Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

martes, 30 de julio de 2013

EUROPA, 1945: LAS RUINAS QUE RESUCITAN HOY


Mi Rosa favorita me regaló hace un tiempo “el refugio de la memoria” con una bellísima dedicatoria agradeciendo mi modesta contribución a su anecdotario vital. Mi musicóloga de cabecera ha puesto armonía a mi frecuentemente desarreglada partitura en muchas ocasiones, y este obsequio es una muestra de cuanto le debo. Es cierto que tras su lectura no he participado del entusiasmo que convirtió la obra del historiador Tony Judt, escrita al tiempo que una penosa enfermedad degenerativa encaminaba sus últimos días, en un fetiche. Sin embargo, reconozco que algunos pasajes me sacudieron con violencia el alma; y no sólo porque es imposible permanecer impertérrito al coraje con el que Jutd encaró su último reto.

El libro que Rosa me invitó a leer contiene la demostración de coherencia profesional más explícita que he visto en un historiador desde que Marc Bloch fue ejecutado por los nazis. No debería extrañarme, porque -tal y como le escuché decir a la medievalista Teresa Vinyolas en una de las primeras clases que le escuché impartir al comenzar la carrera- ser historiador es una forma de vida. Por eso, incluso en su padecimiento, Jutd se puso a dictar, mientras pudo y cuando ya escribir no podía, algunos recuerdos analizados con precisión quirúrgica. Entre ellos, me impactó cómo su memoria infantil describía la ciudad de Londres: escribía que “hubo racionamiento de ropa hasta 1949, (…), de alimentos hasta 1954. Estas normas se suspendieron brevemente para celebrar la coronación de la reina Isabel, en 1953: se autorizó para todos una libra extra de azúcar y cuatro onzas de margarina (…) bastante tiempo después de que cesara esa práctica, mi madre me convenció de que las golosinas aún estaban racionadas. Cuando protesté diciendo que mis amigos de la escuela parecían disponer de un acceso ilimitado al género, me explicó, con desaprobación, que seguramente sus padres estaban en el mercado negro. Su teoría era de lo más creíble, puesto que el legado de la guerra era omnipresente. Londres estaba plagado de cicatrices de los bombardeos: donde antes había habido casas, calles, vías de ferrocarril o almacenes, había ahora grandes y polvorientas zonas acordonadas (...) En los primeros años cincuenta, la mayoría de los artefactos explosivos sin detonar habían sido retirados y los solares bombardeados -aunque prohibidos- ya no eran peligrosos. Pero esos improvisados espacios de juego eran irresistibles para los chavales”. Esta descripción de los niños jugando entre edificios derruidos comparte capítulo con un elogio de Clement Atlee (al que el imbécil de Churchill llamaba “un hombre modesto que tiene mucho por lo que ser modesto”), y nos acerca a un Londres muy distinto del que imaginamos. Si la huella impresa por la guerra mundial aún era “omnipresente” en Londres en 1953 ¿cómo debía estar la Europa continental, que había sido permanente campo de batalla, durante la posguerra inmediata?

A esa pregunta responde David Solar, autor de Un mundo en ruinas 1945-1946 (2007), al coordinar el dossier del número 177 de “La Aventura de la Historia”. Buscando una imagen significativa se sirve allí de un fragmento de la novela “La piel”, de Curzio Malaparte, para describir el ambiente en Nápoles durante la ocupación aliada, poco antes de la derrota alemana: “Mujeres lívidas, deshechas, con los labios pintados, los rostros desencajados y cubiertos de afeites, horribles y lamentables, estaban paradas en las esquinas de los callejones ofreciendo a los pasantes su miserable mercancía; chiquillas y muchachos de ocho, de diez años, que los soldados marroquíes, hindúes, argelinos, malgaches, palpaban levantándoles las faldas o metiendo las manos por entre los botones de los calzones. Las mujeres gritaban, “Two dollars the boys, three dollars the girls”.

Cuesta leerlo, y no sólo porque el fragmento llama nuestra atención sobre los miles de niños huérfanos que dejó la guerra deambulando por ciudades abatidas. También nos sobrecoge porque, la celebración de la victoria consume tanto protagonismo en nuestro 1945 imaginado, que, cuando los historiadores describimos la Europa de posguerra, apenas hacemos referencia a los niveles de destrucción: sabemos que Colonia o Hamburgo habían perdido el 90% de sus edificios, o Viena el 70%, pero bien poco de cómo se vivía entre ellos. Otra de las miradas a la Europa de 1945 que frecuentamos es la que atiende a la geopolítica: Paul Johnson decía en “Tiempos modernos” (1993) que los Estados Unidos y la Unión Soviética estaban al borde de un “volcán apagado, espiando despectivamente sus honduras todavía humeantes”, lo que llama la atención sobre el hecho de que, apenas cincuenta años antes, los pretenciosos europeos se habían repartido el mundo y ahora se veían desplazados de la hegemonía planetaria por dos nuevos agentes a los que la destrucción europea convertía en inesperados e involuntarios protagonistas de las relaciones internacionales.
 
Esas dos miradas, la que atiende a la destrucción material y la que se concentra en la geopolítica, tienen una cosa en común: olvidan el drama humano de la posguerra. Los europeos hemos evitado profundizar en ese infierno, hemos pasado de puntillas por esos años, quizá temiendo qué recuerdos puede despertarnos recrear aquel, como dice Keith Lowe, “continente salvaje”. En la fantasía que nos permite mantener nuestros cadáveres en el armario, 1945 es la calma doliente que sigue al infierno de la guerra. En nuestro discurso el Tío Marshall viene cargado de caramelos, los europeos confraternizamos con aquellos generosos chicos que vinieron a liberarnos y … ¡zasca! Europa resurge como el Ave Fénix, y ni corta ni perezosa escribe el punto y aparte que le permite experimentar ese crecimiento sin precedentes para el que hemos inventado la triunfalista etiqueta “milagro europeo”. No sólo olvidamos que la situación de dramática urgencia que vivía el continente cuando el volcán se apagó hacía plausible la escena que Malaparte “inventó” (¿?) para su novela. También olvidamos datos estadísticos muy ilustrativos, como los que también incluía David Solar en su artículo: desde mayo de 1945 hasta finales de 1946, los supervivientes apenas consumieron 1200 calorías de promedio diario, lo que resultaría la mitad de lo normal. La miseria propició epidemias de piojos, sarna, tifus y tuberculosis. La mortalidad pasó de un 11,8 por mil (1938) a un 18%o (1945) y la infantil superó el 250%o.
 
¡Pero el panorama escalofriante no sólo afectaba a las condiciones de vida! En su libro “Después del Reich: crimen y castigo en la postguerra alemana”, Giles MacDonogh recoge las vivencias de los alemanes bajo la ocupación aliada. No lo he leído, pero hice una cata al azar de algunas páginas y tomé algunas notas: de los 90.000 presos alemanes que quedaron en Stalingrado, apenas volvieron en 1955 unos 5.000; los alemanes sufrieron matanzas tan despiadadas como las que habían emprendido ellos durante la guerra; entre 12 y 14 millones de alemanes fueron obligados a marcharse de los estados liberados en Europa Central, y no fueron bien acogidos en las Alemanias supervivientes, donde las condiciones eran suficientemente duras como para ver a sus recién llegados compatriotas como rivales en la supervivencia. Los ajustes de cuentas tras la liberación contribuyeron notablemente al éxito del partido comunista, porque muchos alemanes se alistaron para evitar la acusación de colaboracionismo. En 1946 nacieron 200.000 bebés de las violaciones emprendidas por los ocupadores soviéticos: la tragedia de las mujeres bajo la ocupación aliada hiela la sangre.

