideas habían calado profundamente en las capas altas y
medias de la sociedad”.
¡Vaya por Dios! ¡Décadas de cultural studies criticando
que los historiadores estructuralistas presentaban los best-sellers de la
ilustración como la caja de Pandora del calentamiento prerevolucionario y aquí
estamos, estableciendo una relación mística -casi fantasmal, y a la vez
determinista- entre lo escrito y lo sucedido! Es cierto que apenas hace de la ilustración
un indicio más en el proceso de formación del “temperamento revolucionario”, pero
Robert Darnton explica cómo en 1762 Rousseau -autor del superventas del año
anterior, "La Nueva Eloísa"- huyó de Francia tras el escándalo provocado por su
“Emilio” mientras el “caso Callas” inspiraba a Voltaire su “tratado sobre la
tolerancia”. La erudición con que aborda ambos episodios me parece la discreta
concesión de un postmoderno -tradicionalmente consagrado a negar el principio
de causalidad- que merece ser contestada con el reconocimiento de sus
aportaciones, así que yo también, advertido por antiguos alumnos que ya son
doctorandos o profesores, he decidido aceptar que un motín de subsistencias
-lejos de tener que ver con el precio del pan- es una “émotion” (sic) y que la
obsesión por ese precio es propia de “una consciencia de subsistencia
colectiva” (sic), y no del hambre y la “economía moral de la multitud” que nos
explicó Thompson.
Otro acierto del libro es que nos acerca a temas que apenas llegan al mercado editorial español a través de manuales universitarios, porque muchas obras de referencia no se traducen. Nuestra industria editorial, consagrada a alimentar voraces muchedumbres nacionalistas empeñadas en que los mexicanos nos den las gracias, no facilita el acceso a la ciencia histórica cultivada fuera del espacio donde acostumbra a agitar banderas. Aunque traducir a Darnton no lo tenga por objetivo, he podido conocer gracias a él, por ejemplo, la aparatosa expulsión del príncipe Carlos Eduardo Estuardo, que tras fracasar en su intento de recuperar el trono inglés (1745) se pavoneaba por teatros y jardines parisinos incomodando los acuerdos firmados en Aquisgrán (1748), que debían poner fin al amparo que, desde la Gloriosa inglesa, venía prestando Luis XIV a los jacobitas. Según Darnton, el gallardo pretendiente se convirtió -a ojos de los lectores de panfletos- en el primer argumento de desprestigio de Luis XV, quien se había beneficiado del levantamiento escocés y finalmente había vendido a su aliado... ¡expulsándole!. ¡No nos explica de qué manera esas ideas tomadas de los panfletos le permiten asegurar que ahí concretamente el rey empezó a perder el respeto de sus súbditos, pero se nos está permitiendo ampliar la visión del reinado de Luis XV!
