Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

miércoles, 25 de julio de 2012

1755 (1): ¿TERREMOTO DE LISBOA, O TERREMOTO ATLÁNTICO?



Las crónicas de lo ocurrido en Lisboa el 1 de noviembre de 1755 circularon rápidamente por Europa gracias las gacetas y las hojas volantes ilustradas: según Rocío Peñalta Catalán (Universidad Complutense de Madrid) el 15 de noviembre ya se podía leer en París la Relation véritable du tremblement de terre arrivé à Lisbonne. La tragedia impactó en las incipientes opiniones públicas gracias a los testimonios personales de embajadores, corresponsales, comerciantes, marineros y otros compatriotas. Constituye un buen ejemplo de tales crónicas el documento rescatado de la British Library por Josep Palau i Orta en el núm. 22 de la revista Tiempos Modernos (2011). Lleva por título “A genuine letter to Mr. Joseph Fowke from his brother in wich is given a Very Minute and Striking Description of the Late Earthquake”. Es una carta abierta que se publicó en Londres pocas semanas después de la tragedia, en la que un comerciante inglés afincado “cerca de la iglesia de São Nicolau, en plena cidade baixa de Lisboa”, Mr. Fowke, describe en una carta abierta a su hermano cómo, justo después de desayunar, departía alegremente con dos amigos portugueses en la Casa de Cuentas cuando de repente el edificio empezó a tambalearse como mecido por un terrible estruendo. Fowke se dirigió a toda prisa hacia un robusto arco cercano a su casa, creyéndolo seguro, mientras las calles se estremecían bajo sus pies e inmensos bloques de piedra se desprendían peligrosamente de los edificios. Llegó exhausto, justo a tiempo de presenciar el estrepitoso derrumbe de las casas colindantes. Entonces, una nube de polvo lo cubrió todo bajo un tupido silencio. Al cabo de pocos segundos las primeras siluetas empezaron a surgir de entre los escombros, acercándose conmocionadas y tambaleantes hacia el seguro refugio donde Fowke se había atrincherado, pálidos y con las caras sucias, felicitándose de estar vivos. Justo en ese momento “vino el otro. El segundo terrible terremoto. Nuestro miedo era que nuestra casa nos cayera encima, porque la notábamos tambalearse como el mástil de un barco en medio de una tormenta”.

Cuando el temblor remitió avanzaron todos a rastras hacia la cercana iglesia de São Nicolau, pensando que la amplia plaza que envolvía el templo supondría un lugar seguro ante nuevas envestidas. Allí presenciaron el dantesco espectáculo que ofrecían las personas atrapadas entre las ruinas pidiendo a gritos la piedad de Dios, y el clero corriendo entre las ruinas para confesarles y absolverles. Gatearon entonces camino de la cercana plaza del Rossio sobre las ruinas que llenaban toda la Rua dos Arcos, pero sólo encontraron peores escenas de horror: Fowke escribe en su carta que lo que presenció, entre formas apenas humanas gimiendo retorcidas a su alrededor, le recordaba un alud de pecadores miserables implorando piedad a Dios el día del juicio final. Allí encontró a su estimada mujer sana y salva, junto a dos fieles sirvientes y varios amigos que huían hacia los campos colindantes. A la intemperie quedaron, sin cobijo ni alimento, ansiosos por recuperar de los escombros -como dice el doctor Palau i Orta- “todo lo propio y parte de lo ajeno”. La catástrofe se había llevado tras de sí muchos amigos y familiares, pero también buena parte de sus riquezas y negocios. La colonia inglesa en Lisboa contemplaba aturdida, desde el campo, cómo el fuego consumió durante tres días enteros sus sueños lisboetas...


La publicación de crónicas como ésta permitieron a los ingleses empatizar con la desgracia lisboeta. Lo curioso es que muchas crónicas y sermones olvidaran la propia incidencia del terremoto en territorio inglés. Y es que Lisboa no fue la única ciudad lusitana, ni europea, ni tampoco atlántica, que sufrió la tragedia. En Portugal lo acusaron Sintra y Setúbal, donde cayeron la mayor parte de sus murallas, iglesias y edificios. El Algarve lo sufrió duramente, y Faro quedó casi en ruinas. En España, el Guadalquivir se desbordó, hubo 400 víctimas en Ayamonte, 200 en Cádiz, 200 en Lepe, 66 en Huelva, donde, además, 500 pescadores que faenaban en la costa fueron engullidos por las olas. Sevilla perdió el 7% de sus viviendas, se desplomó la catedral de Baeza y las gigantescas olas provocadas por el tsunami posterior al temblor invadieron tres veces la ciudad de Cádiz. Conocemos con precisión los datos porque Fernando VI y su esposa portuguesa encargaron una encuesta sobre los daños, que se recoge en el libro “Los efectos en España del terremoto de Lisboa” (José Manuel Martínez Solares, 2001).

Esos datos demuestran que Lisboa fue golpeada con la misma fuerza que lo fueron otras muchas poblaciones y ciudades del resto de Portugal, de la península ibérica o del norte de África. En la capital portuguesa las olas no fueron más grandes, ni las sacudidas más estremecedoras que en Faro, Cádiz, Tánger, Fez o Tetuán. Y sin embargo, fue Lisboa la que bautizó el terremoto atlántico de 1755. ¿Por qué? A primera vista, el principal motivo es que Lisboa era una ciudad grande, que contaba con 400.000 habitantes, era corte y capital de un reino próspero gracias al comercio colonial. Un gran enclave de negocios. Pero el doctor Palau aporta dos explicaciones más en un apasionante artículo que titula “El terrremoto atlántico de 1755 y sus representaciones”.

Primero, influyó el eco que encontró la noticia entre los intelectuales franceses. La muerte del nieto del dramaturgo Jean Racine, engullido fatalmente por una inmensa ola que arrasó los alrededores de Cádiz, les lanzó a publicar odas y artículos. Quizá la máxima expresión de ese interés sea el debate abierto en el seno de la ilustración, que contribuyó notablemente a resquebrajar el pensamiento providencialista en vigor entonces. Cuando Rousseau responde al Voltaire del Poème sur la destruction de Lisbonne, ou examen de cet axiome, tout est bien (1755) con la Lettre sur la providence (fechada el 18 agosto de 1756) ya no se cita lugar alguno más que Lisboa e, incluso, se presupone que el poema de Voltaire solo se refiere a Lisboa. Cuando en 1759 François Marie Arouet replica a Rousseau con la novela “Cándide, ou l'optimisme”, cuyo protagonista -en el transcurso de un largo viaje- presencia las sacudidas lisboetas- la imagen del terremoto y la reflexión filosófica que la envuelven tan solo remiten geográficamente a la capital portuguesa. Después de ese libro, el terremoto de 1755 no es sino el de Lisboa: la controversia entre Voltaire y Rousseau sobre el terremoto potencia la envolvente asociación entre Lisboa y el terremoto de 1755.


Los publicistas europeos, mientras, fijan su dialéctica en las razones por las que Lisboa ha recibido tan tremendo castigo de Dios. La lectura religiosa, sin embargo, no puede apartarse de la propaganda política. Esa interesantísima aportación del doctor Palau sobre el peso de la propaganda en la adjudicación de la catástrofe a Lisboa se debe relacionar con el encarnizado enfrentamiento franco-británico dieciochesco. La propaganda británica aplicó todos los tópicos de la Leyenda Negra contra Francia que, como supuesta cabeza del “frente papista” continental, encarnaría el fanatismo religioso y la brutalidad inquisitorial que han hecho merecedor del castigo divino al aliado portugués. El terremoto, convertido en castigo divino, dinamizó el argumentario que servía para espolear la consciencia de los fieles y convertir Lisboa, en tanto católica, en una nueva Sodoma.

Por eso la propaganda británica disimula el impacto del terremoto en las islas, y evita referencias a España, que en aquel momento -gracias al círculo anglófilo que envuelve a Fernando VI (Carvajal, Wall, el duque de Huéscar)- es una aliada. De España toma el doctor Palau un ejemplo que nos permite contrastar este uso religioso (y político). En 1762 se publica la “Profecía política verificada en lo que está sucediendo a los portugueses por su ciega fición a los ingleses” (1762): ha llegado Carlos III al poder, la facción anglófila fernandina ha caído en desgracia y una nueva alianza con París (el Tercer Pacto de Familia) obliga a convencer a las mentes formadas del reino de la necesidad de reorientar la política hacia la guerra con Inglaterra. El propio impresor madrileño advierte al comienzo que el lector no espere “una desnuda relación de los daños que causó el Terremoto de 1755”, sino “cuan bien discurre su autor sobre el sistema político de aquel reino descubriendo la raíz y causa de todas sus miserias, y haciendo demostrable no tener estas su origen en lo físico de sus contratiempos, sino en el daño moral de su constitución, que no es otra, que la de dexarse ciegamente gobernar por los ingleses sin reparar en que estos le venden su protección á precio de una esclavitud”. También aquí se ignoran conscientemente los daños causados por el terremoto en España y se privilegia que tanto comercio con los ingleses no debía ser del agrado divino. Los católicos explican la tragedia de Lisboa por su amistad con los ingleses, mientras los anglicanos lo hacen con la degeneración de la sociedad católica.

