Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

sábado, 22 de junio de 2013

ELOGIO DE ROBESPIERRE (1): EL ELIXIR DE LA DEMOCRACIA



Una biografía con miles de cabezas rodando debería ser apasionante, sobre todo si pretende cuestionar el sambenito que compara a Robespierre con Pol Pot o, como hace Ruth Scurr en “Fatal Purity”, con “la convicción de los militantes islámicos”. No es el caso! La biografía de Maximlien escrita por Peter McPhee -tan escrupulosa que advierte de que “los muertos distinguidos son arcilla en manos de sus biógrafos”- no tiene la garra de su anterior ensayo, en el que incorporaba las últimas aportaciones científicas al relato de la Revolución Francesa. Sin embargo, la ausencia de estudios sin prejuicios hacía urgente una biografía basada exclusivamente en los escasos documentos privados que Robespierre nos dejó y los testimonios de quienes le trataron. Parece casi imposible reconstruir al personaje que permanece agazapado tras toda esa literatura fantasiosa de psiquiatras de salón capaces de diagnosticar -aprovechando su infancia triste junto a una familia desestructurada- una “sensibilidad patológica” (Max Gallo dixit) que le impediría establecer relaciones íntimas. Afortunadamente, la misma ausencia de pruebas concluyentes con las que acercarnos al “Robespierre persona” es la que nos permite desmentir todo ese abanico de fobias sobre el aspecto externo, la limpieza y el contacto físico que se le adjudican a costa de ignorar las muestras de confianza que le brindaron Danton, el matrimonio Desmoulins o Saint Just.

Tenemos algunos datos, eso sí, de su formación. El Liceo Louis-le-Grand, influido por el debate sobre la educación agitado por la expulsión de los jesuitas y la publicación del “Emilio” (1762), introdujo en el curriculum algo de ciencias naturales y matemáticas junto al latín o la lógica. Bossuet y Fenelon seguían siendo la base de la reflexión teológica que se enseñaba, pero también se impartía tanta historia antigua que, según el catedrático de la Universidad de Melbourte que ha escrito esta biografía, los alumnos estaban más familiarizados con la historia romana que con la francesa más reciente. Camille Desmoulins recordaba haber leído la descripción que hace Cicerón de la conspiración de Catilina “con los ojos inundados de lágrimas”; y es que aquella generación daba por sentado que el mundo clásico era un pozo de sabiduría del que se podían extraer enseñanzas relevantes para el presente. Las anécdotas del discurso en verso que, siendo Robespierre alumno de esa institución prestigiosa, tuvo que leer a los reyes tras la coronación en Reims, o la admiración por Rousseau (“te vi en tus últimos días y ese recuerdo es para mí una fuente de gozo orgulloso”) no me parecen tan importantes como los biógrafos tradicionales han pontificado, ni tan sólo me parecen anécdotas significativas. En cambio, sí que me parecen básicos, para entender a Robespierre, esa formación clásica o el regreso a su ciudad natal (1781) tras 12 años de ausencia, como abogado elogiado cuyo talento demuestra McPhee con las estadísticas de sus victorias judiciales: se otorga cierta fuerza simbólica a la defensa de Vissery de Bois-Valé, un abogado que había instalado un descomunal pararrayos que alarmaba a su vecinos, porque Robespierre rellenó sus alegatos de apasionadas referencias al triunfo de la ilustración sobre el oscurantismo. Del mismo modo, el discurso de acogida en la Real Academia de Arrás, dedicado a los prejuicios que extendían “la infamia de los delincuentes (…) sobre sus parientes” ya revelaba el elogio de las virtudes ciudadanas: si en los estados despóticos, escribía, la ley es la voluntad del príncipe, en las repúblicas lo es la voluntad general. Y el sometimiento de todos a esa ley obliga al ciudadano a que “no perdone al culpable que más ame cuando el bienestar de la república exige que se le castigue”. Ay! Algo en esa frase nos asusta, de pronto: nos sentimos tentados de intuir en ella la semilla del Terror, cuando aquel “abogado de pobres” nos está hablando más de virtud ciudadana que de hacer rodar cabezas.

El caso es que sobre ese joven cayó, como sobre toda Francia, el entusiasmo que desencadenó la convocatoria de los Estados Generales. Una incipiente opinión pública, apasionada por la nueva verborrea de contratos sociales y voluntades generales, chocó con la vieja defensa aristocrática del privilegio, los gremios o la sacralidad de la realeza. Millares de panfletos alimentaron también la enfervorecida oratoria de Robespierre contra los privilegiados que, en Arrás, pretendían representar a la provincia. En 1788, en un panegírico por el fallecido presidente del Parlamento de Burdeos, Robespierre tomaba partido en la polémica, señalándoles como responsables de tanta indigencia “porque acumuláis toda la riqueza en vuestras codiciosas manos (...) Porque vuestro lujo devora en un sólo día el sustento de un millar de hombres”. Este ataque a los privilegios y la ociosidad de los nobles se produce mientras se elige a los representantes del territorio en los inminentes Estados Generales. Comenzaba 1789 y Robespierre se ocupaba de la defensa de un anciano campesino que en 1774 había sido encarcelado en virtud de una lettre de cachet (una real orden de detención) y al que en 1786 liberaron sin restituir sus derechos de propiedad. En sus alegatos, Robespierre se hacía eco del ambiente del reino y ponía al pueblo -”obligado, por la pobreza excesiva, a olvidar la dignidad del hombre y los principios de la moral”- en el centro de su atención.

Aunque encontraremos esa preocupación por el pueblo durante toda su carrera, el abate Proyart decía que todo aquello eran halagos para embaucar a sus votantes, quienes -en cualquier caso- le eligieron. Encajaba en el perfil de los diputados electos, sin duda, puesto que casi la mitad de los 646 eran abogados que contaban con experiencia oratoria, bagaje administrativo y talante opositor. Gente que intentó que la acción de la Asamblea Nacional hiciera innecesaria la violencia campesina que venía segando algo más que privilegios en sus asaltos a los castillos. Gente que convirtió el período constituyente en el apasionante parto de las reglas del juego de un nuevo sistema político, durante el que Robespierre... ¡se mojó!


a) Mientras ardía la polémica entre el lobby colonial, el Club Massiac, y la Sociedad de Amigos de los Negros, Robespierre se mostró un radical partidario de la abolición. En mayo la Asamblea ratificaba la esclavitud pero convertía en ciudadanos iguales “a las personas de color nacidas de un padre y una madre libres”. Maximilien lamentó que la asamblea otorgara “sanción constitucional a la esclavitud en las colonias”. Su vehemente defensa de los derechos de los esclavos le valdría la acusación de ser sobrino del hombre que había atentado contra Luis XV: aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid y que Damiens, alumno también del Louis-le-Grand, procedía de una aldea próxima a Arras, se sugería que Robespierre, a sueldo de los ingleses, quería vengarle destruyendo las colonias.

b) El despropósito demuestra el apasionamiento de la creciente prensa periódica. También proliferaban imágenes y obras de teatro obscenas, lo que abrió el debate sobre la restricción de la libertad de prensa. La alternativa de Robespierre era emprender acciones legales contra los libelos porque las libertades de prensa y expresión “son tan sagradas como la naturaleza”. Hasta la prensa realista le reconoció integridad por eso: en el Ami du Roi, el abate Toyou (5/1791) escribía que “debemos hacer justicia al señor Robespierre (…) Ningún interés secreto, ningún espíritu partidista, ninguna consideración individual ha sido capaz de sacudir o debilitar su celo por (…) el bien público (…) Antepone sus principios a sus intereses”.
c) Consciente de que, pese al alcance de su labor, la Asamblea Constituyente decepcionaba a la base popular de la revolución matizando la abolición del feudalismo, excluyendo del voto a los “ciudadanos pasivos”, implantando el liberalismo económico y exigiendo juramentos al clero, Robespierre defendió que los miembros de la asamblea nacional no pudieran ser reelegidos para su sucesora, la asamblea legislativa. Evitaba así la profesionalización de la política, el secuestro de los cargos en manos de unos pocos. La Asamblea Constituyente debía suponer una renovación.