Trümmerfrauen en Berlín
Keith Lowe decía, en una entrevista en ABC, que los europeos habían interiorizado con naturalidad la violencia cotidiana. Y ponía como ejemplo una anécdota de efectividad mediática: el testimonio de un corresponsal británico en Hannover que “tuvo la ocasión de ver un saqueo en una fábrica de picaportes. Todos se pegaban. Un hombre tiró al suelo a una mujer y le pateó la cabeza hasta matarla para quitarle los picaportes. Cuando lo logró, anduvo unos cuantos pasos por la calle, miró los picaportes y los arrojó al suelo como pensando: «¿Para qué quiero yo esto?»”. Siguiendo el rastro de es violencia gratuita e indiscriminada, el libro de Lowe deambula por toda Europa, desde Grecia (que continuará inmersa en una guerra civil terrible) a Italia (casi también), de Polonia (cuyas nuevas fronteras desplazan minorías étnicas diversas) a Yugoslavia (donde los ajustes de cuentas entre ustachas, chetniks y partisanos generan un clima irrespirable). Incluso Francia se encuentra sacudida por “oleadas de venganza y castigo que inundaron todos los ámbitos de la vida europea”: en tanto la resignación con la que los franceses ofrecieron la derrota ante los alemanes “propició la representación de la Francia ocupada como algo femenino: no sólo había sido invadida, también se había entregado como muchas francesas hicieron lo propio con los soldados alemanes. Eso emocionalmente se entendió como un adulterio a la nación. Después de la guerra era muy importante restaurar el orden patriarcal y se vengaron de ellas públicamente, en las plazas, les rapaban las cabezas y las desnudaban con el consentimiento de los nuevos dirigentes. Las veían como enemigas de la patria, tanto como los propios alemanes”.

Aquel continente sin carreteras ni trenes ni bancos ni comercios era un verdadero erial en el que la supervivencia era un reto cotidiano, en el que las hostilidades continuaban, en el que los vencidos no estaban mejor, tal y como demostraban los recuerdos infantiles de Tony Jutd, autor, por otra parte, de un libro -“Posguerra: una historia de Europa desde 1945”- que inauguró una secuencia de novedades editoriales sobre el tema. ¿Será coincidencia que de pronto se publiquen tantas miradas a los meses posteriores al Diluvio Universal? ¿Y que lo hagamos con la Europa comunitaria en estado comatoso, cuando millones de sus ciudadanos están sufriendo ese genocidio colectivo que constituye el desmontaje del Estado del Bienestar por parte de políticas de recorte drástico? ¿No vive Europa hoy un drama que viola sus fundamentos y se está costando miles de víctimas?

En el post anterior ya dije que el curso de verano “Dictadura, democracia i estat del benestar a Europa: de la segona meitat del segle XX alsinicis del segle XXI” reunió un buen puñado de humanistas de distintas especialidades para reflexionar sobre la historia del estado asistencial. El paisaje humano que retratan los libros hace más que plausible una relación directa entre el prestigio del que gozaba el comunismo por haber resistido al nazismo con contundencia y eficacia, la seducción que sobre aquellas masas hambrientas pudiera ejercer el sistema rival y el pacto que por el que la fuerza de trabajo aceptaba la lógica de beneficios a cambio de cierta protección del mínimo nivel de vida. El capital ha violado el acuerdo cuando, terminada la Guerra Fría, vencido y desprestigiado el adversario ideológico, pudo evitar negociar consensos entorno al funcionamiento del sistema capitalista. Los think tank neoliberales precipitaron entonces sobre la sociedad el argumentario que pretende deslegitimar la protección social, un rosario de tópicos que uno de los ponentes del curso, Vicenç Navarro, ha demostrado empíricamente en sus libros (y su blog) que son falsos. Como él mismo afirmó, si pusimos en marcha el Estado de Bienestar cuando Europa era, como dijo Churchill, “un montón de escombros, un osario, un criadero de pestilencia y odio”, quién puede creerse que hoy no podamos pagarlo cuando somos infinitamente más ricos...

viernes, 19 de julio de 2013

¿QUIÉN COMENZÓ LA GUERRA FRÍA?



Ronald E. Powaski dedicó la introducción de su libro “La Guerra Fría: USA y URSS 1917-1991” (1998) a las teorías con que se han explicado los orígenes de este conflicto. Según él, si en un primer momento se decía que los intentos de Stalin por extender el comunismo por Europa y el Lejano Oriente hacían de la URSS la principal culpable, en tanto obligó a los americanos a reaccionar intentando contenerla, una escuela revisionista contestó en los años 70 y 80 que, en realidad, fueron los americanos quienes exageraron la amenaza que la URSS podía representar y reaccionaron desproporcionadamente. Powaski recordaba el diferente coste que tuvo la Segunda Guerra Mundial para ambas super-potencias: mientras los americanos, cuyo territorio principal no había sido atacado, sufrieron unas 400.000 bajas, el coste pagado por los soviéticos fue mucho mayor: en 1945 la URSS había perdido “20 millones de ciudadanos, 15 grandes ciudades, 6 millones de edificios, 31.000 empresas industriales, 65.000 Km. de vía férrea, 90.000 kilómetros de carreteras y miles de puentes, pozos petrolíferos, granjas y ganado”. Por eso la escuela revisionista se preguntó ¿Quién iba a iniciar así, y con qué, el proyecto de dominación universal que le suponían los americanos? Incluso algunos investigadores, más radicales, creían que fueron los soviéticos quienes reaccionaron contra la agresiva actitud con la que los Estados Unidos querían garantizarse el acceso a los mercados y recursos del mundo aplastando cualquier oposición que cuestionara ese interés. Según esa teoría, Truman inventaría el mito de una URSS hostil para lograr el apoyo ciudadano a una nueva estrategia intervencionista cuyo objeto era hacer del mundo un lugar seguro para el capitalismo.

Si las tesis conspiranoicas que responsabilizaban exclusivamente a la URSS de la Guerra Fría quedaron reservadas para la propaganda y se fue imponiendo la “teoría del agua y el aceite” (socialismo y capitalismo no pueden compartir el vaso), en los años 90 la tesis de la incompatibilidad de sistemas dejó paso a una visión más o menos consensuada sobre las causas del conflicto. La Guerra Fría había terminado, y -aunque  los voceros del “fin de la historia” hacían leña del árbol caído adjudicándole todas las culpas habidas y por haber-, del debate historiográfico nacía una tercera tendencia, la post-revisionista. Especialmente atenta a las actuaciones de ambas super-potencias capaces de provocar reacciones hostiles en el otro, esta escuela concluyó que, del mismo modo que los dirigentes americanos tenían una visión demoníaca del carácter perverso de la URSS e intentaron contestarla con una actitud rígida, los soviéticos encuadraban la política americana en los más rígidos moldes del petrificado marxismo oficial, según el cual el móvil imperialista/económico inducía a los americanos a la dureza. Visto así, resulta absurda la discusión sobre quién empezó la Guerra Fría, porque -atendiendo a las mutuas desconfianzas y a las falsas percepciones- el conflicto puede definirse como resultado de una dialéctica que no tiene culpables, el corazón de cuya lógica se encuentra en lo que Francisco Veiga, Enrique U. Da Cal y Ángel Duarte llamaron “el síndrome de 1941” en La paz simulada. Una historia de la Guerra Fría 1941-1991 (1998): ese año, tanto los EUA como la URSS entraron en una guerra que hasta ese momento consideraban europea, ajena a sus intereses, porque fueron atacados por los japoneses (en el caso americano) y los alemanes (en el caso soviético). Cuando en 1945 llegó la victoria se manifestó el trauma del “efecto sorpresa” de ambos ataques: el miedo a otro ataque de ese tipo, y la evidencia de que -en el páramo que constituía el mundo de posguerra- sólo podía llevarlo a cabo el otro actor omnipresente, generó un miedo irracional y una actitud agresiva que conducirá a ambas potencias a erigir un sistema defensivo destinado a prevenir otra sorpresa igual, otro ataque a traición. El Informe Jdanov y el Telegrama Kenan, que teorizaron las políticas para romper el presumido cerco capitalista, o contener la revolución mundial, se entienden en ese clima.

Sin embargo, la desconfianza y el miedo venían de antes, tal y como sugería Powaski en el título del libro al que me refería al comenzar este post: la primera semana de julio asistí a un curso, dedicado a los orígenes y el presente del estado del bienestar, en el que las conferencias dedicadas al contexto histórico describían el ambiente de posguerra; y cuando analizaba la correlación de fuerzas existente en 1945, Martí Marín sugería que -además de soportar estoicamente el mayor peso de la guerra contra los nazis- los soviéticos asistieron a los retrasos con los que se abordó la apertura del “segundo frente” que Stalin había pedido a Churchill en julio de 1941, y que no se abrió definitivamente hasta mayo de 1944, casi tres años después, con el desembarco de Normandía. Pensé en ese momento que a los occidentales de pronto les vinieron las prisas, al ver que los soviéticos, en su contraataque después de detener a los nazis en Stalingrado, podían tomar Berlín; quién sabe si Lisboa, debieron pensar. Y por eso, de prisa y corriendo, al comprobar que la resistencia del Eje en el norte de Italia les impediría llegar a Berlín antes que los rusos, organizaron ese aquelarre suicida que, pese al éxito final, constituyó el matadero de Normandía. Martí Marín afirmaba que la destrucción sufrida por la URSS hace casi imposible empujar ningún proyecto de dominación universal, y que el motor de su actitud no era el sueño de la revolución mundial, sino la búsqueda de una garantía defensiva. Pero, ¿tenían motivos para desconfiar de su aliado?