Lisboa, pues, fue escogida como emblema de la catástrofe por muchas más causas que el número de víctimas. Carmen Espejo Escala ha recogido de Grégory Quenet la idea de que el argumento cuantitativo no resiste porque “las primeras décadas del siglo XVIII habían conocido los efectos de la peste de 1720, con más de 100.000 muertos en Provenza”. No estoy de acuerdo, aunque no hay duda que la evocación del seísmo sirvió a intereses políticos circunstanciales. Los ilustrados que lo utilizaron para sus reflexiones encontraron un público ávido de información y predispuesto a devorarla y dotarla de significado, gracias a la propaganda. En cierto modo, se convirtió en el primer acontecimiento mediático de la historia de Europa. Y al serlo, influyó notablemente en la historia del pensamiento. Pero eso lo cuento otro día.

viernes, 6 de julio de 2012

HISTORIADORES EN EL RETRETE: AHORA ESPAÑA NO ES DIFERENTE





Temiendo que la crisis actual, como hizo la de 1929 al impactar en España, permita que las palabras dejen paso a las pistolas, Antoni Puigverd publicaba el 4 de junio pasado un excelente artículo en La Vanguardia, al que puso por título “El odio y la crisis”: seamos prudentes con las palabras con las que hemos interpretado la guerra civil últimamente, parece querer decir, para evitar complicaciones futuras. El artículo criticaba a la prensa madrileña por incorporar a quienes legitiman el golpe franquista, a la Academia de la Historia por su insultante y exculpatoria definición del franquismo, y al “republicanismo angelical” de la prensa de izquierdas o las instituciones recuperacionistas que han estado, según Puigverd, más pendientes de las víctimas de Franco que de las del descontrol republicano. No comparto que se ponga a la misma altura la lectura de la guerra civil impulsada por Aznar, que como bien dice Puigverd “contribuyó a relativizar los cuarenta años franquistas de odio, exilio y opresión de los vencidos”, con la de Zapatero, “apelando a los muertos de la república todavía no recuperados”. No podemos aceptar que quienes perpetraron el golpe y premeditaron una violencia inclemente, sistemática y salvaje, puedan ser equiparados a quienes encajaron el golpe y se vieron obligados a defender, como pudieron, a trancas y barrancas, la libertad y la democracia; por mucho que, golpeados por las circunstancias y sumergidos en el caos que provoca el miedo y la improvisación, cometieran errores graves, imposibles de disculpar. La apelación a la responsabilidad que contiene el artículo siempre termina siendo practicada por unos y olvidada por los mismos: mientras la República instruyó causas contra los asesinos que emprendieron la iniciativa represiva en su retaguardia, instituyendo así su ilegalidad, en el otro bando -con sistemática impiedad- se avanzaba hacia el triunfo sin reparar en consideraciones. Del mismo modo, se está recomendando a la izquierda que sea responsable y pague sin rechistar la crisis, mientras la derecha nos impone sus guerras de Irak, sus Bankias, y sus Gürtels con arrogancia mezquina; la izquierda tiene que medir las palabras -para rebajar la tensión, para no seguir el peligroso juego que podría arruinar la convivencia-, pero la derecha puede llamar totalitarismo al aborto legalizado y guerracivilismo a la apertura de fosas, o usar materias tan sensibles como las víctimas del terrorismo cual arma arrojadiza contra el adversario político. Mientras yo en clase me avergüenzo de Paracuellos, ellos disculpan, o incluso justifican, la violencia purificadora de Franco; y mientras tanto, van pasando los años y -en virtud de esa responsabilidad- España sigue siendo el cortijo de los mismos sinvergüenzas.


Un lector me ha advertido que ese visión pesimista de España impregna mis posts en demasiadas ocasiones y me ha recomendado, para someter a revisión tales apriorismos, uno de esos libros de especulación historiográfica que tanto me gustan. En él Edward Malefakis hace un análisis crítico de la Segunda República que relaciona sus defectos sin demonizarla y recuerda sus virtudes sin santificarla. Empieza diferenciando a la República Española de cuantas repúblicas nacieron en Europa durante el período de Entreguerras basándose en que “aspiraba al programa de reformas más completo e idealista”: “sólo ella incluyó el sufragio femenino pese a los temores, no del todo infundados, de que dicha concesión podría fortalecer a la oposición clerical”. Entre sus virtudes Malefakis destaca la limpieza electoral, la reducción del poder del ejército, los estatutos de autonomía, la garantía de libertad religiosa, la ley del divorcio, la reforma penitenciaria... Es más: “hubo en la república una preocupación mucho mayor que ningún otro régimen político contemporáneo por elevar el nivel cultural del pueblo, y fue más sensible a las necesidades de reforma social que ninguna de las nuevas repúblicas, incluyendo la de Weimar”.


Añade que benefició a los trabajadores ostentosamente mejorando los salarios, las condiciones laborales, la cobertura de seguros de accidente y desempleo; y a los campesinos procurando repartos de tierra, y contratos de arrendamiento y aparcería más justos. Fue un “régimen admirable, que sin duda sobresale dentro de la desafortunada historia española”. Y sin embargo, concluye, no debemos exagerar sus virtudes, “porque ya no constituye la única cima democrática de España”: se refiere a la monarquía constitucional actual, impregnada, dice, de aquella cultura democrática republicana hasta el punto de que ambos regímenes son “diferentes en apariencia, pero hermanas en su esencia”. No es el momento de juzgar la naturaleza de la Transición, porque prefería dedicar este post a la advertencia de Malefakis contra lo que llama “republicolatría”, a la que define como la ingenua creencia de que la Segunda República rozó la perfección y de que su caída se debió sólo al levantamiento. Debo reconocer que suscribo, aunque me gane las críticas de mis amigos más radicales, los argumentos con los que critica la república: “Olvidamos que su mayor problema fue su mayor virtud: aquella extraordinaria ambición, su determinación de transformar de forma inmediata buena parte de los aspectos fundamentales de la vida española condicionó un programa tan ambicioso que ni el más poderoso y eficiente de los regímenes políticos podría haber llevado a cabo por medios parlamentarios y pacíficos. Al abordar de forma simultánea casi todos los problemas, la república suscitó expectativas que luego no pudo satisfacer, aumentando así de forma innecesaria, las filas de sus desafectos. El hecho de que no fuera capaz de completar las reformas iniciadas desilusionó a muchos de quienes la apoyaban. La reforma agraria ilustra bien ese punto. Otro defecto de la coalición de izquierdas fue que se erigió en un guardián excesivamente celoso del nuevo régimen. (...) Hasta cierto punto se trataba de una reacción natural, habida cuenta la descorazonadora historia reciente: demasiadas iniciativas prometedoras habían sido destruidas”. Tantos fracasos les indujeron a pensar que la república debía permanecer en sus manos, lo que les hizo -dice Malefakis- cuestionar la legitimidad de la victoria del centro-derecha en las urnas, y empujar la huelga general revolucionaria de 1934.



No toca biseccionar la revolución de Octubre, sino recordar que, si realmente hubo torpeza política y retórica sectaria, los republicanos pagaron con creces sus errores, y no hace falta que vuelvan a pagarlos hoy; que una vez más la acusación de “intransigencia carente de tacto” no puede constituir la justificación del tsunami de sangre que desencadenó la derecha; que antes de lamentarnos del supuesto error de 1934 tendríamos que llegar a algún consenso sobre qué narices era la CEDA; que el régimen tenía métodos de corrección, crítica y control de la obra gubernamental, y estaba por tanto en las Antípodas de cualquier totalitarismo; que lo que desencadenó la orgía de sangre -revolución incluida- fue el golpe, y no al revés; y que -como empecé a decir antes- ya está bien de exigirles a unos lo que los otros no demostraron ni practican hoy. Nadie hoy se atreve a exigir a la empresa, a la derecha, a las jerarquías eclesiales, la responsabilidad que exige a los sindicatos, a los movimientos sociales y a la izquierda. Me parece muy grave que la denuncia de los errores de la república vaya acompañada de cualquier reivindicación de la dictadura, por mucho que -como ocurre en este libro, a diferencia de la brocha gorda revisionista- se ejecute con el sutil trazo de pincel. Y es que el artículo de Malefakis que comento viene acompañado en el libro coordinado por Nigel Townson de otro que intenta normalizar la dictadura negando que fuera ninguna excepción en Europa. Desde luego, es evidente que no lo era en 1936, cuando en Europa estaban triunfando los nazis y sus patéticos imitadores. Sin embargo, no creo que podamos decir lo mismo del “milagro económico” de los 60. No puede ser que la exigencia sin matices con la que le pasamos la prueba del algodón a la república, no sirva para medir también la obra de la dictadura desarrollista. Y que se sugiera que la burocracia tecnócrata modernizó España hasta ponerla a la altura de las democracias europeas de su tiempo.


