Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

martes, 27 de julio de 2010

FEDERICO EN LA CARROZA DEL ORGULLO



El suplemento cultural del diario ABC anunciaba en portada el 17 de marzo de 1984 la primera publicación de los “Sonetos del amor oscuro”. El título del especial –“Lorca, sonetos de amor”- descuidaba sin embargo la palabra “oscuro” del título original. Un lector atento repararía en que el destinatario de las rimas era masculino, pero los artículos que incluía el periódico aquel día minimizaban esa posibilidad: unos relacionaban las referencias a la oscuridad con el “ímpetu indomable y a los martirios ciegos del amor, a su poder para encender cuerpos y almas, y abrasarlos como hogueras”, otros decían esperar que la publicación “contribuya a arrumbar ese muro de equívocos y maledicencias que, desde hace muchos años, se ha levantado en torno a la figura del poeta”. Lorca, en resumen, se refería al amor difícil, desesperado, torturado.

No sólo la academia negaba la identidad sexual de Lorca aún a finales del siglo XX. También los supervivientes de la Generación del 27 que “entendían” su vivencia, como Vicente Aleixandre, insistían a Ian Gibson, que el amor oscuro de Lorca “era el amor de la difícil pasión, de la pasión maltrecha, de la pasión dolorosa, o correspondida o mal vivida”. Hay que hacerse cargo: salir del armario no tenía entonces nada de glamour, y para llegar a la visibilidad actual han hecho falta muchas palizas, mucho escarnio, mucha lucha… y alguna vida que se quedó en el camino. Por su parte, Ian Gibson se esfuerza –en su último libro- en entender la incomodidad de la familia: explica que Francisco García Lorca no incluyó ninguna referencia a la homosexualidad de su hermano en “Federico y su mundo” –una publicación de 1980- confesando que a él mismo no le fue fácil aceptar la sexualidad de un hermano mayor que “no tuvo fuerzas” para soportar el “calvario de descubrirse gay en la retrógrada Irlanda católica”. Sin embargo, ha emprendido una cruzada por descubrirnos al verdadero Federico sin ningún tabú.

Academia, coetáneos y familia minimizan pues la homosexualidad del poeta, pero tampoco son –pese al paso de los años- las únicas restricciones: reediciones de “Poeta en NY” o “El público” siguen acompañadas de largas introducciones que –como ha denunciado Alberto Mira- evitan la homosexualidad como criterio interpretativo de la obra de Lorca. Hasta que Ángel Sahuquillo publicó en español su tesis -Federico García Lorca y la cultura de la homosexualidad, 1991- nadie había considerado imprescindible recurrir a la compleja relación del autor con su propia sexualidad para entender la obra lorquiana. En el libro se describe primero la brutal represión jurídica, religiosa y médica de la homosexualidad, un contexto que imposibilitaba a los autores homosexuales expresar abiertamente su auténtico sentir; y después se desarrolla su hipótesis central: que el tratamiento de temas como el silencio, el secreto, los sueños, las sombras, el fuego, la enfermedad, la muerte, el suicidio conforman un “código secreto” que encierra “los problemas y los gozos del amor homosexual”.



Decir eso en 1991 era una heroicidad, porque apenas tres años antes la celebración del centenario del nacimiento del poeta había permitido a Cela desear que “ojalá dentro de cien años los homenajes a Lorca sean más sólidos, menos anecdóticos y sin el apoyo de los colectivos gays. No estoy a favor ni en contra de los homosexuales, simplemente me limito a no tomar por el culo”. Sólo Maruja Torres tuvo la valentía de responderle con la misma verbigracia que el siniestro censor merecía: diciéndole que “es más digno tomar por el culo que lamérselo al poder, como Cela ha hecho tantas veces”. El caso es que el centenario dejó sin estudiar críticamente el componente homosexual de la obra del poeta, que la familia minimizó el tema tanto como pudo, y que la Fundación Federico García Lorca se alegró porque se había superado “la visión reduccionista del escritor como homosexual e izquierdista”. Pobre Federico. ¡Asesinado otra vez!

El Federico que Ian Gibson viene presentándonos desde hace años en sus libros, sin embargo, está marcado por su forma de sentir el deseo. Por eso toda ella muestra siempre empatía con todos los perseguidos: el gitano, el negro, el judío, el morisco que, como él decía, “que todos llevamos dentro”. Por eso, como testigo presencial del colapso de Wall Street, denunció la falta de caridad y la indiferencia hacia la pobreza; por eso “Poeta en NY” proporciona una visión desoladora y deshumanizada del mundo industrial, en el que el “hombre es una máquina productiva sin tiempo para la contemplación de la Naturaleza, de la cual vive brutalmente separado”. Ese compromiso, acentuado cuando –al regresar a España- se encontró la crispación política cotidiana que promovía la derecha contra la república, le valió campañas de descrédito durísimas, tanto contra La Barraca –despilfarro de dinero público, inmoralidad sexual, decían- como contra él mismo: la prensa de derechas le llamaba “el maricón de la pajarita”, o “Federico García Loca”. La misma basura retórica insultante a la que nos tiene acostumbrada la derecha aún hoy.



Conocemos bien al Federico militante y comprometido, al republicano convincente y convencido. Pero ahora Gibson ha ido más lejos y nos lo ha presentado “gay”. En cierto modo, es una provocación, un anacronismo algo forzado; pero que nos permite intuir a un Federico que no estaba serio, ni amargado, ni desconsolado, ni lloroso, ni sufriente. Antes del martirio, hubo un Federico valiente, rijoso, divertido, seductor, algo promiscuo, ocurrente, ingenioso, lanzado, muy suelto, amado y amoroso, follado y follonero... Es el que mantienen secuestrado los que renuncian a “hurgar en la intimidad del poeta” como si lo protegieran, cuando en realidad pretenden callarlo porque –siendo como fue faro de libertad- puede serlo hoy también.

sábado, 24 de julio de 2010

15 artistas son víctimas de la dictadura franquista contra la impunidad

ELS REACCIONARIS DE 1979 Y EL SEU ORDRE MERCATOCRÀTIC



En la darrera editorial del butlletí de Fent Història vaig proposar un text que agraïa a l'Octavi Mallorquí el curs que ens havia impartit sobre l'enfonsament dels règims comunistes de l'Europa de l'Est, aprofitant el vintè aniversari de la caiguda del mur. El 1989 també s'esquerdava el sistema de relacions internacionals que el mur simbolitzava; per això la meva proposta d'editorial deia que "els guanyadors de la contesa van iniciar aleshores una ofensiva propagandística que diagnosticava el final de la Història, i prometia prosperitat i democràcia per a tothom. Però malgrat que la caiguda dels règims comunistes havia estat, segons aquesta interpretació, una "victòria de la llibertat contra el totalitarisme", hem vist aixecar altres murs més alts que el de Berlín. (...) L'existència d'aquests murs fa pensar que aquella propaganda tenia trampa: si tant important hagués estat la llibertat en aquella lluita contra els règims presumptament socialistes, ara continuaríem lluitant per les llibertat de les nacions, de les dones, de les minories". I ja provocant afegia que ens preocuparíem també dels murs que s'aixequen per aïllar els palestins o per evitar el pas dels « espaldas mojadas ». El que volia dir és que aquell diagnòstic sobre la pretesa llibertat guanyada no era més que un argument legitimador de l'arbitrarietat del guanyador, i per això concloïa que "cap crítica al sistema esquerdat el 1989 pot ser intel•ligent si no serveix per reflexionar sobre el nostre, per enunciar la seva imperfecció, la que aquesta terrible crisi que patim manifesta. Els mateixos criteris exigents que ens feien jutjar aquell sistema autoritari i inoperant haurien de servir per millorar aquest sistema nostre, que no destaca ni per les seves aspiracions de justícia, ni per la responsabilitat els poderosos davant la societat, ni per la transparència en l'organització de l'economia".