Este Robespierre profundamente demócrata, coherente en la defensa del ideal, ha sido siempre intencionadamente escondido. Hasta 1791 fue un diputado resoluto y competente. No ha ocupado cargo de poder ninguno todavía. Cuando lo haga, en el próximo post, apenas formará parte unos meses del gobierno de la Convención, en los tiempos más adversos, cuando la revolución soñada esté acosada en mil frentes. Robespierre dará pues la cara cuando las circunstancias más lo exijan, y más peligroso sea dar un paso adelante. Incluso entonces, veremos que apenas propuso medidas concretas que resultaran aceptadas. Sin embargo, sus detractores han conseguido que le tengamos por la página más siniestra y cruel de la revolución, escondiéndonos al abogado competente, al orador apasionado y al diputado consecuente. Sólo el advenimiento del fascismo abrió un breve paréntesis en su consideración, porque obligó a los franceses más comprometidos a buscar en la trastienda de la Historia el compromiso ejemplar que necesitaban para proteger la democracia de tan arrolladora amenaza. Fue entonces cuando Albert Mathiez y Georges Lefebvre le ven encarnar los principios de 1789 y se fijan en su defensa heroica de la república frente a la Europa reaccionaria. Ya en 1920 Mathiez pronunció una conferencia definiéndole como “el rostro más noble, más generoso y más sincero de la revolución francesa” y nos advertía de la inmensa popularidad que se le reconocía en vida. Testigo de las trincheras, Mathiez denunciaba el aburguesamiento de la república, parejo al elogio de quienes “durante la revolución fueron el equívoco, la debilidad, los negocios o la traición”. Insinuaba que para salvar a Francia de la mediocridad de la postguerra, había que aplicarle el “elixir Robespierre”.
Años después, cuando Lefebvre, el profesor en la Sorbona, prologue una recopilación de artículos de Mathiez (1958) con motivo del bicentenario del nacimiento de Robespierre, dirá que el discurso del 25-9-1793 acusando de falta de determinación y virtud a la cúpula militar le emocionaba, quizá porque -tras la “extraña derrota”, que diría Marc Bloch- un hermano del historiador, Theodor, miembro de la resistencia y profesor de geografía, había sido decapitado por los nazis durante la ocupación. Lefebvre le tenía por “el primero que defendió la democracia y el sufragio universal, (…) el amante de la paz (…) impulsado por las circunstancias a realizar unos actos que en condiciones normales le hubieran repugnado”. En un estudio clásico (1941) sobre el Comité de Salvación Pública, R. R, Palmer definió a Maximilien como “uno de la media docena de profetas relevantes de la democracia”. Ya en aquella época su reivindicación era peligrosa: cuando se descubrió en Arrás en 1923 una placa conmemorativa en la casa donde vivió con su hermana Charlotte entre 1787 y 1789, alguien la hizo desaparecer. Y cuando el ayuntamiento recibió a la delegación parisina con la que Georges Lefebvre acompañaba un busto, su inauguración tuvo que realizarse en el interior del ayuntamiento, lejos de los disturbios que se producían en el exterior. Según McPhee, aquel busto sigue hoy bajo llave. Y ya viene siendo hora de que Robespierre sea reconocido en toda su dimensión, hoy que la democracia está en peligro y tanto nos urgen su ejemplo y su oratoria. Hoy que la democracia está amenazada por fuerzas tan siniestras como entonces, necesitamos aplicarle al sistema, cuanto antes, el elixir Robespierre.

domingo, 26 de mayo de 2013

ANECDOTARIO CORTESANO: MÁS QUE UNA REVISTA DEL CORAZÓN



En tanto se crió en la corte de los Borbones y asumió la herencia de los Austrias, Felipe V sumó dos modelos de majestad muy distintos, que diferían tanto en la forma de gobernar, como en su relación con la nobleza, ya que -mientras en Madrid la aristocracia venía interviniendo en la práctica política- en Versalles había visto recortadas sus aspiraciones. Su advenimiento transformó la identidad de la monarquía para adaptarla a los nuevos valores sociales, pero sin implementar el modelo francés ni inspirarse en el modelo heredado. Paul Hazard ya advirtió de las nuevas actitudes sobre la identidad personal y el comportamiento nobiliario en sociedad que -en el cambio de siglo- percibimos en Samuel Richardson y Giacomo Casanova, por lo que respecta al lenguaje de las emociones. Las esferas de lo público y lo privado cambiaron sus fronteras, y los monarcas modificaron su relación con los nobles mediante nuevas etiquetas palatinas y nuevos sistemas de representación. Atendiendo a ese contexto, y sirviéndose de los instrumentos interpretativos nacidos a la sombra de los recientes estudios sobre la corte, Pablo Vázquez Gestal nos ofrece otra visión de Felipe V que, si bien no difiere en exceso de lo que se nos había explicado, matiza con acierto los ángulos más oscuros del personaje hasta darle una verosimilitud que hasta ahora -sometido al simbolismo que unas y otras visiones historiográficas le asignaban- costaba encontrarle. 

Agustín González Enciso (Felipe V, la renovación de España. Sociedad y economía en el reinado del primer Borbón, 2003) demostró que nuestra visión del reinado de Felipe V ha estado muy condicionado por maniqueísmos epistemológicos. La sublimación de una “ilustración española” bajo Carlos III descuidó el estudio de la primera mitad del siglo, y una visión tecnocrática del advenimiento borbónico llegó a definirle como “inventor de la España moderna”, un retrato tan anacrónico como la imagen contraria, mítica también, del rey versallesco integrado en el ambiente cortesano de su abuelo. El pipiolo, según Yves Bottineau, había sido formado por el arzobispo de Cambray, François Fénelon, más bien alejado de las exigencias cortesanas: parece ser que, además del intenso ejercicio físico que debía desarrollar el carácter militar de la identidad regia, y de los preceptores especializados (latín, geografía, historia antigua, arte, fortificaciones, anatomía...), a los enfants se les instruyó en una intensa formación religiosa que eludía las demostraciones aparatosas de piedad barroca para abrazar un modelo más sencillo e interiorizado. Poco más, porque -alojados lejos del centro ritual que constituía el grand appartament du roi, en definitiva “espacialmente marginados”-, el Duque de Anjou y sus hermanos apenas participaron en los actos cotidianos que conformaban el sistema de representación de la monarquía francesa. Sin embargo, prevalece la visión de Felipe V como alumno avezado en Versalles, que nos hizo confundir la potestad absoluta del rey con el ejercicio arbitrario del poder y olvidar que los tratadistas contemporáneos recordaban los compromisos a los que estaba sujeta la majestad y el riesgo a perder la propia soberanía que suponía infringirlos. Aquel discurso gustaba a los nobles, quienes -aunque necesitaban de la monarquía para justificar su posición privilegiada en la sociedad estamental- eran conscientes de que, sin su concurso, el rey no podía desarrollar ninguna acción política. Cuando el Duque de Anjou llegó a España, aquella rancia nobleza esperaba mantener el protagonismo político y que el joven rey les distinguiera su fidelidad... Luis XIV, advertido de la tradicional influencia lograda por los Grandes gracias a sus empleos palatinos, construyó para su nieto un entorno de confianza que, de hecho, permitía controlarle. Así fue como, accediendo a la real pareja con la libertad que le permitía su servicio íntimo, la Princesa de los Ursinos pudo mantener la acción política bajo el control del Rey Sol y al nietísimo alejado de las facciones más castizas. Su nombramiento, según el Marqués de San Felipe, molestó doblemente a los Grandes: porque les privaba de una merced que creían que les correspondía y porque se les negaba la posibilidad de controlar el espacio íntimo del rey.
 
En el cuadro de Van Loo, la familia real se presenta en una inédita intimidad
 
Para ningún rey era prudente desatender las ambiciones políticas de las élites; pero para la nueva dinastía, que no podía legitimarse con el pasado, urgía complacer las expectativas nobiliarias. El problema residía en que confirmarles en los cargos implicaba cederles el acceso al rey. Finalmente se intentó integrarles mediante oficios pero reservando a la facción francesa los que significaban mayor trato con el monarca. Cuando los nobles percibieron que -pese a conservar sus antiguos empleos- en la práctica habían perdido los réditos políticos que llevaban aparejados, mostraron su desencanto con airados aspavientos contra lo que consideraban violaciones de la etiqueta. Pablo Vázquez Gestal destaca con ingenio y acierto una anécdota que traduce esa actitud: en agosto de 1705, con ocasión de un Te Deum en la capilla del palacio, los Grandes dieron plantón al monarca. El incidente, conocido como “el caso del banquillo”, estalló cuando el rey permitió a un advenedizo extranjero recientemente ennoblecido sentarse justo detrás de él en un asiento dispuesto entre el monarca y el banco donde iban a acomodarse los miembros de la Grandeza. Ofendidos hasta el paroxismo, los nobles decidieron ausentarse, incluso espetaron al presidente del Consejo de Castilla que “podía preparar castillos donde enviarles, que ellos irían más gustosos que a la capilla”. Como escribió el marques de San Felipe mientras los campos de batalla ensangrentaban Europa por la sucesión de España, “también tenía la corte su guerra”.
 