No me refiero sólo a que el “milagro español” se produjo casi 20 años más tarde que el milagro de postguerra que vivió Europa. Esa diferencia cronológica bastaría para evitar comparar la España desarrollista con sus contemporáneas europeas, puesto que no había recibido la ayuda americana para la reconstrucción al mismo tiempo que ellas porque mientras Marshall promovía su Plan, España era vista como aliada de Hitler. Una década después de que llovieran dólares sobre Europa, pues, España empezó su “milagro”. ¿Qué la empujó? Para empezar, el drama de la emigración masiva, provocada por el fracaso de la autarquía, permitió reducir la conflictividad aquí gracias a la marcha de los que no tenían trabajo. Por no decir que la prosperidad europea, ya anterior, permitió la avalancha de turistas y la acogida allí de un millón de emigrantes españoles, así como la entrada brutal de divisas que ambos fenómenos implicaban. Es más: las condiciones laborales con las que se empleaba la mano de obra española, sometida con violencia por el régimen, atrajeron una inversión extranjera fascinada por unos trabajadores que aguantaban jornadas laborales mucho más largas que la media en la CEE y sueldos que rozaban la mitad.


Ese drama de emigración, desarraigo y esclavitud bastaría para imposibilitar cualquier comparación de la España desarrollista con sus contemporáneas europeas. No es de recibo olvidar ese paisaje y decir que en 1958 la mayor parte de las casas parisinas no contaban con ducha ni bañera ni retrete, mientras un 38% de las madrileñas si tenia retrete propio, un 36% compartido y sólo un 12% no tenía bañera, ducha o retrete... La comparación entre retretes puede servir para teorizar sobre la convergencia de la modernización, pero no para decir que España no estaba tan lejos de Europa. Comparar la conflictividad sociopolítica española con el clima de guerra civil que provocó en Francia la guerra de Argelia, que incluyó los intentos de golpes de estado de la OAS contra De Gaulle, el terror practicado por las tropas coloniales, los cientos de manifestantes asesinados por la represión policial, implica olvidar que los ciudadanos franceses elegían a sus representantes libremente, que podían leer lo que quisieran, que en sus cárceles no eran torturados ni masticaban el miedo por el pasado político de su familia. Las violencias que ese artículo utiliza para comparar Europa con España, durante las oleadas terroristas de los setenta, son fruto de otro contexto, responden a circunstancias extrordinarias, no forman sistemáticamente parte de un aparato institucional longevo, como ocurre en España. Toda esa violencia europea de los 70, por mucho que alcanzara una cota desconocida desde 1930, no es la clave que debería permitirnos desmentir la excepcionalidad española.

Desconozco si cuando se hace el recuento de retretes que persigue reducir la distancia entre la calidad de vida de los españoles que sufrían la dictadura respecto a los ciudadanos franceses, además de olvidarse que a los españoles de entonces no se les podría llamar ciudadanos, se olvidan también los miles de chabolas, barrios enteros e inmensos de miseria acumulada, que adornaban esa pretendida modernidad de la España del desarrollismo. ¿Cuentan esos paisajes tan humanos como deshumanizadores en el recuento de retretes? El Madrid que centralizaba sedes bancarias, organismos públicos y autoridades armadas, podría ser una ciudad más cómoda, más provista de retretes, que París. Pero, ¿qué precio pagaba por los retretes capitalinos la periferia sometida y vigilada?. ¿La tasa de alfabetización o la ingestión de calorías permitirían la misma comparación? ¿Todas esas cifras aguantarían si comparáramos ciudades de provincias? Me parece sucio entrar en el retrete para buscar argumentaciones legitimatorias para el franquismo, aunque es posible que -siendo el franquismo la experiencia más escatológica de la historia española- sea el único sitio en el que se puedan buscar. Frente a la sucia zafiedad de considerar el franquismo algo normal en su contexto europeo, bendita republicolatría.

jueves, 5 de julio de 2012

LA RESTAURACIÓ (1875-1931): TEMARI 2n BATXILLERAT


1. Una definició del sistema dinàstic

- Regnats, fases i cronologia
- Visions optimistes i pesimistes, respecte dels fets anteriors
- Les bases socials: la gran burgesia financera.
* Les gran famílies de Barcelona, segons Gary W McDonogh: els Güell-López
* La “febre d'or” de Narcís Oller: Eixample, fil·loxera, colònies
* Exposició Universal i “star system” modernista

- Les eines d'assentament del sistema dinàstic
* La constitució de 1876
* La pacificació (cantonalisme, carlisme, Cuba)
* El carisma alfonsí i la propaganda borbònica


2. Les característiques del sistema
- Sobirania compartida i “rei soldat”
- El pacte de El Pardo i el torn pacífic
- Un funcionament sistemàticament corrupte
*Encasillado
*Tupinada
*El caciquisme: negociació o violència

- “Divorci entre l'Espanya real i l'Espanya oficial”)

3. Els crítics del sistema

a) Els obrers, entre el sindicalisme i l'anarquisme

b) El catalanisme polític

Primera fase de la Renaixença (1813-1833): la recuperació de la llengua
Segona fase (1833-1859): consolidació i institucionalització
Tercera fase (1859-1881): plenitud i popularització
Quarta fase (1881-1898): presa de consciència política
- La corrent federalista de Valentí Almirall (1881-1886)
- La corrent conservadora del grup “La renaixensa” (1888-1892)
- La corrent tradicionalista (1892)


c) Els independentistes cubans

4. Les conseqüències del “Desastre”
- Planteja la decadència i el regeneracionisme: Joaquin Costa
- Nou paper de l'exèrcit: la invenció de l'”enemic interior”
- Un nou tipus d'intel·lectual: la generació del 98
- Exasperació dels nacionalismes perifèrics
* Nova fase del catalanisme: participació amb Silvela i "tancament de caixes"
* Amb projecte propi: la Lliga Regionalista i la visita del rei del 1904.


5. Alfons XIII (1902-1931): la crisi del sistema dinàstic.

- L'enfonsament del civilisme: Fets del Cu-cut, llei de jurisdiccions i Solidaritat catalana

- El regeneracionisme conservador d'Antoni Maura

- L'enfonsament del pacte de El Pardo, amb motiu de la Setmana Tràgica
Les causes del conflicte:
Mobilització de reservistes, després del Barranco del Lobo
L'anticlericalisme del Partit Radical de Lerroux
La lluita per l'espai públic: l'obertura de la Via Laietana

Les conseqüències de la Setmana Tràgica

- El regeneracionisme liberal de Canalejas

- La Mancomunitat i la generació del noucentisme

- L'enfonsament de l'ordre públic: la crisi de 1917
Espanya i la Gran Guerra
Les Juntes de Defensa
L'Assemblea de Parlamentaris
Un nou tipus de sindicat, després del Congrés de Sants
La vaga de La Canadenca, i el "trienni bolxevic"


- La dictadura de Primo de Rivera (1923-1930)
Protegir la burgesia davant l'espiral de violència pistolerista
Protegir l'exèrcit: el desastre d'Annual i l'Expedient Picasso
Les polítiques: un "cirurgià de ferro"?

martes, 3 de julio de 2012

LA DICTADURA FRANQUISTA (1936-1975): TEMARI 2N BATXILLERAT



Introducció: el debat historiogràfic sobre la naturalesa del règim i del dictador

La fase falangista o blava (1939-1943-1945)

- La repressió sistemàtica: aparell legal i formes
- La preponderància política de Falange, després del decret d'unificació
- La política exterior: el mite de la "no participació en la guerra"
- Una política econòmica autàrquica: racionament i mercat negre
- Una societat famolenca, poruga i delatora
- La consideració de l'oposició com adversari militar: el maquis

La fase nacionalcatòlica (1945-1956)

- Els aliats, de l'aïllament al perdó (en el nou context fred)
- El camuflatge: Lleis Fonamentals i "democràcia orgànica"
- El nou personal polític: l'ACNP en el context cristianodemòcrata europeu
- L'oposició, de les expectatives a la decepció
- La monarquia, de Lausanne a Estoril
- L'economia, de l'autarquia a l'obertura
- Una societat puritana, adoctrinada i hipòcrita

La fase desenvolupista o tecnòcrata (1957-1969)

- La triple crisi de 1956: econòmica, universitària i colonial
- La 7ª potència industrial: mites de la modernització i la "dictadura necessària".
- Una sociedad en procés de modernització
- Els 5 fronts opositors:
* El món del treball: Comissions Obreres
* L'església conciliar
* Els nacionalismes: dels Fets del Palau als primers atemptats d'ETA
* El món universitari i intel·lectual
- El retrobament de l'oposició a Munich i les "diplomàcies substitutòries"
- L'enfrontament entre les famílies del franquisme: reformes i "Cas MATESA"

El tardo-franquisme (1969-1975)

- Una oposició organitzada i cada cop més general
- El règim acaba com va començar: aïllat i matant
- Els governs monocolor (1969-1974)
- Continuistes, reformistes i evolucionistes
- El govern Arias Navarro (1974-1975)

domingo, 1 de julio de 2012

¿QUIÉN ATENTÓ CONTRA PRIM?