Otra de las estupendas conferencias incluidas en el curso “Dictadura, democracia y estado del bienestar” para analizar el contexto que puso en marcha el estado asistencial fue la que pronunció Víctor Gavin. El profesor de la UB afirmaba que los proyectos occidentales para la postguerra habían sido definidos por Churchill y Roosevelt en la Bahía de Terranova el 14 de agosto de 1941. El documento surgido de esa reunión, la Carta del Atlántico (14-8-1941), establece que el mundo debe organizarse en torno a dos principios: libre mercado y, consecuentemente, derecho a la autodeterminación de los pueblos. Digo consecuentemente para precisar qué sentido quisieron darle los norteamericanos, porque realmente se prestaba a interpretaciones: de hecho, donde Churchill entendía que las referencias a la liberación afectaban a los territorios ocupados por los nazis, Roosevelt pensaba en la libertad de las colonias, porque aquellos territorios africanos y asiáticos sometidos al comercio exclusivo con su metrópoli constituían para los liberales una auténtica aberración que debía dejar paso al libre comercio. ¿No fue Sartre quien dijo que cuando dos hombres se entienden es que ha habido un malentendido? Pues más grave que el mal entendido fue el hecho de que ambos principios eran incompatibles con la Unión Soviética, quien -además de temer por su seguridad y querer rodearse de un “cinturón defensivo” que evitara un tercer ataque occidental después de los de 1914, 1918 y 1941- pretendía organizarse con un modelo de economía planificada. Y en la búsqueda de su seguridad precisamente utilizó uno de los acuerdos de Yalta, la Declaración de la Europa Liberada, según la cual quien expulsaba a los nazis de un territorio se arrogaba el derecho a tutelar el territorio mientras no tuviera un gobierno propio. En virtud de ese acuerdo, ambas unos y otros se dedicaron a expandir el sistema propio: los soviéticos, concretamente, se dedicaron a “sovietizar” la Europa del Este recuperada.

Churchill se dio cuenta de lo que ocurría y -en la famosa conferencia pronunciada en Fulton- advirtió que había caído un “telón de acero” (1946). Víctor Gavin advirtió que, aunque las tesis de Churchill figuran en todos los manuales, ignoramos el artículo con el que Stalin contestó en Pravda a la denuncia pronunciada por el político inglés. Decía que garantizar la seguridad de la URSS implicaba controlar su frontera occidental -por donde habían venido en 1918 y 1941 sendas cruzadas anticomunistas- y que, para hacerlo, era lógico desear que, en aquellos estados fronterizos, hubiera gobiernos leales.

No he respondido a la pregunta que me hacía más arriba sobre si los soviéticos tenían motivos para pensar eso, más allá de comprobar cómo en los territorios liberados se procedía a excluir a los comunistas del poder, por mucho prestigio que pudieran tener como luchadores antifascistas. Josep Fontana, en su último libro, relaciona los recelos soviéticos con hechos concretos: en abril y mayo de 1945, cuando los británicos y norteamericanos negociaban en Suiza la rendición del ejército alemán en Italia, excluyeron a los soviéticos de las conversaciones, “lo que temieron que pudiera ser un anticipo de una paz por separado con la Alemania nazi”. Esos miedos, según Fontana, tenían fundamento, “por cuanto sabemos que Hitler conocía y apoyaba estas negociaciones de sus generales en Italia, con la esperanza de que podrían conducir a una división entre los aliados”. En un dossier sobre la Europa en ruinas de 1945 que recientemente se ha incluido en “La aventura de la Historia”, Álvaro Lozano pone un ejemplo concreto: “Patton pensaba que Alemania estaba llamada a ser un estado tapón frente a la amenaza soviética y que la política de desnazificación no sólo era nefasta, sino que implicaba también utilizar métodos de la Gestapo para debilitar a un aliado en potencia. Cuando un alarmado Eisenhower decidió que se interviniera su línea telefónica, descubrió que Patton planeaba simular una serie de incidentes para poder declarar la guerra a la Unión Soviética”. Vamos, que al saberse que estaba dispuesto a marchar contra la URSS con tropas de las SS si era necesario, fue destituido de manera fulminante.

Pero por si la demostración de testosterona concentrada que supuso el lanzamiento de las bombas de Hiroshima y Nagasaki no es suficiente para demostrar que la URSS no constituía ninguna amenaza, y no lo haría hasta que se produjera el empate atómico en 1949, podemos recurrir a algunas fuentes concretas que demuestran que esa evidencia estaba sobre la mesa de los poderosos. Con una de esas fuentes acabó su charla Martí Marín. Se trata de un fragmento de un mensaje que Frank Roberts, agregado de negocios británico en Moscú, enviaba al Foreign Office en 1946: “Aunque la Rusia de los soviets pretende extender su influencia por todos los medios a su alcance, la revolución a escala mundial ya no forma parte de su programa y no existe ningún elemento en la situación de la URSS que pueda promover el retorno a las antiguas tradiciones revolucionarias”. Las mutuas sospechas y desconfianzas caldearían las relaciones entre los vencedores en 1945, pero la larga cadena de malentendidos no fue una iniciativa comunista. Lo que les separó en 1945 fue lo mismo que les había separado en 1917, aquello que les había mantenido alejados y que sólo disimularon para enfrentarse conjunta y excepcionalmente a un enemigo común entre 1941 y 1945. Vencido ese enemigo, la rivalidad resucitaba. Y es que el arma principal de los contendientes en la Guerra Fría no fue jamás ninguna de las sofisticadas piezas del arsenal atómico: lo que realmente asustaba a cada uno de los dos rivales -decía Víctor Gavin (UB)- es que el adversario contaba con un sistema alternativo.

sábado, 13 de julio de 2013

sábado, 6 de julio de 2013

MARIA ANTONIETA, SEGÚN ANTONIA FRASER



La biografía que Antonia Fraser escribió sobre María Antonieta es bien distinta de cuantas se han dedicado a la reina de Francia: al mismo tiempo que evitaba el tópico que la había retratado como una mujer frívola y extravagante, consentida y caprichosa, también procuraba no convertirla en heroína o mártir para denigrar el corpus ideológico de la revolución. Aunque nada partidista pues, hay que decir sin embargo que se trata de una biografía partidaria. Me refiero a que, aunque no toma partido por apologistas o detractores del papel de la reina, sí que procura empatizar con su drama vital. La autora la disculpa de las acusaciones de despilfarro, recordando que tuvo una escasa influencia en la quiebra de la Hacienda real, y califica su “disipación” como inofensiva; en las carreras de caballos y los juegos de naipes apenas seguía, dice, la “moda anglófila”.

Se podría apostillar que una reina que juega a los naipes, que se muestra en las carreras, ya no está por encima del género humano. Su excesiva familiaridad desmerecía la monarquía, la desnudaba del ceremonial que encumbraba su divinidad. Esa huida de la etiqueta no sólo la desacralizaba, sino que tenía dos consecuencias más: al buscar privacidad, María Antonieta dio sustancia aparente a rumores contra su virtud, y privó a los nobles de su única fuente de promoción social, ganándose su enemistad. 

Fraser explica aquella actitud retratando a la reina como una romántica en ciernes, lo que ignoraría el nacimiento de la esfera íntima que se adjudica al XVIII. ¿Acaso no anunciaban el romanticismo sus jardines frondosos, bien distintos de la geometría vegetal versallesca, muestra de una naturaleza sometida al poder real? También eran actitudes románticas vestir prendas de muselina blanca, ir sin maquillar, sentirse fascinada por el buen gusto del sepulcro de Rousseau, amar en secreto, presenciar la salida del sol, o emular a los protagonistas de “La nueva Eloísa”, la novela que sedujo a una generación entera de jóvenes para cuya nueva sensibilidad apenas había espacio en la “era de la razón”.

Fuera por esa inocencia o –como dice la autora- por la educación inadecuada recibida en Viena, lo cierto es que la reina nunca supo, o nunca quiso saber, que París pasaba hambre. Como todas las novias adolescentes convertidas en garantía de alianzas dinásticas, Maria Antonieta cumplía además una función encubierta de “agente”, que Fraser convierte en uno de los hilos conductores de la biografía. Sabido es que la reina recibía instrucciones diplomáticas de su madre, como si de un espía “durmiente” se tratara. La doble lealtad a sus familias de origen y adopción debió constituir una abrasadora tortura interna para ella, y permitió llenar miles de pasquines contra la “austriaca”.

