Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

viernes, 20 de mayo de 2011

ESPAÑA CON POCAS LUCES



A principios de mes asistí a una jornada en la Univeritat Pompeu Fabra que, organizada en el marco del proyecto de investigación que dirige el profesor Joaquim Albareda, ofrecía un ágil estado de la cuestión sobre el pretendido despotismo ilustrado español. Bajo el título “La monarquía borbònica d’Espanya en el segle XVIII: realitats i mites”, se ofrecieron siete ponencias brillantísimas entre las que me parecieron especialmente interesantes las de Francisco Andujar (Universidad de Almería) –que demostró que la venalidad de cargos y honores continuó siendo el recurso sistemático de los Borbones para recaudar, lo que desmerece las pretensiones de reforzamiento racional del poder central que se les asignaba- y la de José Luis Gómez Urdáñez, que nos recordó que –por mucho que sublimemos los proyectos de algunos servidores de la monarquía cual pericias ilustradas- lo cierto es que la mayor parte de esos supuestos ilustrados acabaron siendo “víctimas de la Real Gana”: personajes como Macanaz, Ensenada, Floridablanca, Jovellanos, Aranda u Olávide acabaron exiliados de la corte, cuando no encerrados en un castillo.

¿A qué se debe pues que nos haya llegado ese mito de la monarquía ilustrada y reformista? Pues según Gómez Urdáñez, a que el personal técnico bien formado de “advenedizos, parvenu” –o, como bromeaba, “Ensenadas (en sí nada)”- necesitaban sacralizar la fuente de su poder –la monarquía- para legitimarse ante la vieja burocracia polisinodial desplazada por su promoción. Frente a esa masa de ofendidos era tal su debilidad, que tuvieron que inventarse una imagen ilustrada de su protector. Que, sin embargo, pocas veces estuvo a la altura. Y no lo digo solamente por las graves disminuciones psíquicas que sufrieron Felipe V o Fernando VI, sino incluso por quién más se ha llevado la fama de reformista y mejor alcalde.

Sánchez Blanco ha escrito que si Carlos III modernizó Madrid fue par publicitar su magnificencia, que apenas era un devoto que salía de caza cargado de reliquias, y que “en el punto de mira de su escopeta se cruzan pocas ideas (…) Las cartas a Bernardo Tanucci le muestran absorto en las piezas cobradas y la cría de faisanes”. Ya Domínguez Ortiz nos había advertido de cómo termina la polémica sobre el teatro (que tanto contribuía a formar al pueblo, según los ilustrados) con el decreto de 1774, y el Equipo Madrid escribió hace años que Carlos III había tratado de restablecer la inquisición en Nápoles contra la opinión de Tabucci, que de joven quiso quemar un volumen del Teatro Crítico de Feijoo y que –contra las alteraciones de 1766- permitió que sus ilustres ilustrados aplicaran una brutal represión, en la que destacó Moniño en Cuenca aplicando la tortura judicial, una práctica casi desterrada en los tribunales españoles, dos años después de que Beccaria publicara “Los delitos y las penas”. O las lecturas se le acumulaban en la mesita de noche, o Floridablanca no es tan ilustrado como lo pintan…

Incluso Ricardo Wall escribió que le temblaban las piernas cuando Fernando VI fruncía el ceño: “lo cierto que en los secretarios de estado no reside la más leve autoridad cuando cesa la voz del rey”. Esta circunstancia explica que durante el siglo los impulsos reformistas no provengan de una determinada planta de gobierno, sino de distintas instancias que –en respectivas ocasiones- se ganan la confianza regia. Unas veces la acción política se despierta desde las grandes secretarías (Patiño, Carvajal, Ensenada), otras desde el confesionario (Rávago, Eleta), otras desde los consejos (Aranda, Campomanes). Esta inspiración tan caprichosa como regia es la que permite que muchos historiadores digan que la monarquía borbónica tuvo mucho de déspota, pero muy poco de ilustrada: sus políticas buscaban el reforzamiento del poder real, pero ni modernización ni racionalismo. Gómez Urdáñez –uno de los pocos historiadores que incluye en sus reflexiones sobre la ilustración española referencias al proyecto ensenadista de exterminio de los gitanos- ha escrito también que frecuentemente los proyectos de Ensenada no eran filantrópicos, sólo querían fortalecer al estado/rey: sus lamentos por el injusto reparto de los impuestos pretendían lograr la contribución de los más ricos, pero su objetivo principal es reforzar al rey que le protege, y no tiene nada de filantropía. Además, cuando esos proyectos fracasan, como hará la Única Contribución, lo único que queda es una monarquía más fuerte, y poco más.

Me parece especialmente grave adjudicarle modernidad ilustrada a las reformas de la primera mitad del siglo XVIIII, mucho antes pues de que la ilustración fuera un referente incuestionable en Europa, ya que -de ser ilustradas esas medidas- España sería una auténtica precursora!. En realidad, las reflexiones sobre la oportunidad que se pierde en América, el desarrollo de la armada para proteger su eficiente explotación, iniciativas como las manufactura reales y las compañías privilegiadas, más que pretensiones ilustradas, son mecanismos de reforzamiento del poder real, políticas mercantilistas que someten la economía al control regio. Se habla de una “liberalización del comercio” en 1778 cuando en realidad la apertura de la “carrera de Indias” a una selecta elite de puertos peninsulares no puede ser considerada una liberalización, sino una mera ampliación del monopolio.

En última instancia, las grandes reformas proyectadas se quedan en proyectos frustrados, apenas parches que los privilegiados critican, y a los que se resisten.
Cuando el bien común que deberían haber traído las reformas, según la retórica ilustrada, se queda en el camino, queda un estado fuerte al servicio de los poderosos. Pietro Giusti, un veneciano al servicio de la embajada austriaca en Madrid, escribía a Cesare Beccaria el 12 de enero de 1775 que las Luces penetraban en España “con maggiore difficoltà e lentezza”. ¡No parece, a juzgar por la actualidad, que la cosa haya cambiado mucho!

jueves, 28 de abril de 2011

CAYO: LAS RAZONES DE LA LOCURA



Una excelente reseña reciente que Laura Devenat ha publicado en el boletín de Fent Història me ha despertado la (durmiente) curiosidad por lo que Ludwig Quidde llamó, a finales del siglo XIX, “delirio cesáreo”. En aquellos tiempos de apoteosis científica y mentalidad positivista, el triunfo de la medicina y la psiquiatría le permitió describir el fenómeno como un delirio paranoico, agudizado hasta la autodeificación, que desprecia toda barrera legal y los derechos de los demás, sirviéndose de una crueldad sin objeto ni sentido. El catedrático de Historia Antigua en la universidad de Friburgo Aloys Winterling nos cuenta, en su biografía sobre Calígula, que cuando Quidde matizó que “la posición de poder suministraba la posibilidad de que esas predisposiciones llegaran a un grado de desarrollo ilimitado, en otras circunstancias apenas posible”, se ganó tres meses de cárcel porque susceptibles funcionarios imperiales debieron leer entre líneas que se refería al káiser Guillermo. El caso es que la obra superó las 30 ediciones y ha triunfado en el imaginario occidental hasta constituir un prejuicio que una lectura atenta de las fuentes parece cuestionar. ¿Qué tiene de cierta aquella locura?

Para entenderla, hay que empezar por reconocer el contexto político en el que crece Cayo. Ya la muerte de César había demostrado que la aristocracia contestaría toda forma de poder personal excusándose en la presunta tiranía que la apartaba del control rotativo, compartido o colegial, del poder. Temiendo esos discursos libertarios, Octavio revistió su triunfo en las guerras civiles de restablecimiento formal de la antigua república. Siempre evitó manifestar la posición de poder conseguida: se comportaba como un senador normal, cultivaba relaciones de amistad con otros aristócratas como si fueran sus iguales, evitaba aparecer en público con grandes comitivas. Esa renuncia a los honores respondía a una estrategia deliberada, a fin de asegurarse la aceptación de su singular posición, que la aristocracia soportaba expectante por las dádivas imperiales (beneficia) que el contacto personal pudiera proporcionarles.

Tiberio fue más allá en la escenificación de la restauración republicana: dice Winterling que "no intentó, como Augusto, tapar la paradoja de que se diese un régimen autocrático como el suyo y persistiesen las instituciones republicanas mediante una comunicación de doble fondo, es decir, al fin y al cabo no sincera”, sino que dejaba que el senado le asesorase, como si fuera, igual que en tiempos de la república, el centro de poder del imperio romano. Esa mayor participación en el poder despertó las viejas rivalidades entre facciones nobiliarias. Pero con un agravante: al empeñarse Tiberio en librarse de la carga que representaban todos esos contactos a los que tanto tiempo había tenido que dedicar su antecesor, limitó la posibilidad de que una comunicación personal con el emperador se tradujera en cargos y prebendas. Expectantes, y alejados de la fuente de dádivas por el aislamiento de Tiberio, los aristócratas se sirvieron de un nuevo procedimiento de eliminación de rivales: las intrigas y denuncias recíprocas, inculpaciones que querían despertar la atención de un emperador poco accesible, al tiempo que servían para desembarazarse de rivales personales y ganar–a costa del condenado- el aumento de patrimonio con el que se premiaría su fidelidad. No sirvió de mucho: harto de aduladores e intrigantes, Tiberio se retiró a Capri (27) hasta su muerte (37).



Sejano -en la foto junto al Tiberio de "Yo, Claudio"- se ganó su confianza asumiendo los riesgos (y el trabajo) que significaba dispensar la gracia y atender a los pedigüeños en Roma. Mientras, Calígula fue llamado a Capri. Sin embargo, su inclusión en el séquito imperial no sólo le realzaba como posible sucesor: nuestro autor dice que en realidad era un rehén, que en tanto depositario del prestigio de su padre sirvió para reforzar la posición de Tiberio. ¿Cómo? La simpatía que el último hijo de Germánico despertaba pasaba a legitimar su agonizante reinado, y al mismo tiempo –manteniéndole en Capri- impedía que otros le instrumentalizaran para opositar. Tiberio no sabía a quien metía en casa, porque todas las versiones sugieren alguna intervención de Calígula, más o menos directa, en su muerte.