El director del departamento de criminología de la Universidad Camilo José Cela, Francisco Pérez Abellán, ya está en Reus investigando la momia de Prim. El periodista especializado en sucesos siempre ha criticado que el Museo del Ejército de Toledo hubiera restaurado la berlina tiroteada y la levita que llevaba el general en el momento del atentado: seguro que sus conclusiones nos amenizarán el verano. Estando el tema de actualidad, Damià, uno de mis mejores compañeros de trinchera, me ha prestado un libro tras una apasionante charla entre clase y clase. Su autor, el sociólogo José Maria Fontana Bertrán, pretende arrojar algo de luz sobre “el magnicidio del general Prim”, añadiendo a ese título en la cubierta el efectivo llamamiento “los verdaderos asesinos”. Con ambición historiográfica, toma de Stefan Zweig una apelación a la lógica y la deducción cuando las fuentes están manipuladas o alteradas, que pretende utilizar para interpretar los 18000 folios del enrevesado sumario judicial instruido para averiguar quién disparó al general en la calle del Turco. Aunque no se entretiene en describirnos las 18 muertes en circunstancias extrañas que se produjeron durante los cuatro años que duraron sus diligencias, el ensayo cuenta con una trama trepidante y fuentes de todo tipo. Parte del conocimiento casual, por parte del autor, de la compraventa de una finca, el heredamiento de Sanuy: en la finca, propiedad del general Caballero de Rodas, se refugiaron los autores materiales del magnicidio, entre los que se contaba el capataz del general, un tal Ramón García. Desde ese punto, Fontana Bertrán desarrolla un thriller, empujado por el sorprendente encuentro con una calle y un callejón llamados “del Turco” en Montejo de la Sierra. Al interesarse por qué circunstancias los bautizaron, le respondieron que allí se había suicidado “el tío García, el asesino de Prim”, hacia 1930. Y ni corto ni perezoso, Fontana Bertrán buscó el acta de defunción: por ella supo que el sospechoso murió con 78 años (lo que significa que tendría 18 en 1871) por culpa de una oportuna “hemorragia traumática” que permitió superar cualquier traba en la exhumación de un suicida.


Aunque el libro apenas repasa la carrera de Prim a vista de pájaro, se intuye cierta simpatía por el personaje. Prim seduce fácilmente porque vivió deprisa y de forma temeraria, hasta el punto que podríamos decir que aquella “caixa o faixa” pronunciada el mismo año en que se pronunció en Reus contra Espartero (1843) llegaría a ser un lema vital. La empatía que se respira entre líneas evita la parte turbia de Prim, que quizá nos facilitaría la comprensión de la versión oficial del asesinato, que señala a los republicanos. El lado oscuro del general va más allá de 1843, cuando se pronuncia por la burguesía proteccionista que derribó al regente Espartero; también hay sombras en su gestión de la esclavitud siendo gobernador de Puerto Rico, y algún interés inconfesable en la expedición contra el México de Juárez. A la fama de aguerrido héroe que le garantizó la campaña de Marruecos, donde su paisano Mariano Fortuny le pintó un célebre spot, añadió en México la de político avezado al zafarse del abrazo de Napoleón III. A aquel agravio Eugenia de Montijo añadiría otros cuando Prim le facturó a París a Isabel II, cuando la candidatura por el trono vacante de la reina ejerció de chispa de la guerra contra Prusia que dejó a Doña Eugenia sin trono imperial y cuando, pocos meses de exilio después, su esposo Luis Napoleón se consumió de pena para siempre.

Sin embargo, el impulso francés que mató a Prim no fue imperial, sino el de un Orléans, casado con la hermana de Isabel II y por ello eterno aspirante. El duque de Montpensier fue en realidad quien -tras intentar derribar al gobierno provisional surgido de La Gloriosa comprando diputados y periódicos, sin conseguir mayoría parlamentaria ni estado de opinión favorable, sabiendo que un golpe era imposible porque Prim controlaba bien el ejército- decidió optar por la vía rápida. La desaparición de Napoleón III, que hubiera vetado a cualquier Borbón en España porque se sentaba en un trono que fue suyo, despertaba la ambición de Montpensier tanto como la nueva III República Francesa ofrecía al general Serrano el modelo de MacMahon, un militar que con mano de hierro y disfraz republicano regía ahora los destinos de Francia. Sin embargo, Prim decía claro que “ni Borbones ni república”, lo que tejió con opositores tan dispares una intrincada madeja de relaciones oportunistas: a Montpensier y Serrano cabe añadir los carlistas -excluidos en la búsqueda del nuevo rey-, los azucareros cubanos y los empresarios partidarios del proteccionismo. “Todos tienen motivos, todos callan, algunos financian, otros esconden a los asesinos, otros entorpecen el proceso, dos curaron mal al paciente”, dice Fontana Bertrán, y remata con ingenio que "entre todos lo mataron... y él solo se murió" porque al final fue una septicemia la que mató al general. Una trama realmente terrorífica, que Pérez Galdós descubrió a Pío Baroja , según éste confesó -sorprendido después de que finalmente fuera silenciada por Don Benito en el Episodio Nacional correspondiente- en “Desde la vuelta del camino” (Barcelona, 2006, p. 299). Parece que eso mismo cuenta también Julio Caro Baroja en un artículo en los Cuadernos hispanoamericanos (números 265 y 267, julio y septiembre de 1972)

Así es como el libro va recopilando indicios para demostrar que no fue el radical republicano Paúl y Angulo quien mató a Prim, sino que sus iracundos artículos en “El Combate”, -más célebres por lo que se supone que dicen que por haber sido leídos, como dice A. Piqueras- constituyen el tupido velo que permite proteger así a los verdaderos culpables. El libro depara también al lector algún susto -¿cuándo fue saqueado por última vez el sumario de Prim?-, algún escándalo -con quién se acostaba la esposa de Serrano- y algún cotilleo suculento sobre el hijo del matrimonio. Finalmente, intenta también deshacer la madeja catalana de la conspiración, en la que participan los industriales Antoni Sedó Pàmies y el controvertido Josep Puig i Llagostera: como dice Ángel María Segovia (“Figuras y figurones”, 1881) “uno de esos tipos industriosos y activos que tanto caracterizan al país catalán y tanto levantan el espíritu mercantil”; para otros, en cambio, Puig i Llagostera será el típico burgués siniestro que -aún amasando fortuna aprovechando la filoxera en Francia, la esclavitud obrera en sus fábricas, el contrabando de algodón en las Antillas, los cargos ganados con pucherazos ya en tiempos de la Restauración- se atreve a criticar en el opúsculo “Cortar por lo sano” esa “enfermedad crónica de nuestro país que consiste en un hambre desordenada de comer sin trabajar”. ¡Vaya quién habló! Cuando Laureà Figuerola le llamó vil y miserable por acusarle, en un debate parlamentario, de traicionar a Prim, respondió “así califica al país productor esa vil oligarquía de la nómina que olvida insensatamente que a él le debe la importancia que se da y el pan que come”. ¡Vamos, que en tanto fabricante le teníamos que dar las gracias por sus piraterías! Esa oposición consistente en meter el dedo en el ojo y denunciar aspiraciones totalitarias en la reacción del ojo malherido, tan calcada a la de Mourinho o el Partido Popular, refleja la baja estopa de estos trileros de medio pelo. La Restauración borbónica premiará los servicios prestados por Puig i Llagostera, y otros industriales, como Sedó Pàmies lo fue con suculentos pagos estatales por vestir al ejército que combatía en Cuba, donde toda esta caterva de sátiros forzaría al gobierno a resistir, para garantizar la continuidad de sus turbios ingresos, “hasta el último hombre y hasta la última peseta”.

Hay muchos indicios que apuntan a este lobby como instigador del asesinato de Prim. La acusación que recae sobre Paúl y Angulo no tiene mucho sentido: ¿quién proferiría imprudentes amenazas públicas si prepara el asesinato del objeto de su rabia?. Los republicanos, por otra parte, no aprovecharon la inestabilidad generada por el asesinato para ninguna insurrección, y nadie pudo demostrar nada contra los que fueron detenidos. La pérdida de pruebas, los testigos asesinados y el desfile de trece jueces por la instrucción demuestran que los instigadores tenían mucho poder. Una vez casado el príncipe Alfonso con la hija de Montpensier, María de las Mercedes de Orléans, se sobreseyó el sumario. Suscribo la pregunta con la que Fontana Bertrán cierra su libro después de recoger indicios mucho más sutiles: ¿cuántos hacen falta para convertirse en pruebas?


Y puestos a preguntar... si se proyectan sospechas sobre el ensayo de Pedrol Rius, que querría exculpar a los Borbones mientras Franco preparaba la proclamación del Príncipe Juan Carlos como sucesor, ¿que intención podría tener ahora la recuperación de todas esas dudas? ¿Tan sólo nos mueve la ciencia? ¿Podremos celebrar el bicentenario del nacimiento del general aclarando quién lo mató, o escaparán de nuevo los asesinos?





domingo, 20 de mayo de 2012

CENTENARIO DEL TITANIC: "EN EL FONDO", UNA SOCIEDAD




Con la que está cayendo, es inevitable pensar que Joan Manel Serrat y Joaquín Sabina titulan su último trabajo “La orquesta del Titanic” porque se sienten como aquellos músicos presenciando en cubierta, mientras tocaban, el hundimiento de un modelo social que se precipita hacia el fondo de unas aguas tan oscuras como gélidas. Con ese título también están denunciando la impertérrita asistencia al trágico espectáculo de sus inminentes perjudicados. Del mismo, modo, el 26 de abril pasado se conmemoraba el centenario del hundimiento del Titanic sin que ninguna reflexión buscara advertencias o lecturas que nos permitan cambiar el rumbo: nos precipitamos hacia el iceberg con cansina indiferencia sin que nadie alce la voz, mientras los de tercera clase nos conformamos con las lecturas más triviales de la tragedia. De la de 1912, y de la de hoy.