A l’Octavi no li va agradar gens l’editorial. I amb molta prudència, com si no haguéssim discrepat mai, em demanava gairebé permís per puntualizar-me. És una sort tenir crítics d’aquesta alçada: polemitzant amb ells aprenem i millorem com a historiadors! Deia l’Octavi que més que un editorial historiogràfic, aquell text semblava un opuscle per al butlletí d'un partit tipus Iniciativa-Verds. No és el primer cop que no estem d’acord, ni que –malgrat tenir opinions ben diferents- en podem parlar sense enfadar-nos. Probablement té raó, tot i que em sorprèn que la denúncia del nou ordre neoliberal implantat amb violència –la desregulació i la deslocalització en tenen, i molta- no s’hagi establert com a fefaent, si no com a definitiva. Els llibres de Paco Veiga sobre les relacions internacionals després de 1945, els de Chomsky sobre la “segona guerra freda”, Fontana quan analitzava les tesis de Fukuyama, l'economista Joaquín Estefanía quan li explicava la globalització a la seva filla, o Vicenç Navarro quan desmenteix els arguments neoliberals contra l’estat del benestar semblen coincidir en relacionar l’enfonsament del món comunista i el triomf d’un neoliberalisme conservador molt perillós.



Malgrat això, l’ordre neoliberal havia nascut abans, el 1979. També ho he llegit així en un article del número 34 de la revista Foreign Policy: a La gran reacción de 1979, Christian Caryl comença dient que –si volem entendre el nostre temps- la data clau de partida no és 1968 ni 1989, sinó 1979. Aquell any va triomfar la “revolució islàmica” de Jomeini, els muyaidins afgans van aturar la invasió soviètica, Margaret Thatcher guanyava les eleccions, Joan Pau II pelegrinava a la seva Polònia natal i Deng Xiaoping inaugurava tímides obertures dels mercats xinesos. Quan es pregunta què tenen en comú aquests personatges, l’article respon que tots ells “se propusieron trastocar, cada una a su manera, el espíritu que definía su época, el orden progresista, laico y materialista que hasta entonces había dominado el panorama político (…) Sus movimientos no fueron políticos, sino rearmes morales que rechazaban con pasión lo que consideraban la decadencia, el malestar, el estancamiento y la asfixia” derivats de l’ordre “progre”. Tots ells van constituir un impuls contrarevolucionari, tots ells ataquen la visió progressista de que es pot arribar a un ordre polític racional, igualitari i just; tots ells denunciaven unes elits despiadades amb les creences tradicionals; tots ells van impulsar uns nous valors, més pragmàtics que utòpics. “Es clar que sóc reaccionària”, responia en un miting la Thatcher segons l’article, “és que hi ha molt contra el que reaccionar”. La seva política de privatitzacions i la lluita contra els sindicats la va convertir en una heroïna a imitar; l’any següent un cow-boy arribava a la Casa Blanca prometent “un amanecer en América”.

Què havia passat? Doncs que l’arribada dels sandinistes al poder a Nicaragua i l’atac soviètic a l’Afganistan van rearmar la por i els arsenals occidentals. L’arribada de Jomeini al poder a Iran va provocar aquell mateix any una “segona crisi del petroli” quan els països productors van embargar el proveïment a tots els aliats d’Israel. El clima d’histèria i terror davant les pujades de preus va desenvolupar la conciencia del cost de les matèries primeres, i les baixades de beneficis es van voler compensar amb reduccions del cost de la mà d’obra. Calia abaratir l’acomiadament i reduir les conquestes sindicals, eliminar la competència pública desmantellant les empreses nacionalitzades, reduir els impostos encara que fos eliminant l’estat del benestar. I per tal que l’estat no fos tan car, reduir el seu tamany (i les seves funcions) fins convertir-lo exclusivament en la força d’ordre que ha de protegir la propietat privada: així. El resultat d’aquelles polítiques són estats sense tantes competències, gairebé indefensos davant de les pressions dels capitals financers apàtrides, que volen cap a on les inversions són més rendibles. Són ells qui dicten les polítiques, les que amenacen els estats que no desenvolupen les polítiques econòmiques que els convenen. El futur del ciutadà ja no depèn de les decisions que prengui el govern que ha escollit. ¡En aquest sentit, com deia Iñaki Gabilondo en la seva editorial… la democràcia és morta i vivim una dictadura dels mercats!



ALGUNES LECTURES QUE EM VAN AJUDAR...

CHOMSKY, Noam: La Segunda Guerra Fría: crítica de la política exterior norteamericana, sus mitos y su propaganda. Crítica, Barcelona, 1984.
ESTEFANÍA, Joaquín: La Nueva Economía: la globalización. Debate, Madrid, 2000.
FONTANA, Josep: La història dels homes. Crítica, Barcelona, 2000.
FONTANA, Josep: Historia: análisis del pasado y proyecto social. Crítica, Barcelona, 1982.
NAVARRO, Vicenç: Globalización económica, poder político y estado del bienestar. Ariel, Barcelona, 2000.
VEIGA, Francisco; UCELAY DA CAL, Enrique; DUARTE, Ángel: La paz simulada, una historia de la Guerra Fría 1941-1991. Alianza, Madrid, 1997.

domingo, 11 de julio de 2010

UN DIA HISTÒRIC



Encara que els comptables a sou parlen de 50.000 manifestants, els que hem fet ús sovint del dret a manifestar-nos sabem que les dades de la guàrdia urbana -un milió- van ser superades ahir. Un cop més en pau, sense aldarulls greus ni vidres trencats, en convivència malgrat la discrepància, gaudint de la festa i d'un cel blau, integrant gent de tot arreu, com l'essència del país ha manifestat tantes vegades, els catalans vam omplir els carrers de Barcelona amb entusiasme i passió.