Finalmente, la autora sigue a la reina hasta el patíbulo con un relato sobrecogedor. Nos muestra cómo, frente a aquel rosario de desgracias, la reina mostró una actitud noble, sacrificada, aferrada a la dignidad que –creía- le habían conferido sangre y elección divina. Es este espíritu de dignidad ante la adversidad lo que Antonieta nos legó, y no una precipitada moraleja sobre la revolución. Aquellos hechos terribles incluyen posturas muy distintas, desde el supremo idealismo a la brutalidad; y no pueden ser juzgados a la vista de una sola de todas aquellas infinitas e individuales tragedias. La prestigiosa autora, que lo sabe, nos pide piedad para aquella desdichada que ya expió sus culpas con creces



sábado, 22 de junio de 2013

ELOGIO DE ROBESPIERRE (1): EL ELIXIR DE LA DEMOCRACIA



Una biografía con miles de cabezas rodando debería ser apasionante, sobre todo si pretende cuestionar el sambenito que compara a Robespierre con Pol Pot o, como hace Ruth Scurr en “Fatal Purity”, con “la convicción de los militantes islámicos”. No es el caso! La biografía de Maximlien escrita por Peter McPhee -tan escrupulosa que advierte de que “los muertos distinguidos son arcilla en manos de sus biógrafos”- no tiene la garra de su anterior ensayo, en el que incorporaba las últimas aportaciones científicas al relato de la Revolución Francesa. Sin embargo, la ausencia de estudios sin prejuicios hacía urgente una biografía basada exclusivamente en los escasos documentos privados que Robespierre nos dejó y los testimonios de quienes le trataron. Parece casi imposible reconstruir al personaje que permanece agazapado tras toda esa literatura fantasiosa de psiquiatras de salón capaces de diagnosticar -aprovechando su infancia triste junto a una familia desestructurada- una “sensibilidad patológica” (Max Gallo dixit) que le impediría establecer relaciones íntimas. Afortunadamente, la misma ausencia de pruebas concluyentes con las que acercarnos al “Robespierre persona” es la que nos permite desmentir todo ese abanico de fobias sobre el aspecto externo, la limpieza y el contacto físico que se le adjudican a costa de ignorar las muestras de confianza que le brindaron Danton, el matrimonio Desmoulins o Saint Just.

Tenemos algunos datos, eso sí, de su formación. El Liceo Louis-le-Grand, influido por el debate sobre la educación agitado por la expulsión de los jesuitas y la publicación del “Emilio” (1762), introdujo en el curriculum algo de ciencias naturales y matemáticas junto al latín o la lógica. Bossuet y Fenelon seguían siendo la base de la reflexión teológica que se enseñaba, pero también se impartía tanta historia antigua que, según el catedrático de la Universidad de Melbourte que ha escrito esta biografía, los alumnos estaban más familiarizados con la historia romana que con la francesa más reciente. Camille Desmoulins recordaba haber leído la descripción que hace Cicerón de la conspiración de Catilina “con los ojos inundados de lágrimas”; y es que aquella generación daba por sentado que el mundo clásico era un pozo de sabiduría del que se podían extraer enseñanzas relevantes para el presente. Las anécdotas del discurso en verso que, siendo Robespierre alumno de esa institución prestigiosa, tuvo que leer a los reyes tras la coronación en Reims, o la admiración por Rousseau (“te vi en tus últimos días y ese recuerdo es para mí una fuente de gozo orgulloso”) no me parecen tan importantes como los biógrafos tradicionales han pontificado, ni tan sólo me parecen anécdotas significativas. En cambio, sí que me parecen básicos, para entender a Robespierre, esa formación clásica o el regreso a su ciudad natal (1781) tras 12 años de ausencia, como abogado elogiado cuyo talento demuestra McPhee con las estadísticas de sus victorias judiciales: se otorga cierta fuerza simbólica a la defensa de Vissery de Bois-Valé, un abogado que había instalado un descomunal pararrayos que alarmaba a su vecinos, porque Robespierre rellenó sus alegatos de apasionadas referencias al triunfo de la ilustración sobre el oscurantismo. Del mismo modo, el discurso de acogida en la Real Academia de Arrás, dedicado a los prejuicios que extendían “la infamia de los delincuentes (…) sobre sus parientes” ya revelaba el elogio de las virtudes ciudadanas: si en los estados despóticos, escribía, la ley es la voluntad del príncipe, en las repúblicas lo es la voluntad general. Y el sometimiento de todos a esa ley obliga al ciudadano a que “no perdone al culpable que más ame cuando el bienestar de la república exige que se le castigue”. Ay! Algo en esa frase nos asusta, de pronto: nos sentimos tentados de intuir en ella la semilla del Terror, cuando aquel “abogado de pobres” nos está hablando más de virtud ciudadana que de hacer rodar cabezas.

El caso es que sobre ese joven cayó, como sobre toda Francia, el entusiasmo que desencadenó la convocatoria de los Estados Generales. Una incipiente opinión pública, apasionada por la nueva verborrea de contratos sociales y voluntades generales, chocó con la vieja defensa aristocrática del privilegio, los gremios o la sacralidad de la realeza. Millares de panfletos alimentaron también la enfervorecida oratoria de Robespierre contra los privilegiados que, en Arrás, pretendían representar a la provincia. En 1788, en un panegírico por el fallecido presidente del Parlamento de Burdeos, Robespierre tomaba partido en la polémica, señalándoles como responsables de tanta indigencia “porque acumuláis toda la riqueza en vuestras codiciosas manos (...) Porque vuestro lujo devora en un sólo día el sustento de un millar de hombres”. Este ataque a los privilegios y la ociosidad de los nobles se produce mientras se elige a los representantes del territorio en los inminentes Estados Generales. Comenzaba 1789 y Robespierre se ocupaba de la defensa de un anciano campesino que en 1774 había sido encarcelado en virtud de una lettre de cachet (una real orden de detención) y al que en 1786 liberaron sin restituir sus derechos de propiedad. En sus alegatos, Robespierre se hacía eco del ambiente del reino y ponía al pueblo -”obligado, por la pobreza excesiva, a olvidar la dignidad del hombre y los principios de la moral”- en el centro de su atención.

Aunque encontraremos esa preocupación por el pueblo durante toda su carrera, el abate Proyart decía que todo aquello eran halagos para embaucar a sus votantes, quienes -en cualquier caso- le eligieron. Encajaba en el perfil de los diputados electos, sin duda, puesto que casi la mitad de los 646 eran abogados que contaban con experiencia oratoria, bagaje administrativo y talante opositor. Gente que intentó que la acción de la Asamblea Nacional hiciera innecesaria la violencia campesina que venía segando algo más que privilegios en sus asaltos a los castillos. Gente que convirtió el período constituyente en el apasionante parto de las reglas del juego de un nuevo sistema político, durante el que Robespierre... ¡se mojó!


a) Mientras ardía la polémica entre el lobby colonial, el Club Massiac, y la Sociedad de Amigos de los Negros, Robespierre se mostró un radical partidario de la abolición. En mayo la Asamblea ratificaba la esclavitud pero convertía en ciudadanos iguales “a las personas de color nacidas de un padre y una madre libres”. Maximilien lamentó que la asamblea otorgara “sanción constitucional a la esclavitud en las colonias”. Su vehemente defensa de los derechos de los esclavos le valdría la acusación de ser sobrino del hombre que había atentado contra Luis XV: aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que Damiens, alumno también del Louis-le-Grand, procedía de una aldea próxima a Arras, se sugería que Robespierre, a sueldo de los ingleses, quería vengarle destruyendo las colonias.

b) El despropósito demuestra el apasionamiento de la creciente prensa periódica. También proliferaban imágenes y obras de teatro obscenas, lo que abrió el debate sobre la restricción de la libertad de prensa. La alternativa de Robespierre era emprender acciones legales contra los libelos porque las libertades de prensa y expresión “son tan sagradas como la naturaleza”. Hasta la prensa realista le reconoció integridad por eso: en el Ami du Roi, el abate Toyou (5/1791) escribía que “debemos hacer justicia al señor Robespierre (…) Ningún interés secreto, ningún espíritu partidista, ninguna consideración individual ha sido capaz de sacudir o debilitar su celo por (…) el bien público (…) Antepone sus principios a sus intereses”.
c) Consciente de que, pese al alcance de su labor, la Asamblea Constituyente decepcionaba a la base popular de la revolución matizando la abolición del feudalismo, excluyendo del voto a los “ciudadanos pasivos”, implantando el liberalismo económico y exigiendo juramentos al clero, Robespierre defendió que los miembros de la asamblea nacional no pudieran ser reelegidos para su sucesora, la asamblea legislativa. Evitaba así la profesionalización de la política, el secuestro de los cargos en manos de unos pocos. La Asamblea Constituyente debía suponer una renovación.