La frágil relación entre el poder imperial y el senatorial explica que Calígula empezara imitando el principado de Augusto. Sin embargo, todo se torció en el 39. No sabemos exactamente qué ocurrió: la fuentes apenas muestran coros de quejas plebeyas en los espectáculos, unos juicios por corruptelas a unos curatores viarum que habían gastado para otros fines el presupuesto recibido para el acondicionamiento vial, y un discurso imperial tras el que los senadores le agradecieron la clemencia y le premiaron con una entrada triunfal “como si hubiera vencido a algunos enemigos” (Dión Casio, Historia Romana, LIX, 16, 10)

El discurso no tiene desperdicio. Calígula, dolido, les reprende por sus críticas a Tiberio –“si era realmente un ser tan malvado no deberíais haberle colmado con tantos honores”- y anunciaba la reanudación de los procesos de lesa majestad. Cayo demostraba conocer el significado de la adulación hipócrita con la que el senado trataba al emperador, revelando que los senadores escondían su verdadera intención de destruir el poder imperial. No sólo está criticando a los senadores, que, como dice Winterling, no necesitaban ser informados sobre su propio comportamiento; lo peor era que el reproche les incapacitaba para seguir comunicándose en el futuro, y que Calígula estaba renunciando al esfuerzo que le costaba el reconocimiento aristocrático. Cayo había anunciado pues el fin del principado. Al comprobar que los senadores siguieron envileciéndose adulándole, él usó la nueva situación para humillar a la aristocracia y ridiculizarla. Ese es el sentido del nombramiento de Incinato, tan dócil ante su amo desde su pesebre de marfil y su establo de mármol como los senadores. Una burla que, al tiempo que pretende recordarles el poder del emperador de hacer cónsul a quienquiera, sirve para deshonrar a la nobilitas.



Lo que se avecinaba con ese comportamiento parecía ser una nueva monarquía de inspiración oriental que se serviría de libertos como personal de gobierno, excluyendo a los senadores, y que se legitimaría con el boato que correspondía a su presunta filiación divina. Para demostrar la subordinación del senado respecto al poder imperial, y por tanto su incapacidad de otorgarle ningún honor, Calígula se organizó un triunfo él solito lejos de Roma. Ese es el sentido de la travesía triunfal en el golfo de Baia, un puente de barcas de carga, ancladas en dos hileras y unidas entre sí hasta alcanzar 5 km, sobre las que esparció tierra en la superficie como si fuera una vía pavimentada, y cruzó ceremonial y artificiosamente. Suetonio interpreta un triple objetivo de tal sofisticada obra de ingeniería: una seria advertencia a Germania y Britania (“puedo cruzar”), el sueño de superar a Jerjes (“puedo lo que el Gran Rey no logró”) y demostrar su magnificencia (“a ver quien tiene la pasta –y los cojones- para montarse una rave mejor que ésta”).

¿Podría pues la locura que recogen las fuentes denunciar en realidad un programa político orientalizante? ¿Querría el rosario de perversiones que los frustrados aristócratas -reducidos al servicio imperial- nos contaron, convencernos de la incapacidad de los Césares y de la aberración que suponía privar a los virtuosos senadores del poder que pretendidamente merecían? Lo que queda claro es que cada vez son más los discursos historiográficos que interpretan, al menos de forma plausible, las razones que explican la supuesta locura de los Julio-Claudios.

sábado, 2 de abril de 2011

ROGER CASEMENT SEGUN VARGAS LLOSA (3): UN CORAZÓN EN LAS TINIEBLAS



En los post anteriores me permitía apuntar que el “Elogio de la lectura” con el que Mario Vargas Llosa aceptó el Nobel nos quiso convencer de que en su oficio primaba un romántico compromiso libertario antes que cualquier labor de altavoz propagandista del “canon” (económico) occidental. Añadí que tras su última novela no hay ninguna investigación exhaustiva: el tratamiento de la conciencia nacional de Casement parece propia de un opúsculo y el trabajo de campo desarrollado por el autor en el Congo podría haberse suplido con un vaciado inteligente de “El fantasma del Rey Leopoldo” (Adam Hochschild, Península, 2002), más dramático e impactante que la novela que nos ocupa. Hay un tercer aspecto del personaje que Don Mario aborda de forma presuntamente liberal, pero profundamente conservadora: y es que lo que llevó a Casement a la horca, lo que le ayudó a subir el último escalón del cadalso, no fue tanto su aventura nacional, como su aventura pasional. Y aunque, con una tolerancia presuntamente liberal Don Mario se acerca a la homosexualidad de Roger Casement, lo cierto es que en el fondo… ¡tampoco de eso lo absuelve!

Detenido tras el fracaso del Levantamiento de Pascua, Roger Casement vio desfilar por su juicio a los irlandeses recién liberados de un campo de prisioneros alemán. Todos ellos juraron que Casement, “los había exhortado a pasarse a las filas del enemigo, haciendo espejear ante ellos como cebo la perspectiva de la libertad, un salario y futuras granjerías”. La traición irlandesa a la unidad británica debía acabar con castigos ejemplarizantes que sirvieran de advertencia a los cientos de miles de jóvenes atrincherados frente a los alemanes en Francia. Así que Casement fue condenado a muerte en abril de 1916.

Cuando Conrad, G.B. Shaw, o Conan Dolyle salieron en su defensa, se difundieron fragmentos de unos diarios que, según la corona, habían sido hallados en poder de Casement y que no dejaban lugar a dudas en cuanto a su homosexualidad (y su predilección por los adolescentes): los “Diarios Negros” minaron el apoyo a Casement y permitieron explicar por qué nunca se había casado ni se le conocían romances. Se convirtieron en una prueba determinante y me atrevo a decir que el verdadero motivo de su ejecución, ya que su defensa perdió apoyos y Casement fue finalmente colgado en junio de 1916. Su cuerpo fue enterrado en cal viva allí mismo, en prisión; hasta su repatriación en 1965.

Casement no desmintió los diarios, pero tampoco aceptó haberlos escrito. Así que las dudas sobre su autenticidad llegaron hasta la biografía que el doctor William Maloney escribió en 1936: se afirmaba que –mientras investigaba en la Amazonía- Casement había obtenido los diarios privados de Armando Normand, un infame gerente de la empresa de caucho de Camilo José Arana. Para mostrar su crueldad con los trabajadores nativos, Casement tradujo y envió a Londres fragmentos de depravados actos de sadismo, que –según la teoría de la falsificación- se incorporaron fragmentaria y tendenciosamente a los diarios genuinos. El problema era que los diarios presuntamente adjudicados a Casement describen las actividades de un homosexual promiscuo, pero se desprende del Informe Putumayo que el tal Normand fue violentamente heterosexual. El debate sobre si Casement fue víctima de la inteligencia británica parece que se ha cerrado: en el 2002 un nuevo estudio forense llevado a cabo por el doctor Audrey Giles, afirmaba –por cuenta de la BBC- que los “Diarios Negros” estaban escritos por la mano de Roger Casement y desmentía cualquier posible falsificación.



Mario Vargas Llosa opta por admitirlos como válidos: el personaje sugiere que son parte de una campaña contra él, calla sin entenderse si niega u otorga, como hizo el Casement real; pero recuerda episodios de tosca voluptuosidad furtiva, teñidos de arrepentimiento. Un ejemplo: “Muy hermoso y enorme. Lo seguí y lo convencí. Nos besamos ocultos por los helechos gigantes de un descampado. Fue mío, fui suyo”. Pese a que a mi esas anotaciones, casi telegramas, me parecen contenidores de intensidad, los encuentros de Casement en la novela nunca son felices, ni poéticos, ni sudorosos, ni apasionantes. Siempre dejan una sensación de tristeza y de compulsividad. Casement parece arrepentirse de su promiscuidad y considera sórdidos sus encuentros “veloces en parques, esquinas oscuras, baños públicos, estaciones, hoteluchos inmundos o en plena calle, -como los perros, pensó- con hombres" casi desconocidos.

Es el narrador quien condena a Casement por ese comportamiento: la víspera de su ejecución nos lo muestra pensando que siempre ha estado sólo por culpa de su forma de desear, y concluye que no sabe amar:: “También en esta campo su vida había sido un completo fracaso. Muchos amantes de ocasión –decenas, acaso centenas- y ni una sola relación de amor. Sexo puro, apresurado y animal”. No hay tregua para Casement cuando siente deseo: nuestro autor describe un primer contacto en África, desconozco si inventado o tomado textualmente de los Black Diaries, como algo torpe. Y en cambio, basta haber tenido miedo o dudas antes de asaltar tu primera vez, para ver que pudo haber sido puro y liberador. A mí, al menos, aquel primer polvo ocasional en África se me antoja feliz, cuando menos divertido, casual y felizmente imprevisto. Roger, pálido y expectante, comparte unos minutos con unos jóvenes negros en pleno baño. Las torpes caricias transcurren en un río caudaloso que refresca un calor sofocante, ante un escenario verde brillante de profunda maleza, la selva como guardarropa y un cielo azul por techo. Don Mario olvida que aquel joven victoriano debió encontrarse por primera vez en su vida con una actividad sexual desprovista de culpa, de condena, de rigidez, de regulación política, de prohibición castrante. No hacen falta promesas de amor eterno, ni anillos de compromiso, ni sábanas de satén azul, para que el sexo signifique una comunicación auténtica, feliz, calurosa, emotiva, con otra persona que horas después se va, pero que no por quedarse poco rato se marcha sin dejarte una señal en el alma, un cosquilleo en el corazón, el vello de punta o el emocionado recuerdo de una caricia a contra-piel. Patrimonio suficiente para felicitarte por la vida, agradecer el encuentro, y abrazarlo muy fuerte… antes de dejarlo ir y devolverle la libertad que le arrebataste por un rato al hacerlo tuyo.

Así pues, Don Mario censura el sexo sin amor y nos alecciona sobre qué tipo de sexualidad nos eleva hacia lo divino, y cual nos encoge hasta la miseria. La moraleja es que Casement caía en depresiones porque “lo entristecía saber que nunca tendría un hogar, que su vida sería cada vez más solitaria a medida que envejeciera. Pagaba caros esos minutos de placer mercenario. Se moriría sin haber saboreado esa intimidad cálida, una esposa con quien comentar las ocurrencias del día y planear el futuro –viajes, vacaciones, sueños-, sin hijos que prolongaran su nombre y su recuerdo cuando se fuera de este mundo”.