Tot sembla que iniciem un camí una mica més intrèpid, i toca acceptar que aquesta força indomable està farta d'Espanya. Perquè ha demostrat ser irreformable, apenes unes golfes plenes de coses velles aixafades per la pols. Perquè recentment s'ha mostrat incapaç d'aprofundir en les llibertats i ha demostrat que la seva tremolosa democràcia continua tutelada per gent sinistra que vetlla perquè res no canviï.



No crec en arguments místics, però si en el valor impecable de la voluntat majoritària. Em toca acceptar que toca fer un pas endavant. He de confessar que tinc per certesa infalible que alguns companys de viatge hauríen de ser esporgats abans que posin en perill un procés que ha de ser subtil i ha d'estar pendent dels matissos: em refeixo a miserables com els que van intentar agredir ahir el President de la Generalitat i se senten il·luminats per alguna força trascendent que els atorga el pressumpte dret d'assenyalar qui és el "botifler". La seva deixalleria ideològica no pot formar part de cap argumentari si volem enjegar la llibertat d'un poble, que es basa abans de res, en la llibertat dels individus que se'n senten part.



L'altre dubte que em queda és si els catalans de la cartera plena, tement que negocis, comissions, pianos de cua i llotges perillin, hauran telefonat ja: "Mi general", hauran dit, "esté atento" (en castellà, perquè sempre han conspirat així). A l'altre costat del telèfon hauran pres bona nota...

sábado, 26 de junio de 2010

GUIA PARA PERPLEJOS Y MEMORIA DE LOS EXPULSADOS EN 1492



Esta semana he asistido a una de las mejores presentaciones de libros que he visto jamás. Pese a la presencia institucional en el acto, los parlamentos fueron breves y ágiles, y dejaron el protagonismo a los autores, que presentaron el contenido de la publicación, tras un sentido discurso del conseller Joaquim Nadal. Sabía que era historiador, pero no le suponía una sensibilidad tan exquisita: recogiendo el acertado aforismo que Jafudà Bonsenyor escribió en el siglo XIII –Convé al savi que no haja ànsia de ço que ha perdut, mas que guard ço que és romast- diferenció entre el patrimonio tangible que los judíos expulsados en 1492 dejaron atrás, y aquel otro que pudieron llevarse consigo sin ir cargados, aquello que permanece pese a las pérdidas. Con el primero, apenas vestigios arqueológicos pero muchos documentos, Silvia Planas ha reconstruido la vida cotidiana de los judíos en la Catalunya medieval. En las páginas que ha escrito de este manual cuya autoría comparte con Manuel Forcano, se dedica a desmentir viejos tópicos historiográficos, como la pretendida “convivencia” entre cristianos y judíos, para describirla mejor con el término “coexistencia”, poco más que una existencia en paralelo que no implica vivir juntos, ni mezclados. Puede que judíos y cristianos vistieran igual y hablaran catalán, pero la convivencia nunca fue fácil.

Otro de los conceptos desarrollados en el libro es el de Sepharad: para los judíos catalanes era el equivalente a Al-Ándalus, aunque después de 1492 los expulsados, que compartían la experiencia traumática de la marcha y el recuerdo de su origen remoto, forjaron un lugar común de memoria colectiva que fue materializándose hasta definir un espacio concreto que acabó designando al todo. Por eso en hebreo moderno Sepharad significa España.

Se matiza también en el libro la idea de la aljama como “estado dentro del estado”. Tras la pretendida independencia de la comunidad se recuerda que su señor era el rey, como les recordaba Pedro el Ceremonioso al decirles que “vosotros no gozáis de los fueros y privilegios del reino de Aragón, ni estáis sujetos a ellos, sino que sólo y únicamente tenéis y debéis observar como ley nuestra pura y simple voluntad”. La cita define una sumisión total a su señor, que se traducía en el control, la posesión, de las aljamas y sus bienes, y –como cualquier otro feudal- la percepción de tasas que explicarían que la aljama de Girona fuera el regalo de bodas que el futuro Joan I le hizo a su esposa Violant de Barr. El sentido de propiedad continúa tras los asaltos de 1391: el rey les protegerá de nuevos ataques diciendo que los judíos son “cofre e tresors nostre” y que por tanto “qui dampnifica ells, dampnifica les nostres coses”.

Si la aljama es la comunidad, su concreción física son los calls. Las juderías, que acabaron siendo espacios de reclusión, nacieron de la necesidad judía de un espacio propio que permitiera desarrollar su vida en comunidad; como escribía ya Flavio Josefo en el siglo I: el barrio judío –decía en “La guerra de los judíos”- les permitía “conservar más pura su forma de vida”. Practicar la Ley de Moisés, añade Silvia, no era posible sin una sinagoga, baños rituales, mataderos, hornos y cementerios. Sin embargo, los muros que habían nacido para proteger su vida en común, serían su prisión a partir de la peste negra: los prejuicios ancestrales de los cristianos hacia el pueblo deicida les convierten en objetos de todo tipo de brutalidades “para que cesen las dichas pestilencias”.

Finalmente, se explicó también que el tópico del judío como hombre de poder olvida que la mayoría era gente sencilla de toda condición. Es cierto que la corona requería de equipos fieles de funcionaros y administradores, y que la prescripción ritual de leer hacía de los judíos personal apto para la administración y la diplomacia. Por eso Astruc Bonsenyor es descrito en el “Llibre dels feyts” como “scriva nostra d’algaravia”. Muchos judíos se habían refugiado en los condados catalanes huyendo del integrismo almohade, portando en su equipaje el rico legado cultural andalusí. Eso explica que Cresques Abnarrabí operara con éxito en 1468 a Joan II de cataratas.



Por esta Historia de la Cataluña judía desfilan pues judíos de toda condición. En las páginas escritas por Manuel Forcano se reivindica a los hombres de saber, como Mahmanides, verdadera autoridad mundial y aún hoy objeto de estudio y guía de tantas escuelas rabínicas. En los capítulos que Forcano dedica al patrimonio intangible de las comunidades judías catalanas se desgrana cómo la comunidad judía protagonizó la transmisión del saber andalusí hacia los reinos cristianos en el siglo XI, cómo la polémica maimonidiana sacude en el siglo XII el pensamiento tradicional judío, como las controversias públicas de los siglos XIII y XIV desvelan las desconfianzas y los odios que culminarán en la tragedia de 1391 y que condenaron a miles de judíos al “exilio interior”, paso previo a la expulsión de 1492.

El acto constituyó pues un preciado resumen para ignorantes del tema como yo. Un toque de atención que debió dejar perplejos a los que silencian las cirujías del pasado, y a los que las repetirían. Debemos rescatar del olvido a todos los que tantas veces fueron obligados a irse, o a vivir en silencio. Gente que era -como dijo el conseller Molins-, “part de la nostra Història, sang de la nostra sang”. En definitiva, eran "nosotros".

miércoles, 5 de mayo de 2010

LA TRAGEDIA DE ELEGIR: ROSA DE FUEGO O CIUDAD TAYLORIZADA?