Con motivo del reciente centenario del hundimiento del Titanic he detectado referencias mediáticas de dos tipos. Por un lado están las que escarban en la experiencia de los españoles que viajaban en el barco: posiblemente sea un recurso periodístico para acercar la tragedia al espectador de hoy. Así encontramos a quienes agitan la bandera celebrando que 4 de los 8 viajeros españoles eran catalanes, y a los que -como en el documental que sigue la pista al J. Dawson real, cuyo nombre bautizó al protagonista de la película de James Cameron- se sobrecogen con la historia de la joven pareja formada por Víctor Peñasco, cuyo frac ha sido subastado junto con una infinita lista de objetos rescatados de los restos del barco, y su esposa Josefa Pérez de Soto, que se salvó junto con la doncella. Las dos anécdotas buscan a las personas que se esconden tras la historia, aunque resulta espeluznante comparar la trayectoria del J. Dawson real, que vivió (y murió) matándose a trabajar, con la parejita que llevaba cien millones de pesetas gastados en un viaje por Europa que parecía no tener fin. La mirada humana a las tragedias individuales de 1912 se adorna con confusas conjeturas sobre el significado del azar: que si el propietario de la White Star Line, J.P. Morgan, canceló su viaje en la suite presidencial debido a una enfermedad repentina, que si el matrimonio Vanderbilt decidió no embarcar en el último minuto y dejó a bordo a sus sirvientes, que si la camarera argentina Violeta Jessop había sobrevivido meses antes al choque del buque Olimpic y se salvaría también meses después del bombardeo del Britanic por un submarino alemán, que si Milvina Dean se embarcó con 10 semanas de edad y falleció el mismo día –hace tres años- en que se cumplían 98 de la botadura del Titanic…

En fin. Historias para no dormir que se aderezan con otra mirada sobre el pasado: una segunda lectura que pretende dejarnos boquiabiertos ante un rosario de cifras y datos estúpidos, capaces de celebrar el triunfo tecnológico sobre las reglas de la naturaleza. En esa categoría podemos incluir la descripción del Titanic como un palacio flotante dotado de ascensores, piscina, café, biblioteca, sala de fumadores, baños turcos, gimnasio, barbería, y aquella espléndida escalinata bajo una cúpula acristalada que la bañaba de luz natural. Que si tenía capacidad para 1320 pasajeros y 909 tripulantes, que si medía 269 metros de eslora, que si había costado 7 millones de dólares de entonces, unos 180 millones de dólares actuales, que si el pasaje más caro costaba unos 4.350 dólares (unos 77.500 de los actuales) y el más barato, en tercera clase, apenas 34 dólares (poco más de los 600 actuales). Esas cifras vuelven a encandilarnos hoy, y nos distraen de la cifra más importante: y ésta no es que en el Titanic había 400 pinzas para espárragos, sino que había 20 botes salvavidas que apenas cubrirían para 1.200 personas, algo más de una tercera parte de los que viajaban en su trayecto inaugural.

Urge pues una reflexión sobre el mito de la insumergibilidad, tan exultantemente proclamada por el capitán Edward John Smith, cuando declaró que “Ni siquiera Dios podría hundirlo”. Esa confianza ciega convierte al desmesurado y excesivo trasatlántico, como dice Xavier Valls en Historia y Vida, en el “perfecto reflejo de una sociedad que también soportaba una carga exagerada de orgullo y codicia”. Y sin embargo, seguimos rindiendo culto a los capitanes de empresa, olvidando una vez más que el veterano capitán, que debía jubilarse al terminar la travesía, no dudó en acelerar la velocidad, apremiado por J. Bruce Ismay, presidente de la compañía y pasajero, quien confiaba en llegar a Nueva York un día antes de lo previsto, a costa de navegar de noche a toda velocidad, pese a los avisos de icebergs que se habían recibido. En lugar de tomar de la tragedia lecciones sobre el crecimiento descontrolado como si fuera infalible, o sobre la naturaleza de los piratas del capitalismo, la frivolidad con la que nuestros medios han saludado el centenario del Titanic apenas considera estas dos lecturas: la del hombre sujeto al azar y la de la tecnología deslumbrante. Son miradas propias de nuestro tiempo, tan presto a sustituir la reflexión científica por la explicación casual, tan empeñado en sustituir lo trascendente por lo trivial, y las lecturas científicas por la no existencia de lecturas. Todo, en definitiva, muy postmoderno. Así es como la conmemoración del centenario nos ha mostrado estúpidos y ostentosos viajeros recreando el viaje con patéticos disfraces de época, y a los descendientes de las víctimas acudiendo a una absurda cena en el museo marítimo de tres cifras el tenedor. Mientras esos placeres, que dan vergüenza ajena, se reservan a nuestros pudientes, a los del billete de tercera nos ofrecen oportunidades menos suntuosas: una exposición que nos cobra 15 euros por mirar de lejos la cubertería, y una película que –si no te traes las gafas para visionar en 3D de casa- te cuesta 9 euros. En definitiva, el Titanic es un negocio que sigue a flote.


No debería extrañarnos: sabemos que nuestro mundo hace malabares económicos con todo cuanto pueda tener precio. Sin embargo, a mi me parece que la imaginería barroca que constituye el visionado 3D, constituye una oportunidad más para releer la tragedia con la ira que merece, porque retrata una realidad escalofriante: como el Titanic entonces, hoy se hunde una sociedad entera, pero como entonces los más débiles llevan el mayor peso de una desgracia a la que apenas han contribuido. Parece mentira que, siendo Titanic una de las películas con más recaudación en taquilla de la historia del cine, con la relevancia que le da ser una de las películas más premiadas de todos los tiempos, nadie la utilice para comparar la situación que denuncia con nuestro presente. ¿Ni la larga sombra que proyecta esta película sobre la historia del cine despierta nuestra conciencia sobre la realidad que retrata?. La película que produjo y dirigió James Cameron en 1997 reconstruye el hundimiento del barco de pasajeros más grande y lujoso de su época, pero ¿hacía falta que, al convertir el crucero en el telón de fondo de la historia de amor entre Jack Dawson y Rose DeWitt Bukater, inventara que los dos personajes pertenecieran a clases sociales distintas?

Yo creo que no hacía falta, de lo que deduzco que Cameron quiere denunciar algo más. Me da la impresión que “Titanic” es una película con trasfondo social, que quiere que advirtamos las profundas diferencias que separaban a los personajes enfocando con precisión la distinta consideración que dispensa la tripulación hacia los pasajeros en función de su clase. Las escapadas de los dos jóvenes nos permiten seguirles por casi todos los espacios del gigantesco trasatlántico: las distintas cubiertas, la sala de máquinas y los compartimentos de tercera, aunque también les acompañados hasta el lujoso camarote de Rose, repleto de joyas y muebles elegantes, en el que hay cuadro de Monet.


Me parecen especialmente brillantes las secuencias en las que cada uno de los jóvenes descubre el entorno social que no le es propio: Jack se siente incómodo en los lujosos salones con su frac prestado, y Rose presencia las diversiones de las clases subalternas, cuya vida idealiza el director como menos artificiosa, más auténtica, más libre. En la bodega, lejos del suntuoso camarote, se producirá el encuentro más íntimo, en una metáfora del amor que prescinde de lujos y adornos. La mirada al fascinante entorno que dirigen los jóvenes durante sus escapadas nos permite mucho más que reparar en la obra maestra de la ingeniería que fue el Titanic. También nos descubre el barco como un trazado urbanístico que ordena las categorías sociales: “en el fondo” era una ciudad industrial, con barrios burgueses –céntricos, confortables, estéticos- y barrios obreros, periféricos e insalubres. Las diferencias entre ricos prepotentes y pobres soñadores se mantuvieron en el trágico desenlace: aunque la preferencia, al abandonar el barco, la deberían tener las mujeres y los niños, se privilegió a los ricos como si su vida tuviera más valor. Sin embargo, ninguna de las miradas de hoy al Titanic menciona, ni contrasta, la secuencia en la que se cierran las puertas del compartimento de tercera clase, privando a muchos pobres de ganar su oportunidad para salvarse. Así fue como...
- de los pasajeros de primera clase fueron rescatados con vida 199 y perecieron 130. Sobrevivió el 60%
- de los de segunda se rescataron 119 y perecieron 166. Sobrevivió el 42%
- de los de tercera se rescataron 174 y perecieron 536. Sobrevivió el 25%

Nadie a mi alrededor parece escandalizarse; sólo James Cameron concluye su "regreso" documental explicitando que la parábola del Titanic nos debería permitir reflexionar sobre el culto al progreso y lo compara con un microcosmos de nuestro mundo, que se precipita hacia un nuevo iceberg, el cambio climático, sin que la inercia económica nos permita cambiar el rumbo porque “demasiados ganan con este sistema y no están dispuestos a soltar el timón”. Quizá sólo podamos hacer algo cuando llegue la hora de la verdad, el peligro inminente. O quizá entonces ya sea demasiado tarde. En cualquier caso, "Titanic" permite presagiar cómo funcionará la tragedia y quién pagará el precio...



viernes, 6 de abril de 2012

GOYA EN EL CINE. Y CAYETANA DE ALBA...


