Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

lunes, 27 de julio de 2026

DESPUÉS DE LUIS XV EL CAOS... ¡Y DURANTE TAMBIÉN!

 

Aunque los postmodernos descalificaron la historia socio-económica para potenciar la política y la cultural, “El temperamento revolucionario. París 1748-1789” me ha recordado los clásicos estudios estructuralistas que con tanta saña criticaban los apóstoles de los “cultural studies”.  El papel del escándalo del collar en las misóginas acusaciones que se vertieron contra María Antonieta, o el estreno de “Las bodas de Fígaro” (1784) -la ópera en que el pícaro protagonista que inventa Beaumarchais afea a su señor que apenas “os habéis tomado la molestia de nacer”- ya inducían las causas de la revolución francesa, pese a constituir pinceladas de historia política y cultural, cuando yo estudiaba en la universidad a finales del siglo pasado. Ambos acontecimientos están situados en el reinado de Luis XVI, y el nuevo libro de Robert Darnton rastrea ya en el anterior la presunta y creciente disposición general a cuestionar el Antiguo Régimen. Nunca me leí “la matanza de gatos” pero como estudiante escuché buenas referencias sobre Robert Darnton, y, aunque este libro me ha parecido bastante aburrido, la crónica del reinado de Luis XV que incluye me ha permitido confirmarlas. Sigue pareciéndome, como entonces, que los “postmos” siguen ahogando al lector en párrafos infinitos mientras circulan entre lo obvio y lo indemostrable. Eso parece cuando la introducción apunta que “los acontecimientos no nacen desnudos”, sino revestidos de actitudes, suposiciones, valores, recuerdos, pronósticos, esperanzas y temores; y que para comprender cuanto sucedió urge acercarse a esas percepciones inseparables que lo revisten. Por eso propone estudiar esas manifestaciones culturales como indicios de cómo reaccionaron los parisinos a lo sucedido entre 1748 y 1789, en la creencia de que así podremos conocer la evolución de la consciencia colectiva, a la que define como un  estado de ánimo fijado por la experiencia, de forma análoga al temple del acero por medio de un proceso de calentamiento y enfriamiento”. Me abstengo de comentar esa definición, pero sí lamento que la introducción -lejos de justificar por qué Darnton concentra su estudio en determinados periodos, y los criterios con los que los ha seleccionado- vomite que su autor no se siente apelado a explicar ninguna metodología. Su respetuosa reverencia por las fuentes sugiere que tal selección cronológica tiene que ver con acontecimientos que generaron una avalancha de documentos. Ese es un punto fuerte del libro, porque utiliza muchas fuentes y muy variadas: periódicos, canciones, panfletos, literatura de cordel, informes policiales que transcriben de manera casi literal conversaciones escuchadas en mentideros, incluso los ensayos de los enciclopedistas cuya difusión, dice, poniendo como ejemplo el recibimiento triunfal de Voltaire al volver a París tras largos años de exilio (1778), “demuestra que esas ideas habían calado profundamente en las capas altas y medias de la sociedad”.

¡Vaya por Dios! ¡Décadas de cultural studies criticando que los historiadores estructuralistas presentaban los best-sellers de la ilustración como la caja de Pandora del calentamiento prerevolucionario y aquí estamos, estableciendo una relación mística -casi fantasmal, y a la vez determinista- entre lo escrito y lo sucedido! Es cierto que el libro apenas hace de la ilustración un indicio más en el proceso de formación del “temperamento revolucionario”, pero Robert Darnton explica cómo en 1762 Rousseau -autor del superventas del año anterior, "La Nueva Eloísa"- huyó de Francia tras el escándalo provocado por su “Emilio” mientras el “caso Callas” inspiraba a Voltaire su “tratado sobre la tolerancia”. La erudición con que aborda ambos episodios me parece la discreta concesión de un postmoderno -tradicionalmente consagrado a negar el principio de causalidad- que merece ser contestada con el reconocimiento de sus aportaciones, así que yo también, advertido por antiguos alumnos que ya son doctorandos o profesores, he decidido aceptar que un motín de subsistencias -lejos de tener que ver con el precio del pan- es una “émotion” (sic) y que la obsesión por ese precio es propia de “una consciencia de subsistencia colectiva” (sic), y no del hambre y la “economía moral de la multitud” que nos explicó Thompson.