Durante el 2009 me preguntaba por qué –pese a la variedad de actos, paseos y publicaciones que conmemoraban el centenario de la Semana Trágica- la apertura de la Vía Laietana ese mismo año parecía sólo una casual coincidencia. Todas las publicaciones que consulté analizaban el conflicto sirviéndose de Marruecos y Maura; a lo sumo ofrecían el relato de los hechos, narraban la experiencia de los obreros, criticaban la demagogia del Partido Radical, o definían el anticlericalismo como una brutalidad. Recientemente, sin embargo he ojeado “Un verano con mil julios y otras estaciones”, de Pere López Sánchez (1993). Es un excelente trabajo, quizá algo difícil para los que cojeamos en geografía y antropología, y que –como escribía Manuel Vázquez Montalbán en su prefacio- tiene título de “poemario de artista adolescente”. En definitiva, concurren en este libro todos los condicionantes para que el público con prisas, y la historiografía oficialista, aparenten que nunca fue publicado.

Para su autor, “el proceso de urbanización capitalista” es un “acondicionamiento de los espacios” que “implica una progresiva reducción de las posibilidades que la ciudad presta como territorio concurrencial de encuentros”. Añade que “el orden urbano que propone el capital (...) pretende conseguir una suma de individuos aislados pero al mismo tiempo juntos”, y toma de Murar y Zylberman (Le petit travailleur infatigable, 1976) la idea de que se pretendía aislar/distribuir a los miembros de una familia en el interior de una vivienda, y a unas familias de otras en el interior de los inmuebles para evitar relaciones peligrosas, inútiles o improductivas.

El libro analiza el impacto del espacio construido sobre la sociedad, rastreando algunas claves en la convocatoria del concurso abierto para la consumación del Plan de Enlaces entre el núcleo barcelonés y los pueblos agregados del llano, y en el decidido apoyo concedido a la hasta entonces relegada apertura de la Gran Vía A entre el puerto y el Ensanche. Se advierte también que ambas cuestiones formaban parte del programa de la Lliga Regionalista en 1901, partícipe activa de una verdadera cruzada moral contra la mendicidad infantil, la prostitución y los antros de mal vivir a la que parece consagrarse la moral burguesa de entonces.

El interés demostrado en una conferencia pronunciada en 1901 por Guillermo Graell, secretario del Fomento del Trabajo Nacional, por “la ostentosa indisciplina social que impera” y “el libertinaje de las costumbres llevado a las mismas calles” es sólo una muestra de la preocupación por higienizar, moralizar, regular, aspectos de la vida popular. En esa misma línea, el ministro de gobernación Juan de la Cierva afirmaba, en una carta dirigida al gobernador civil Osorio en octubre de 1907, que el régimen de costumbres explicaba el arraigo de la anarquía en Barcelona y que debían combatirse las tendencias malsanas de una parte de la población con toda suerte de medidas policíacas y de orden público. Iniciativas como la puesta en marcha en 1907 de un cuerpo especial de policía, para cuya dirección se trajo de Scotland Yard al detective Charles Arrow, implicaban una presión que –como escribía Navarro Maura en “La Rosa de Fuego, el obrerismo barcelonés de 1899 a 1909” (1975)- acentuaría el malestar de la población urbana.



La moralización escondía una campaña por la productividad del tiempo y del espacio que el autor detecta en Jausselly cuando escribe que “en este taller” –refiriéndose quizá a la ciudad que le distinguirá como ganador del Concurs Internacional d’avantprojectes d’enllaç de la zona de l’eixample de Barcelona i els pobles agregats (1903)- “se quieren evitar las pérdidas de tiempo y los pasos inútiles para los hombres y las cosas” para que la nueva organización urbana pueda “dar el mejor rendimiento posible” y permita “producir mejor para vivir mejor”, para lo cual preconiza que se debe “vivir mejor” –nueva referencia velada a los vicios que se adjudican a los obreros- “para producir mejor”. El Plan de Reforma Interior buscaba pues mejorar la vialidad y acelerar los movimientos de mercancías y recursos humanos; y actuar sobre el hábitat obrero para modelar (y controlar) la población urbana, a la que se supone consagrada al vicio para imponerle las virtudes moralizantes del trabajo sistemático. La burguesía reconoce que el proletariado se ha apropiado del centro urbano, y proyecta con el Plan evitar la indisciplina que dificulta la rentabilidad. Al abrir la Vía Layetana se pretende pues acelerar los movimientos de mercancías, pero también de personas. Lo cual supone un cambio cultural, la imposición de una lógica del tiempo propia del capitalismo al proletariado, evitando todo tiempo muerto o improductivo. Pero además de esa agresión, de esa imposición de un ritmo de trabajo (y de vida), me temo que también hay un ostentoso y sucio negocio especulativo: los burgueses, que habían abandonado la ciudad vieja y devaluado así su espacio, propiciando la marginación, ahora lo recuperan por cuatro duros para forrarse con su revalorización.

Para que el proletariado dejara de ser la “clase hegemónica” en el espacio que ocuparía el nuevo centro de negocios, se derribaron unas 2.200 viviendas, desalojando a unos 10.000 vecinos que incrementaron la insostenible densidad de población de barrios vecinos. La violencia del proceso no sólo estaba en el desalojo: la monumentalización de la Via Laietana con nuevos edificios “estilo Chicago” definía quién mandaba en aquella sociedad bipolarizada y conflictiva. La Reforma Interior se convierte así, dice el autor, en una guerra por la supremacía social en la ciudad antigua, en una batalla entre la metrópoli del capital –que sueña con los negocios y los beneficios inmobiliarios- y la metrópoli proletaria, que sueña con la emancipación y una vida digna.








El proletariado reaccionará a la agresión reapropiándose, con la misma violencia, del espacio que se le estaba robando. Extirparon de él a la iglesia, como había hecho la burguesía con las desamortizaciones, y respondieron a los derribos con barricadas. Con ellas no sólo pretendían proteger el espacio que consideraban propio, y que la Reforma Interior quería quitarles. La barricada, escribe Pere López Sánchez, ejerce de “alegato de la peatonalidad, de la movilidad autónoma”, porque “el urbanismo insurreccional propicia el acto de moverse, y obstaculiza el transporte. Es una negativa al hecho de ser cargado y/o transportado”. Es una “arquitectura de la insumisión” cuyo “ingeniero colectivo” es la cadena humana que levanta las barricadas y ensalza a los anónimos, a diferencia del monumentalismo burgués que sólo ensalza a los ilustres.

Vista así, la revuelta no parece tan extraña. Aunque nadie le ha dado cancha al tema en el centenario, no era casualidad que la huelga de febrero de 1902 coincidiera con el inicio de las expropiaciones para la Reforma Interior, y la tragedia de 1909 con los derribos.

lunes, 19 de abril de 2010

MÉS QUE UN LLIBRE DE FOTOGRAFIA!