Rigaud pintó al Duque de Anjou "a la española"
La fragilidad del equilibrio entre el rey y los nobles obligó a legitimar la nueva dinastía buscando un intenso grado de interacción con sus nuevos súbditos: el ritmo industrial de festejos, recepciones y entradas reales no se relajó tras la instalación del nuevo soberano en Madrid, sino que se incrementó para posibilitar que todos los súbditos le conocieran directamente. Aquello constituía una ruptura con la tradicional invisibilidad de los reyes españoles, siempre ocultos y reservados, apenas accesibles a los Grandes. El problema fue que el rey mostró, a los pocos meses de tomar posesión de sus reinos, una profunda incapacidad para sostener ese ritmo agotador de actos públicos. Cuando su tour de presentación le llevó a Italia, sus indisposiciones, sobre cuya naturaleza tanto se ha especulado, se volvieron frecuentes. Vázquez Gestal no se corta con lo que la historiografía ha llamado eufemísticamente “melancolía” y William Coxe llamó hipocondría en 1813: acude a la primera edición del diccionario de la Real Academia de la Lengua para recoger que lo que se conocían como “vapeurs” eran una “sugestión que perturba y oscurece la razón”. La locura del rey constituía un problema muy grave, puesto que -cuando el rey buscaba el aislamiento y la soledad- el gobierno y la representación de la majestad se interrumpían. Eran estados transitorios, que combinaron con una temeraria actuación en los campos de batalla de Italia. Pero la contradicción entre el rey loco y su “cara b”, tan animoso”, demuestra el rechazo tácito que sentía al ejemplo mayestático de su abuelo. Eligiera soledad o batalla, el caso es que Felipe V procuraba que las obligaciones no dominaran su vida, que no estaba dispuesto a pagar el precio que imponía su oficio, la supeditación de su vida personal a su identidad pública. Y que la reclusión, fuera por vapores o por buscar intimidad, planteaba un problema político: que la corte dejaba de ser el escenario de promoción nobiliaria. 
 
La cosa se agravó cuando el rey violó la tradicional etiqueta que separaba a las parejas regias en sus respectivos aposentos y dejó de usar los suyos para dormir con Isabel de Farnesio. Al refugiarse en el afecto de su esposa el rey dejaba varios cargos sin función: no era posible estrechar la relación con un rey que nunca se encontraba en su cámara, y que exclusivamente derramaba su gracia sobre la nobleza de servicio destinada en la cámara de la reina, que le trataba con más frecuencia. Cuando Saint Simon explica cómo compartían rutina (dormían, cazaban, rezaban y despachaban juntos) está haciéndose eco de lo que los nobles consideraban un “secuestro” de la gracia regia. Ese fue el inicio de la campaña contra la reina que nos ha legado su fama de intrigante. En realidad, el ascenso de una facción italiana en la corte se debió a la pérdida de Nápoles y Sicilia, que llenó Madrid de refugiados, mucho antes de la llegada de la Farnesio. Lo que ocurrió fue que el segundo matrimonio del rey coincidió con el desmantelamiento de la facción francesa tras la muerte del Rey Sol y la consecuente minoría de Luis XV. El vacío francés permitió a nueva reina solucionar los problemas planteados por el estado del rey; no le quedó más remedio que aumentar su papel público como consorte monopolizandole. Las consortes siempre habían tenido cierto poder informal, gracias a su consustancial cercanía al rey, para influir en la toma de decisiones políticas y la distribución de la gracia. Pero Isabel fue más allá: al acompañar siempre a su esposo en cacerías, ceremonias y rezos, impedía la interposición de otros cortesanos. Y al compartir cámara, estaba presente cuando se despachaban asuntos sobre los que podía pronunciar su influyente opinión. Ese monopolio del rey (y de la acción política) nos permite considerarla responsable de una nueva representación de la majestad que participaba de la “revolución emocional” de su tiempo, tanto como de una nueva concepción de la religión.
 
El modelo de representación anterior: "Carlos II adorando
la sagrada forma", de Claudio Coello
Las monarquías sacralizaban su identidad mediante ritos, tal y como los Austrias habían ostentado con maestría. Sin embargo, a principios del siglo XVIII, -según Paul Hazard- se desarrollaban nuevas corrientes espirituales que no corrigieron los dogmas pero sí su expresión. También Felipe V e Isabel de Farnesio demostraron nuevas formas de piedad. Nada más levantarse y postrados en la cama, se ocupaban de la oración y la lectura en común: a solas, en la intimidad, autónoma y personalizadamente, sin intermediación eclesiástica. Isabel rechazó visitar conventos, actividad ligada tradicionalmente al patrocinio religioso de las mujeres durante la dinastía anterior. Se mantuvo alejada de espacios de devoción púbicos, evitó gestos que mostraran vehemencia espiritual. Por su parte, el rey, obsesionado por la salvación de su alma, firmó con ella un documento (1720) comprometiéndose a renunciar conjuntamente a la majestad y a retirarse a una vida de modesta oración y piedad. Lo hicieron con sus nombres de pila, no con sus títulos, lo que demuestra que su identidad privada de creyente era mucho más importante para ellos que su posición pública de soberano. La privacidad del documento, atestiguada por la ignorancia que se tuvo de él, demuestra cómo creían que debían vivir su relación con Dios: en privado, de acuerdo con su conciencia como creyente, y no con las obligaciones públicas impuestas por su condición. Deseo de intimidad y piedad tranquila son los parámetros que se advierten también en La Granja, un palacio cuya capilla omnipresente demuestra la intención de la pareja real de poseer un espacio exento de las obligaciones cortesanas donde, con singular modestia, con poco personal, sin símbolos en la fachada ni adornos mayestáticos que hicieran sospechar el antiguo estatus de quien había de vivir en él, permitiera al matrimonio consagrarse a la oración. 
 
Siempre he lanzado lanzado sospechas sobre la abdicación de 1724. Henry Kamen no me convenció de que, lejos de las ambiciones por volver a París, había que creer en los motivos religiosos explicitados por el acta de abdicación. El libro de Pablo Vázquez Gestal confirma -mediante el análisis documental, el contexto intelectual y el análisis de La Granja- el peso del argumento religioso. Pero considero mucho más importante la defensa que hace del anecdotario cortesano. Lo que nosotros vemos como trasnochadas ambiciones y patéticos antojos de carcamales engominados constituyen en realidad una pista importante para leer las claves de un tiempo histórico. Aquellos personajes se jugaban la vida en la corte, y así lo demuestra una anécdota que “Una nueva majestad” recoge de Saint Simon: parecer ser que el Cardenal Alberoni llegó a las manos con el mayordomo mayor del rey, el marqués de Villena, al tratar de evitar que accediera a la habitación donde Felipe V convalecía muy enfermo: en tanto que, desprovisto de cualquier cargo institucional, su poder político se basaba en la gracia real, Alberoni debía intentar monopolizar la intimidad con el rey, por lo que le ordenó salir. Entonces, “el marqués contestó con viveza y en términos descompuestos, y al oírlos el cardenal le asió por los hombros para hacerle salir, empujándole contra un taburete, sobre el que cayó sentado. El Marqués, entonces perdido ya todo el dominio sobre sí, levantó su bastón, pegando con él cuanto pudo al cardenal y dirigiéndole insultos que no se perdonan”. El singular episodio muestra el celo con que los nobles defendían sus privilegios, y el conflicto desatado entre oficiales cortesanos y favoritos regios por ganar la gracia regia. El mérito de Vázquez Gestal -pese a descuidar, a mi entender, la relación entre el regalismo y la tensión jansenista que Versalles vivió antes de la marcha del de Anjou, que quizá debieran compararse con el “caso Macanaz” y la postura vaticana ante el conflicto dinástico- es demostrar que aquellas anécdotas son mucho más que cotilleo de salón. "Una nueva majestad" es un libro importante, altamente recomendable.

sábado, 18 de mayo de 2013

PAPA FRANCISCO: "EL DINERO DEBE SERVIR, NO GOBERNAR" (16-5-2013)


La crisis mundial que afecta las finanzas y la economía parece poner de relieve sus deformidades, y, sobre todo, la grave falta de su orientación antropológica, que reduce al hombre a una sola de sus necesidades: el consumo. Y peor aún, el ser humano es considerado hoy como un bien en sí que se puede utilizar y luego desechar. Esta deriva se verifica a nivel individual y social. Y además ¡es promovida! En este contexto, la solidaridad, que es el tesoro de los pobres, se considera a menudo contraproducente, contraria a la racionalidad financiera y económica. Al tiempo que los ingresos de una minoría van creciendo de manera exponencial, los de la mayoría van disminuyendo. Este desequilibrio proviene de ideologías que promueven la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, negando de este modo el derecho de control de los Estados, aun estando encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone de forma unilateral y sin remedio posible, sus leyes y sus reglas. Además, la deuda y el crédito alejan a los Países de su economía real y a los ciudadanos de su poder adquisitivo real. A todo ello se añade, una corrupción tentacular y una evasión fiscal egoísta, que han asumido dimensiones mundiales. El afán de poder y de poseer se ha vuelto sin límites.