Tengo 42 años y –a estas alturas- difícilmente podré escribir en mi diario que tuve, como Casement escribió, “Tres amantes en una noche, dos marineros entre ellos. ¡Me lo hicieron seis veces! Llegué al hotel caminando con las piernas abiertas como una parturienta”. Es una lástima. Pero he escuchado atentamente tantas confidencias tantas noches (entre sábanas, paseando por la ciudad, o a la luz de un cubata) para saber que hay tantas formas de pasión como personas; que todas son legítimas si no fuerzan la voluntad del otro; que muchas de las que presumiste alejadas de ti te sorprendieron un día inesperadamente. Ni los diarios de Casement, ni los ensayos que los analizan se han traducido al español: leerlos nos permitiría darle vida a todos y cada uno de esos jóvenes de los que Casement dejó constancia, certificando que otro sexo es posible, y que merece ser recordado: “Baños públicos. Stanley Weeks: atleta, joven, 27 años. Enorme, durísimo, 9 pulgadas por lo menos. Besos, mordiscos, penetración con grito. Dos libras”. Sea éste mi brindis por Roger; y por Stanley. Fuera quien fuera.

sábado, 26 de marzo de 2011

CLEOPATRA DES-LIZ-ADA






















Los titulares periodísticos que han dado cuenta del fallecimiento de Liz Taylor se sirven de su belleza, de su “mirada violeta” o de la sexualidad contenida (o insatisfecha) con la que se instaló en el imaginario occidental como una “gata” tras el éxito de la adaptación cinematográfica de Tenesse Williams, en la que reclamaba la atención de Paul Newman “sobre el tejado de zinc” caliente. Ese sexismo se me antoja tan misógino como el tratamiento que Cleopatra recibió hasta hace bien poco por parte de la historiografía. Hoy quiero reivindicar al personaje y a su intérprete, porque ambas me fascinaron desde que Terenci Moix me hizo reparar, en el transcurso de una entrevista en el “Ferran a les bosques” que presenté en Ràdio Gràcia, en la desfachatez presuntuosa, intrigante, desafiante y sexual con la que Cleopatra –la real, y la de ficción- recibía a Antonio en Tarso.

Tardé en entender por qué Cleopatra y Liz me fascinaron desde joven, ya que en cosas del deseo nunca fui el primero de la clase. Luego supe que Liz siempre meció la enfermiza sensibilidad de Montgomery Clift, que guardó en el cofre de su confianza el secreto más íntimo de James Dean (como acaba de saberse) y que estuvo al lado de su amigo Rock cuando Hudson anunció –con valentía primeriza- que era seropositivo, sacudiendo la patética moralina neoliberal que barnizaba –durante los 80- la liberalidad promiscua, un tanto artificiosa pero intensamente humana, de los 70. Mientras las “señoras muy señoreadas” se escandalizaban, Liz se comprometió activamente en la lucha contra el SIDA. Y quizá esa valentía con la que se alzó sobre la mediocridad me haya remitido siempre a las mujeres valientes de mi vida: entre Melania y Rosa hay un encendido repertorio de Evas, Vickys, Isabeles, Olgas o Elenas, Lupes, Claras o Esteres, a las que quiero con locura, sin las que yo no podría ser explicado, y que han sido mucho más que risas y confidencias. A todas ellas les quiero dedicar este post.



El jueves me tenía invitado Marina a una clase de latín para que explicara a los bachilleres del instituto la crisis republicana y la transición al imperio. Para ilustrarlo, aproveché la oportunidad para comprarme la edición coleccionista de la Cleopatra de Mankiewicz en DVD, y me pasé una tarde entera de sofá y palomitas, sin saber que al mismo tiempo, la Taylor tomaba el camino del tribunal de Osiris, donde imagino que no habrá sido fácil pesar un corazón que había querido tanto. La impresión que causó aquella película en mi imaginación juvenil me empujó hacia la Historia, sin duda. Aunque hoy, me doy cuenta de que –como todas las visiones del pasado- no está exenta de intencionadas subjetividades. José Uroz ha escrito para la Universidad de Alicante que la sexualidad liberada de la reina constituía un “exponente de la inquietante nueva mujer americana que anunciaban las famosas encuestas de Kinsey de 1948 y 1953 sobre la conducta sexual de los americanos”. Al presentarnos a Cleopatra como una mujer que apostaba por el amor, Mankiewicz rompía con las versiones anteriores, que se servían de las sociedades antiguas para someter a las mujeres demostrándoles que la líbido sin el ordenado control matrimonial había conducido a la decadencia de brillantes civilizaciones. Uroz añade que el director adjudicaba a la reina un proyecto imperial universal “en el que se respetaran las idiosincrasias de las viejas naciones del Oriente bajo un común, liberal y tolerante helenismo”, algo así como el nuevo orden mundial que soñaban los “voceros del Kennedismo”.



En otro brillante artículo, Alberto Prieto Arciniega (UAB) analiza con quirúrgica escrupulosidad la película y le reprende una “excesiva caracterización egiptizante” más propia de los Ramsésidas que de los Ptolomeos, que Octavio aparezca como un prominente senador cuando no tomó la toga virilis hasta el 49 a.C., y no accedió al senado antes del asesinato de César, y la convivencia de éste con la reina bajo un mismo techo durante su estancia en Roma. Aunque Suetonio dice que Cleopatra se marchó antes del asesinato, la película la muestra escapar tras los idus de marzo. No sólo ignora así la prevención de Calpurnia; también que Cleopatra se llevó a Roma a su hermano y esposo Ptolomeo XIV. Y, siguiendo con los descuidos, la imponente secuencia de la presentación de la reina en Roma olvida también que la ceremonia se concibió como un triunfo cesarista (46 aC) en el que la hermana de la reina, Arsinoe, desfiló cargada de cadenas.

El seguimiento de las fuentes latinas en la concepción del guión nos permite asistir al suicidio de la reina con serpiente incluida: Plutarco dice haber tomado los datos del propio médico de Cleopatra, en cambio Dión Casio ofrece el relato de Cleopatra intentando seducir a Octavio en un último alarde. Parece lógico preferir el beso de la serpiente, porque en la película, el hijo adoptivo de César aparenta ser frío, enfermizo y calculador, quintaesencia de la ambición de poder. En cambio, la descripción de Marco Antonio está claramente influida por la propaganda augústea, que eludió la crítica frontal contra él para convertirle en un pobre diablo envenenado por los encantos de una perversa déspota oriental: en la película aparece como un bocazas hercúleo, borracho y bravucón. Los partidarios de Octavio llegaron a retratarle como un mequetrefe atrapado en las redes de una mujer astuta y lujuriosa, consagrada al dominio de los hombres gracias al conocimiento del sexo más sofisticado.



Ese discurso misógino ha escondido a la verdadera Cleopatra. El propio Horacio, en sus Odas (I, 37, 21) dice que “no cabe duda de la capacidad de Cleopatra” y reconoce que “la propaganda de Octaviano distorsionó a Cleopatra más allá de toda medida y de toda decencia”. Por eso, la autora de los tratados de cosmética y medicina que hablaba ocho idiomas, quedó ensombrecida así por la femme fatale. Nuria Castro la reivindicó recientemente en una conferencia en el IEMED a cargo del Club d’Amics de la UNESCO de Barcelona. Era el día de la mujer, por lo que mi egiptóloga de cabecera acudía de un violeta tan elegante como militante (igual que los ojos de la Taylor). Es probable, decía Nuria, que la imagen del suicidio con áspid fuera propaganda romana: difícilmente alguien que quiere compartir con su cuerpo la eternidad permitiría que un veneno de ofidio, vasodilatador y pernicioso, lo destruyera implacablemente. ¡A una ocasión tan excepcional como el viaje en el barco solar junto a Ra no se podía acudir sin glamour después de toda una vida disolviendo perlas en el vino! Acudiré a Flamarion (Cleopatra. El mito y la realidad, 1998) a ver qué dice. Pero antes, no quiero olvidarme de dar las gracias públicas, por el cariño que me brindan cada día, a las Liz que hay en mi vida.

jueves, 17 de marzo de 2011

ROGER CASEMENT SEGUN VARGAS LLOSA (2): UN DINOSAURIO IRLANDÉS



He seguido el consejo de un amable lector que me ha escrito respondiendo a mi último post. Decía que, antes de afirmar que Vargas Llosa se desdice, lea atentamente su discurso de aceptación del Nobel. ¿Qué he encontrado en “Elogio de la lectura y de la ficción”? Principalmente lo que reza en el título; no en vano comienza diciendo que aprender a leer fue lo más importante que le ha pasado en la vida. Un emotivo recuerdo a su madre, que “lloraba leyendo los poemas de Neruda”, le permite felicitarse porque siempre tuvo a su lado gente “que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba”. “Gracias a ellos, y sin duda, también a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo cotidiano”. ¡Es imposible no apreciar la belleza del vocabulario y la expresión! Lo que resulta más difícil de notar es una muy sutil apología del individualismo liberal: en su éxito, ha escrito Mario Vargas Llosa, cuenta decididamente la terquedad del individuo y apenas un “algo” inconcreto y ocasional, la suerte. Al proponerse como ejemplo de los beneficios del esfuerzo, Don Mario olvida que hay millones de tercos a los que se les hundió la patera huyendo tercamente del hambre, que jamás podrán presentarse a cuestionar la teoría de que el esfuerzo individual cuenta más que el azar o que la pobreza que han heredado.

El elogio de la lectura contiene también unos párrafos bellísimos dedicados a la literatura como instrumento contra la tiranía. Exquisitos y emotivos; apenas algo pretenciosos en las referencias: “cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, (…), el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas”. En esa celebración del universo de valores hoy compartido (que la globalización ha generalizado) hay un sutil desprecio de lo particular, de lo local, que es más rotundo cuando -más adelante- el discurso retrata a quienes defienden su identidad religiosa o nacional como peligrosos arcaizantes que nos están fastidiando la fiesta global. Se responsabiliza de que el Edén neoliberal prometido no se haya hecho realidad a “los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso”. Ellos son los culpables de que no llegara “el final de la Historia” que Fukuyama predijo: “Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio”. Nada de eso ha ocurrido, dice, porque “nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo”. Y si hay un peligro hoy no son nuestros excesos en la administración de los recursos naturales y la brutalidad con la que explotamos a los más débiles, sino que “cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear”.