Las tres últimas aproximaciones cinematográficas a Goya han sido comentadas por Mercedes Águeda Villar (“Goya en el relato cinematográfico”, Cuadernos de Historia Contemporánea, 23, 2001) y Eva Otero Vázquez, de la Universidad de Santiago de Compostela (“Francisco de Goya en el cine”). De su lectura se puede deducir que podemos clasificarlas atendiendo al criterio que utilizan al tratar la figura del pintor. Por un lado, en 1999 se estrenaba “Goya en Burdeos”, una reflexión sobre la personalidad y el arte del pintor que Antonio Saura dedicó a su propio hermano, recientemente fallecido y admirador de Goya. Según Eva Otero, la película se inspira en el libro de Jacques Fauque y Ramón Villanueva EchevarríaGoya y Burdeos: 1824-1828”, consultado por el cineasta en Costa Rica mientras rodaba “El Dorado”.


Mercedes Águeda fijaba más su atención en el otro tipo de películas; aquellas en las que Goya es un personaje más de una trama que –aparentemente- le es ajena. La que conocemos como “el Goya de Bigas Luna” (estrenada también en 1999) se basa en la novela “Volavérunt” que Antonio Larreta (Premio Planeta 1980) dedicó a la muerte de la de Alba en manos de la reina (1802), y “el Goya de Milos Forman” (“Los fantasmas de Goya”, 2006) hace de don Francisco un personaje secundario en una trama que prioriza la historia del dominico Lorenzo Calamares. Aunque ambas películas convierten al aragonés en el personaje de una trama, se diferencian por el tratamiento que otorgan al contexto histórico: mientras “Los fantasmas” recrea con acierto los ajetreados comienzos del XIX español, “Volavérunt” apenas recrea en la corte de 1797 una sucesión de intrigas, envidias y romances furtivos, por lo que Mercedes Águeda afirma que, en Volavérunt, “sólo los decorados y los vestuarios nos recuerdan que es una película histórica y no un thriller pasional”. El rigor histórico, por tanto cuenta menos: por eso la catedrática de la compluetense critica la ambientación del despacho de Godoy, por ejemplo, “con las majas tras la mesa el despacho”, algo que le resulta poco verosímil, porque –“aunque la idea del dispositivo mecánico con poleas es creíble”, los han reproducido dentro “de este artilugio con los marcos, no de (la misma) época, que los cuadros tienen en el Prado actual”.


Una relación misteriosa

Volavérunt se sirve del flash back para narrar las respectivas visiones de Goya, Godoy y Pepita Tudó sobre la noche en que falleció la duquesa de Alba. “Goya en Burdeos” comparte con Volavérunt ese recurso, pero Saura lo utiliza como continuo viaje en la memoria desde Burdeos hasta sucesivos momentos de su pasado lejano. Esa cobertura cronológica, más amplia, obligó a buscar dos actores que encarnaran al pintor: el joven trepa tiene la cara de José Coronado, y al Goya maduro, de vuelta de todo, encerrado en su mundo por nostalgia de España y por su sordera –que Saura escenifica permanentemente con vocalizaciones excesivas y tonos de voz elevados- lo interpretó Francisco Rabal (por tercera vez en su carrera profesional). En la película de Bigas Luna fue suficiente un solo actor –Jorge Perugorría-, y la sordera apenas cuenta: el director se limita a potenciar la mirada del pintor, convertido en testigo mudo de la pérdida de la belleza de Cayetana hasta lograr tal intimidad que se verá envuelto en la sospechosa muerte de la aristócrata.


Ese encuentro sexual, motivado por el desplante de Godoy, de quien la duquesa parece enamorada, constituye el tercer vértice de una relación que es más afectiva que amorosa. El pintor nos deja intuir su devoción por la bella aristócrata, pero la familiaridad que se profesan apenas se manifiesta cuando ella lo llama Pancho –diminutivo de Francisco, que el pintor nunca empleó- y en algunas miradas. La Cayetana de Volavérunt aparenta despreocupada y alegre, de cara a la galería, pero permanentemente entristecida por la soledad y la pérdida de la juventud, de puertas adentro. En Volavérunt, la única referencia a la vinculación de Cayetana con lo popular es la presencia de cantantes, toreros y pintores en su último banquete. En cambio, Carlos Saura retrata una Cayetana más castiza vistiendo a Maribel Verdú como en los retratos de Goya, haciéndola acudir a las fiestas a orillas del Manzanares, donde -como se ve en el vídeo enlazado- llama la atención de un joven Francisco distinguiéndose del refinamiento de los miriñaques francófilos que imperan en el salón de los Osuna.


Otra cosa es si ese encuentro se produjo en realidad. Carmen Güell había defendido (“La duquesa de Alba”, 2002) la relación entre el pintor y Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo, XIIIª duquesa de Alba. Pero el trabajo de Manuela Mena y Gudrun Mole-MaurerLa duquesa de Alba, musa de Goya” (2006), lo desmintió. En una reseña sobre este libro que Elena Vozmediano publicó en ABC el 15 de marzo de 2007, se decía que el libro de Manuela MENA “surge de la confrontación en 2004 de los dos grandes retratos de la duquesa de Alba”, la "Duquesa de Negro" hoy en la Hispanic Society of America, con "La duquesa de Blanco", propiedad de la Casa de Alba, que la exposición “El retrato español” hizo posible. Constataba también que las autoras reconocían que la escasa documentación no permitía aportar datos significativos sobre la hipotética relación entre el pintor y la duquesa. Quizá por eso, sus argumentos tampoco parecían concluyentes y apenas sustituían el arquetipo de “amor impulsado por el genio que rompe las barreras sociales” por el de “noble que favorece al artista elevándolo”, un tópico que Vozmediano remontaba hasta el derecho exclusivo del pintor Apeles de representar a Alejandro. Ese “a mi sólo me pinta el mejor” sería el significado del “Sólo Goya” escrito sobre la arena en el retrato de la duquesa de negro, según Manuela Mena. Aunque en su crítica Elena Vozmediano reconocía que la tesis no era imposible, añadía que “no parece que ni la libertad creadora ni la personalidad de Goya se pudieran ajustar al papel de criado que Mena le adjudica en la corte de los Alba”, papel por el que la duquesa habría recordado al hijo del pintor, Javier Goya, en su testamento.


Vozmediano cuestiona también la interpretación de la firma del pintor, en el suelo y junto al perro, en la duquesa con vestido blanco, como expresión de fidelidad y lealtad. A su entender, esa “lealtad” debería justificarse, lo cual no sería fácil: no hay signos de servilismo en la obra de Goya, no sabemos hasta qué punto jugó en las luchas políticas. Vozmediano criticaba también el retrato de una duquesa afectada de una “tristeza incurable”, a pesar de que se le atribuían un temperamento poco convencional, y amores con Godoy o el torero Pedro Romero. ¿Qué argumentos nos permiten intuir que hubiera relación? Esa fama de viuda alegre, su parecido con la “Maja desnuda”, la inscripción “Sólo Goya” señalada por la “duquesa de negro”, los anillos con los apellidos Goya y Alba o el capricho “Volavérunt”, que se interpreta como reacción del Goya rechazado, y una carta de Goya a su amigo Martín Zapater, en la que explica que maquilla a la duquesa, lo que sugiere cierta intimidad, una intensa cercanía, la que las películas nos presentan.


Todos esos indicios no nos proporcionan ninguna prueba concluyente del romance, respondería Manuela Mena. De todos modos, tampoco los que ella aporta nos demuestran lo contrario: advierte la desigualdad de clase y educación entre ambos, una gran diferencia de edad (ella era 18 años menor), y el hecho de que no se conservan cartas cruzadas entre ellos. Al aprecio que la duquesa le demostró incluyendo al hijo de Goya, Javier, entre sus herederos, Manuela Mena responde que hizo lo mismo con otros criados y sirvientes, con el bibliotecario, o el médico; y añade que también Meléndez Valdés o Manuel José Quintana dedicaron encendidos poemas de amor a la duquesa como mecenas. Por si fuera poco, aporta una carta hallada en el Archivo General del Palacio y en el Archivo Histórico de Protocolos, que Carlos Pignatelli, hermanastro de la duquesa y primo del duque de Alba, envía desde Sanlúcar de Barrameda al duque de Granada. En la posdata, la duquesa de Alba escribe de puño y letra un pequeño texto, en el que desvela su gran amor por su marido y la desolación en la que quedó sumida tras su muerte. Dice textualmente así: «Q.do Primo y amigo el dolor que despedaza mi corazon no me permite el escribir pero si espero que en mi reuniras la confiansa y amista que tenias con mi nunca bien ponderado Pepe. Compadeceme y manda cuanto quieras a la mas desgraciada de cuantas an nacido». Las especulaciones que la tildaban de viuda alegre, dice Mena a la vista de ese fragmento, carecen de credibilidad. A mi más bien me parece que el debate sigue abierto, y que hay todavía mucha investigación por delante.

domingo, 1 de abril de 2012

MADRIZ NOS MATA... PERO, ¿DESDE CUANDO?