Detrás de esta actitud se encuentra el rechazo de la ética, el rechazo de Dios. ¡Igual como la solidaridad, la ética molesta! Se considera contraproducente; demasiado humana, porque relativiza el dinero y el poder; se ve como una amenaza, porque rechaza la manipulación y el sometimiento de la persona. Porque la ética lleva hacia Dios, que está fuera de las categorías del mercado. Dios es considerado por estos financieros, economistas y políticos, como no manejable, incluso peligroso, ya que llama al hombre a su plena realización y a la independencia de cualquier tipo de esclavitud. La ética -una ética no ideológica, naturalmente – permite, en mi opinión, crear un equilibrio y un orden social más humano. En este sentido, animo a los expertos financieros y a los líderes gubernamentales de sus países a considerar las palabras de San Juan Crisóstomo: “No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles sus vidas. No son nuestros los bienes que poseemos, sino suyos” (Homélie sur Lazare, 1, 6: PG 48, 992D).

Queridos Embajadores, sería conveniente realizar una reforma financiera que fuera ética y, a su vez que comportara una reforma económica saludable para todos. Sin embargo, esto requeriría un cambio audaz de actitud de los dirigentes políticos. Les exhorto a que afronten este reto, con determinación y visión de futuro, por supuesto, teniendo en cuenta la naturaleza específica de sus contextos. ¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres; pero el Papa tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promoverlos. El Papa insta a la solidaridad desinteresada y a un retorno de la ética en favor del hombre en la realidad económica y financiera.

Fragmento extraído de un discurso de recibimiento a los embajadores. Probablemente sea un contexto menor, pero … ¿dónde está esa derecha española que mete al papa hasta en la sopa cuando le conviene? He encontrado muchas referencias en la prensa hispanoamericana on-line...

domingo, 31 de marzo de 2013

REBELDES DEL SWING: QÜESTIONARI 4t ESO





Títol original: SwingKids. Any: 1993. Nacionalitat: USA.Director: Thomas Carter. Guió: Jonathan Marc Feldman.
Música: James Horner.Repartiment: Robert Sean Leonard (Peter), Christian Bale (Thomas), Frank Whaley (Arvid), Tushka Bergen (Evey), Julia Stemberger (Frau Linge), David Tom (Willi), David Robb (Dr. Berger), Noah Wyle (Emil) y Barbara Hershey (Frau Muller).Durada: 109 minuts. Argument: Hamburg, 1938. Peter Müller (Robert Sean Leonard), és un adolescent, fill d’un opositor al nazisme. Amb els seus amics Thomas (Christian Bale), Arvid (Frank Whaley) y Otto (Jayce Bartok) formen un grup de “Swing Boys” que estimen el ball i el jazz, estil de vida que volen mantenir mentre es produeix l’ascens del nazisme. Per evitar-se problemes, Peter y Thomas s’allisten en Juventudes Hitlerianes. Pretenen dur una doble vida: ser nazis de dia; fidels a les seves conviccions de nit.

  1. Els Swing Kids van ser un moviment contestari real que prosperà en algunes grans ciutats alemanyes. Busca’n les característiques.
  2. Identifica les diferents actituds davant l’ascens del nazisme fent que se'ns presenten mitjançant personatges principals o secundaris de la pel·lícula: col·laboració passiva, oposició, credulitat, proactivitat... Reflexiona especialment sobre l’Arvid, sobre l'evolució de la relació entre el Peter i el Thomas, i sobre la mare d'en Peter: compara el seu comportament amb el perfil de les dones dels “feliços anys vint” que hem estudiat.
  3. Explica algunes seqüències de la pel·lícula on s’identifiquin les diferents característiques dels moviments feixistes que hem estudiat a classe, o les causes que van permetre l’aparició d’aquests moviments polítics.
  4. Explica les diferente activitats que, segons la pel·lícula, desenvolupaven els joves que s’allistaven a les Hitlerjugend
  5. El pare d’en Peter no surt a la pel·lícula, tot i que se’ns explica que va ser presoner de la GESTAPO. Com evoluciona la relació d’en Peter amb el record del seu pare, i què creus que representa aquesta figura absent? 
  6. Compara l’estètica dels dos grups de joves (els Swing Boys i les Joventuts Hitlerianes), i explica el significat de cadascuna d’elles.
  7. En les seves reunions, els joves Swing parlen de Benny Goodman o Duke Ellington. Explica qui van ser, les característiques del jazz i per què creus que el nazisme va prohibir el swing i el jazz…
  8. Quin significat té al final que Thomas i el germà d’en Peter facin el signe dels Swing Kids?
  9. Averigua qui va ser Martin Niemöler i el significat d’aquest poema que va escriure...
Primero vinieron por los comunistas y no dije nada porque yo no era comunista.
Luego vinieron por los judíos y no dije nada porque yo no era judío.
Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí, pero para entonces ya no quedaba nadie que dijera nada.”



domingo, 3 de marzo de 2013

F.D.R., O COM SALVAR EL CAPITALISME DELS CAPITALISTES



Poc mesos abans de pronunciar el seu discurs d'investidura, Franklin Delano Roosevelt havia dit que creia que hi havia “moltes formes en què es pot dur a terme la reducció de la despesa, però estic totalment en contra que l'estalvi es faci a costa de la gent que pateix fam. Hem d'estalviar d'altres maneres; que mai no es pugui dir que el poble nord-americà s'ha negat a proporcionar el necessari per a la vida d'aquells que, sense culpa, no són capaços d'alimentar-se, vestir-se i dotar-se d'un sostre. La primera obligació del Govern és la protecció del benestar per tal d'assegurar l'existència mateixa dels seus ciutadans”. El recordatori forma part de l'editorial del número 385 de la revista L'Avenç, un escrit que servia per presentar l'article inclòs en l'exemplar del passat desembre sobre la tasca política del president Roosevelt. M'ha semblat un text valent i molt oportú, no solament perquè les actuals retallades converteixen aquesta reflexió en un exemple alternatiu a seguir, sinó també perquè demà s'acompliran 80 anys de la investidura de FDR com a president. També l'actualitat s'intueix amagada darrera la crítica que l'editorial adreçava a la manera “desesperadament lenta” d'estendre's la convicció que les mesures d'austeritat pressupostària imposades des d'Alemanya no resolen la crisi del deute sinó que ofeguen les economies. L'Avenç es lamentava de l'oblit de la Història que això representa, i definia com un model a seguir “l'actitud amb què el president Roosevelt s'enfrontà a la depressió econòmica, (...) un lideratge basat en les idees d'empatia amb els ciutadans, justícia social i compromís amb la democràcia”. 
En la cerimònia d'aquell 4 de març de 1933, Roossevelt recordava que “no hem estat atacats per cap plaga de llagostes” sinó per “les pràctiques dels especuladors sense escrúpols” i semblava tenir clar que les causes del crack s'havien de buscar, més enllà del “dijous negre”: “l'estímul moral del treball no pot ser oblidat mai més per la boja persecució de beneficis efímers”. Aquesta defensa de l'economia productiva davant del joc especulatiu ens hauria d'haver orientat des d'aleshores, però aquí estem. Quan durant els darrers anys ens escandalitzàvem dels preus immobiliaris i les hipoteques a 40 anys, tots els qui participen en aquella orgia d'entusiasme col·lectiu ens acusaven de ser uns amargats: no ens espatllis la festa, semblaven dir!


Ara, amb perspectiva, podem contrastar que l'Espanya dels temps d'Aznar s'assemblava massa a l'Amèrica de la prosperity: aquella opulència dels anys vint, tant ben simbolitzada pels obrers circulant en el Ford T, les dones ballant xarleston i les compres a terminis en gegantins magatzems, sempre em va recordar aquella febre de targetes, crèdits i inversions a borsa a què vaig assistir durant els meus darrers anys de treball en una oficina bancària. Aquella falsa prosperitat nord-americana dels “feliços anys vint” tenia una altra cara: el segregacionisme negre en escoles i transports als estats del sud, la xenofòbia demostrada por les execucions de Sacco i Vanzetti, la Llei Seca que va esperonar la màfia, el fonamentalisme religiós que titllava de fantasia la teoria de l'evolució. També durant l'Aznarato trobaríem fenòmens semblants: el tractament que rebien els immigrants, l'especulació desfermada amb l'alliberament del sòl, les mobilitzacions reaccionàries impulsades per aquest Torquemada d'opereta que es diu Rouco Varela, o tota aquella colla d'erudits de tercera regional que es van dedicar a recuperar el franquisme com a antecedent il·lustre de la prosperitat d'Espanya.

Aquell model ens va conduir fins on som ara, tal i com aquells valors van conduir els EUA cap al crack. Però la tragèdia econòmica no en va ser la pitjor conseqüència: la manca de confiança en la democràcia, incapaç d'oferir sortides a la crisi, va resultar tan perillosa com la misèria econòmica. També el desencís democràtic que ara patim va néixer d'aquelles actituds prepotents i irresponsables perquè -en considerar-se legítim l'envit impune dels diners, l'absència total de controls, pensant que aquella llibertat afavoriria el miserable enriquiment propi- es van arxivar els vells discursos (d'origen republicanista) que donaven dret al govern a actuar per protegir els més dèbils de l'arrogància excloent dels més poderosos. Aquella preocupació per la llibertat individual entesa mitjançant la certesa de que ningú no pogués imposar res a ningú, havia permès dir a Roosevelt, un any després de la seva proclamació com a president, que “l'adquisició de riquesa, a través de beneficis excessius, crea un poder privat indegut sobre els assumptes públics”. Per tant, quan l'estat intenta la redistribució de la riquesa està garantint la llibertat de cada ciutadà perquè evita que els poderosos aprofitin l'estat de necessitat dels dèbils per esclavitzar-los, privant-los de la seva llibertat essencial.