Se me dirá que esos olvidos son legítimos porque cada cual tiene derecho a elegir el tema de su propuesta pública. Pero a mi se me antojan siniestros cuando, por el contrario, se hace una descripción tan pormenorizada de los errores ajenos. Para legitimar su ultraliberalismo, Don Mario confiesa que fue marxista en su juventud, que creyó que “el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales”. Pero se decepcionó del estatismo y el colectivismo de su juventud, y transitó “hacia el demócrata y el liberal que soy”. Ese camino, nos cuenta, estuvo jalonado de episodios como la revolución cubana, el autoritarismo soviético, el testimonio de los disidentes que conseguían “escurrirse entre las alambradas del GULAG”, la invasión de Checoslovaquia, y la sumisión de la intelectualidad occidental, “por frivolidad u oportunismo”, al hechizo soviético y “al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china”. Una vez más bellísimo; pero una vez más dogmático, porque esa legítima relación de los males pasados olvida conscientemente cualquier denuncia de los males presentes. ¡Puede que haya una viga en el ojo ajeno, Don Mario, pero creáme: hay algo más que una paja en el propio! El argumento es también siniestro porque es selectivo: el destino de Salvador Allende le dejó, durante ese período formativo, absolutamente indiferente. Y porque, al privarnos de la posibilidad de que los intelectuales que juzgaron esa carta lo hicieran por compromiso con su presente se me ofrece la posibilidad de preguntarme si el olvido de Don Mario por todos estos males del presente se hace por frivolidad (simplemente no le importan los agraviados por el mercado) o por oportunismo (el mercado le llena la cartera para que no hable de ellos).

El caso es que el discurso de aceptación del Nobel no contiene ni una palabra de los excesos del libre mercado, de la moral financiera, de la corrupción de la empresa privada y sus paraísos fiscales, de las razones por las que deslocalizan, de la impunidad con la que se actuó en Irak, ni del peligro de que la demanda de seguridad se traduzca en un peligro para la libertad, ni del recorte de las políticas sociales, ni de la especulación inmobiliaria. Nada. Todo el peligro que se cierne sobre la humanidad es que los terroristas “quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización”. En ningún momento Don Mario se pregunta por los motivos que empujan al terrorista a subir al autobús cargado de bombas; de hecho, le traen sin cuidado. Los sentimientos compartidos que permiten al escritor occidental vender libros en todos los aeropuertos del planeta son los que merecen su mención, quizá los únicos que entiende. Por eso, tampoco su Roger Casement desgrana ni desarrolla el drama que le lleva a jugarse su vida por Irlanda. Es lógico: ¡Don Mario nunca hubiera podido describirnos esa evolución tan íntima porque su incapacidad de desarrollar ninguna empatía por ella le impide comprender a Casement! Se mueve a otro nivel, se preocupa por otras cosas, no atiende a los sufrimientos nacionales. En ese sentido, Casement le es ajeno pese a las horas que habrá dedicado a su estudio. Sigue siendo un desconocido. Un marciano. ¡Eso hace que la novela nos resulte fría, y su recreación de la triple tragedia de Casement –en África, en Irlanda, en el amor- no nos sacuda con la fuerza que tiene su historia real!



Entonces, si tan ajeno le es el sentimiento nacional, veamos cómo define Don Mario a su nación. El Perú es una “suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales”. Al proclamar su orgullo por las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas, por el bagaje cultural que los españoles trajeron en las alforjas de sus caballos, y por la huella de los esclavos arrastrados desde África, está celebrando una diversidad que, líneas más arriba, le parecía amenazadora. En realidad no hay contradicción entre la crítica de la disidencia y la apología de la diversidad, porque ésta segunda no celebra el Perú de los luchadores nacionalistas, sino aquel que lleva “en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé”. Ese es el formato de patriotismo que le parece legítimo, el “amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias”. Resumiendo, que si el nacionalista lucha por la dignidad de su nación y para que la voluntad del pueblo de la que participa se materialice en unas instituciones propias que le permitan gobernarse, es un dinosaurio. Si se limita a besar el suelo de su patria cuando baja del avión, es un tío estupendo.

Por si no hubiera quedado claro, Don Mario llega a explicitar que detesta el nacionalismo como ideología “provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas”. No entiendo por qué no aplica esa vara de medir a los nacionalismos triunfantes, que han logrado construir un estado, a la propia saña con la que los británicos reprimieron el Alzamiento de Pascua en el que Casement participó, y en cambio se le hace la prueba del algodón a los que no lo han hecho y luchan por tenerlo. Tampoco entiendo por qué la voluntad democrática de un pueblo de dotarse de proyección política es llamado “nacionalismo de orejeras”, y se aplaude en cambio su versión apenas folklórica. Ni entiendo por qué, pensando lo que piensa, se haya atrevido a glosarnos –mal, como sus prejuicios imponen- en su última novela la figura de un irlandés que dio su vida luchando por su patria.



Es verdad que “El sueño del celta” nos explica cómo el desengaño de Roger Casement, que llega al África pensando que el colonialismo la liberaría del oscurantismo y acaba siendo testimonio horrorizado de la forma más cruel de opresión y servidumbre, lo llevará a “sentirse irlandés en tanto ciudadano de un país ocupado y explotado por un imperio que había desangrado y desalmado a Irlanda”. Al plantearse por qué los indígenas de la Amazonía no se rebelan, Casement advierte que el sistema de explotación era tan extremo que “destruía los espíritus antes todavía que los cuerpos, (…) aniquilaba la voluntad de resistencia, el instinto por sobrevivir, convertía a los indígenas en autómatas paralizados por la confusión y el terror”. Así que anotó en su diario: “He llegado a la convicción absoluta de que la única manera como los indígenas del Putumayo pueden salir de la miserable condición a que han sido reducidos es alzándose en armas contra sus amos”. Casement comprendió que, para ser libre de verdad, uno debe “conquistar su libertad con sus brazos y su coraje”.

Las lecciones del Congo y el Amazonas tuvieron consecuencias: el irlandés empezó a coquetear con los que “luchaban por preservar la personalidad de la antigua Irlanda, luchaban contra la anglización del país, defendían la vuelta al antiguo irlandés, a las canciones y costumbres tradicionales, se oponían al reclutamiento de irlandeses para el ejército británico y soñaban con una Irlanda aislada, a salvo del moderno industrialismo destructor, viviendo una existencia bucólica y rural, emancipada del imperio británico”. Así nos adoctrina la voz omnisciente que conduce al lector de la novela: el activismo de Casement es un sueño reaccionario, algo patético, y Casement –al vivirlo- apenas un celta, alguien que ha vivido una regresión a la edad de hierro. Al proceso que vivía la Irlanda de entonces lo llama “anglización”, con una asepsia historiográfica que ignora a propósito la violencia con la que las naciones con estado han sometido a las que no lo lograron, y que dudo mucho que fuera el término que Casement utilizaría para describir la intens aculturación programada y castrante que sufría su nación. Por si fuera poco, como si de un “alter ego” del propio Vargas Llosa se tratara, se introduce en la novela a George Bernard Shaw diciendo que “el patriotismo es una religión, está reñido con la lucidez. Es puro oscurantismo, un acto de fe”. La novela no escruta por qué quien prestigió más que nadie las letras de Irlanda pensaba así, ni en su relación con Casement. ¡Quizá porque el objetivo prioritario de tan insigne personaje secundario es en realidad retratar al autor de la novela, como G. B. Shaw, cual auténtico liberal! Para lo que nos recuerda que, pese a sus diferencias ideológicas, George Bernhard Shaw fue quién más explícita y valientemente salió en defensa de Casement... ¡como él mismo, también maestro de escritores, hace hoy con su novela!

domingo, 27 de febrero de 2011

ROGER CASEMENT SEGÚN VARGAS LLOSA (1): EL “BARTOLOMÉ DE LAS CASAS BRITÁNICO”



Ha querido la casualidad que Mario Vargas Llosa estrenara su novela sobre Roger Casement, justo cuando la organización SURVIVAL ha publicado unas imágenes sobre indígenas no contactados en Brasil. Se trata de unas poblaciones muy vulnerables porque, al no tener contacto regular con el mundo exterior, carecen de inmunidad frente a las enfermedades que podrían transmitirles, por ejemplo, los trabajadores de la petrolera española Repsol-YPF, que no opera demasiado lejos. Al rememorar el impacto de la depredación occidental en África y América, quizá la novela de Vargas Llosa contribuya a levantar voces como la que en su día alzó Roger Casement. "El sueño del celta" es su historia...

La desaparición del doctor Livingston en África, y la aventura de Stanley buscándolo, llenaron la imaginación infantil de Roger Casement de selvas, fieras, paisajes indómitos y hombres intrépidos. Por eso se enroló en la expedición de Stanley al Congo en 1884, convencido de que “llevar al África los productos europeos e importar las materias primas que el suelo africano producía era, más que una operación mercantil, una empresa a favor del progreso de los pueblos detenidos en la prehistoria, sumidos en el canibalismo”.



Pronto se desengañó: el rey de Bélgica se reservó un dominio para su explotación personal (1886) y reclutó una milicia que “se enquistó, como un parásito en un organismo vivo, en la maraña de aldeas diseminadas en una región” del tamaño de Europa, y cayó sobre los africanos como una plaga más depredadora que las langostas, porque “soldados y milicianos de la Fuerza Pública eran codiciosos, brutales e insaciables tratándose de comida, bebida, mujeres, animales, pieles, marfil, y en suma, de todo lo que pudiera ser robado, comido, bebido, vendido o fornicado”.



La explotación del caucho –que tanto necesitaba Europa para impulsar la Segunda Revolución Industrial-, se legitimaba, pese a su salvajismo, con discursos que se prometen filantrópicos, pero son, en realidad, racistas, y que la novela de Vargas Llosa recrea con verosimilitud en la página 41: “Vendrán misioneros que los sacarán del paganismo y les enseñarán que un cristiano no debe comerse al prójimo. Médicos que los vacunarán contra las epidemias y los curarán mejor que sus hechiceros. Compañías que les darán trabajo. Escuelas donde aprenderán los idiomas civilizados. Donde les enseñarán a vestirse, a rezar al verdadero Dios, a hablar en cristiano y no en esos dialectos de monos que hablan. Poco a poco reemplazarán sus costumbres bárbaras por las de seres modernos e instruidos. Si supieran lo que hacemos por ellos, nos besarían los pies. Pero su estado mental está más cerca del cocodrilo y el hipopótamo que de usted o de mí. Por eso, nosotros decidimos por ellos lo que les conviene y les hacemos firmar esos contratos. Sus hijos y nietos nos darán las gracias”. En virtud de esos contratos los congoleños se convertían en cargadores o recolectores de caucho, pese a que sus caciques insistían en “que no podían desprenderse de hombres indispensables para cuidar los sembríos y procurar la caza y la pesca de que se alimentaban. A menudo, ante la cercanía de los reclutadores, los hombres en edad de trabajar se escondían en la maleza. Entonces comenzaron las expediciones punitivas, los reclutamientos forzosos y la práctica de encerrar a las mujeres como rehenes para asegurarse que los maridos no escaparían



La denuncia de los abusos cometidos en el Congo que Casement redactó fue publicada por el gobierno inglés en 1904. La polémica abierta por aquella letanía de látigo, cadenas y manos cortadas, verdadero icono del régimen leopoldino, permitió que le encargaran también un Informe sobre el Putumayo (1912), en el que denunció la explotación brutal a la que la Peruvian Amazon Company sometía a los indígenas. A la vuelta del Amazonas, Casement se convirtió en un dinámico activista dispuesto a convencer a la próspera sociedad europea de que había que dictar un escarmiento ejemplar para el rey del caucho, el peruano Julio César Arana.