El mes pasado, los ministros de Transporte de la UE calificaron como proyecto prioritario el corredor mediterráneo, y la ministra española de Fomento fue la única que se opuso al compromiso argumentando que debía incluir también el corredor central. La actitud acérrimamente centralista del gobierno no es sólo reaccionaria, sino la lógica continuidad de un proyecto de estado que tradicionalmente definimos como francófilo. Esa calificación podría resultar confusa en tanto podría hacernos pensar en cierto jacobinismo radical, cuando en realidad las raíces históricas de la inspiración centralista francesa son anteriores. Ya en 1755 se imprimieron en Madrid las “Memorias literarias de París”, donde el secretario de la embajada española en París entre 1747 y 1750, Ignacio de Luzán, glosaba sus impresiones sobre una ciudad a la que veía como “el centro de las ciencias y las artes, de las bellas artes, de la erudición, de la delicadeza y el buen gusto”. Una vez más, por mucho que se quiera ver en la inspiración parisina una inusitadamente prematura muestra de ilustración, la lógica territorial que nuestros ilustres francófilos copiaron, más que por racionalizar y proyectar ninguna Luz, se importaba por controlar.


¿Controlar qué? Germà Bel empieza su exitoso ensayo “España, capital París” recogiendo los tres motivos con los que José Luis García Delgado, catedrático de economía aplicada de la Universidad Complutense, explica en “Madrid, capital económica” (Arbor, 2001) la importancia que alcanza la economía de Madrid: “la situación geográfica que ocupa en el centro geométrico del territorio peninsular, (…) la capitalidad político-administrativa (…) de la burocracia pública con competencias sobre todo el territorio nacional (…) y el sistema radial de transportes y comunicaciones interiores, al que responden básicamente los trazados postal, ferroviario y de carreteras (y de tráfico aéreo regular más tarde)”. Queda claro que la cuestión, pues, no es moco de pavo: los expertos coinciden en señalar que el sistema de comunicaciones influye notablemente en la prosperidad de la capital y Germà Bel les otorga un papel tan fundamental en la vertebración de determinado concepto de España como el que tuvieron la división provincial (1833), la creación de las diputaciones tres años más tarde, la publicación del Código Mercantil publicado bajo Fernando VII, la unificación del código penal bajo Isabel II, la ley de enjuiciamiento civil y criminal publicada durante el Sexenio, y el Código Civil de la Restauración.


Al rastrear los orígenes de ese sistema, Bel encuentra inspiración francesa, sí. Pero nada jacobina, y en cambio muy absolutista. Así es como compara el sistema de caminos introducido por los Borbones con la red anterior que, bajo los Austrias, se basaba todavía en la red de calzadas romanas. Era, dice, “una red de conexiones en malla, formando una red descentralizada menos densa en el noroeste”, tal y como se desprende en el “Repertorio de caminos” (Juan Villuga, Medina del Campo, 1546). Las proyecciones cartográficas reproducidas en el libro permiten comprobar que, efectivamente, se trataba de un buen puñado de itinerarios de este a oeste que discurrían por los valles de los grandes ríos, cruzados por muchos otros de norte a sur.


Pero llegaron los Borbones, como diría Ignacio de Luzán “cargados de buen gusto”, y publicaron el 23 de abril de 1720 el “Reglamento General para la Dirección y Gobierno de los Oficios de Correo Mayor y Postas de España”. El documento en cuestión establece, entre otra cuestiones, la relación de las carreras de postas con indicación del origen y destino de cada carrera, configurando una red radial centralizada en Madrid para ir a Bayona (por Irún y Pamplona), Barcelona (y la frontera francesa), Valencia, Murcia (y Cartagena), Cádiz (por Sevilla), Badajoz y Galicia (por Medina del Campo, con un ramal a Salamanca). Esas “carreras reales” (hoy de la A-1 a la A-6) articularon radialmente el territorio para facilitar al gobierno de la monarquía la transmisión de instrucciones y el flujo de información desde la periferia. En definitiva, una lógica estrictamente política, ajena a la lógica económica, que sigue siendo el paradigma que mueve la administración española: el control es preferible a la prosperidad.

Las funestas consecuencias de ese centralismo van más allá. César Molinas ha publicado recientemente un artículo en El País que las busca en el mismo origen de la capitalidad. Comienza recordando que, desde antiguo, los enclaves humanos se fijaban junto al mar o ríos navegables porque “en ausencia de autopistas, ferrocarriles y aeropuertos, el agua ofrecía el medio de transporte más rápido, barato y seguro”. Y que ese flujo permitía también la circulación de ideas e innovaciones. Una mirada rápida al entorno europeo permite constatar que Madrid es la excepción en la larga lista de capitales con acceso al transporte marítimo o fluvial. Pero a esos centenares de kilómetros que alejan la capital del agua navegable más cercana hay que añadir otra peculiaridad que también contribuye a hacerla única: la altura. Y es que Madrid, tras Andorra la Vella, es la capital más alta de Europa.

El debate sobre por qué Felipe II apostó por Madrid –mal comunicado, elevado- y descartó Barcelona, Sevilla o Lisboa viene de muy lejos. Alfredo Alvar Ezquerra escribió en 1985 (“Felipe II, la corte y Madrid en 1561", CSIC) que hubiera sido inconcebible establecer la corte fuera de Castilla, “en el extranjero”. En la monografía que Fernández Álvarez dedicó al rey se presenta como teoría la posición central y la consecuente seguridad defensiva. Es una interpretación que no explicaría que se prefiriera Madrid a Toledo, que también ocupa una posición central, era mayor en 1561 y tenía ya tradición cortesana. De hecho, del argumento geográfico sólo tenemos constancia documental durante la polémica por la sede de la corte desatada entre 1601 y 1605, cuando los tentáculos especulativos de Lerma consiguen establecer temporalmente la corte en Valladolid. No tenemos claro si privilegios territoriales, pretensiones nobiliarias o poderío eclesiástico eclipsaron respectivamente las posibilidades de Barcelona, Sevilla o Toledo; pero no hay duda ninguna de que la conversión de la villa en corte fue un hecho trascendental de la Historia de España: “la aberración geográfica de Madrid es una de las causas determinantes de la anomalía histórica de España, es decir, de su no incorporación a la modernidad”. Porque, según el articulista, ese centro inaccesible de un rincón de Europa, tan aislado de flujos económicos como de las ideas, lleno de aduladores cortesanos, desprovisto de ambición comerciante, se convirtió en “el bastión de la resistencia a la reforma protestante primero y a toda forma de progreso después, como ilustra la anécdota, por otra parte deliciosa, de que la lista de los 400 suscriptores españoles que tuvo la enciclopedia francesa estuviese encabezada por los principales ejecutivos del Santo Oficio”.


Según esa teoría, Madrid se convirtió así en la sede de un “capitalismo castizo”, basado en la captura de rentas y en la proximidad al poder, que –a través de los oscuros negocios de Fernando Muñoz o del Marqués de Salamanca- llega hasta quienes “hoy en día se sientan en el palco del Santiago Bernabeu”. Al decir eso, llama la atención sobre una manera de prosperar por el favor político, y nos recomienda la lectura de “El declive de los dioses”, de Mariano Guindal, “una crónica fascinante de los últimos 40 años de capitalismo castizo”, que retrata a empresarios, políticos, sindicalistas, obispos, estafadores, en definitiva ese retablo esperpéntico que clama contra la “ruptura de España” cada vez que la descentralización les priva de una parte de sus comisiones, privilegios y prebendas.

sábado, 24 de marzo de 2012

EXPOSICIÓ "EL DORADO"



Durant el mes passat va romandra al vestíbul de la Facultat de Dret de la Universitat de Barcelona, una exposició impulsada pel veterà lluitador pels drets LGBT Jordi Petit.

El títol "El Dorado” fa referència a un local de moda entre els homosexuals durant els anys 30 a Berlín: la seva clausura pels nazis simbolitza l’inici del camí cap a l’homoholocaust, més o menys alhora que Stalin començava les deportacions a Sibèria. Aquell salt enrere tan simbòlic respecte al Berlín dels anys vint és solament una excusa que recorda els progressos en la lluita per aconseguir la igualtat legal per part de la comunitat LGBT. La invitació a la inauguració de l'exposició, el passat 22 de febrer, que figura al començament d'aquest post, permetia contrastar els dos moments històrics mitjançant dues fotografies.


Aquest és un dels projectes que el Jordi ha pogut encapçalar després de deixar la secretaria general de la Coordinadora Gai-Lesbiana el 1999: aleshores la consagració diària a l’activisme li ho imperdia, però ara ha pogut dedicar-li un temps a aquest projecte. Pot semblar que "El Dorado" és una exposició de petit format però és prou compromesa, valenta, original, i  elegant com per despertar la curiositat per la memòria homosexual. Precisament aquest és l'objecte d'estudi de Carles Villagrasa –doctor en Dret, professor de dret civil en la Universitat de Barcelona, delegat a Espanya i Andorra de la European Comisión on Sexual Orientation Law (ECSOL)- juntament amb José Benito Eres Rigueira, per escriure la memòria dels gays, les lesbianes i els transsexuals, durant el franquisme i la Transició.