Dient coses com aquesta Roosevelt es va convertir, com encara és ara, en un referent per a l'esquerra mundial. I no solament perquè el New Deal s'invoca com el principal laboratori de les receptes de Keynes. També perquè la seva actuació política va incorporar a la definició de democràcia la garantia d'uns drets econòmics que hem considerat bàsics per a la dignitat individual fins que, en els nostres temps, hem escoltat un altre cop els cants de la sirena neocón. Ara, quan ens demanen que paguem amb retallades la factura de les orgies especulatives, cal reprendre aquell discurs republicanista amb urgència; per això considero tant oportú l'article central de L'Avenç el desembre passat, on el filòleg Andreu Espasa recorda aquesta vessant política del New Deal: “encara que durant la presidència de Roosevelt només es va introduir una sola esmena al text constitucional, la vint-i-uena, que revocava la divuitena, de manera que el comerç d'alcohol tornava a ser legal, no és exagerat considerar el New Deal com un període polític de caràcter gairebé refundacional”.

Es refereix principalment a l'impressionant conjunt de lleis -programes de treball públic, subsidis d'atur, garanties de sindicació- dictades en els primers cent dies de govern, el “primer New Deal”. Es volia alleugerir la dramàtica situació de milions d'aturats augmentant la seva capacitat de consum. No van ser mesures suficients per garantir la recuperació, i -per si fos poc- van despertar una onada de crítiques en contra:


- els ultraliberals deien que els subsidis idiotitzarien la iniciativa privada i acomodarien tothom a l'espera del cobrament,

- els empresaris afegien que l'augment del dèficit públic seria insostenible, i que caldria imposar pujades d'impostos per cobrir-lo,

- i altres advertien que s'estava donant massa poder al president i que això posava en perill la democràcia.








No comparteixo que perillés l'equilibri constitucional entre els poders de l'estat, més bé s'hauria de contestar que -si la democràcia podia estar amenaçada per una revolució social, o populista- van ser les reformes les que van aturar-la. Sembla sospitós que els mateixos que acusen el New Deal de constituir una amenaça esquerranosa són els mateixos que ignoren les subtils i patètiques crides reaccionàries a règims de poders extraordinaris que definien la democràcia com una “teoria grotesca” i que -amparant-se en les dificultats per afrontar la catàstrofe econòmica- semblaven seduïts per les cridòries propagandístiques dels feixismes europeus. Unes crítiques que venien de la caverna dretana i que oblidaven, com diu Espasa, que el New Deal no era “l'aplicació predeterminada i mecànica del receptari keynesià, sinó un procés obert, i per tant caòtic i improvisat- d'experimentació governamental en un temps de profunda turbulència política”. Això és el que probablement volia dir l'autor d'aquesta vinyeta...



Sigui com sigui, el cas és que -davant les crítiques- el "2n New Deal " (1935) no va tenir tant perfil social. Tenia raó la vociferant premsa conservadora quan acusava Roosevelt de “traïdor de classe”? Andreu Espasa recull una anècdota significativa: “el maig de 1936, mentre navegaven a bord del iot Potomac, Rossevelt va confessar a l'economista Raymond Moley que la posició dels empresaris li semblava estúpida, que no tenien cap sentit d'indignació moral davant els pecats d'altres empresaris”. L'anècdota, amb Diaz Ferran a la presó, és sucosa fins i tot avui: demostra que els empresaris estaven per mostrar la seva hostilitat a la Social Security Act, no per fer autocrítica de les seves pirateries ni superar la crisi amb sacrificis que no fossin amb la suor d'altres fronts. Per això la Casa Blanca va girar a l'esquerra. Que ningú no s'espanti: va ser una radicalització retòrica del discurs, com la que mostra l'anècdota, i que -com demostra Espasa quan estudia la suspensió de les lleis anti-monopoli- no va massa enllà. Però va permetre que, davant les eleccions a la presidència de 1936, malgrat la insuficient recuperació econòmica, es votés amb un criteri de classe, ben diferent de les altres segmentacions religioses, ètniques i territorials que repartien els suports entre demòcrates i republicans fins aleshores. Així va néixer una aliança informal entre els negres, els treballadors sindicats, els intel·lectuals novayorkesos i els grups més desvalguts, que ha conformat la base electoral del partit demòcrata des d'aleshores.

L'èxit electoral, però, no va permetre avançar massa reformes més: va esclatar un conflicte entre el president, per una banda, i -per altra- la judicatura i el Congrés, que -desconfiant d'aquesta nova concepció democràtica que feia de la llibertat econòmica un requisit important per a gaudir d'una autèntica llibertat republicana- , bloquejava les noves lleis. Andreu Espasa ho explica de manera molt didàctica, i conclou que el president es va concentrar aleshores en l'agenda internacional, on l'aplicació dels principis republicanistes era més difícil en aquell context de progressiva desaparició de democràcies i amb una opinió pública partidària d'un aïllacionisme que, a la pràctica, funcionava com un mer “apaivagament” del feixisme en ascens. El reconeixement de la Unió Soviètica apuntava en aquella direcció: constatava la popularitat de què gaudia la URSS gràcies a la planificació econòmica i al seu ferm antifeixisme. Aquest coqueteig facilitaria més tard, superada la sorpresa pel pacte germanosoviètic de 1939, la Gran Aliança contra el nazisme.

La Segona Guerra Mundial va reactivar l'economia i va revifar el prestigi del capitalisme i de la democràcia, que va quedar incorporada definitivament a la identitat nacional nord-americana. Però una cosa havia canviat: la nova concepció de la democràcia incorporava els drets econòmics bàsics com a nous drets inalienables de la ciutadania nord-americana, i la consegüent intervenció governamental en l'economia a favor de les classes populars. No havia estat fàcil, i no podem oblidar aquells malabarismes: aquell concepte de llibertat agonitza panteixant davant nostre, mentre panxuts capitalistes somriuen complaguts. I faltem el respecte aquells lluitadors d'aleshores si ens quedem plegats de mans.

sábado, 2 de febrero de 2013

LIP DUB PER LA PAU: INSTITUT VINYET DE SITGES


Lipdub INS Vinyet - Sitges from Taller de Cinema on Vimeo.

Orgullós dels alumnes del meu institut!!! Amb el seu entusiasme, i el guiatge d'uns profes de música i dibuix d primera categoria, han guanyat la I edició del concurs de Lipdubs per la Pau organitzat per l'ICIP. De vegades, són ells que ens ensenyen!!!!

martes, 22 de enero de 2013

EMBAJADORES DE HOLBEIN = RENACIMIENTO.ZIP



El libro “El bazar del Renacimiento” incluye una interpretación muy interesante del cuadro “Los embajadores” que Hans Holbein pintó en 1533. Se toma de una exposición que en 1977 celebró la National Gallery de Londres para analizar a fondo la que es una de las obras de arte más famosas de su colección. Jerry Brotton considera ese cuadro la quintaesencia del Renacimiento porque simboliza el nacimiento de un tipo moderno de individualidad: reproduce de forma precisa el mundo de dos hombres del Renacimiento que sostienen la mirada del espectador con una confiada consciencia de si mismos. Pero más que esa mirada “a cámara”, llama la atención la consola que ocupa el centro de la composición y los objetos que sostiene: representan las siete artes liberales en torno a las que se organizaba la enseñanza universitaria. Tanto las materias que conformaban el trivium (gramática, lógica y retórica), como las que formaban el quadrivium (aritmética, música, geometría, astronomía), están representadas en el cuadro por el libro de aritmética, el laúd y los instrumentos científicos, pero también por el himnario, el globo terráqueo, el estuche de flautas, el cartabón y los separadores. Son las materias académicas que conformaban los studia humanitatis, con las que -como embajadores- estaban familiarizados. Y es que el conocimiento distintivo de los retratados era el uso de textos, el razonamiento lógico y la persuasión retórica. Eran “hombres nuevos”, personajes cultivados y mundanos que utilizan su formación para conseguir la fama y materializar sus ambiciones.