Otro acierto del libro es que nos acerca a temas que apenas llegan al mercado editorial español a través de manuales universitarios, porque muchas obras de referencia no se traducen. Nuestra industria editorial, consagrada a alimentar voraces muchedumbres nacionalistas empeñadas en que los mexicanos nos den las gracias, no facilita el acceso a la ciencia histórica cultivada fuera del espacio donde acostumbra a agitar banderas. Aunque traducir a Darnton no lo tenga por objetivo, he podido conocer gracias a él, por ejemplo, la aparatosa expulsión del príncipe Carlos Eduardo Estuardo, que tras fracasar en su intento de recuperar el trono inglés (1745) se pavoneaba por teatros y jardines parisinos incomodando los acuerdos firmados en Aquisgrán (1748), que debían poner fin al amparo que, desde la Gloriosa inglesa, venía prestando Luis XIV a los jacobitas. Según Darnton, el gallardo pretendiente se convirtió -a ojos de los lectores de panfletos- en el primer argumento de desprestigio de Luis XV, quien se había beneficiado del levantamiento escocés y finalmente había vendido a su aliado... ¡expulsándole!. ¡No nos explica de qué manera esas ideas tomadas de los panfletos le permiten asegurar que ahí concretamente el rey empezó a perder el respeto de sus súbditos, pero se nos está permitiendo ampliar la visión del reinado de Luis XV!


Luis XV, niño, preside desde el rincón, entre cojines, un "lit de justice", una ceremonia por la que el rey impone el registro de los decretos, en 1715

Lo más conocido por todos sobre ese largo periodo es el enfrentamiento entre el rey y los parlamentos cuando estos tribunales de justicia -donde la  nobleza empelucada campaba a sus anchas-  se negaron a publicar la condena papal al jansenismo porque participaban de la concepción rigorista de este cristianismo que, para los jesuitas, era sospechoso de herejía. Según Darnton, los rumores de jansenistas que habían muerto inconfesos porque el arzobispo de París ordenó negar los sacramentos a los que no confirmaran su adhesión a la bula Unigenitus -la condena del obispo Jansenius-, parecía una crueldad porque “la salvación era cosa de todos” (sic). Si los jesuitas ya eran vistos como agentes de un catolicismo integrista por esa prohibición, después del atentado contra el rey que llevó a Robert François Damiens (1757) a una espantosa ejecución ejemplarizante, la incipiente opinión pública recordó cómo, durante el siglo anterior, los de San Ignacio habían construido la tesis del tiranicidio. Y parece ser -aunque las piezas que enlazan ambos acontecimientos y las creencias de ese activo público pensante no se explicitan, entre otras cosas, porque como objeto de estudio son etéreas- que ese desprestigio acabaría provocando la expulsión de los jesuitas en 1764. Cuando Luis XV, cansado de la oposición parlamentaria, convocó a los magistrados en el palacio de justicia para recordarles que “sólo en mí reside el poder soberano, sólo de mi deriva la existencia y autoridad de los tribunales”, crecía la tensión política. Y todo estallaría con el famoso episodio de los mosqueteros visitando a los jueces durante la noche del 19 al 20 de enero de 1771 para exigir retractación, lo que abrió otro encendido debate de papel. En él participó Voltaire criticando los arcaicos parlamentos responsables de la ejecución de Callas y apostando por un rey ilustrado capaz de hacer reformas, mientras Diderot -consciente de que la libertad a la que apelaban era la inmunidad fiscal- advertía ("Observations sur l’instruction de Catherine II", 1774) que los parlamentos,  aunque corruptos, también eran el único freno del despotismo. La conclusión que tomarían aquellos insaciables lectores del s. XVIII -según Darnton- es que urgía una “tercera vía política”: desprestigiadas  realeza “despótica” y nobleza “libertaria”, sólo quedaba apelar a la nación, a la que Rousseau ya había definido como depositaria de la soberanía en “El contrato social” (1762).