Un llibre de fotografies no és, a priori, un llibre d’Història. Però sí pot ser una oportunitat per a l’historiador de despertar inquietud sobre els contextos que envolten les imatges i les investigacions que ens permeten interpretar-les. Un historiador no és un documentalista, però també contrasta les informacions. I pot equivocar-se com l’arxiver, però -a diferència de tots ells- li aporta a la fotografia un discurs que cap altre comentarista li pot aportar.

Primer de tot, valoració de transcendència. Tots els llibres de fotografies les tracten com a petites obres d'art, però sovint hi ha qui es limita a descriure-hi objectes, a identificar espais, o –en el millors dels casos- a parlar del desenvolupament urbanístic que il·lustren. Dins "Sabadell, una memòria popular"Luis Pizarro, amb una bibliografia acurada i selecta, i breus peus de foto, crida la nostra atenció sobre diferents aspectes de la difícil vida quotidiana dels obrers del Sabadell tèxtil: el difícil proveïment d'aigua, les vagues, les mútues, l’analfabetisme i la lluita per l’educació.

Aquest és el segon encert del llibre: una preocupació per les persones que no sempre demostra l’esperit col·leccionista dels llibres de fotografies. Abans de convertir el llibre en un catàleg de carrers, fonts i veïns –que de vegades també hi són, però que no poden omplir les expectatives dels qui, no coneixent Sabadell, ens hem acostat al llibre buscant-hi retalls del passat- Luis Pizarro ha preferit presentar-nos pinzellades d’història social o cultural –les “reflexions saltironejades” que promet la introducció- per suggerir per què es retratava què i com, i amb quina intenció, per què allò era important...

Així doncs, no solament hi ha cares allades, adobades pel sol, la feina i la fàbrica: hi ha una reivindicació del patrimoni fotogràfic, i una reclamació de la capacitat de les classes subalternes de crear la seva pròpia cultura: hi surten sardanistes i curanderos, espiritistes i esperantistes, carnavalers i marianistes, barraquistes i esportistes. Trobem xifres del treball femení a les cotoneres que obliguen a reflexionar, un sarcasme denunciant l'explotació infantil (“millor pensar que el vailet no ha participat”), interpretacions de les fotos de parella, referències significatives als conflictes (1902, 1909, 1917...), fotografies que mostren una activitat fabril i febril que gairebé permet “sentir el vapor de les planxes a la cara, olorar el midó”. I reflexions historiogràfiques que plantegen “el paternalisme de la política laboral del franquisme com a continuador de les colònies”. En definitiva, un llibre interessant, i interessat per les persones, protagonistes del que ha passat que miren l’objectiu de la càmera esperant ser objectiu de molts estudis

PRESENTACIÓ, AVUI, 19 D'ABRIL, a les 19 h.
ABACUS-SABADELL
C/ de les Tres Creus, 86-66

sábado, 10 de abril de 2010

LA ARMH, POR UNA DEFINICIÓN REAL DEL FRANQUISMO EN LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA




El diccionario de la Real Academia de la Lengua tiene una definición del franquismo que oculta la violencia de la dictadura y los numerosos crímenes cometidos por quienes planificaron, apoyaron y lucharon por el éxito del golpe de Estado del 18 de julio de 1936. La RAE define el franquismo como un "movimiento político y social de tendencia totalitaria, iniciado en España durante la Guerra Civil de 1936-1939, en torno al general Franco, y desarrollado durante los años que ocupó la jefatura del Estado".

Definir el franquismo como un movimiento de tendencia totalitaria es ocultar la naturaleza extremadamente violenta del régimen, las numerosas violaciones de derechos humanos: los 113.00 desaparecidos, los 500.000 exiliados, los 400.000 detenidos ilegalmente, las decenas de miles de desterrados, torturados, las miles de mujeres humilladas públicamente, los miles de ciudadanos expulsados de sus trabajos y de sus puestos en la administración por sus ideas o los miles de niños robados de los brazos de las presas republicanas y entregados a familias del régimen.

Por eso, la definición de franquismo que tiene el diccionario de la Real Academia es un ejemplo de negacionismo y esa ha sido la razón por la que te invitamos a ayudarnos a elaborar una definición que refleje verdaderamente la violencia de la dictadura y las violaciones de derechos humanos cometidas por ella que fueron una de las políticas esenciales del régimen.

A través de la página web de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica propondremos una votación de las mejores definiciones que nos lleguen y las seleccionadas le serán entregadas al director de la Real Academia, Víctor García de la Concha. Puedes remitir tu definición a: culturaconmemoria@gmail.com

AN INJUSTICE IN SPAIN: editorial de The New York Times (8 d'abril 2010)



Spain’s best-known investigative magistrate, Baltasar Garzón, is now being prosecuted in a politically driven case that should have been thrown out of court.

Judge Garzón is charged with ignoring a 1977 amnesty law when he decided to investigate the disappearances of more than 100,000 people during Spain’s 1930s civil war and the decade of Francoist repression that followed. The charges were brought by two far-right groups who fear an open investigation of the Franco-era record. Unfortunately, one of Mr. Garzón’s fellow magistrates sustained the complaint and brought formal charges this week.

As a result, he will now be suspended from his duties pending trial. If convicted, he could be barred from the bench for up to 20 years, effectively ending a career dedicated to holding terrorists and dictators accountable for their crimes. That would please his political enemies, but it would be a travesty of justice.

The real crimes in this case are the disappearances, not Mr. Garzón’s investigation. If, as seems likely, these were crimes against humanity under international law, Spain’s 1977 amnesty could not legally absolve them. The suspected perpetrators are all dead, and Mr. Garzón long ago halted his investigation, passing jurisdiction to local Spanish courts in the areas where the victims were exhumed.

Mr. Garzón is a fearless and controversial prosecutor who has made many enemies over the years. He has brought cases against Basque and Al Qaeda terrorists, powerful Spanish politicians, Latin American dictators and Russian mafia thugs.

High-profile cases, like his bid to try the former Chilean dictator Augusto Pinochet, appeal to him, and sometimes he overreaches. But his consistent goal has been to deny impunity to the powerful and expand the scope of international human rights law.

Mr. Garzón should be allowed to resume that work at the earliest possible date. Spain needs an honest accounting of its troubled past, not prosecution of those who have the courage to demand it.

jueves, 8 de abril de 2010

MANIFIESTO DE APOYO AL JUEZ GARZÓN: es urgente firmar en facebook y movilizarnos hoy!

























El juez Baltasar Garzón ha ejercido una justicia de forma continuada y valiente durante veinte años en la Audiencia Nacional, comprometida con la defensa de los derechos humanos en España y en el mundo contra dictadores, terroristas, corruptos y enemigos de la democracia.

El juez Baltasar Garzón ha sido uno de los principales promotores del desarrollo en España del principio de Justicia Universal.