¿Quienes son? A la izquierda, ricamente vestido de pieles, está el comitente: se llama Jean de Dinteville, y ejercía como embajador de Francisco I ante la corte Enrique VIII. A nuestra derecha su amigo íntimo, Georges de Selve, obispo de Lavaur, envuelto en un abrigo negro de piel. Desconocemos si la pintura inmortaliza la toma de posesión del embajador recientemente nombrado ante la corte del rey Enrique, o la visita que le hace su amigo en Londres en 1533. Ambos parecen acomodados ante una consola con dos estantes sobre los que hay dispuestos varios objetos: Jerry Brotton dice que están elegidos con sumo cuidado para indicar que su posición en el mundo, sus ambiciones mundanas, están estrechamente vinculadas a su conocimiento de las disciplinas representadas por esos objetos. En la estantería inferior encontramos:


- Un globo terráqueo, con anotaciones geopolíticas como la división de Tordesillas (1494), la circunnavegación de Magallanes, el Nuevo Mundo, Britannia y Polisy, el dominio señorial de Dinteville. El globo terráqueo junto al libro de aritmética confirma la expansión del comercio y las finanzas, y -en última instancia- simboliza los viajes, exploraciones y descubrimientos geográficos que convulsionaron -entre otras cosas- la idea que Europa, cuya identidad empieza a sentirse como tal.

- El libro de aritmética que publicó en 1527 el matemático y astrónomo de la Universidad de Ingolstadt, Petrus Apianus, sirvió como manual a los mercaderes para calcular sus pérdidas y ganancias. Su presencia, en cierto modo, es un símbolo de la ascendente burguesía. Los especialistas que se han dedicado a la observación minuciosa del retrato han detectado que el libro está completamente abierto por la página “división”, no sabemos si refiriéndose a la operación matemática o a la falta de armonía religiosa y política, que estaría también simbolizada en la cuerda rota del laúd. No en vano los escritos de Georges de Selve se hicieron eco de sus inquietudes ante la reforma y el probable cisma inglés.

- Hay un libro de salmos, Geistlich Gesangbuhli de Johannnes Walther, 1524. Está abierto por 2 páginas concretas que sin embargo no son consecutivas en la obra real. A la izquierda, la traducción del primer versículo del himno Veni sancte Spiritus de Lutero; a la derecha, la introducción a la Versión abreviada de los Diez Mandamientos del mismo Lutero. La importancia de la imprenta resultó decisiva para la expansión de la Reforma, por lo que ese libro impreso nos recuerda su importancia: el invento revolucionó la creación, distribución y comprensión de la información y el conocimiento. En comparación con las copias manuscritas, los libros impresos (y con ellos las ideas de los reformadores) circularon más rápido y en mayor número.

- Al fondo se adivina un compás de punta seca (divider, en inglés) y en un extremo de la cortina, a nuestra izquierda ligeramente corrida, se deja entrever un crucifijo. Hay pues muchas referencias a la controversia religiosa del momento. No olvidemos que el cuadro se pinta en 1533: en enero de ese año, Enrique VIII se había casado, en secreto, con Ana Bolena, ya embarazada. Nos consta que Jean de Dintiville llegó pocas semanas después a Inglaterra: Francisco I quería seducir a Enrique contra Carlos V, y el rey inglés -que conoce que el Delfín, Enrique, se ha prometido con la sobrina del papa Clemente VII, Catalina de Médicis- espera conseguir la mediación del rey francés para arrancarle al papa la autorización que necesita para divorciarse de Catalina de Aragón. La gestión francesa debió funcionar, puesto que el papa accedió a nombrar a Thomas Cranmer como arzobispo de Canterbury: fue él quien, en mayo, anuló el matrimonio del rey. Para Francisco I debió ser un éxito diplomático, puesto que el agravio cometido sobre Catalina de Aragón enfriaba las relaciones de Inglaterra con Carlos V, sobrino de la reina despechada. En junio, Ana fue coronada en Westminster, y en marzo de 1534 la excomunión del rey precipita el Cisma de la Iglesia de Inglaterra.


Si los objetos de la plataforma inferior tienen que ver con asuntos mundanos cotidianos, en cambio, en el estante superior se disponen objetos que se utilizaban para el estudio de los cielos (globo celeste, brújulas, reloj de sol, calendario cilíndrico, nivel y cuadrante), así como para cuestiones más abstractas y filosóficas. El globo celeste es un instrumento astronómico que nos sitúa las constelaciones; se distingue la del cisne, anotada como "Galacia" (Gallaecia era la Galia), aunque en lugar de un cisne parece haber un gallo que ataca a un buitre (quizá una alegoría de Francia haciendo huir a sus a sus enemigos). Junto al globo celeste, una colección de relojes de sol. Los dos objetos más grandes son un cuadrante y un torquetum, instrumentos de navegación de invención árabe o judía, que permitían conocer la posición del barco o fijar -calculando la posición de los cuerpos celestes durante viajes a larga distancia- el día y la hora. Reflejan el interés de la época en comprender y dominar el mundo natural.


Por último, hay que analizar la extraña imagen oblicua que cruza la parte inferior de la obra.. A primera vista es imposible reconocer esta forma distorsionada; hace falta situarse en un ángulo para ver la imagen transforma en un cráneo perfectamente dibujado. Es un engaño de la perspectiva, muy de moda entonces, una anamorfosis que ha sido interpretada como una imagen de “vanitas”, un escalofriante recordatorio de que pese a la riqueza, el poder y el conocimiento, la muerte nos llega a todos. Otros expertos afirman, en cambio, que representa la iniciativa artística de Holbein porque -ignorando al patrón que le contrata como artesano diestro- prefiere afirmar su autonomía como artista genial que -sirviéndose de la óptica y la geometría- afirma la libertad creativa del artista moderno. Una muestra más de la expresión del genio, y del individualismo que caracterizaba el nuevo pensamiento antropocentrista, de la que ya hablé al principio.

domingo, 6 de enero de 2013

HENRY KAMEN Y EL AÑO DE LAS LANZAS


Me he leído en diagonal el último libro de Henry Kamen, a pesar de que sus ensayos suelen parecerme livianos y demasiado comerciales. En esta ocasión nos presenta el típico rosario de misterios que, sobre la época de la que es especialista, podría ofrecer Iker Jiménez cualquier domingo de éstos: el sebastianismo portugués, el príncipe Don Carlos, el número de víctimas de la inquisición, los hechizos de Carlos II, o las riquezas presuntamente hundidas en la bahía de Vigo. Me ha llamado la atención el capítulo sobre Servet, que intentaré leer con más calma, y la presentación de una polémica cronológica sobre el cuadro de Velázquez que conocemos popularmente como “Las Lanzas”.

Henry Kamen nos recuerda en ese capítulo que no hay pruebas sólidas sobre la fecha en que Velázquez acabó el cuadro, un dato que podría alumbrarnos sobre sus intenciones y mensaje. Con eficacia y rigor nos deja claro que la obra no está basada en hechos reales: el motivo central de la pintura -Justino de Nassau rindiendo las llaves de Breda al general Ambrosio de Spínola- se inspira en una comedia de Calderón, El sitio de Breda, estrenada en la corte algunos meses después de los hechos (1625). Venimos repitiendo hace años como loros que Velázquez pintó “La rendición de Breda” en 1635 y cierto discurso nacionalista se empeña en definir el cuadro como un elogio de las virtudes militares españolas. Atribuirle esa interpretación implica olvidar que Spínola sólo contó con tropas belgas e italianas, y que la iniciativa del ataque surgió del personal político que rodeaba en Bruselas a la Archiduquesa Isabel, tía de Felipe IV. Esa visión de Las Lanzas como el rostro humano del imperialismo español demuestra el éxito del pintor, que participaba del proyecto de exaltar el impresionante número de éxitos que la monarquía “planetaria” logró aquel “annus mirabilis” de 1625, una pirueta propagandística que se proyectó para el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro y fue minuciosamente descrita por Jonathan Brown y John Elliott en “Un palacio para un rey”.

Kamen continúa relativizando la victoria acudiendo a Jonathan Israel (The Dutch republic and the hispanic world 1606-1661, Oxford, 1986), quien escribió que en el asedio de Breda “apenas hubo combates, pocos bombardeos y pocas bajas”. Parece ser que la población de la ciudad no sufrió masacres ni epidemias, aunque el alojamiento de las tropas y su logística “sobre el terreno” impactaron notablemente en el territorio vecino, tal y como Kamen recuerda sirviéndose de una recopilación documental -Correspondance de la cour d'Espagne sur les affaires des Pays Bas au XVIIe siècle, Bruselas, 1927- efectuada por Henry Lonchay, Josep Cuvelier y Joseph Lefevre. En un informe que envía al rey, un funcionario belga se lamenta de la tragedia que significaba para los propios súbditos el alojamiento de las tropas, que “carecen de disciplina y perpetran el robo y la destrucción allí donde van. Ni siquiera se contienen y cometen sacrilegios. Las casas solariegas están a su merced. Ni siquiera el enemigo pudo hacer tanto daño al campo, al país. Brabante se encuentra totalmente en ruinas a causa del ejército que está inmerso en el asedio de Breda”.