Este Robespierre profundamente demócrata, coherente en la defensa del ideal, ha sido siempre intencionadamente escondido. Hasta 1791 fue un diputado resoluto y competente. No ha ocupado cargo de poder ninguno todavía. Cuando lo haga, en el próximo post, apenas formará parte unos meses del gobierno de la Convención, en los tiempos más adversos, cuando la revolución soñada esté acosada en mil frentes. Robespierre dará pues la cara cuando las circunstancias más lo exijan, y más peligroso sea dar un paso adelante. Incluso entonces, veremos que apenas propuso medidas concretas que resultaran aceptadas. Sin embargo, sus detractores han conseguido que le tengamos por la página más siniestra y cruel de la revolución, escondiéndonos al abogado competente, al orador apasionado y al diputado consecuente. Sólo el advenimiento del fascismo abrió un breve paréntesis en su consideración, porque obligó a los franceses más comprometidos a buscar en la trastienda de la Historia el compromiso ejemplar que necesitaban para proteger la democracia de tan arrolladora amenaza. Fue entonces cuando Albert Mathiez y Georges Lefebvre le ven encarnar los principios de 1789 y se fijan en su defensa heroica de la república frente a la Europa reaccionaria. Ya en 1920 Mathiez pronunció una conferencia definiéndole como “el rostro más noble, más generoso y más sincero de la revolución francesa” y nos advertía de la inmensa popularidad que se le reconocía en vida. Testigo de las trincheras, Mathiez denunciaba el aburguesamiento de la república, parejo al elogio de quienes “durante la revolución fueron el equívoco, la debilidad, los negocios o la traición”. Insinuaba que para salvar a Francia de la mediocridad de la postguerra, había que aplicarle el “elixir Robespierre”.
Años después, cuando Lefebvre, el profesor en la Sorbona, prologue una recopilación de artículos de Mathiez (1958) con motivo del bicentenario del nacimiento de Robespierre, dirá que el discurso del 25-9-1793 acusando de falta de determinación y virtud a la cúpula militar le emocionaba, quizá porque -tras la “extraña derrota”, que diría Marc Bloch- un hermano del historiador, Theodor, miembro de la resistencia y profesor de geografía, había sido decapitado por los nazis durante la ocupación. Lefebvre le tenía por “el primero que defendió la democracia y el sufragio universal, (…) el amante de la paz (…) impulsado por las circunstancias a realizar unos actos que en condiciones normales le hubieran repugnado”. En un estudio clásico (1941) sobre el Comité de Salvación Pública, R. R, Palmer definió a Maximilien como “uno de la media docena de profetas relevantes de la democracia”. Ya en aquella época su reivindicación era peligrosa: cuando se descubrió en Arrás en 1923 una placa conmemorativa en la casa donde vivió con su hermana Charlotte entre 1787 y 1789, alguien la hizo desaparecer. Y cuando el ayuntamiento recibió a la delegación parisina con la que Georges Lefebvre acompañaba un busto, su inauguración tuvo que realizarse en el interior del ayuntamiento, lejos de los disturbios que se producían en el exterior. Según McPhee, aquel busto sigue hoy bajo llave. Y ya viene siendo hora de que Robespierre sea reconocido en toda su dimensión, hoy que la democracia está en peligro y tanto nos urgen su ejemplo y su oratoria. Hoy que la democracia está amenazada por fuerzas tan siniestras como entonces, necesitamos aplicarle al sistema, cuanto antes, el elixir Robespierre.

domingo, 26 de mayo de 2013

ANECDOTARIO CORTESANO: MÁS QUE UNA REVISTA DEL CORAZÓN



En tanto se crió en la corte de los Borbones y asumió la herencia de los Austrias, Felipe V sumó dos modelos de majestad muy distintos, que diferían tanto en la forma de gobernar, como en su relación con la nobleza, ya que -mientras en Madrid la aristocracia venía interviniendo en la práctica política- en Versalles había visto recortadas sus aspiraciones. Su advenimiento transformó la identidad de la monarquía para adaptarla a los nuevos valores sociales, pero sin implementar el modelo francés ni inspirarse en el modelo heredado. Paul Hazard ya advirtió de las nuevas actitudes sobre la identidad personal y el comportamiento nobiliario en sociedad que -en el cambio de siglo- percibimos en Samuel Richardson y Giacomo Casanova, por lo que respecta al lenguaje de las emociones. Las esferas de lo público y lo privado cambiaron sus fronteras, y los monarcas modificaron su relación con los nobles mediante nuevas etiquetas palatinas y nuevos sistemas de representación. Atendiendo a ese contexto, y sirviéndose de los instrumentos interpretativos nacidos a la sombra de los recientes estudios sobre la corte, Pablo Vázquez Gestal nos ofrece otra visión de Felipe V que, si bien no difiere en exceso de lo que se nos había explicado, matiza con acierto los ángulos más oscuros del personaje hasta darle una verosimilitud que hasta ahora -sometido al simbolismo que unas y otras visiones historiográficas le asignaban- costaba encontrarle. 

Agustín González Enciso (Felipe V, la renovación de España. Sociedad y economía en el reinado del primer Borbón, 2003) demostró que nuestra visión del reinado de Felipe V ha estado muy condicionado por maniqueísmos epistemológicos. La sublimación de una “ilustración española” bajo Carlos III descuidó el estudio de la primera mitad del siglo, y una visión tecnocrática del advenimiento borbónico llegó a definirle como “inventor de la España moderna”, un retrato tan anacrónico como la imagen contraria, mítica también, del rey versallesco integrado en el ambiente cortesano de su abuelo. El pipiolo, según Yves Bottineau, había sido formado por el arzobispo de Cambray, François Fénelon, más bien alejado de las exigencias cortesanas: parece ser que, además del intenso ejercicio físico que debía desarrollar el carácter militar de la identidad regia, y de los preceptores especializados (latín, geografía, historia antigua, arte, fortificaciones, anatomía...), a los enfants se les instruyó en una intensa formación religiosa que eludía las demostraciones aparatosas de piedad barroca para abrazar un modelo más sencillo e interiorizado. Poco más, porque -alojados lejos del centro ritual que constituía el grand appartament du roi, en definitiva “espacialmente marginados”-, el Duque de Anjou y sus hermanos apenas participaron en los actos cotidianos que conformaban el sistema de representación de la monarquía francesa. Sin embargo, prevalece la visión de Felipe V como alumno avezado en Versalles, que nos hizo confundir la potestad absoluta del rey con el ejercicio arbitrario del poder y olvidar que los tratadistas contemporáneos recordaban los compromisos a los que estaba sujeta la majestad y el riesgo a perder la propia soberanía que suponía infringirlos. Aquel discurso gustaba a los nobles, quienes -aunque necesitaban de la monarquía para justificar su posición privilegiada en la sociedad estamental- eran conscientes de que, sin su concurso, el rey no podía desarrollar ninguna acción política. Cuando el Duque de Anjou llegó a España, aquella rancia nobleza esperaba mantener el protagonismo político y que el joven rey les distinguiera su fidelidad... Luis XIV, advertido de la tradicional influencia lograda por los Grandes gracias a sus empleos palatinos, construyó para su nieto un entorno de confianza que, de hecho, permitía controlarle. Así fue como, accediendo a la real pareja con la libertad que le permitía su servicio íntimo, la Princesa de los Ursinos pudo mantener la acción política bajo el control del Rey Sol y al nietísimo alejado de las facciones más castizas. Su nombramiento, según el Marqués de San Felipe, molestó doblemente a los Grandes: porque les privaba de una merced que creían que les correspondía y porque se les negaba la posibilidad de controlar el espacio íntimo del rey.
 