El juez Baltasar Garzón es víctima de una campaña promovida por sectores de extrema derecha, Falange Española y Manos Limpias, con una sorprendente connivencia de algunos sectores progresistas.

El proceso contra el juez Baltasar Garzón es en realidad un juicio sumario contra los defensores de la Democracia, la Justicia y los Derechos Humanos y a favor de la impunidad de crímenes muy graves de carácter internacional.

El juez Baltasar Garzón está siendo juzgado por una sala del Tribunal Supremo en la que la mayoría de sus miembros juraron lealtad al Movimiento Nacional del franquismo.

Una sentencia adversa al juez Baltasar Garzón, tras agotar las instancias judiciales españolas, acabaría probablemente con una superior sentencia condenatoria del Tribunal Europeo de Derechos Humanos contra el Estado español.

El juez Baltasar Garzón representa el modelo de justicia basado en la defensa de los Derechos Humanos conforme con su Derecho Internacional que millones de ciudadanos y víctimas reclaman en todo el mundo.

Ya en 2008 el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas recomendó al Estado español la derogación de la preconstitucional Ley de Amnistía de 1977.

Este caso vuelve a demostrar la necesidad de la Justicia Internacional. Incluso España, el país que intentó procesar al dictador Pinochet, es incapaz de juzgar su propia dictadura. Y quien lo intenta, es juzgado por ello.

(Acabo de adherirme en facebook a las concentraciones de esta tarde. No puede ser que la democracia siga secuestrada por la derecha. Ojalá pudiera estar hoy en Madrid para asistir!)

martes, 6 de abril de 2010

ARTE DEL PODER, PODER DEL ARTE Y SEDUCCIÓN RENACENTISTA



La exposición “El arte del poder” examina la relación entre la Real Armería y la colección real de pintura, germen de los fondos del Museo del Prado, donde se puede visitar hasta el 23 de mayo. Una armería no es un arsenal: alberga armas de lujo y por tanto se convierte en un signo de rango aristocrático. Con su colección de armaduras, el príncipe ostenta magnificencia y demuestra su reputación: “ningun otro objeto”, dice el programa de mano, le permitía “mostrar sobre si mismo todo su poder”, porque –aunque “remitían a la mentalidad caballeresca medieval”-, las armaduras introdujeron durante el Renacimiento todo “un nuevo vocabulario decorativo con referencias a la antigüedad clásica para emparentar a sus propietarios con los antiguos emperadores y legitimar así su poder político”.

"El arte del poder" ilustra ese uso propagandístico mostrando conjuntamente armadura y retratos: así es como el rincón dedicado al emperador Carlos que reúne su retrato en Mülbherg y el maniquí –caracterizado, pertrechado, montado y galopando- emociona a fetichistas impenitentes y apologistas del imperio. ¡No en vano, del mismo modo que la armadura ejercía de spot entonces, hoy la exposición puede ser leída con cierta inflamación! Sin embargo, el discurso expositivo es impecable.



El catálogo de la muestra, al explicar la gran obra de Tiziano, recoge la sugerencia de Pedro Aretino de evitar “referencias a la Fama o a la Religión” que pudieran presentar al emperador como el arrogante vencedor de sus súbditos protestantes –muchos de cuyos príncipes habían prestado la ayuda debida a su señor- o como el campeón católico (ya que al mismo tiempo que se luchaba contra la Smalkalda se negociaba el Ínterin, cuya publicación, intentando conciliar a los protestantes con la iglesia, cerrará la Dieta de Augsburgo al año siguiente).

El cuadro minimiza pues el conflicto religioso representando al emperador como el “milites christiani” de Erasmo. Con el rostro inexpresivo y una contención estoica, Carlos aparenta el plausible emperador de todos y supera así la quiebra política que la controversia religiosa representa para sus estados: retrato ecuestre como el del “filosófico” emperador Marco Aurelio, gesta heroica como si de un Hércules cristiano se tratara, Elba al fondo cual Rubicón de César...

El análisis de la famosa pintura de Tiziano es sólo un ejemplo de la cuidada selección textual de la muestra, que tampoco satura de piezas: todas son valiosas, la decoración es sobria y elegante, y el discurso expositivo es muy didáctico gracias a la secuencia cronológica. Sin embargo, la claridad y la brillantez con la que se analiza la representación carolina contrasta con otros temas que quedan confusos. Para empezar, no se entiende por qué se produce la crisis del modelo de representación que tan bien describe al comienzo. Si bien la artillería convierte la armadura en obsoleta, como se dice en un panel, hay que recordar que su introducción venía cambiando el arte de la guerra ya desde tiempo atrás; por tanto esa explicación no justificaría el uso de armaduras con posterioridad y profusión por parte de Luis XIV. Quizá se debería reflexionar sobre la sacralización de la monarquía durante el siglo XVII, que permitiría abandonar la legitimación belicosa: ese proceso explica que, mientras a Carlos V casi se le da por muerto en el transcurso de la refriega por Argel, Felipe II llegó tarde –por los pelos, aunque a tiempo de lucir su armadura- a San Quintín y... ¡se acabó! ¡Ninguno de sus sucesores pisó ya un campo de batalla!



Tampoco se aclara el sentido de las cesiones y préstamos de piezas de la Real Armería a personalidades de la nobleza que llegan a retratarse con las joyas más preciadas de la colección. El asalto al poder de la nobleza durante el seiscientos quizá tenga algo que ver con eso, lo desconozco, pero en cualquier caso eché de menos una explicacion convincente para el fenómeno. Finalmente, se asigna a Felipe II un cambio del modelo de representación y se ofrece el retrato que le realizó Sofonisba de Anguisola en 1574 como ejemplo de legitimación del monarca como “primer burócrata del reino”. Ni la estricta etiqueta borgoñona, ni la consideración del trabajo administrativo, ni el tamaño y autoría del retrato, ni el rosario que sostiene el rey en la imagen, permiten rematar la tesis “propagandística”. Es más: apenas tres años antes la visión oficial de la monarquía representaba a Don Felipe acorazado, celebrando Lepanto y dando gracias por el nacimiento del malogrado infante Don Fernando.

Por lo demás, la exposición resulta deliciosa. También a mi me sedujeron especialmente las salas dedicadas al emperador Carlos, aunque creo que deberíamos evitar tanto entusiasmo en la recreación renacentista. Admitir que el renacimiento apenas fue aquí un lavado de cara fugaz no es fácil, por lo que acabamos copiando la propaganda imperial carolina en los rincones de nuestros museos. En realidad, me temo que lo que quedaba del humanismo marchó junto al emperador, camino de Europa, en su equipaje; y a juzgar por cómo se trataban los asuntos de importancia, debió caber en una sóla maleta. Se me podrá responder que el renacimiento dejó huellas: la Casa de Pilatos del Marqués de Tarifa en Sevilla o el sepulcro de Ramon Folch de Cardona en Bellpuig demuestran que el arte “all’antica” sedujo a parte de la nobleza, y que una generación entera de diplomáticos (Diego Hurtado de Mendoza), humanistas (los Valdés), funcionarios (Cobos) o escritores (Garcilaso) se dejó alma, corazón y vida en los coqueteos humanistas del emperador. Lo admito, aunque nadie puede cuestionar que las formas de devoción íntimas, reflexivas o místicas -propias de la sensibilidad religiosa del humanismo- fueron pronto perseguidas...