 

Así pues, Robert Darnton va ordenando cronológicamente -otra cesión que agradecerle- los debates que irían politizando la sociedad parisina. La creciente presión fiscal que debía financiar las guerras, la prohibición de la Enciclopedia -a la que los sectores populares accederían por fragmentos sueltos difundidos “aquí y allá” (sic)-, o las carestías provocadas por la liberación del precio de los cereales decretada en 1774, encenderían sendos debates que irían forjando, dice Darnton, el “temperamento” latente que favorecería el estallido revolucionario. La prueba sería un ecosistema comunicativo terriblemente ruidoso, que recuerda cómo hoy las redes inundan el discurso público de mensajes confusos y convulsos, no siempre ordenados y coherentes. En el siglo de las luces, y no necesariamente encendiéndolas, los panfletos eran leídos en voz alta, discutidos en mercados, muelles, cafés, parques y calles para entusiasmar a los transeúntes y agruparles en torno a polemistas, tomando partido, derivando las discusiones y forjando “temperamento”. Darnton suma fuentes para describir ese escenario comunicativo tumultuoso y alborotado. En “Les entretiens du Jardin des Tuilleries” (1788) Louis Sébastien Mercier decía que “todo el mundo quiere ser autor o lector, incluso el cochero lee sentado en el pescante. Todos, desde los criados al aguador, participan en los debates”. Los panfletos seguían de cerca el curso de los acontecimientos, y afectaban a muchas cuestiones, desde la tortura a la tolerancia, pasando por la esclavitud; y en esa intensidad comunicativa tan bulliciosa brillarían circunstanciales líderes de opinión, de Sieyès a Condorcet, pasando por el duque de Orléans… Como los influencers de hoy, transmitían sus mensajes con vehemencia y carisma, pero no creo que -como concluye Darnton- del “runrún” (sic) generado por tan compleja “sociedad de la información primitiva” se despliegue un “estado de ánimo” (sic) -uno, en concreto- con los ingredientes que le atribuye en sus conclusiones. Porque cuando estalle la revolución, los acontecimientos no toman una sola dirección compartida y unánime. Porque en el batiburrillo de voces que constituye hoy el griterío público compiten tantas ideas, que su selección y ordenamiento difícilmente permitiría nada más que un acercamiento parcial. La acertada descripción del atribulado mercado de los mensajes que bullía en París nos ayuda a entender el estallido de la revolución, pero difícilmente su explicación podrá separarse de la crítica del privilegio nobiliario por parte de la burguesía, y de la crisis de subsistencia que se vivió en París aquel verano de 1789…

domingo, 19 de julio de 2026

UN POETA MALDITO DEL RENACIMIENTO INGLÉS

 