Sin embargo, a Velázquez le encargaron una visión del triunfo, no del sufrimiento. Así que si buscamos visiones más realistas, debemos acudir a la serie de seis grabados en aguafuerte que Jacques Callot de Lorena realizó (1628) por encargo de Isabel Clara Eugenia después de visitar personalmente el asedio en 1625; o las tres topografías históricas del sitio que pintó Peeter Snayers para el Palacio del Buen Retiro, concebidas como paisajes con pequeñas figuras (sobre este párrafo). De lo que no hay duda es de que Velázquez tomó de la obra de Calderón la ficción que enfatizaba la generosidad del general victorioso, situando en la parte central del cuadro a Spínola aceptando las llaves de la ciudad, ante el bosque de picas, de manos del capitán derrotado. Kamen se pregunta con ingenio ¿por qué centrarse en la cuestión del saludo entre los dos mandos? Desde luego, si el objetivo era publicitar una imagen de generosidad imperial, se logró, puesto que el gesto -aunque no se produjo en la realidad- ha sido aceptado como una verdad cierta. Así lo demuestra -como dice Miguel Morán Turina en una biografía de Velázquez (2006)- que hoy analicemos la pintura como si su tema central fuese la magnanimidad mostrada para con los vencidos; y es que -ignorando la fórmula habitual para las escenas de rendición, en las cuales el vencido se arrodillaba sumisamente ante el vencedor- Don Diego representó al general tras desmontar de su cabalgadura para salir al encuentro de Justino de Nassau, y “poniendo su mano sobre el hombro del vencido, le ahorra la humillación de arrodillarse mientras los dos ejércitos contemplan este alarde de caballerosidad”. Es como si le ofreciera el consuelo de un soldado para con otro, el mismo momento en el que Calderón le hacía decir “Justino, yo las recibo y conozco qué valiente sois, que el valor del vencido hace famoso al que vence”. Kamen se burla con sorna de cómo esa visión ha llegado hasta nuestros días, sirviéndose de “El sol de Breda”, una de las novelas de la saga protagonizada por un veterano de los tercios, el Capitán Alatriste, que publicó en 1998 “un escritor de conocida ideología nacionalista”, novela a la que juzga -todo sea dicho de paso- como un “pastiche” apropiándose de una referencia del mismo Pérez Reverte.

Resumiendo, no hay pruebas que demuestren que el magnánimo gesto de Spínola, convertido por los nacionalistas de hoy en la cara amable y generosa del poder imperial español, se produjera. Es más: sabemos que su conducta en otros asedios no fue así: se hizo un nombre en 1604 con el brutal asedio de Ostende, en el que -según escribió el cardenal Guido de Benvivoglio en “Las guerras de Flandes (...)”, 1687- durante más de tres años de asedio “murieron, por espada o por enfermedad, más de cien mil hombres, por una y otra parte”. Parece, pues, que allí el general no se cortó un pelo: sin apenas edificios en pie, Ostende tuvo que ser abandonada tras la rendición. De hecho, el aragonés Jusepe Leonardo le pintó en “La rendición de Juliers” orgulloso y engolado ante un general postrado (bajo este párrafo). Las Lanzas recoge pues, como dice Jonathan Brown, una “escena de la rendición, curiosamente benévola e imaginaria”. Si el cuadro no es históricamente fiel, insiste Kamen, ¿por qué lo pintó así? Queda claro que no se busca la fidelidad a los acontecimientos, sino registrar una imagen aceptable por la corte. Y aquí es donde Kamen formula su propuesta cronológica.



a) En primer lugar intenta desmentir la propuesta de los historiadores del arte que lo fechan entre 1634 y 1635. Considera absurdo que diez años después de los acontecimientos se confeccione una mera declaración recordatoria de hechos distantes. En esos años no tendría sentido enfatizar la idea de reconciliación, puesto que la guerra se recrudecía: el rey tenía tropas a punto de combatir en Nördlingen y la escalada de tensión respecto a Francia iba a provocar la declaración de guerra francesa en 1635. Además, Spínola murió en 1630 con una cuestionable reputación en la corte: según dice Elliot en su estudio sobre el Conde Duque, Olivares había sentenciado que “la ruina de esta corona comenzó con la llegada aquí del marqués de Spínola”. Así que Kamen se pregunta cómo iba a ser Velázquez tan temerario como para pintar un cuadro favorable a un general cuya memoria en la corte era tan deplorable... Si Las Lanzas se pintaron en 1635, el cuadro daría un mensaje anacrónico, porque ofrecía paz mientras el cardenal Infante mataba a diestro y siniestro por Europa, loaría a un personaje de funesta memoria e ignoraría la declaración francesa de guerra. Situar la confección de “La rendición de Breda” en 1634-1635 contradice el contexto de esos años y convierte el cuadro en un absurdo. ¡En esos tiempos no tocaba magnanimidad!

b) Kamen se inclina por la tesis que J. F. Moffitt formuló en un artículo que tituló en 1982 “Diego Velázquez, Andrea Alciato ant the surrender of Breda” (Artibus et Historiae, vol. III, núm. 5). Allí se sugiere una fecha posterior para la pintura: en 1638 el mensaje de reconciliación que muestra sería más fácil de contextualizar. Según esta teoría, el artista se lamentaría del declive de la grandeza, porque se estaba en plena derrota. Breda habría sido recuperada por el enemigo recientemente, llevaba 12 meses en manos holandesas, y Don Diego podría tomar ese gesto de generosidad del que en realidad realizó en 1637 el mando militar holandés, Frederick Henry, al vencido gobernador de Breda, Gomar de Fourdin. Parece ser que tomó la ciudad en 1637 mediante una operación sorpresa que rodeó la ciudad con tal rapidez que las campanas de alarma encargadas de recoger al ganado que pastaba extramuros sonaron tarde y Breda se quedó sin provisiones. Frederick Henry contaba con 25.000 hombres, mientras Breda estaba defendida por unos 3000 belgas e italianos. Así que el gobernador, decidió rendirla: Gomar de Fourdin, cabalgó hasta donde se encontraba Frederick Henry, desmontó e intercambió cortesías con el victorioso general. Se permitió a la guarnición que partiera con sus armas, banderas y tambores, y a los soldados se les garantizó que abandonarían la plaza con total seguridad para sus vidas. La magnanimidad fue holandesa en 1637, no española en 1625. El gesto especial de Spínola fue el gesto del príncipe Frederick Henri de Orange.

El problema de esta interpretación es un informe que el secretario de la legación medicea en la corte madrileña escribe el 28 de abril de 1635. En él se describe el Palacio del Buen Retiro, que se estaba construyendo, diciendo que Olivares “ha fatto dipinger per tutta quella gallerie historie e favole curiose, el parte nel salon grande le armi con oro et insegna del regni della monarquia, et tra l'una finestra a l'altra 12 tavolaa assai grandi dai migliori Pittoriche che sono qui, con 12 impresse successe al tempo del re presente, cioé. Il socorro di Cadiz (…) la pressa di Breda et quella de Giuliers per il march. Spinola (…) la vittoria di Nordlingen, quando si diede quest'ordine, no era ancora successa, et non fu solo con l'armi di quà, ma ni Cesare ancora, tuttavia si dipingerà in un altro salone masso, per honor dell'infa. Cardle.”. No sabemos exactamente si el embajador está haciendo una descripción de la visita al Salón de Reinos, lo que querría decir que Las Lanzas están pintadas, o si está anunciando el proyecto que se está levantando en el Buen Retiro, lo que querría decir que sólo están proyectadas. Pero queda bastante claro que se está diferenciando el reciente éxito de Nordlinghen de las batallas de 1625 que el Salón quería celebrar, y que -como mínimo- se esperaba en 1635 una “rendición de Breda” para decorar las paredes del Salón de Reinos.


Se me antoja otro problema el hecho -explicitado por Joan Sureda en un espectacular libro dedicado a Velázquez- de que la obra del jesuita brabanzón Hermann Hugo, “Obsidio Bredana” (1629) ofrece una versión muy parecida de la apoteosis final que cuenta Calderón. Pudo haber sido fuente para Velázquez, a pesar de que la actitud de de los protagonistas del cuadro, un detalle que no forma parte del ambiente de generosidad descrito por Hugo, necesitaba de la comedia del joven Calderón representada en palacio en 1625. No contamos con el manuscrito de "El sitio de Breda", pero sí sabemos que tuvo primera versión publicada en 1636 dentro de la “primera parte de las comedias de don Pedro calderón de la Barca” . O Velázquez vio la obra en Madrid,o el propio Calderón, director de representaciones de la corte, le guió. En éste último caso, Kamen tendría razón: Calderón asumió ese cargo en 1635 y al año siguiente “La rendición de Breda” logró versión escrita, y ambos podrían convertirse en fuente inagotable de detalles para que terminara el cuadro hacia 1637. El debate, a la luz de las fuentes con las que contamos hoy, sigue abierto.

viernes, 30 de noviembre de 2012

LA JIRAFA MEDICEA Y LA TRASTIENDA DEL PODER (y 3)




La autora de “la jirafa de los Medicis” reconoce que la magnificencia no fue la única clave de la soberanía política de Lorenzo el Magnífico, pero apenas añade el coleccionismo artístico a los métodos informales de control del poder que sugiere al decir eso. Se refiere a que, además de que el mecenazgo servía para pagar servicios prestados, celebraba públicamente la capacidad del comitente de mantener artistas o recibir sofisticados regalos (como jirafas). Que el animal no dejó indiferentes a los florentinos lo demuestra que la copiaran Il Bacchiaca, o Andrea del Sarto, tal y como me ha chivado el mensaje de un lector ocasional. Sin embargo, esa visión del poder mediceo basada exclusivamente en la imagen es una idealización cultista que esconde que no basta con propaganda y apariencia para mantener el poder. En cierto modo es una visión muy nuestra: cuando nuestra sociedad mediática analiza el uso consciente de la imagen como método de influencia, intenta convencerse de que basta con ella para controlar el poder, olvidando los otros medios -a menudo poco confesables- con los que los poderosos se mantienen en el pódium.