Empujaremos hacia adelante este país el día en que, lejos de celebrar las sofisticadas filigranas que embellecían un casco como el de la foto para aplaudir el eco del Renacimiento, nos atrevamos a exponer qué quedó en Castilla mientras Don Carlos corría por Europa: nobleza rancia, mayorazgo, Mesta, privilegios, inquisición, intolerancia, censura, hogueras, pecheros hambrientos, una piedad desbordada hasta la superstición, y el rastro dorado –pasajero y ensangrentado- que dejaban los tesoros americanos camino de los bancos genoveses. Nuestro entusiasmo –justificado- al salir del Museo del Prado y la Real Almería contrasta con el de Erasmo; donde nosotros nos felicitábamos por el “delicioso Renacimiento” expuesto, Erasmo respondía a la invitación complutense de Cisneros con un “Non placet Hispania”. ¿Y quién sabía más de renacimientos?

domingo, 21 de febrero de 2010

ISABEL MARGARIT (HISTORIA Y VIDA): "DIVULGACIÓ SENSE BANALITZAR"



Que Historia y Vida continua estant una de les revistes d’Història més venudes no solament es pot notar en les xifres de vendes publicades per l'Oficina de Justificació de la Difusió. També ho manifesta la seva llarga durada: fa pocs mesos la seva portada no solament commemorava el cinquè centenari de l'adveniment al poder d'Enric VIII, sinó també els 500 números publicats. La seva directora, la historiadora Isabel Margarit, ens va rebre a la redacció per fer balanç i reflexionar sobre la divulgació històrica, avui.

És un moment difícil, en el que moltes revistes competeixen en el quiosc. Vigileu la competència?

Des del punt de vista professional és convenient estar al dia de tot el que es fa en el sector, per coneixement del medi. Però la nostra revista té una línia editorial molt definida: el 2008 va arribar als 40 anys i, amb la lògica evolució del temps, aquest bagatge implica una filosofia clara i singularitzada. Tot respectant els productes de la competència i considerant que és molt estimulant la diversificació en el sector, mirem de ser fidels al concepte de la divulgació històrica, el que hem heretat dels fundadors de la publicació, pioners en aquest terreny a l’estat espanyol.

Quin balanç podries fer d’aquests cinc-cents números?

Sóc directora des de 1998 però vaig entrar a la revista l’any 1987. És a dir que he participat en més de la meitat d’aquests cinc-cents números. I en aquest període, la meva tasca ha canviat molt. A més de coordinar un equip, confeccionar els sumaris, establir els contactes amb els col·laboradors i supervisar la producció del número, avui en dia un responsable de publicació ha d’exercir de gestor. Aquest fet obliga a adquirir coneixements de màrqueting editorial, a controlar pressupostos, a desenvolupar relacions amb el món acadèmic i periodístic... Em sento privilegiada perquè la meva feina no ha estat mai rutinària. Sempre es plantegen nous reptes.



Durant l'entrevista -que es publicarà sencera en el proper butlletí de Fent Història- vam parlar dels objectius d'Historia y Vida, de la relació dels seus continguts amb l'actualitat i del perfil del seu lector. Va ser una feliç casualitat que Isabel Margarit ens pogués anunciar que -malgrat la voràgine que representa la tasca directiva- ha pogut reservar temps a la recerca. Fruit d'aquest esforç, de fa temps dedicat al trànsit dels segles XIX i XX, és la recent publicació de “París era Mísia”. De la mateixa manera que la fascinació per Viena va servir de motor del llibre sobre Alma Mahler, ara ens acosta al París artístic de la Belle Epoque de la mà de Misia Sert. Coneixem així a Marie Godebska (San Petersburg, 1875 – París, 1949) pel seu tercer matrimoni amb el pintor català Josep Maria Sert. El llibre sobre aquesta dona excepcional, que es va convertir en àrbitre dels nous corrents estètics, explica que va finançar els projectes de Diaghilev, la van pintar Renoir o Toulouse-Lautrec, va impulsar les carreres artístiques de Ravel, Stravinsky, Debussy o Poulenc. Coco Chanel no solament la va qualificar com la seva millor amiga: també va dir que “apareció en mi momento de mayor desconsuelo: la pena de los demás le atrae como ciertos perfumes atraen a las abejas”. La seva incondicional aposta pel talent creatiu la van convertir en musa i protectora de la vanguàrdia estètica del seu temps. La passió per Sert -finalment- li va trencar el cor, i va iniciar el seu particular descens a l'infern. Em va emocionar especialment quan Isabel Margarit m'explicava el moment en que ella mateixa, mirant un quadre de Picasso, es va adonar de que ja no l'entenia, de que ja no formava part d'aquella època, de que -havent defensat o protegit tants artistes i estat testimoni de tants experiments estètics- començava a passar el seu temps. Segurament ningú no pot escapar a aquest drama. La Isabel m'evocava aquell París que tant coneix -Exposició Universal, Moulin Rouge, Hotel Ritz, Ballets Russos...- i jo m'adonava que el seu llibre omple un buit important, perquè -malgrat la importància del personatge- gairebé no tenim res publicat en cap llengua peninsular. Darrera la Isabel, sota nostra, per la finestra vaig mirar la ciutat que es movia inquieta i la plaça Francesc Macia plena de cotxes que la encerclaven amb moltes presses...

lunes, 1 de febrero de 2010

BARCELONA 1700: GAIREBÉ AMSTERDAM



Recentment vaig assistir a la conferència d’Albert Garcia Espuche “La Barcelona del 1700: societat, guerra i oblit”, amb motiu de la presentació del seu darrer llibre. L’allau de dades que ofereix sobre les persones que habitaven el Born és apassionant. Sobre tot perquè aquesta reconstrucció detallada feta mitjançant la suma de biografies –una “microhistòria massiva”, deia ell- permet replantejar-nos l’època. Vista així, la història de la vida quotidiana no és una acumulació d’anècdotes, sinó un instrument d’anàlisi de processos complexos. No importa tant com es pren el cafè, sinó detectar la inclusió de la ciutat en determinades xarxes de comerç mundial que implica el seu consum.