En el cuadro de Van Loo, la familia real se presenta en una inédita intimidad
 
Para ningún rey era prudente desatender las ambiciones políticas de las élites; pero para la nueva dinastía, que no podía legitimarse con el pasado, urgía complacer las expectativas nobiliarias. El problema residía en que confirmarles en los cargos implicaba cederles el acceso al rey. Finalmente se intentó integrarles mediante oficios pero reservando a la facción francesa los que significaban mayor trato con el monarca. Cuando los nobles percibieron que -pese a conservar sus antiguos empleos- en la práctica habían perdido los réditos políticos que llevaban aparejados, mostraron su desencanto con airados aspavientos contra lo que consideraban violaciones de la etiqueta. Pablo Vázquez Gestal destaca con ingenio y acierto una anécdota que traduce esa actitud: en agosto de 1705, con ocasión de un Te Deum en la capilla del palacio, los Grandes dieron plantón al monarca. El incidente, conocido como “el caso del banquillo”, estalló cuando el rey permitió a un advenedizo extranjero recientemente ennoblecido sentarse justo detrás de él en un asiento dispuesto entre el monarca y el banco donde iban a acomodarse los miembros de la Grandeza. Ofendidos hasta el paroxismo, los nobles decidieron ausentarse, incluso espetaron al presidente del Consejo de Castilla que “podía preparar castillos donde enviarles, que ellos irían más gustosos que a la capilla”. Como escribió el marques de San Felipe mientras los campos de batalla ensangrentaban Europa por la sucesión de España, “también tenía la corte su guerra”.
 
Rigaud pintó al Duque de Anjou "a la española"
La fragilidad del equilibrio entre el rey y los nobles obligó a legitimar la nueva dinastía buscando un intenso grado de interacción con sus nuevos súbditos: el ritmo industrial de festejos, recepciones y entradas reales no se relajó tras la instalación del nuevo soberano en Madrid, sino que se incrementó para posibilitar que todos los súbditos le conocieran directamente. Aquello constituía una ruptura con la tradicional invisibilidad de los reyes españoles, siempre ocultos y reservados, apenas accesibles a los Grandes. El problema fue que el rey mostró, a los pocos meses de tomar posesión de sus reinos, una profunda incapacidad para sostener ese ritmo agotador de actos públicos. Cuando su tour de presentación le llevó a Italia, sus indisposiciones, sobre cuya naturaleza tanto se ha especulado, se volvieron frecuentes. Vázquez Gestal no se corta con lo que la historiografía ha llamado eufemísticamente “melancolía” y William Coxe llamó hipocondría en 1813: acude a la primera edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua para recoger que lo que se conocían como “vapeurs” eran una “sugestión que perturba y oscurece la razón”. La locura del rey constituía un problema muy grave, puesto que -cuando el rey buscaba el aislamiento y la soledad- el gobierno y la representación de la majestad se interrumpían. Eran estados transitorios, que combinaron con una temeraria actuación en los campos de batalla de Italia. Pero la contradicción entre el rey loco y su “cara b”, tan animoso”, demuestra el rechazo tácito que sentía al ejemplo mayestático de su abuelo. Eligiera soledad o batalla, el caso es que Felipe V procuraba que las obligaciones no dominaran su vida, que no estaba dispuesto a pagar el precio que imponía su oficio, la supeditación de su vida personal a su identidad pública. Y que la reclusión, fuera por vapores o por buscar intimidad, planteaba un problema político: que la corte dejaba de ser el escenario de promoción nobiliaria. 
 
La cosa se agravó cuando el rey violó la tradicional etiqueta que separaba a las parejas regias en sus respectivos aposentos y dejó de usar los suyos para dormir con Isabel de Farnesio. Al refugiarse en el afecto de su esposa el rey dejaba varios cargos sin función: no era posible estrechar la relación con un rey que nunca se encontraba en su cámara, y que exclusivamente derramaba su gracia sobre la nobleza de servicio destinada en la cámara de la reina, que le trataba con más frecuencia. Cuando Saint Simon explica cómo compartían rutina (dormían, cazaban, rezaban y despachaban juntos) está haciéndose eco de lo que los nobles consideraban un “secuestro” de la gracia regia. Ese fue el inicio de la campaña contra la reina que nos ha legado su fama de intrigante. En realidad, el ascenso de una facción italiana en la corte se debió a la pérdida de Nápoles y Sicilia, que llenó Madrid de refugiados, mucho antes de la llegada de la Farnesio. Lo que ocurrió fue que el segundo matrimonio del rey coincidió con el desmantelamiento de la facción francesa tras la muerte del Rey Sol y la consecuente minoría de Luis XV. El vacío francés permitió a nueva reina solucionar los problemas planteados por el estado del rey; no le quedó más remedio que aumentar su papel público como consorte monopolizandole. Las consortes siempre habían tenido cierto poder informal, gracias a su consustancial cercanía al rey, para influir en la toma de decisiones políticas y la distribución de la gracia. Pero Isabel fue más allá: al acompañar siempre a su esposo en cacerías, ceremonias y rezos, impedía la interposición de otros cortesanos. Y al compartir cámara, estaba presente cuando se despachaban asuntos sobre los que podía pronunciar su influyente opinión. Ese monopolio del rey (y de la acción política) nos permite considerarla responsable de una nueva representación de la majestad que participaba de la “revolución emocional” de su tiempo, tanto como de una nueva concepción de la religión.
 
El modelo de representación anterior: "Carlos II adorando
la sagrada forma", de Claudio Coello
Las monarquías sacralizaban su identidad mediante ritos, tal y como los Austrias habían ostentado con maestría. Sin embargo, a principios del siglo XVIII, -según Paul Hazard- se desarrollaban nuevas corrientes espirituales que no corrigieron los dogmas pero sí su expresión. También Felipe V e Isabel de Farnesio demostraron nuevas formas de piedad. Nada más levantarse y postrados en la cama, se ocupaban de la oración y la lectura en común: a solas, en la intimidad, autónoma y personalizadamente, sin intermediación eclesiástica. Isabel rechazó visitar conventos, actividad ligada tradicionalmente al patrocinio religioso de las mujeres durante la dinastía anterior. Se mantuvo alejada de espacios de devoción púbicos, evitó gestos que mostraran vehemencia espiritual. Por su parte, el rey, obsesionado por la salvación de su alma, firmó con ella un documento (1720) comprometiéndose a renunciar conjuntamente a la majestad y a retirarse a una vida de modesta oración y piedad. Lo hicieron con sus nombres de pila, no con sus títulos, lo que demuestra que su identidad privada de creyente era mucho más importante para ellos que su posición pública de soberano. La privacidad del documento, atestiguada por la ignorancia que se tuvo de él, demuestra cómo creían que debían vivir su relación con Dios: en privado, de acuerdo con su conciencia como creyente, y no con las obligaciones públicas impuestas por su condición. Deseo de intimidad y piedad tranquila son los parámetros que se advierten también en La Granja, un palacio cuya capilla omnipresente demuestra la intención de la pareja real de poseer un espacio exento de las obligaciones cortesanas donde, con singular modestia, con poco personal, sin símbolos en la fachada ni adornos mayestáticos que hicieran sospechar el antiguo estatus de quien había de vivir en él, permitiera al matrimonio consagrarse a la oración. 
 
Siempre he lanzado lanzado sospechas sobre la abdicación de 1724. Henry Kamen no me convenció de que, lejos de las ambiciones por volver a París, había que creer en los motivos religiosos explicitados por el acta de abdicación. El libro de Pablo Vázquez Gestal confirma -mediante el análisis documental, el contexto intelectual y el análisis de La Granja- el peso del argumento religioso. Pero considero mucho más importante la defensa que hace del anecdotario cortesano. Lo que nosotros vemos como trasnochadas ambiciones y patéticos antojos de carcamales engominados constituyen en realidad una pista importante para leer las claves de un tiempo histórico. Aquellos personajes se jugaban la vida en la corte, y así lo demuestra una anécdota que “Una nueva majestad” recoge de Saint Simon: parecer ser que el Cardenal Alberoni llegó a las manos con el mayordomo mayor del rey, el marqués de Villena, al tratar de evitar que accediera a la habitación donde Felipe V convalecía muy enfermo: en tanto que, desprovisto de cualquier cargo institucional, su poder político se basaba en la gracia real, Alberoni debía intentar monopolizar la intimidad con el rey, por lo que le ordenó salir. Entonces, “el marqués contestó con viveza y en términos descompuestos, y al oírlos el cardenal le asió por los hombros para hacerle salir, empujándole contra un taburete, sobre el que cayó sentado. El Marqués, entonces perdido ya todo el dominio sobre sí, levantó su bastón, pegando con él cuanto pudo al cardenal y dirigiéndole insultos que no se perdonan”. El singular episodio muestra el celo con que los nobles defendían sus privilegios, y el conflicto desatado entre oficiales cortesanos y favoritos regios por ganar la gracia regia. El mérito de Vázquez Gestal -pese a descuidar, a mi entender, la relación entre el regalismo y la tensión jansenista que Versalles vivió antes de la marcha del de Anjou, que quizá debieran compararse con el “caso Macanaz” y la postura vaticana ante el conflicto dinástico- es demostrar que aquellas anécdotas son mucho más que cotilleo de salón. "Una nueva majestad" es un libro importante, altamente recomendable.