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| Luis XV, niño, preside desde el rincón, entre cojines, un "lit de justice", una ceremonia por la que el rey impone el registro de los decretos, en 1715 |
Lo más conocido por todos sobre ese largo reinado es el enfrentamiento entre el rey y los parlamentos cuando estos tribunales de justicia -donde la nobleza empelucada campaba a sus anchas- se negaron a publicar la condena papal al jansenismo porque participaban de la concepción rigorista de este cristianismo que, para los jesuitas, era sospechoso de herejía. Según Darnton, los rumores de jansenistas que habían muerto inconfesos porque el arzobispo de París ordenó negar los sacramentos a los que no confirmaran su adhesión a la bula Unigenitus -la condena del obispo Jansenius-, parecía una crueldad porque “la salvación era cosa de todos” (sic). Si los jesuitas ya eran vistos como agentes de un catolicismo integrista por esa prohibición, después del atentado contra el rey que llevó a Robert François Damiens (1757) a una espantosa ejecución ejemplarizante, la incipiente opinión pública recordó cómo, durante el siglo anterior, los de San Ignacio habían construido la tesis del tiranicidio. Y parece ser -aunque las piezas que enlazan ambos acontecimientos y las creencias de ese activo público pensante no se explicitan, entre otras cosas, porque como objeto de estudio son etéreas- que ese desprestigio acabaría provocando la expulsión de los jesuitas en 1764. Cuando Luis XV, cansado de la oposición parlamentaria, convocó a los magistrados en el palacio de justicia para recordarles que “sólo en mí reside el poder soberano, sólo de mi deriva la existencia y autoridad de los tribunales”, crecía la tensión política. Y todo estallaría con el famoso episodio de los mosqueteros visitando a los jueces durante la noche del 19 al 20 de enero de 1771 para exigir retractación, lo que abrió otro encendido debate de papel. En él participó Voltaire criticando los arcaicos parlamentos responsables de la ejecución de Callas y apostando por un rey ilustrado capaz de hacer reformas, mientras Diderot -consciente de que la libertad a la que apelaban era la inmunidad fiscal- advertía ("Observations sur l’instruction de Catherine II", 1774) que los parlamentos, aunque corruptos, también eran el único freno del despotismo. La conclusión que tomarían aquellos insaciables lectores del s. XVIII -según Darnton- es que urgía una “tercera vía política”: desprestigiadas realeza “despótica” y nobleza “libertaria”, sólo quedaba apelar a la nación, a la que Rousseau ya había definido como depositaria de la soberanía en “El contrato social” (1762).
Así pues, Robert Darnton va ordenando cronológicamente -otra cesión que agradecerle- los debates que irían politizando la sociedad parisina. La creciente presión fiscal que debía financiar las guerras, la prohibición de la Enciclopedia -a la que los sectores populares accederían por fragmentos sueltos difundidos “aquí y allá” (sic)-, o la liberación del precio de los cereales decretada en 1774, encenderían sendos debates que irían forjando, dice Darnton, el “temperamento” latente que favorecería el estallido revolucionario. El resultado sería un ecosistema comunicativo terriblemente ruidoso, que recuerda cómo hoy las redes inundan el discurso público de mensajes confusos y convulsos, no siempre ordenados y coherentes. En el siglo de las luces, y no necesariamente encendiéndolas, los panfletos eran leídos en voz alta, discutidos en mercados, muelles, cafés, parques y calles para entusiasmar a los transeúntes y agruparles en torno a polemistas, tomando partido, derivando las discusiones y forjando “temperamento”. Darnton suma fuentes para describir ese escenario comunicativo tumultuoso y alborotado. En “Les entretiens du Jardin des Tuilleries” (1788) Louis Sébastien Mercier decía que “todo el mundo quiere ser autor o lector, incluso el cochero lee sentado en el pescante. Todos, desde los criados al aguador, participan en los debates”. Los panfletos seguían de cerca el curso de los acontecimientos, y afectaban a muchas cuestiones, desde la tortura a la tolerancia, pasando por la esclavitud; y en esa intensidad comunicativa tan bulliciosa brillarían circunstanciales líderes de opinión, de Sieyès a Condorcet, pasando por el duque de Orléans… como los influencers de hoy, transmitían sus mensajes con vehemencia y carisma, pero no creo que -como concluye Darnton- del “runrún” (sic) generado por tan compleja “sociedad de la información primitiva” se despliegue un “estado de ánimo” (sic) -uno, en concreto- con los ingredientes que le atribuye en sus conclusiones. Porque cuando estalle la revolución, los acontecimientos no toman una sola dirección compartida. Porque en el batiburrillo de voces que constituye hoy el griterío público compiten tantas ideas, que su selección y ordenamiento difícilmente serían algo más que un acercamiento parcial. La acertada descripción del atribulado mercado de los mensajes que bulle en París nos ayuda a entender el estallido de la revolución, pero difícilmente podrá separarse de la crítica del privilegio nobiliario por parte de la burguesía, y de la crisis de subsistencia que se vivió en París aquel verano de 1789…
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