 La herejía no sólo ha roto las esculturas de mármol de las iglesias”, escribía un mercader italiano en el Londres isabelino. El país le parecía sombrío, siniestro. Los sórdidos espectáculos de peleas de animales y las frecuentes ejecuciones públicas que proveían de cabezas cortadas las picas expuestas junto al puente de Londres parecían darle la razón. La política había decapitado a Tomás Moro y las universidades -mientras en Italia inauguraban jardines botánicos- tenían a Copérnico por “persona non grata”. Cada reinado Tudor había empezado con siniestras oleadas de conspiraciones, sospechas y detenciones, y la reina Isabel -representándose cada día más joven- prescindía de pintores realistas como Holbein. Maquiavelo estaba prohibido y el atomismo de Lucrecio recuperado en 1417 -al que Stephen Greenblat dedicó “El giro: de cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno”- era un anatema. En definitiva, el optimismo renacentista se hacía esperar. Y cuando llegó -cargado de teatros, poetas, miniaturistas y exploradores- no fue ajeno a la incertidumbre sucesoria, al miedo a otra armada más o menos invencible, o a la peste de 1593. Precisamente ese año el escritor Thomas Kyd fue detenido por su presunta relación con un panfleto que -entre los dolores del tormento- atribuyó a su desaparecido compañero de piso, Christopher Marlowe. A la búsqueda de ese escurridizo escritor ha dedicado Stephen Greenblat “El Renacimiento oscuro. La turbulenta vida del gran rival de Shakespeare”. Para seguirle los pasos nos presenta su familia desestructurada, el gremio de zapateros al que pertenecía su padre, la escuela de primeras letras en Canterbury, la beca para pobres que le acercó al exigente estudio del latín, y la electrizante lectura de los clásicos en la Universidad de Cambridge. Ya licenciado, estaba cursando la maestría cuando empezó a protagonizar sospechosas ausencias de clase, y a reaparecer con más dinero que gastar en la cantina de lo que cubría la beca. Aunque las inasistencias le incapacitaban para el título, una misteriosa instrucción llegada del Consejo Real ordenaba la concesión porque estaba “empleado en asuntos que benefician al reino”, lo que viene extendiendo la sospecha de que Marlowe fue reclutado como espía por la poderosa red de inteligencia de sir Francis Walshingham, que mantenía agentes en embajadas, tabernas, posadas e instituciones católicas del continente, con el objetivo de anticiparse a cualquier plan para matar a la reina. 

Ese no es el único misterio que envuelve la figura de Christopher Marlowe, por lo que Greenblat bucea entre las líneas que dejó escritas para construir un atractivo fresco de su relación con los tiempos que le tocó vivir. Resulta especialmente sugerente la descripción del Londres en el que el autor se instalaba en 1587, con apenas 23 años. Describe un público acostumbrado a los cuentacuentos en las plazas, las leyendas a la luz de las velas, las proclamas de los heraldos, los sermones dominicales y a esa primera industria del entretenimiento de masas que fue el teatro. Un mundo efervescente de ingenio que frecuentaban pocos lectores, bastantes editores y muchas compañías de actores profesionales compitiendo por ofrecer un repertorio exitoso. Autoridades y moralistas se incomodaban por la concentración de carruajes, contagios y carteristas que colapsaban el entorno de los teatros.  Y es que las representaciones a media tarde, en plena jornada laboral, y los muchachos lascivos contoneándose con pelucas, no parecían complacer los estrictos preceptos de la religión oficial. Pero mantener a la juventud ocupada prevenía desórdenes, y a la reina le encantaban las comedias. Así que Marlowe -licenciado, latinista y con contactos en la universidad, el consejo real, y la nobleza que buscaba entretenimiento privado- se dispuso a hacer brillar su talento en esa selva. 

Greenblatt se pregunta si compitió por el mecenazgo del conde de Southampton, si conoció a Shakespeare, y si Marlowe entró en el círculo de intrigas políticas de Sir Walter Raleigh. Aquel mundo de indagaciones históricas, exploración geográfica y duda filosófica podía ser peligroso. El matemático y naturalista Thomas Hanot -que precedió a Galileo en el uso del telescopio- lamentaba  que no se estuviera “seguro para pensar como se quiera”. Y Greenblat explica cómo el “Doctor Faustus” de Marlowe -una historia de transgresión teológica en busca del saber oculto que presenta ante el público la posibilidad de ser escéptico- sugiere que Marlowe, como su personaje, había hecho un pacto con el diablo. En su caso, con el poder. 

Al final, rastreando entre las líneas que hacen de los amores del rey Eduardo II una adicción, Greenblat se atreve a sugerir donde estaba Christopher Marlowe cuando le buscaban. Evitando cualquier espóiler sólo puedo decir que Marlowe estaba a salvo de la peste, y que estaba amando sin mesura, como el rey Eduardo había hecho doscientos cincuenta años antes. Cuando ese misterio de silencios necesarios y sábanas calientes se resuelve, al autor de "El Renacimiento oscuro" sólo le falta descubrir un último misterio.  Quién le mató.