En los veinte años durante los que Lorenzo controló Florencia no ocupó ningún cargo oficial, ni tan sólo fue miembro de la Signoria: él decía que sólo era “un ciudadano con cierta autoridad” porque ser señor no era una aspiración propia de la virtud republicana que identificaba a los humanistas. Así lo demostraba Leonardo Bruni al presumir de que, mientras los tiranos se imponían en otros lugares, la ciudad toscana encarnaba las virtudes de Bruto, quien sacrificó a César para preservar la pureza del legado republicano. Florencia, efectivamente, para evitar cualquier aspiración cesarista, renovaba los cargos cada dos meses y elegía a sus titulares mediante votación indirecta y sorteo de entre una lista de ciudadanos ricos. Ese contexto, en el que el control mediceo sobre Florencia puede parecer imposible, hace plausible el retrato de Lorenzo que Lauro Martines dibuja en “Sangre de abril”, cuando le describe “crónicamente preocupado por la dimensión pública de su figura”. Martines atribuye tal susceptibilidad a la ambigüedad de su posición en Florencia, “donde no era ni príncipe ni simple ciudadano, ni señor ni simple político en funciones, pero siempre estaba expuesto a los oscuros complots de los desterrados políticos [… y a ...] la subterránea corriente de resentimiento contra los Medicis. Día a día (...) debía mostrarse fuerte, superior a todos, controlando la situación. Y esto imponía el requisito de que recibiese (y se viese que recibía) generosas cantidades de respeto y honores”. O jirafas, añadiría yo.

Por mucho que su autoridad ejerciera una influencia persuasiva e incluso decisiva, Lorenzo, pues, no controlaba el poder formal. Eso le obligaba a actuar entre bambalinas, negociando y favoreciendo a unos al tiempo que aplastaba a otros. Bien fuera favoreciendo sorteos amañados que le aseguraran la asignación de los cargos de hermandades, gremios y cofradías a sus títeres e informantes, bien fuera simulando la sacralidad de un rey con la protección del convento dominico de San Marcos, donde pintaba Fra Angelico. O bien fuera, concluye Felipe Fernández Armesto, intimidando a diestro y siniestro. Quizá el punto más representativo de ese ejercicio sistemático de intimidación fue la reacción al asesinato de su hermano del que él mismo se libró por los pelos. Ángelo Poliziano, el poeta que escapó junto a Lorenzo de los puñales conjurados que les atacaron durante una misa en Santa Maria dei Fiori y se refugió junto a él en la sacristía aquella mañana de abril de 1478, nos dejó un De Coniuratione commentarium que relata con precisión aquellos sórdidos acontecimientos que conocemos como “la conspiración de los Pazzi”. Christopher Hibbert explica que, poco después de que se corriera la terrible noticia por la ciudad, “la multitud se reunió bajo las ventanas del Palacio Medici, pidiendo ver a Lorenzo, que apareció ante ellos con el cuello vendado y el chaleco bordado manchado de sangre, para asegurarles que sólo estaba levemente herido y rogarles que no ejercieran su venganza sobre los sospechosos. Insistió en que reservaran su energía para luchar contra los enemigos del estado que habían tramado la conspiración y que, sin duda atacarían a la ciudad que la había frustrado”. Sin embargo, concluye Hibbert, “aunque la gente vitoreó su discurso, no lo obedeció”, y quienes participaron en la conspiración padecieron la violencia más depravada. Cientos de personas recorrieron las calles buscándoles, y cebándose en ciudadanos impopulares a los que se suponía su complicidad en el complot. Aunque tradicionalmente los criminales eran ejecutados extramuros, en esta ocasión Lorenzo debió ordenar que se arrojara por las ventanas del palacio del consejo de gobierno a los conspiradores, atados por el cuello. La multitud presente en la plaza asistió a sus últimos estertores antes de descuartizar sus cuerpos. Sus convulsiones fueron el espectáculo que permitió a Lorenzo convertir la sed de venganza en una política.

Y es que la conspiración de abril, como escribió Guicciardini en sus Storie fiorentine, “exaltó hasta tal punto su grado y fortuna que (…) venturosa jornada fue aquélla para él”. Y no se refiere sólo a las posesiones que hubiera debido compartir, ni a que el atentado fallido justificó su derecho a ir acompañado de escolta armada, sino a que, concluía Guicciardini, “el grande y sospechoso poder que había ejercido hasta ese momento se volvió mucho mayor aún, pero ahora sin resquicios”. En su estudio de la violencia desencadenada tras la conjura de 1478, Lauro Martines se pregunta “por qué no había esa noche patrullas de centinelas que pusiesen coto a los desmanes provocados por las turbas” y responde que la única razón posible es que “el régimen Médicis aprobaba los desmanes”. Incluso afirma que la campaña estaba promovida por el entorno de Lorenzo para aniquilar a los Pazzi, incautar sus propiedades, y suprimir el recuerdo de su linaje. Recuerda que, aunque la fiebre desatada por la conspiración empujó a muchos a salir a las calles para manifestar su apoyo a Lorenzo descuartizando cuerpos, no sabemos si tal movilización fue representativa. Y sugiere que no debía serlo cuando recuerda que el consenso entorno a Lorenzo fue suficientemente frágil como para evaporarse rápido: su heredero político, su hijo Pedro, apenas retuvo el poder tres años después de la muerte del Magnífico, señal de que el resentimiento por la violencia en la que se asentaba el régimen se mantuvo contenido hasta que tuvo oportunidad de aflorar.

Lauro Martines rastrea indicios de la rabia contenida que provocaba el dominio mediceo, tan informal como férreo, y destaca algunos episodios. Una mañana de 1489, por ejemplo, el embajador del duque de Ferrara en Florencia presenció cómo se escoltaba a un joven sospechoso de asesinato al palacio de justicia. Una multitud amotinada envolvía la comitiva gritándole que huyera, y acabó abalanzándose sobre ella, forcejeando para liberarlo. Nos consta que los embajadores de Génova y Milán acudieron para pedir compasión, pero Lorenzo se encargó personalmente de que lo ahorcasen, y ordenó prender, castigar y exiliar a cuatro ciudadanos de los que habían participado en los desórdenes. Que los embajadores acudieran a Lorenzo con su petición de clemencia demuestra que daban por supuesto que su mediación directa permitiría conmutar la pena. Pero hay más: aunque “no ocupaba cargo alguno que le facultase para eso, (…) a ojos de sus contemporáneos bien informados tal facultad era suya, y de hecho la ejerció, aunque no tal como ellos esperaban. Bastó una palabra suya para que en vez de conducirlo a juicio, se ahorcase al joven en el centro de la ciudad para que se interpretara como una advertencia para los ciudadanos contestatarios”. Así, y no sólo con el prestigio demostrado ostentando regalos o protegiendo el taller de Verroccio, se ejercía el poder de los Médicis. Puede que fuera informal, pero está claro que era implacable e inclemente.

Concluyo. Cuando Alamanno Rinuccini, que abogó por los Pazzi en una “Defensa de la libertad” que quedó inédita, se veía obligado a reconocer las virtudes cortesanas de Lorenzo -dotado por naturaleza, educación y práctica de tan inmensos recursos (…) aprendió a bailar, a disparar con el arco, a cabalgar, a participar en juegos, a tocar diversos instrumentos musicales”- nuestra lectura cultista, mediática y postmoderna queda fascinada por las posibilidades de seducción que ofrecía aquella imagen -verdadero epílogo del Cortesano de Castiglione- para el mantenimiento del poder. Pero eso no debe hacernos olvidar que Francesco Guicciardini afirmaba que “si Florencia tuviese que soportar a un tirano, nunca podría haber encontrado uno mejor o más encantador”. Que nunca, seducidos por su encanto, encubramos al tirano.