Resulta curioso comprobar que los argumentos que Vargas Llosa pone en boca de los colonizadores se parecen a los que él mismo (u otros apologistas) ha utilizado en ocasiones para defender la globalización. Recuerdo la entrevista que Jordi González realizó hace unos años en un magazine televisivo nocturno a un prestigioso economista catalán que disculpaba las agotadoras jornadas laborales en las fábricas de una multinacional en el sudeste asiático diciendo que era bueno que las niñas durmieran junto a los telares porque así se evitaba que vagaran por la selva a merced de las minas anti-persona. Casement escucha también en la Amazonía idioteces de ese calibre, como que “sería mil veces peor que crecieran en las tribus, comiéndose los piojos, muriendo de tercianas y cualquier peste antes de cumplir diez años”. “Póngase en su lugar por un momento”, hace responder Vargas Llosa a Casement. “Están allí, en sus aldeas, donde han vivido años o siglos. Un buen día llegan unos señores blancos o mestizos con escopetas y revólveres y les exigen abandonar a sus familias, sus cultivos, sus casas, para ir a recoger caucho a decenas o centenas de kilómetros, en beneficio de unos extraños, cuya única razón es la fuerza de que disponen”. El aludido responde sin la mínima empatía: “Yo no soy un salvaje que vive desnudo, adora a la anaconda y ahoga en el río a sus hijos si nacen con el labio leporino. Pone usted en el mismo plano a los caníbales de la Amazonía y a los pioneros, empresarios y comerciantes que trabajamos en condiciones heroicas y nos jugamos la vida por convertir esos bosques en una tierra civilizada. (…) Según su criterio, los peruanos tendrían que dejar que la Amazonía continuara en la edad de piedra por los siglos de los siglos. Para no ofender a los paganos ni ocupar esas tierras con las que no saben qué hacer porque son perezosos y no quieren trabajar”.

La pésima lectura de Darwin contenida en esos argumentos tiene mucho en común con la mala lectura de Adam Smith que hacen los neoliberales, cuyos platos rotos estamos pagando hoy. El flamante premio Nobel discutía con Jorge Semprún en El País (1 de septiembre de 1996) celebrando que “estamos asistiendo a un fenómeno extraordinariamente positivo, quizá lo mejor que le ha ocurrido a la humanidad en toda su historia: la internacionalización total del planeta, la disolución progresiva de fronteras en todos los campos, en lo cultural, en lo tecnológico, en lo económico”. Ignoraba conscientemente los efectos devastadores del fenómeno, el incremento de las desigualdades, la sobreexplotación irresponsable del planeta. Me dirá el insigne escritor que el imperialismo era mucho peor, pero me temo que –por mucho que las cifras macroeconómicas con las que celebramos el reciente éxito de la India se quieran desasociar del Congo colonial- la relación desigual entre globalizadotes y globalizados tiene mucho en común con la que unía a las colonias con sus metrópolis. Y que no se pueden ridiculizar, como él ha hecho en ocasiones, las teorías representadas por Chomsky (El beneficio es lo que cuenta. Neoliberalismo y orden global, Crítica, 2000), Susan George (“El Informe Lugano: preservar el capitalismo en el s. XXI”, Icaria, 2000), o el NO LOGO de Naomí Klein (Paidos, 2001).

En un pasaje de la novela, Joseph Conrad le dice que Roger Casement que debiera figurar como coautor de "El corazón de las tinieblas" porque "usted me desvirgó". Le habrán abierto los ojos también ahora a Vargas Llosa? ¡Nunca es tarde si la dicha es buena!

miércoles, 23 de febrero de 2011

GABRIEL CARDONA EN ACCIÓN



Recientemente ha fallecido el historiador Gabriel Cardona, al que tuve de profesor durante la carrera. Sólo cursé una asignatura troncal con él, en segundo, una Historia contemporánea de España obligatoria; y sólo fue un trimestre, pero la verdad es que guardo cálidos recuerdos de aquellas tardes frías de otoño en el campus de Diagonal. Era un aula larga, de grandes ventanales, tras los que la silueta del profesor se recortaba sobre el cielo mortecino de la tarde –caía la noche durante esa hora y media- y apenas se iluminaba cuando, algo más al fondo, a su espalda también, el Camp Nou despedía una luz azul eléctrica cada vez que tocaba partido. Guardo los apuntes de aquellas clases como oro en paño porque fueron los más inclasificables de toda la carrera, y hoy me he decidido a escribir sobre ellos porque leerlos me hace reír y me permiten acordarme del ingenio docente de Gabriel Cardona.

Su marcha cuesta de superar: no sólo porque ha sido consecuencia de un desgraciado accidente y porque faltaban pocos días para que presentara “Las torres del honor”, sino porque perdemos a un observador lúcido y crítico del “problema militar” español, que hacía gala de una ingeniosa lucidez, comprometida y valiente. Estos días es imposible no leerle, porque todas las revistas incluyen alguna colaboración suya con motivo del trigésimo aniversario del 23F y de la publicación de sus recuerdos en el cuartel durante aquella misteriosa jornada. Al hacerlo, uno se da cuenta de las brillantes aportaciones que aún podría haber hecho, pero también de su compromiso con la transmisión –en un registro accesible- de los conceptos y procesos más complejos.

Tengo apuntado que ya el primer día de clase se lamentó de que “estamos pegados a Europa pero no siempre tenemos allí la voluntad, la razón o el corazón” y destacaba a las personas que –en los últimos doscientos años- han entregado su vida a hacer de este país un espacio “en el que tengamos derecho a discrepar, pensar y opinar sin que nos molesten demasiado”, añadiendo que se dejaron la piel por traer “algo maravilloso que había al otro lado de los Pirineos, a lo que llamaban libertad”.

Anoté que empezó el curso hablando de “La familia de Carlos IV”, de Goya, "un cuadro en el que el no parece tonto es que lo es”, y que los Borbones se dedicaban exclusivamente “a la misas, las cacerías y las queridas, pasatiempos con los discrepo o para los que no tengo edad”. Emprendíamos la invasión napoleónica escuchando que “los franceses han sido buenos vecinos, porque nos enseñaron a pecar. ¡Pecar nos humaniza! Qué sería de París sin la lujuria y la gula…”. Pocos días después nos presentaba la Constitución de Cádiz diciendo que “a mi el grito de Viva La Pepa me sigue emocionando”. Apunté que, para diferenciarlos, decía que “los liberales progresistas creían que los obreros tienen derecho a un bocadillo diario y poco más; y los moderados creen que sólo a un trozo, y si se lo ganan”; o que el liberalismo doctrinario consiste en “que deben mandar los más capacitados. Es decir, los ricos; porque si los pobres no se hacen ricos es porque son tontos, de acuerdo con la forma de pensar de los ricos”.

Un día citó a Marx y puntualizó que “no tiene nada que ver con los hermanos del camarote”, y otro afirmó que “Nueva York es el orgullo de la humanidad y la vergüenza del capitalismo. Lo primero porque gente de todas clases vive junta sin matarse; lo segundo porque vive mal”. Al hablar del Desastre de 1898, nos dijo que “si los españoles hubieran querido volar el Maine, se habrían equivocado de barco”. Y al denunciar a la burguesía esclavista dijo que “todos estaban convencidos de que los negros no tenían alma, hoy sabemos que los blancos tampoco”, y confesaba que “no quiero hacer una historia partidista, pero es que a mi las víctimas me caen bien”.

Me acuerdo de que cada vez que la explicación le obligaba a escribir el nombre de Franco en la pizarra, al cabo de unos minutos se detenía un segundo, miraba en silencio la palabra escrita y, de pronto, se precipitaba sobre el estrado diciendo “voy a borrarlo, no vaya a ser que resucite”. Otra perla: “España es el país más importante de la historia del anarquismo, aunque no de las ideas anarquistas. España, de hecho, no es importante en la historia de las ideas de nada. En todo caso, de las malas ideas”.

He de confesarte, maestro, que copio algunos de esos latiguillos en clase, y que –pese al salto generacional- siguen teniendo éxito. Lo hago porque quiero inspirarme en los mejores, por eso alguna vez les he contado a mis alumnos que tenía un profesor que acababa algunas clases preguntando “¿ha quedado lo suficientemente confuso como para que sea cierto?”. Y es verdad que la realidad siempre es compleja, y casi nunca como nos gustaría: “la gente, harta de tanta incertidumbre, no se apasiona con los cambios. Tú le dices a la gente, señora qué quiere, la revolución o un televisor en color. Y hartos de problemas porque la libertad no se come, se quedan con la tele”, se lamentaba un día.

Cuando empiezo un libro de Gabriel Cardona -tengo sobre la mesilla de noche su último trabajo sobre Alfonso XIII, esperándome- siempre pienso que, arrancándonos tres carcajadas con sus gracias, sólo pretendía despertarnos la curiosidad para que nos lanzáramos sobre la bibliografía. Despertarnos dudas era una estrategia consciente porque –como nos dijo el último día de clase de aquel curso- “pensar supone a menudo quedarnos desnudos ante la realidad. Uno se siente más arropado con la fe, pero aquello para lo que se necesita fe para creer suele ser mentira”.

Gracias, maestro, por recordarme el valor de vivir a la intemperie. Y que el pensamiento nunca debe tomar asiento. ¡Le recordaré siempre!


viernes, 11 de febrero de 2011

ALEXANDRE (1): MERCHANDISING O EXTRATERRESTRE?