sábado, 18 de mayo de 2013

PAPA FRANCISCO: "EL DINERO DEBE SERVIR, NO GOBERNAR" (16-5-2013)


La crisis mundial que afecta las finanzas y la economía parece poner de relieve sus deformidades, y, sobre todo, la grave falta de su orientación antropológica, que reduce al hombre a una sola de sus necesidades: el consumo. Y peor aún, el ser humano es considerado hoy como un bien en sí que se puede utilizar y luego desechar. Esta deriva se verifica a nivel individual y social. Y además ¡es promovida! En este contexto, la solidaridad, que es el tesoro de los pobres, se considera a menudo contraproducente, contraria a la racionalidad financiera y económica. Al tiempo que los ingresos de una minoría van creciendo de manera exponencial, los de la mayoría van disminuyendo. Este desequilibrio proviene de ideologías que promueven la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando de este modo el derecho de control de los Estados, aun estando encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone de forma unilateral y sin remedio posible, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y el crédito alejan a los Países de su economía real y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade, una corrupción tentacular y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de poseer se ha vuelto sin límites.

Detrás de esta actitud se encuentra el rechazo de la ética, el rechazo de Dios. ¡Igual como la solidaridad, la ética molesta! Se considera contraproducente; demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder; se ve como una amenaza, porque rechaza la manipulación y el sometimiento de la persona. Porque la ética lleva hacia Dios, que está fuera de las categorías del mercado. Dios es considerado por estos financieros, economistas y políticos, como no manejable, incluso peligroso, ya que llama al hombre a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética -una ética no ideológica, naturalmente – permite, en mi opinión, crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los líderes gubernamentales de sus países a considerar las palabras de San Juan Crisóstomo: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles sus vidas. No son nuestros los bienes que poseemos, sino suyos” (Homélie sur Lazare, 1, 6: PG 48, 992D).

Queridos Embajadores, sería conveniente realizar una reforma financiera que fuera ética y, a su vez que comportara una reforma económica saludable para todos. Sin embargo, esto requeriría un cambio audaz de actitud de los dirigentes políticos. Les exhorto a que afronten este reto, con determinación y visión de futuro, por supuesto, teniendo en cuenta la naturaleza específica de sus contextos. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres; pero el Papa tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promoverlos. El Papa insta a la solidaridad desinteresada y a un retorno de la ética en favor del hombre en la realidad económica y financiera.

Fragmento extraído de un discurso de recibimiento a los embajadores. Probablemente sea un contexto menor, pero … ¿dónde está esa derecha española que mete al papa hasta en la sopa cuando le conviene? He encontrado muchas referencias en la prensa hispanoamericana on-line...

domingo, 31 de marzo de 2013

REBELDES DEL SWING: QÜESTIONARI 4t ESO





Títol original: SwingKids. Any: 1993. Nacionalitat: USA.Director: Thomas Carter. Guió: Jonathan Marc Feldman.
Música: James Horner.Repartiment: Robert Sean Leonard (Peter), Christian Bale (Thomas), Frank Whaley (Arvid), Tushka Bergen (Evey), Julia Stemberger (Frau Linge), David Tom (Willi), David Robb (Dr. Berger), Noah Wyle (Emil) y Barbara Hershey (Frau Muller).Durada: 109 minuts. Argument: Hamburg, 1938. Peter Müller (Robert Sean Leonard), és un adolescent, fill d’un opositor al nazisme. Amb els seus amics Thomas (Christian Bale), Arvid (Frank Whaley) y Otto (Jayce Bartok) formen un grup de “Swing Boys” que estimen el ball i el jazz, estil de vida que volen mantenir mentre es produeix l’ascens del nazisme. Per evitar-se problemes, Peter y Thomas s’allisten en Juventudes Hitlerianes. Pretenen dur una doble vida: ser nazis de dia; fidels a les seves conviccions de nit.

  1. Els Swing Kids van ser un moviment contestari real que prosperà en algunes grans ciutats alemanyes. Busca’n les característiques.
  2. Identifica les diferents actituds davant l’ascens del nazisme fent que se'ns presenten mitjançant personatges principals o secundaris de la pel·lícula: col·laboració passiva, oposició, credulitat, proactivitat... Reflexiona especialment sobre l’Arvid, sobre l'evolució de la relació entre el Peter i el Thomas, i sobre la mare d'en Peter: compara el seu comportament amb el perfil de les dones dels “feliços anys vint” que hem estudiat.
  3. Explica algunes seqüències de la pel·lícula on s’identifiquin les diferents característiques dels moviments feixistes que hem estudiat a classe, o les causes que van permetre l’aparició d’aquests moviments polítics.
  4. Explica les diferente activitats que, segons la pel·lícula, desenvolupaven els joves que s’allistaven a les Hitlerjugend
  5. El pare d’en Peter no surt a la pel·lícula, tot i que se’ns explica que va ser presoner de la GESTAPO. Com evoluciona la relació d’en Peter amb el record del seu pare, i què creus que representa aquesta figura absent? 
  6. Compara l’estètica dels dos grups de joves (els Swing Boys i les Joventuts Hitlerianes), i explica el significat de cadascuna d’elles.
  7. En les seves reunions, els joves Swing parlen de Benny Goodman o Duke Ellington. Explica qui van ser, les característiques del jazz i per què creus que el nazisme va prohibir el swing i el jazz…
  8. Quin significat té al final que Thomas i el germà d’en Peter facin el signe dels Swing Kids?
  9. Averigua qui va ser Martin Niemöler i el significat d’aquest poema que va escriure...
Primero vinieron por los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada.”



domingo, 3 de marzo de 2013

F.D.R., O COM SALVAR EL CAPITALISME DELS CAPITALISTES



Poc mesos abans de pronunciar el seu discurs d'investidura, Franklin Delano Roosevelt havia dit que creia que hi havia “moltes formes en què es pot dur a terme la reducció de la despesa, però estic totalment en contra que l'estalvi es faci a costa de la gent que pateix fam. Hem d'estalviar d'altres maneres; que mai no es pugui dir que el poble nord-americà s'ha negat a proporcionar el necessari per a la vida d'aquells que, sense culpa, no són capaços d'alimentar-se, vestir-se i dotar-se d'un sostre. La primera obligació del Govern és la protecció del benestar per tal d'assegurar l'existència mateixa dels seus ciutadans”. El recordatori forma part de l'editorial del número 385 de la revista L'Avenç, un escrit que servia per presentar l'article inclòs en l'exemplar del passat desembre sobre la tasca política del president Roosevelt. M'ha semblat un text valent i molt oportú, no solament perquè les actuals retallades converteixen aquesta reflexió en un exemple alternatiu a seguir, sinó també perquè demà s'acompliran 80 anys de la investidura de FDR com a president. També l'actualitat s'intueix amagada darrera la crítica que l'editorial adreçava a la manera “desesperadament lenta” d'estendre's la convicció que les mesures d'austeritat pressupostària imposades des d'Alemanya no resolen la crisi del deute sinó que ofeguen les economies. L'Avenç es lamentava de l'oblit de la Història que això representa, i definia com un model a seguir “l'actitud amb què el president Roosevelt s'enfrontà a la depressió econòmica, (...) un lideratge basat en les idees d'empatia amb els ciutadans, justícia social i compromís amb la democràcia”. 
En la cerimònia d'aquell 4 de març de 1933, Roossevelt recordava que “no hem estat atacats per cap plaga de llagostes” sinó per “les pràctiques dels especuladors sense escrúpols” i semblava tenir clar que les causes del crack s'havien de buscar, més enllà del “dijous negre”: “l'estímul moral del treball no pot ser oblidat mai més per la boja persecució de beneficis efímers”. Aquesta defensa de l'economia productiva davant del joc especulatiu ens hauria d'haver orientat des d'aleshores, però aquí estem. Quan durant els darrers anys ens escandalitzàvem dels preus immobiliaris i les hipoteques a 40 anys, tots els qui participen en aquella orgia d'entusiasme col·lectiu ens acusaven de ser uns amargats: no ens espatllis la festa, semblaven dir!