Fruit de la capacitat engrescadora del Jordi han estat l’aportació de fotògrafs com l’Stephen Breysse, i de les dissenyadores d’Indendent Catalònia Films. Jo mateix he tingut l’oportunitat d’ajudar-lo una mica amb els textos, que són molt sintètics perquè en aquesta exposició la imatge mana: es breu, ocupa apenes 6 metres linials, i això permet adaptar-la a tot tipus de local, perquè així sigui fácil fer-la itinerant.















domingo, 4 de marzo de 2012

ELIZABETH, UNA ESPECIE DE VIRGEN LAICA



Un lector me ha escrito preguntándome por qué el retrato de Elizabeth al que me refería en una entrada reciente se nos antoja tan postizo, tan irreal. No es fácil responderle, porque sabemos que no existe la documentación imparcial, sin prejuicios ni intereses. Los retratos, por ejemplo, constituyen parte del proyecto de pasar a la posteridad con una imagen digna, mejorada en la medida de lo posible. El caso de Isabel Tudor no sería ninguna excepción, pero en su caso parece que su figura ha sido tan retocada que incluso podemos cuestionar la veracidad de la imagen que nos ha llegado. Eso nos hace intuir que Isabel utiliza el retrato con fines más complejos que pasar a la posteridad con una imagen digna. ¿Qué necesidades la empujarán a hacerlo?

a) Antecedentes poco ilustres. Cuando Isabel llega al trono, sus súbditos la comparan inevitablemente con el recuerdo que había dejado su hermana. Cualquier talante crítico podría resumir el reinado de María utilizando el fracaso bélico que había supuesto la pérdida de Calais, el desorden religioso que había provocado el intento de volver a la ortodoxia católica sirviéndose de la alianza española, y la represión sangrienta de cualquier disidencia religiosa.

b) Su sexo, por otra parte, inspiraba escepticismo. La regencia de María de Guisa, en Escocia, y la propia huella de Bloody Mary, en Inglaterra, ya habían planteado el debate sobre la capacidad de las mujeres para gobernar, durante el que John Knox se pronunció sosteniendo que el gobierno de las mujeres subvertía el orden natural, porque precisamente estaba en la naturaleza que el macho ejerciese el dominio sobre la hembra. Aunque estaba claro que el cuerpo político del rey era superior que el cuerpo natural, la realidad imponía que el cuerpo físico de una reina requería del matrimonio para completar un cuerpo político sirviéndose del matrimonio: era impensable que una mujer manejara el reino sin el apoyo de un consorte, pero si se casaba sería guiada por los intereses del marido. El matrimonio era pues un arma de doble filo: contra ese peligro de subordinación de los intereses ingleses a una dinastía extranjera podría levantarse una facción cortesana.

c) Un pasado cuestionable. El tercer problema de la imagen de Isabel en 1558 era que durante el reinado de su padre –en plena lucha de Enrique VIII por garantizarse un heredero varón- sus hijas habían sido repudiadas: la misma Isabel había sido arrancada en 1536 de su madre, y a continuación excluida de la sucesión, escondida del rey, y declarada bastarda para desanimar posibles ambiciones sectarias. Aunque el rey corrigió posteriormente ese desaire porque fue consciente de que había devaluado su sangre en el mercado de las alianzas matrimoniales, poco dado a aceptar a las princesas de segunda, cualquier opositor podrá tomar ese pasado como excusa para proponer alternativas aparentemente más legítimas.


En conjunto, pues, el currículo de Isabel en 1558 constituye una pésima carta de presentación. Lo cual obligó a crear un producto deliberado que superara cualquier crítica. Para hacerlo, también tenía cosas a su favor: al ejemplo que le reportaban el recuerdo de su madre, sus hermanos, sus madrastras, y los nobles que perdieron la cabeza –y no precisamente de forma retórica- en ambiciones veleidosas, cabía añadir la propia experiencia, que incluía su reclusión en la Torre de Londres como sospechosa de sedición. Ese bagaje la habían hecho suspicaz, incluso es posible que algo pragmática, cuando no descreída, en materia religiosa. Había sobrevivido a la inestabilidad política de la dinastía y a los bandazos impuestos por las facciones nobiliarias acumulando un importante rodaje en materias tan importantes para un cortesano como el fingimiento y la sutileza. Y se dispuso a utilizarlas para reinar.

Los retratos pintados durante sus primeros años al frente del reino nos parecen hoy tan provisionales como debía parecerles su gobierno a sus contemporáneos. Reflejan que en aquel momento no había aún una política religiosa consciente y dirigida, o que no se había concebido la noción de retrato real como propaganda. Con el paso del tiempo, vamos detectando cómo la representación de Isabel acaba formando parte de un plan para justificar su ascenso y permanencia en el poder. Es un lenguaje inédito hasta entonces, como demuestra el catálogo de estrategias que con tanto acierto realiza Rosa E.Ríos Lloret en un interesantísimo artículo en la revista Pedralbes. Los dos ejemplos más característicos serían…

- la exagerada exhibición de los signos externos de la viudez, incluso cuando el tiempo de duelo ha pasado, tan propia de Catalina de Médicis o Luisa de Saboya, que justifica el gobierno femenino mediante la excusa de que ella es la encargada de preservar y transmitir el legado del esposo.
- La presencia del beneplácito masculino mediante símbolos que remiten al espectador al hombre del que procede el poder temporal delegado que ejerce la reina. Los retratos que Alonso Sánchez Coello pintó de Juana de Austria o Isabel Clara Eugenia recuerdan a sus respectivos padres mediante medallones o camafeos que recuerdan la condición de la retratada como hija del hombre más poderoso.


Ambas fórmulas representativas dejan claro que el poder de las mujeres provenía en realidad de sus maridos, padres o hijos. Pero la reina de Inglaterra prefirió investirse de todos los símbolos de poder, así como de galas y joyas, hasta parecer un icono inalcanzable: pocos monarcas han hecho del retrato mayestático un ejemplo de magnificencia sin parangón. Parece que la estrategia singular se iniciara en 1559, cuando el Parlamento, buscando un futuro de certidumbres, le aconsejó el matrimonio. De la respuesta real se desprende que su heroica virginidad era el símbolo de una reina limpia, quien no conocía el sexo porque este era un asunto de hombres y mujeres comunes, y no de una reina ungida por Dios. Poco después empieza a representarse como una virgen: podía serlo en tanto madre protectora de la causa protestante, en tanto símbolo e imagen sagrada por ser el vértice de su iglesia, y –concluyendo las ventajas de la soltería del recuerdo de su hermana- en tanto estaba casada exclusivamente con su reino. Al eludir todo compromiso abrió todo tipo de especulaciones que han llegado hasta hoy: sin embargo, por mucho que se hayan imaginado enfermedades o deformaciones, lo que intentaba publicitar la virginidad es que el cuerpo de la reina y el cuerpo político del reino eran inseparables. Ese “casamiento con el reino” implicaba un sacrificio personal que la legitimaba permanentemente como madre; quizá en recordatorio de esa soledad los retratos de Isabel transmiten un desolado aislamiento. No debemos olvidar el drama personal de quien no podía entregar su corazón porque estaba prisionera de la máscara que creó. Si tras esa sagrada palidez palpitaba un corazón, lo cierto es que cualquier sentimiento fue sacrificado en el altar de la estabilidad política. El personaje se merendó a la persona, hasta el punto de que –a medida que transcurría el tiempo y la sucesión seguía sin resolverse- crecía la incertidumbre y la reina, para acallar los temores, se veía obligada a un rejuvenecimiento permanente, que casi le negaba condición mortal y debía mantener imperecedera su legendaria belleza. De ese empeño, y de la necesidad de mantener la expectativa (y con ella, la calma) de las diferentes facciones cortesanas, vienen esas acusaciones de la anciana conspicua, que da esperanzas a sus jóvenes pretendientes con el objetivo de mantenerlos tan expectantes de la (máxima) gracia real, como alejados de pretensiones conspiradoras.


Es en ese contexto que las descripciones de la reina mencionan siempre una piel muy blanca, lograda con “una loción cosmética hecha de clara de huevo, cáscara de huevo pulverizada, alumbre, bórax y semillas de amapolas blancas”. El ideal renacentista de piel blanca exigía a muchas mujeres –como Isabel hacía- que decoloraran sus cabellos sentándose al sol, protegiendo su cutis de los rayos solares con una máscara que sujetaban mordiendo un botón colocado por el interior de la máscara a la altura de la boca. A medida que avanzó el siglo XVI, aumentaron los esfuerzos para acercarse al ideal: se pintaban los labios de rojo, se daba lustre a las mejillas con clara de huevo, se dibujaban en el busto líneas finísimas simulando venas, se usaba belladona para dilatar las pupilas, se comprimía la cintura con piezas de metal o madera cosidas al corpiño, o se ponían rellenos en las caderas, etc. La blancura de la reina venía a reforzar la imagen de virginidad, que a su vez permitía a la iglesia anglicana –sometida al escrutinio regio- sustituir el culto mariano expulsado de las iglesias por la ortodoxia protestante. Por todo ello, el “Armada Portrait” la representa joven y brillante, a sus 55 años. Se trata de una imagen que conmemora la derrota de la armada española, como demuestran las alegorías que se cuelan por las ventanas. Marilee Coody afirma que una mano se proyecta sobre América porque aquel año había nacido en Virginia, -la colonia bautizada así en su honor- el primer niño inglés. Otro niño, cargado con una pesada corona en Escocia, recogería la herencia de Isabel. Pero esa es otra historia…