Aprofitant les dues exposicions ofertes ara a Europa al voltant d’Alexandre –“Encuentro con Oriente”, a Madrid, i “El inmortal”, a Ámsterdam- vaig convidar Borja Antela Bernárdez (Moaña, Pontevedra, 1977) a parlar-nos-en al Club d’Amics de la UNESCO. Aquest doctor en Història de Grècia per la Universitat de Santiago de Compostela el 2004, va publicar en gallec l’any següent la seva tesi sobre la relació d’Alexandre amb la ciutat d’Atenes. Actualment, es professor associat d’Història Antiga a la UAB, i ha publicat amb la UOC el manual “Pèricles no hi és, breu Història de l’Antiga Grècia” (2009), on proposa deixar de banda els personatges tradicionals: “Molts aristòcrates grecs han estat presents en la historiografia (…) com una demostració que era aquesta elit econòmica i cultural aristocràtica la que regulava el geni dels grecs”; i afegeix: “He preferit prestar més atenció (…) al col•lectiu”. És un llibre, doncs, molt especial, que “neix d’una inquietud molt tendra i antiga”, tal i com diu el propi autor en la introducció, en la que cita els contes del seu pare -“aquella Il·líada per a infants que ell mateix s’inventava”- i “la trobada de la llum hel•lènica als ulls de la meva dona en un viatge memorable”. També en termes tan humans com aquests Borja Antela ens va explicar Alexandre. Defugint els discursos mistèrics, que de vegades atorguen a l'excepcionalitat alexandrina tants mèrits que el fan inexplicable, un extraterrestre gairebé, Antela ens va presentar quins contextos van fer possible la gesta alexandrina.

Per una banda cal parlar del sistema polític macedonià, una monarquia basada en el mèrit personal del rei sobre una aristocràcia guerrera -els seus “companys” o “hetairoi”- dintre de la qual és el primus inter pares. El prestigi guanyat a Queronea, on va dirigir la cavallería del seu pare contra els tebans, acompanyaria Alexandre sempre. Però l’autoritat del rei macedoni no solament li venia de la victòria i del valor militar, també de l’administració dels ascensos i del botí, que explicarien que l’exèrcit el seguís fins a tant lluny. Les reformes militars introduïdes pel seu pare, Filip II, que va incorporar el model hoplític que havia après a Tebes i les llargues llances de 6 metres que farien impenetrable la falange, farien possibles les successives victòries a Àsia.

Es discuteix sovint la influència d’Aristòtil, el seu mestre, en l’imaginari alexandrí. Sigui quina sigui, el sanguinari conqueridor que arrassa ciutats vençudes, propicia gegantines matances o venja la mort del seu amant en la persona del metge que no l’ha pogut salvar, és un home culte malgrat tot. Per això evita destruir Atenes quan la venç: la considerava seu de l’intel·lecte; per això –en castigar Tebes- salva la casa del poeta Píndar. Conclusió: Alexandre és l’home llegit que reclama llibres i dorm amb la Il·líada sota el coixí. Les seves campanyes, en abocar a la Mediterrània tot el saber babiloni sobre el zodiac, les matemàtiques, el moviment dels astres, o la geometria, o en pretendre delimitar i mesurar el món conegut aleshores, són també un viatge iniciàtic de coneixement, una expedició científica.

Finalment, per entendre per què la gesta alexandrina va ser possible, hem de fixar-nos també en un discurs religiós que diferenciava els déus, immortals, dels homes, mortals; i que creia que les gestes permetien alguns homes –els herois- perviure en el record i semblar-se així als déus. Són aquestes referències mítiques –i certes per a l’imaginari grec- les que Alexandre fa servir per legitimar el seu poder. La propaganda alexandrina confecciona un llenguatge iconogràfic innovador, que pretén arribar a tots els súbdits d’un imperi tan divers com immens. Per superar la barrera de la diversitat i la llengua fa servir un discurs visual: és el primer, per exemple, que inclou el seu perfil en les monedes, amb els ulls sempre mirant al cel per recordar que és –com demostren les seves victòries- l’escollit dels déus.

D'heroi a déu (el camí cap al despotisme)


L’assimilació de la imatge alexandrina –ben controlada per un nucli tancat i privilegiat d’artistes- amb tres referents mitològics successius (Aquiles, Heracles i Dionís) sembla mostrar la intenció conscient de presentar-se com l’escollit dels déus, atorgant així a les conquestes una legitimitat d’origen diví. Les proeses fan d’Alexandre el sucesor dels herois. Quan visita, amb el seu amant, Hefasteion, la tomba d’Aquiles i el seu amant, Patroclo, està assimilant l’atac a Pèrsia amb la mítica guerra de Troia. En comptes d’escollir presentar-se com el nou Agamenó (el referent panhelènic de la Guerra de Troia), que podria tenir alguna connotació tirànica, prefereix trencar la tradicional iconografía barbada i presentar-se com un jovenet, amb la seva famosa elevació de cavell que fa que el seu semblant recordi un lleó. És el cas del bust sobre pilar trobat a Azara (obra de Lísip, avui al Lovre) o del mosaic pompeià que representa el macedoni a la batalla d'Issos i que encapçala aquest post.

Les referències al lleó augmenten després de visitar Siwah. Aleshores, deixa de presentar-se com l’heroi que combat contra els perses i pretén superar l’status heroic i publicitar la seva filiació divina. Com que la gesta l’allunya de l’ideal grec de mesura i virtut continguda, deixa enrere la identificació com Aquiles –predestinat a véncer els perses però a morir en l’empresa, i que per tant ja no li seveix com a referent- i potencia la seva identificació amb Heracles. Igual que Heracles va véncer el lleó de Nemea, ell ha vençut el Gran Rei (i el lleó, al qui solament podien matar els reis, és també rei del món animal!). Adoptar la imitació del seu pretés ancestre, Heracles, és reclamar una filiació divina. Alexandre està avançant en el procés de divinització i, per tant, reforçant el seu poder personal.

Ja tornant de l’Índia, sovintejen les representacions com a Dionís. Ha superat la gesta del fill de Zeus, i –com el Déu del capgirament- ho ha capgirat tot: ara és ell qui governa el món. Folla de deliri bàquic, la seva comitiva cortesana crema el Palau de Xerxes a Persèpolis. Fa servir la història de Dionisos perquè els qui havien negat la seva naturalesa sobrenatural havien estat castigats. La imatge del déu venjatiu, que destrueix els qui neguen el seu poder, podria constituir una advertència als opositors. Assimilar-se a Dionís li permetria defensar per la força la seva naturalesa divina no reconeguda. Segons Borja Antela ha escrit, tota aquesta elaboració propagandística successiva (que passa per les tres fases d’heroi, heroi-déu i déu mateix) amagaria l’existència d’un projecte de govern, encara que la mort prematura del rei macedoni ens priva de les dades necessàries per comprendre’l.

Que aquest llenguatge alexandrí del poder va tenir èxit ho demostra el fet que el personatge ha arribat fins a nosaltres envoltat d’una admiració èpica. Les dues exposicions ensenyen que la seva gesta ha enlluernat la humanitat generació rera generació. La “imitatio Alexandri”, de fet, va seduir personatges de tota mena: quan penses en un home que va viure 33 anys com a fill de Déu, convertint-se en Déu al morir, després d'un bon grapat de gestes miraculoses ... en qui penses?

sábado, 5 de febrero de 2011

CONSTRUIR LA REVOLUCIÓN: ARTE Y ARQUITECTURA EN RUSIA 1915-1935



Ha sido interesante hoy vagar en Caixaforum por la exposición que comparte título con este post. Aunque de difícil lectura para los que cojeamos en arte, me ha parecido un evento importante: es la primera vez que un discurso cultural dedicado a un público generalista nos recuerda los aciertos de la revolución soviética y cómo se estrellaron frente al giro reaccionario del totalitarismo stalinista. Como dice el programa de mano, en el período estudiado, “Rússia va viure un període d’intensa activitat en el camp de les arts plàstiques i l’arquitectura, amb el desenvolupament d’un llenguatge radical i innovador” en el que “seguint l’exemple de l’arquitectura moderna europea, la funció dictava la forma externa, que es manifestava a través de formes geomètriques pures sovint sostingudes per pilars sense ornamentació, amb finestres horitzontals continúes i cobertes planes”. Se pretende despertar interés por esos edificios, hoy en estado lamentable, y crear así una conciencia internacional que pueda recuperarlos y rehabilitarlos.

La exposición se organiza por tipos de edificios, y presenta un triple diálogo entre las fotografías antiguas de cada proyecto -pertenecientes al Museo Estatal de Arquitectura Sxússev -, las que ha realizó el fotógrafo Richard Pare entre 1992 y 2001, y las obras de arte creadas por las vanguardias rusas que hoy forman parte de la Colección Costakis del Museo de Arte Contemporáneo de Tesalónica.

El nuevo estado nacido de la revolución requería nuevos edificios: comunas y comedores comunitarios (que querían liberar a la mujer de la cocina en el hogar para incorporarla como fuerza de trabajo), equipamientos deportivos para el proletariado victorioso, fábricas y centrales eléctricas con los que superar los ambiciosos planes de industrialización. Los arquitectos que protagonizaron este estallido de creatividad experimental superaron el reto que suponía para la industria de la construcción, pero se estrellaron contra el programa estético del stalinismo.



En el apartado de las construcciones del poder, destaca el Edificio Izvestia (Moscú, 1927) de Grigori y Mikhail Barkhin, la redacción de uno de los periódicos oficiales del partido bolchevique, un proyecto inspirado en la propuesta de Walter Gropius y Hans Meyer al concurso del Chicago Tribune en 1922. También se nos enseña el Edificio del Gosprom en Khàrkov (Ucrania), que Eisenstein utiliza como ciudadela burocrática bolchevique en la película “Lo viejo y lo nuevo”, y la torre de radiodifusión Kàbolovka (Moscú, 1922) de Vladimir Xúkhov, la primera estructura industrial construida tras la revolución de 1917 para difundir el mensaje revolucionario del Komitern. También el mausoleo de Lenin (foto) perseguía esas funciones: incluía una tribuna de oradores adosada para proclamar que el leninismo era la base del socialismo ruso que sus sucesores debían perpetuar.