Ara, amb perspectiva, podem contrastar que l'Espanya dels temps d'Aznar s'assemblava massa a l'Amèrica de la prosperity: aquella opulència dels anys vint, tant ben simbolitzada pels obrers circulant en el Ford T, les dones ballant xarleston i les compres a terminis en gegantins magatzems, sempre em va recordar aquella febre de targetes, crèdits i inversions a borsa a què vaig assistir durant els meus darrers anys de treball en una oficina bancària. Aquella falsa prosperitat nord-americana dels “feliços anys vint” tenia una altra cara: el segregacionisme negre en escoles i transports als estats del sud, la xenofòbia demostrada por les execucions de Sacco i Vanzetti, la Llei Seca que va esperonar la màfia, el fonamentalisme religiós que titllava de fantasia la teoria de l'evolució. També durant l'Aznarato trobaríem fenòmens semblants: el tractament que rebien els immigrants, l'especulació desfermada amb l'alliberament del sòl, les mobilitzacions reaccionàries impulsades per aquest Torquemada d'opereta que es diu Rouco Varela, o tota aquella colla d'erudits de tercera regional que es van dedicar a recuperar el franquisme com a antecedent il·lustre de la prosperitat d'Espanya.

Aquell model ens va conduir fins on som ara, tal i com aquells valors van conduir els EUA cap al crack. Però la tragèdia econòmica no en va ser la pitjor conseqüència: la manca de confiança en la democràcia, incapaç d'oferir sortides a la crisi, va resultar tan perillosa com la misèria econòmica. També el desencís democràtic que ara patim va néixer d'aquelles actituds prepotents i irresponsables perquè -en considerar-se legítim l'envit impune dels diners, l'absència total de controls, pensant que aquella llibertat afavoriria el miserable enriquiment propi- es van arxivar els vells discursos (d'origen republicanista) que donaven dret al govern a actuar per protegir els més dèbils de l'arrogància excloent dels més poderosos. Aquella preocupació per la llibertat individual entesa mitjançant la certesa de que ningú no pogués imposar res a ningú, havia permès dir a Roosevelt, un any després de la seva proclamació com a president, que “l'adquisició de riquesa, a través de beneficis excessius, crea un poder privat indegut sobre els assumptes públics”. Per tant, quan l'estat intenta la redistribució de la riquesa està garantint la llibertat de cada ciutadà perquè evita que els poderosos aprofitin l'estat de necessitat dels dèbils per esclavitzar-los, privant-los de la seva llibertat essencial.


Dient coses com aquesta Roosevelt es va convertir, com encara és ara, en un referent per a l'esquerra mundial. I no solament perquè el New Deal s'invoca com el principal laboratori de les receptes de Keynes. També perquè la seva actuació política va incorporar a la definició de democràcia la garantia d'uns drets econòmics que hem considerat bàsics per a la dignitat individual fins que, en els nostres temps, hem escoltat un altre cop els cants de la sirena neocón. Ara, quan ens demanen que paguem amb retallades la factura de les orgies especulatives, cal reprendre aquell discurs republicanista amb urgència; per això considero tant oportú l'article central de L'Avenç el desembre passat, on el filòleg Andreu Espasa recorda aquesta vessant política del New Deal: “encara que durant la presidència de Roosevelt només es va introduir una sola esmena al text constitucional, la vint-i-uena, que revocava la divuitena, de manera que el comerç d'alcohol tornava a ser legal, no és exagerat considerar el New Deal com un període polític de caràcter gairebé refundacional”.

Es refereix principalment a l'impressionant conjunt de lleis -programes de treball públic, subsidis d'atur, garanties de sindicació- dictades en els primers cent dies de govern, el “primer New Deal”. Es volia alleugerir la dramàtica situació de milions d'aturats augmentant la seva capacitat de consum. No van ser mesures suficients per garantir la recuperació, i -per si fos poc- van despertar una onada de crítiques en contra:


- els ultraliberals deien que els subsidis idiotitzarien la iniciativa privada i acomodarien tothom a l'espera del cobrament,

- els empresaris afegien que l'augment del dèficit públic seria insostenible, i que caldria imposar pujades d'impostos per cobrir-lo,

- i altres advertien que s'estava donant massa poder al president i que això posava en perill la democràcia.








No comparteixo que perillés l'equilibri constitucional entre els poders de l'estat, més bé s'hauria de contestar que -si la democràcia podia estar amenaçada per una revolució social, o populista- van ser les reformes les que van aturar-la. Sembla sospitós que els mateixos que acusen el New Deal de constituir una amenaça esquerranosa són els mateixos que ignoren les subtils i patètiques crides reaccionàries a règims de poders extraordinaris que definien la democràcia com una “teoria grotesca” i que -amparant-se en les dificultats per afrontar la catàstrofe econòmica- semblaven seduïts per les cridòries propagandístiques dels feixismes europeus. Unes crítiques que venien de la caverna dretana i que oblidaven, com diu Espasa, que el New Deal no era “l'aplicació predeterminada i mecànica del receptari keynesià, sinó un procés obert, i per tant caòtic i improvisat- d'experimentació governamental en un temps de profunda turbulència política”. Això és el que probablement volia dir l'autor d'aquesta vinyeta...



Sigui com sigui, el cas és que -davant les crítiques- el "2n New Deal " (1935) no va tenir tant perfil social. Tenia raó la vociferant premsa conservadora quan acusava Roosevelt de “traïdor de classe”? Andreu Espasa recull una anècdota significativa: “el maig de 1936, mentre navegaven a bord del iot Potomac, Rossevelt va confessar a l'economista Raymond Moley que la posició dels empresaris li semblava estúpida, que no tenien cap sentit d'indignació moral davant els pecats d'altres empresaris”. L'anècdota, amb Diaz Ferran a la presó, és sucosa fins i tot avui: demostra que els empresaris estaven per mostrar la seva hostilitat a la Social Security Act, no per fer autocrítica de les seves pirateries ni superar la crisi amb sacrificis que no fossin amb la suor d'altres fronts. Per això la Casa Blanca va girar a l'esquerra. Que ningú no s'espanti: va ser una radicalització retòrica del discurs, com la que mostra l'anècdota, i que -com demostra Espasa quan estudia la suspensió de les lleis anti-monopoli- no va massa enllà. Però va permetre que, davant les eleccions a la presidència de 1936, malgrat la insuficient recuperació econòmica, es votés amb un criteri de classe, ben diferent de les altres segmentacions religioses, ètniques i territorials que repartien els suports entre demòcrates i republicans fins aleshores. Així va néixer una aliança informal entre els negres, els treballadors sindicats, els intel·lectuals novayorkesos i els grups més desvalguts, que ha conformat la base electoral del partit demòcrata des d'aleshores.

L'èxit electoral, però, no va permetre avançar massa reformes més: va esclatar un conflicte entre el president, per una banda, i -per altra- la judicatura i el Congrés, que -desconfiant d'aquesta nova concepció democràtica que feia de la llibertat econòmica un requisit important per a gaudir d'una autèntica llibertat republicana- , bloquejava les noves lleis. Andreu Espasa ho explica de manera molt didàctica, i conclou que el president es va concentrar aleshores en l'agenda internacional, on l'aplicació dels principis republicanistes era més difícil en aquell context de progressiva desaparició de democràcies i amb una opinió pública partidària d'un aïllacionisme que, a la pràctica, funcionava com un mer “apaivagament” del feixisme en ascens. El reconeixement de la Unió Soviètica apuntava en aquella direcció: constatava la popularitat de què gaudia la URSS gràcies a la planificació econòmica i al seu ferm antifeixisme. Aquest coqueteig facilitaria més tard, superada la sorpresa pel pacte germanosoviètic de 1939, la Gran Aliança contra el nazisme.

La Segona Guerra Mundial va reactivar l'economia i va revifar el prestigi del capitalisme i de la democràcia, que va quedar incorporada definitivament a la identitat nacional nord-americana. Però una cosa havia canviat: la nova concepció de la democràcia incorporava els drets econòmics bàsics com a nous drets inalienables de la ciutadania nord-americana, i la consegüent intervenció governamental en l'economia a favor de les classes populars. No havia estat fàcil, i no podem oblidar aquells malabarismes: aquell concepte de llibertat agonitza panteixant davant nostre, mentre panxuts capitalistes somriuen complaguts. I faltem el respecte aquells lluitadors d'aleshores si ens quedem plegats de mans.