Entre los edificios industriales, destaca la fábrica de pan que Gueorgui Marsakov construyó en Moscú en 1931. Pero también están las presas gigantescas con las que el Primer Plan Quinquenal quería convertir la Unión Soviética en una potencia militar e industrial, o las centrales eléctricas que –según Lenin- eran, junto a los soviets, la esencia del comunismo.



Las viviendas constituyen el tercer tipo de construcciones estudiadas en la exposición. El éxodo rural y la industrialización forzada provocaron tal aumento del número de trabajadores en las ciudades que urgió levantar complejos residenciales a gran escala con equipamientos adyacentes, pero también guarderías, cantinas o bibliotecas. Me ha llamado especialmente la atención, sin embargo, la maqueta de la casa de Konstantin Melnikov en Moscú (1927-1931). Por su éxito en la Exposition Internacionales des Arts Décoratifs et Industriels Modernes celebrada en París en 1925, se concedió a este arquitecto un solar céntrico para que se construyera su propia casa. Pero como más tarde se mostró opuesto a la directiva stalinista de adoptar un lenguaje clásico en arquitectura, fue arrinconado del ejercicio profesional y acabó trabajando como diseñador de sistemas domésticos de calefacción.

Finalmente, en el apartado dedicado a la educación y el ocio, destacan los clubs de trabajadores con los que se quería transformar las actitudes del pueblo mediante actividades deportivas, educativas y culturales. Planificar el ocio era también promover una mano de obra sana y productiva, por lo que –durante los Planes Quinquenales- se premiaría con veraneos en sanatorios y centros termales el rendimiento excepcional de los trabajadores más entusiastas.

Todas esos paradigmas con los que el arte de la revolución había contestado a los de la burguesía (la mansión, la catedral…) pretendían levantar un mundo nuevo. Cuando le preguntan a Richard Pare, en el catálogo de la muestra, si la arquitectura podía contribuir en esa dirección, el fotógrafo responde que “una de las catástrofes de la historia de la arquitectura del siglo XX es que en Rusia no tuvieran la oportunidad de desarrollar plenamente sus ideas y ponerlas en práctica”. Me sorprendería que su búsqueda de esos edificios ignorados durante décadas, a los que los libros de arquitectura apenas dedican unas líneas, amenazados por la falta de inventario y la especulación inmobiliaria, lograra salvarlos. Y es que la demonización de la revolución imperante hoy, que no distingue entre el proyecto de Octubre y su secuestro por Stalin, nos impide distinguir entre los proyectos soñados y sus prosaicas materializaciones: en 1932 el régimen stalinista fusionó las asociaciones de arquitectos en un sindicato controlado por el partido e impuso las referencias clásicas.

No sólo en arquitectura, la primavera revolucionaria dejó paso a las siniestras purgas, y cabe exonerarla de las responsabilidades que no le corresponden porque –con la que está cayendo- nos urge dotarnos de referentes históricos que dignifiquen a quienes intentaron levantar un mundo mejor. Salvar a la revolución del dogma neoliberal que la estrangula me resulta hoy tan importante como salvar a esos edificios que constituirían –eso sí- rincones para su memoria. ¡Y también por eso la exposición de Caixaforum me ha parecido importante!

lunes, 31 de enero de 2011

CICLE ALTAVEU: 10 HISTÒRIES AMB LA MEDITERRÀNIA AL FONS


Aquesta setmana comença per a Fent Història un cicle de conferències molt especial. Està inclòs dins la programació d’hivern del Programa Altaveu de les Cultures que –com cada semestre- organitza Amics de la UNESCO. En aquesta ocasió, la seu del cicle serà la de l’IEMED, al carrer Girona núm. 20 de Barcelona, i el cicle inclourà set firmes de l’Associació Catalana d’Estudis Històrics, a més de tres reconeguts professors universitaris.

De fet, la conferència inaugural (demà, 1 de febrer) anirà a càrrec del dr. José Enrique Ruiz-Domènec, catedràtic d’Història Medieval a la UAB. L’autor de “El Mediterráneo: historia y cultura” ens proposarà un viatge iniciàtic per ciutats com Antioquia, Alexandria, Salònica, Atenes, Venècia, Nàpols, Palermo, Gènova, Barcelona, Màlaga i Cadis; des de la mítica i poètica guerra de Troia fins els problemes d’integració cultural dels nostres dies, buscant episodis rellevants i acostant-nos a la Història, la literatura i l’art.

Per la seva banda, el catedràtic de Prehistòria de la UB i Director del Seminari d’Estudis i Recerques Prehistòriques SERP-UB, Josep Maria Fullola, ens parlarà de “El sueño de una generación: el crucero universitario por el Mediterráneo de 1933”. I és que aquell any, un grup de quasi 200 estudiants i professors universitaris de tot Espanya van fer un viatge d’estudis al voltant del Mediterrani a bord del “Ciudad de Cádiz”. Hi havia professors catalans, com Lluís Pericot o un jove Jaume Vicens Vives, i futurs celebritats intel•lectuals del país. Aquella aventura els va marcar per a tota la vida; per això val la pena rememorar com va anar aquell viatge!

Finalment, el 22 de febrer ens anirem fins al segle XVI, quan –disputant-se el Mediterrani i els Balcans- els imperis de Solimà i l’Emperador Carles s’observaven com a enemics i alhora s’enfrontaven en els camps de batalla. Els turcs, de fet, van tenir la iniciativa militar fins la batalla de Lepanto; per això van omplir la imaginació de l’Europa cristiana de pors i distorsions. Quina imatge es tenia del otomans a la península i com es va manifestar en el teatre, l’òpera, la festa? D’això ens parlarà Josep Maria Percebal, professor agregat de la facultat de Ciències de la Comunicación UAB, Dr École des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París, en la seva conferència “Miradas dobles

Arqueologia FH

L’arqueologia també serà protagonista important del cicle de les Històries mediterrànies. Tenim la sort de comptar amb Victòria Medina, investigadora del SERP-UB, que ens passejarà el 15 de febrer pels jaciments de Pompeia, Herculà i Oplntis, declarats per la UNESCO Patrimonis de la Humanitat. Coneixent-la, segur que “Estiueig, banys públics i oci a la Pompeia romana. Del Jardí dels Fugitius als frescos de la Villa dei Misteri” constituirà un viatge apassionant. Un altre soci de FH, l’Oleguer Biete, ens acostarà fins a Empúries l’1 de març. De la ciutat de fundació grega, des de la que els romans van iniciar la conquesta de la península ibèrica, queda un jaciment que encara ens ha ofert recentment interessants troballes cent anys després de l’inici de la recerca; per això val fer una repassada de la seva història. L’impacte de l’arribada de grecs i romans també es nota en l’escultura i la ceràmica dels pobles ibèrics. Per això la doctora en Història Antiga i Arqueología, Laura Devenat, ens parlarà el 22 de març de “La imatge a la cultura ibèrica, fusió de cultures mediterrànies”.


Més lluny















Altres cites del cicle mediterrani ens faran viatjar molt més lluny. La historiadora i antropòloga Maria Ángeles Torrente, per exemple, ens acostarà fins a Ses Illes el 15 de març per a parlar-nos dels xuetes, un grup social mallorquí, descendent dels jueus que es van convertir al cristianisme, i que fins ben entrat el segle XX es van veure obligats a un estricta endogàmia per l’estigmatització social que patien.

Camí de la Mediterrània oriental, pararem el 29 de març a Dubrovnik, l’Atenes eslava, de la mà de l'historiador Octavi Mallorquí, que ens parlarà d’aquesta “perla de l’Adriàtic”. I Núria Castro, especialista en vida quotidiana del Museo Egipci de Barcelona i també sòcia de FH, ens retratarà el 8 de març –ben a proa del dia de la dona- “Cleopatra, una reina egípcia a l’Alexandria dels Ptolomeus”. Aquella nissaga de costums gregues vivia ben allunyada de la realitat del regne mil·lenari que governaven; solament Cleopatra VII va tenir plena coneixença de la cultura del seu poble i va convertir Alexandria en un gresol mestís de civilitzacions.

I per acabar el viatge, tancarà el nostre cicle el dimarts 5 d’abril la doctora Dolors Soriano, sòcia també de FH. Ens parlarà de dues peces molt interessants del patrimoni del Museu Etnològic de Barcelona, com a conservadora que n’és, que van ser exposades amb motiu de la inauguració de la Biblioteca d’Alexandria l’any 2003: “El llibre del pelegrí”, manuscrit de Kabul, Afganistan, del s. XIX, i un “Tractat d’oració” del nord d’Àfrica (Marroc) del segle XIX. Són peces que, en el seu viatge, demostren la contínua interconnexió entre les mil i una ribes de la Mediterrània.

Són 10 històries que parlen d’aquestes trobades. De persones d’un costat que es van trobar amb persones de l’altre. En tots aquests casos les aigües de la Mediterrània van estar testimonis presents; per tant part d’aquelles històries que s’hi van reflectir encara resten d’alguna manera en tots aquells que estimen aquest mar. Podrien haver estat unes altres 10, perquè els contactes –feliços o no- entre gent i cultures i músiques i menjars en aquest racó del món han estat infinits i perpetus. Però he seleccionat aquests per curiositat, plaer o amistat. Tant de bo sigui possible ampliar el cicle –si té èxit, si agrada- i explicar d’aquí uns mesos 10 històries més... amb la Mediterrània de fons.

domingo, 16 de enero de 2011

PORTBOU, IX/1940: ¿QUIÉN MATÓ A WALTER BENJAMIN?



El otoño pasado se cumplieron 70 años: después de siete años en el exilio en París, el filósofo judeo-alemán Walter Benjamin atraviesa los Pirineos en un desesperado intento de huir de los nazis, que acaban de invadir Francia. Su objetivo es llegar a Lisboa para embarcar rumbo a los Estados Unidos. Según la versión oficial, logra cruzar la frontera franco-española con éxito, pero al llegar a Portbou se ve obligado a pernoctar en una fonda bajo la estrecha vigilancia de tres policías que tienen instrucciones de deportarlo a Francia a la mañana siguiente. Esa noche, inicia una agonía que lo llevará a la muerte 24 horas más tarde. Según sus allegados, agobiado por los trajines de una penosa travesía a pie a través de las montañas y por su vieja cardiopatía, se suicidaría con una dosis de morfina. David Mauas pone en duda esa versión en el documental “Quién mató a Walter Benjamin", coproducido por Televisió de Catalunya y la televisión holandesa, con el apoyo de la Academia de las Artes de Colonia, el Institut Valencià d’Art Modern, el Instituto Alemán y otras instituciones, que recibió un reconocimiento de la prestigiosa European Association for Jewish Culture. El filme se presentó en octubre de 2005 por primera vez en Barcelona, y desde allí, su periplo fue in crescendo: Sección Oficial en el Festival de Málaga, Festival de Sitges, Washington Jewish Film Festival, entre otros. Proyecciones en Alemania, Francia, Portugal, Italia, Argentina, Colombia, Israel, Puerto Rico, Kenia… Próximamente esta prevista una edición en DVD.



Inicialmente el proyecto pretendía "reconstruir el escenario del crimen”. ¿Qué queréis decir con eso?

El concepto nos remite al género del cine negro. Hay una voluntad consciente de enmarcar ahí la película. Además, una especie de homenaje al concepto de escenario en términos de Claude Lanzmann, el director de Shoah: el lugar, el espacio físico, como dinamizador y posibilitador de historias. En Portbou, como en cualquier otro lugar, no puede haber una cantidad infinita de narrativas; como pueblo de frontera siempre habrá historias de frontera. Es una historia de cruce de fronteras, entendiendo eso en su sentido más amplio.

La película narra vuestra investigación personal sobre las circunstancias de la muerte enlazando testimonios de vecinos de Portbou con especialistas. ¿Qué reacciones observasteis al interesaros por el tema Benjamin?

Una cosa hay que dejar clara: si la película se pudo hacer fue gracias al apoyo de la gente de Portbou. Es verdad que fue necesario un proceso largo de acercamiento: casi cuatro años estuve yendo al pueblo. Uno no puede pretender que con una visita, con la mochila a cuestas, todo se resolvería. Hay que ser paciente, empático. Nadie te conoce, no tienen por qué abrirte sus casas, sus vidas. Pero a medida que las visitas van avanzando, se van generando relaciones. Con aquellos con los que surgen estas relaciones, hay un apoyo y un interés en el que el tema salga adelante. Había quien no quería ni que me acercara, y había quien contaba cosas advirtiendo que no querían aparecer en el documental. Se entiende alguna incomodidad, porque hablar sobre Benjamin era hablar de lo que pasó en el pueblo, de sus antepasados, de la Guerra Civil, de los asuntos de frontera.



La película recoge un montón de sospechosos indicios que siguieron a la llegada precipitada de Benjamin a Portbou. ¿Qué se insinúa?

Principalmente, quiero decir que la historia del suicidio no cuadra. Ni con las fuentes históricas. Y por tanto, que no tenemos derecho a endosarle a Benjamin una voluntad de muerte que tal vez no tenía. Es una cuestión de ética y de decencia histórica. Y digo más: cuando nos ponemos a analizar los indicios nos asalta la terrible sospecha de que posiblemente no se trate de un suicidio al uso (...)
(El resto de la entrevista, muy pronto, en el boletín de la asociación Fent Història)

jueves, 30 de diciembre de 2010

FRANCISCO DE BORJA: EL CURRICULUM OCULTO



El Palau del Lloctinent es el espacio más adecuado para la exposición Francesc de Borja virrey de Catalunya 1539-1543, que –hasta el 16 de enero- quiere conmemorar el 500 aniversario del nacimiento del IV Duque de Gandía y III General de la Compañía de Jesús. La pequeña muestra es elegante y valora con exquisitez piezas y documentos gracias a un excelente programa de mano que contiene las fuentes transcritas y un detallado catálogo. Sin embargo, es bastante plana, incluso algo anodina, si atendemos a que trata de un personaje tan fascinante, cuya complejidad apenas se intuye en el discurso expositivo.

Si el visitante se decide después a zambullirse en la bibliografía, más que un análisis científico del personaje encuentra hagiografías repletas de míticas escenas laudatorias. La estupenda biografía escrita por el poeta y ensayista Josep Piera, Premi Joanot Martorell 2009, evoca la Gandía medieval como una corte renacentista, al estilo de Ferrara, sacudida por la revuelta de los agermanados, que -al grito de “pau, justicia i germania”- pretendían que “València havia de ser comuna així com Venècia”. Desalojos como los que los Borja sufrieron durante el conflicto fueron sumariamente castigados por la virreina, Germana de Foix (“la nostra voluntad no és perdonar ningú, sino que paguen”).

Por aquel entonces el joven Francisco de Borja debutaba como sirviente doméstico –menino, dice Àlvar Garcia en un artículo incluido en el libro de mano/consulta que ofrece la exposición- en Tordesillas, “internado aristocrático” y “sanatorio real (por no decir un manicomio)". La cercanía de la realeza con la que empezaba su formación aristocrática será siempre tan estrecha que sorprende que nadie especule sobre la difícil convivencia entre la fidelidad mostrada al emperador –en misiones de extrema confianza- y el juramento de obediencia al papa que condicionará a Francisco de Borja en la Compañía de Jesús.



No resulta fácil encontrar al personaje histórico en medio de tanta literatura religiosa: los títulos que abordan su vida no escatiman el uso de expresiones como “santo duque”, ven en su inquietud piadosa la voluntad consciente de compensar los excesos de sus abuelos (como si sus hermanos no los tuvieran) y se recrean en afirmaciones como que “los emperadores, encantados con un joven tan agradable y simpático, conciertan su matrimonio con Leonor de Castro, camarera de la emperatriz y portuguesa como ella”. Sí que es cierto que, además de un matrimonio próximo, la fidelidad y eficacia en el servicio imperial le procuró una intachable hoja de servicios a la monarquía que debería despertar más susceptibilidades que elogios de santidad: ¡Echémosle un vistazo!

Además de ejercer la diplomacia para el emperador en Niza (1536), donde acompañó la agonía de Garcilaso de la Vega, veló el cadáver de la emperatriz Isabel hasta Granada (1539). La confianza imperial se demostró también en su nombramiento como virrey de Cataluña ese año. Su elección, que interrumpía la anterior serie de nombramientos eclesiásticos para el cargo, resulta más interesante que sus políticas –especialmente preocupadas por el bandolerismo, la piratería y la frontera francesa-, que se limitan a seguir las instrucciones del rey y no justifican la exposición. Las biografías al uso se centran en su pasión piadosa y le siguen de regreso a la corte ducal al fallecer su padre, y durante la crisis espiritual que –tras la muerte de su esposa (1546)- le orientó hacia los Ejercicios Espirituales. La influencia de la Compañía convertirá su proyecto de colegio para moriscos, por recomendación ignaciana y bula de Paulo III (1547), en la primera universidad jesuita, en la que él mismo se doctoró como teólogo (1550). Ese mismo año fue ordenado en secreto, para lo cual se le sustrajo del cumplimiento del voto de pobreza, lo cual demuestra lo estratégico o urgente de su captación. Antes de renunciar a sus estados, sin embargo, concertó el matrimonio de sus hijos mayores –Carlos e Isabel, como los emperadores- de acuerdo con estratégicos intereses familiares. Pese a que el emperador le quería en el séquito doméstico del príncipe Felipe, que debía desposar con una princesa portuguesa, Francisco de Borja marchó a Roma. Allí ofició en 1551 su primera misa.

Ingresar en la compañía no sólo implicaba romper con su pasado y olvidar su condición noble, también debería haber supuesto romper la fidelidad a su señor natural. Menospreciar ese aspecto no sólo es ignorar la pervivencia de las relaciones vasalláticas, sino también las tensas relaciones entre papado e imperio. ¡Francisco de Borja no sólo ingresaba en la milicia intelectual de la reforma católica, sino que se ponía al servicio del Papa en virtud del cuarto voto! Ahora bien. Del mismo modo que su fichaje podría alimentar la propaganda contra-reformista, también le situaría en una posición estratégica para los heterodoxos al servicio del emperador, entre los que se cuenta: la práctica religiosa de los jesuitas peninsulares llegó a ser objeto de la preocupación de Loyola y despertó suspicacias inquisitoriales. La concepción intimista de la religión con la que Borja coquetea, influido quizá por la Devotio Moderna, no es su único rasgo como hombre del Renacimiento: también habría que analizar su preocupación por la enseñanza, una biblioteca con más de 300 libros entre los que se contaban 27 obras de Erasmo y 11 de Vives, o la composición de la “Visitatio Sepulcro”, una representación teatral cantada que presentó en 1550 y que aún hoy es uno de los principales atractivos de la semana santa en Gandía.



Si a ese perfil le añadimos la cercanía al poder imperial, la negativa de Loyola al nombramiento como cardenal que el emperador defendía para Borja, y la reivindicación que pretendía hacer de su bisabuelo Alejandro VI construyendo una iglesia que alojara su sepultura, podríamos llegar a intuir ambiciones. Quizá sea una coincidencia que, cuando llega a Roma, Julio III reabre el concilio, y Borja es alejado de Italia confiándole el comisariado peninsular. Pero no creo que pueda serlo el hecho de que –pese a haberse convertido ya entonces en un “soldado del papa”- siguiera prestando servicios muy cercanos a la monarquía durante esta última estancia peninsular. Las noticias de que la reina Juana (la Loca) malvivía rozando la herejía, además de despertar angustias por la salvación de su alma, constituían un problema importante para la imagen dinástica que Borja, con su prestigio eclesial, pudo resolver: encauzando a la anciana viuda hacia la corte celestial con su consuelo, y garantizando así el monopolio de la explicación oficial (y sorprendentemente cuerda) de la agonía de la reina.

Acompañará también la soledad de la princesa viuda de Portugal (la que será regente Juana de Castilla), hija de Carlos V, por encargo de éste tras una visita a Yuste en la que se le podría haber encargado alguna misión relativa a la lucha por la regencia del joven rey Sebastián entre Juana (su madre) y Catalina (su abuela). Esos servicios para el emperador podrían haberle convertido en objetivo de los reaccionarios que se apoderan de Castilla y se consagran a perseguir cualquier resquicio de heterodoxia, desde los iluminados al arzobispo Carranza. Sólo su nombramiento como General de los Jesuitas le permitirá acudir de nuevo a Roma…

El personaje, a mi entender, superará su centenario sin que haya aumentado nuestro conocimiento sobre él. Cuando Santiago La Parra se propone “refutar aquella explicació segons la qual la figura del Sant Duc de Gandia seria l’antitesi de la seu llicenciós besavi” apunta en buena dirección, pero nos deja a medias. Sabemos que compartió el apellido del Papa con un orgullo explícito, pero ninguno de los retratos del personaje nos aclara en realidad quién fue.