La Barcelona descrita per Albert Garcia Espuche, tot i que vista des de l’exterior de les seves imponents muralles no era molt gran –unes 200 hectàrees-, era molt heterogènia: dins s’hi podria trobar un Raval hortícola, el dinàmic barri marítim de la Ribera , o barris nobles com la plaça de Santa Anna. Hi havia unes 5.500 cases, sovint de tres pisos d’uns cinquanta metres quadrats cadascun, amb la botiga i el taller en la planta baixa. A més hi havia unes 90 cases singulars, habitatges anomenats en la documentació, amb l’habitual discreció catalana en l’exhibició de la riquesa, “cases grans”. Ningú no els deia “palaus”, deia l'insigne historiador.

La Barcelona de 1700 era una ciutat de jardins. Aquest horts enjardinats es coneixien com “horts de recreo” i s’omplien d’efímeres tulipes de procedències llunyanes. El cònsol d’Holanda es feia portar terra negra del Baix Camp per tenir-ne cura, signe de sofisticació que ens mostra la prosperitat de la ciutat. Ni les flors efímeres ni els jardins ombrívols triomfen en ciutats en decadència, deia Garcia Espuche: caldrà revisar aquest prejudici historiogràfic heretat de la Renaixença.

Cap al 1700, Barcelona tenia un 38000 habitants. Aquesta xifra inclou un nombre considerable d’immigrants. El grau d’integració de la població francesa –que catalanitza el seus noms- ens impedeix concretar si aquest col•lectiu és fins i tot més gran: són francesos, per exemple, els perruquers Antoni Duran i Joan Blanquer, el comerciant Antoni Santandreu i el pastisser Felip Freixenet. Barcelona és, doncs, una ciutat acollidora, cosmopolita, en la que hi ha més llogaters que propietaris.

Econòmicament parlant, els oficis industrials –el cuir o el tèxtil- han deixat pas a la consolidació d’un ampli sector comerciant i mercader. Dit d’altra manera, els sastres i els sabaters han desplaçat les activitats proto-industrials cap a l’interior del país, contribuint a la seva integració. L’economia està descentralitzada i Barcelona és el centre director, comercial i redistribuidor d’un complex sistema de ciutats.



Comercialment parlant, està molt ben connectada: s’hi poden comprar didals alemanys, tres-cents tipus de teles de vestir, més de mil dos-cents articles diferents provinents d’Alexandria, Borneo, Egipte, Martinica, Mongòlia, Timor o la Xina; 45 varietats de sucre, 14 tipus de canyella, 10 de peres i 8 d’arrossos. La ciutat és plena de tavernes, en les que es poden consumir “aigües garrapinyades” (ara en diem granissats) i xocolata desfeta. Hi ha dues cases de cafè, 30 triquets o àrees de jocs, una programació teatral molt dinàmica, i el carnaval més brillant d’Europa, segons diverses fonts, inclòs Calderón de la Barca.

Aquesta ciutat historiada, dinàmica més que opulenta, que neix de la consulta de més d’un milió de documents en diferents arxius, resulta més que versemblant. És fàcil comprendre que sigui delit de les invasions franceses, i objectiu militar en moltes ocasions -1691, 1697, 1704, 1705, 1706. L’elit pròspera i negociant que la capitaneja juga arriscades cartes polítiques: agraïda amb Juan José de Austria pel respecte als privilegis que l’infant real aconsegueix de Felip IV el 1652 –el Perdon de los Catalanes-, apostarà per príncep en el “cop d’estat” que aquest impulsa el 1675. En aquest context –negocis de tota mena, alguns poc confessables- també s’entenen la figura de Narcís Feliu de la Penya, o l’arriscada jugada de 1704...

lunes, 18 de enero de 2010

VIA SEPULCRALIS: QUAN EL MUSEU NO ÉS PROU NACIONAL...




En l’editorial de gener de la revista electrònica que publica la Fundació d’Estudis Històrics de Catalunya es lamentaven que Barcelona no tingui un museu com el Carnavalet de París o el Museum of London, “autèntics focus d’atracció turística” destinats a “mostrar l’evolució històrica i urbanística, la vida quotidiana i els costums de la ciutat i dels seus habitants”. El seu autor manifestava “amb estupor” que el Museu d’història de la ciutatno passa de ser un gestor d’edificis històrics”.

És veritat que antigament la Casa Padellàs havia allotjat una col·lecció important d’objectes que resumien tota la història de la ciutat. I que darrerament s’ha optat per descentralitzar-la en diferents espais: el conjunt monumental de la Plaça del Rei, el Museu Monestir de Pedralbes, el Museu Casa Verdaguer, el Centre d’Interpretació del Park Güell, el Refugi 307 i el Centre d’Interpretació del Call.

En la meva modesta opinió, el brillant passat romà o medieval de la ciutat es fa palès amb la visita del subsòl romà, la capella de Santa Àgata o el Saló del Tinell. I encara que tots coincidiríem amb l’editorial en que seria millor que les peces medievals del museu no romanguessin avorrides en “un magatzem de la Zona Franca”, costa de creure que, com diu, l’objectiu d’aquesta política, sigui amagar el passat gloriós del país –“la ciutat rica, dinàmica i cosmopolita que aspirava a encapçalar un país lliure del llast d’una monarquia hispànica ineficient”- per aconseguir que la ciutat esdevingui “la segona capital de l’Espanya eterna”.

El comentari és bastant menys cosmopolita que la ciutat de la que parla i no mereix massa comentaris. Però sí m’agradaria dir que trobo injustes les crítiques a la tasca del museu de la ciutat. Sovint he criticat en aquest mateix blog algunes exposicions temporals seves, però no puc negar que el museu és una immensa factoria que impulsa grups de recerca, seminaris, centres de restauració i serveis d’arqueologia. S'hi treballa, per exemple, per restaurar la Capella de Sant Miquel del Monestir de Pedralbes i presentar l’obra de Ferrer Basa, per dinamitzar la Casa Verdaguer convertint-la en un centre literari i per recuperar les bateries del Turó de la Rovira i descriure-hi tant la guerra civil com el barraquisme.

Dins d’aquesta política m’ha semblat deliciosa la recuperació de l’espai de la plaça Vil·la de Madrid. La Via Sepulcral Romana és un centre d’interpretació de les restes arqueològiques d’una antiga via que connectava Barcino amb la romanitat. Hi ha poques peces originals, però s’hi poden trobar importants reproduccions de fonts de referència en l’estudi de les calçades romanes: la Tabula Peutingeriana, -una còpia del segle XIII d’un mapa del segle IV que mostra tota la xarxa viària romana-, l’itinerari de fang –quatre tauletes de ceràmica trobades a Astorga que constitueixen una veritable guia de camins-, els Vasos apol·linars de Vicarello (4 vasos d’argent gravats amb les ciutats que conformen el trajecte de Gades a Roma) i uns quants mil·liaris, les fites marcadores a les vores de les vies, en forma de bloc de pedra cilíndrica, que els romans plantaven cada mil passos.









Tot plegat serveix per contextualitzar la via sepulcralis, l’espai descobert que mostra els enterraments a la vora del camí, amb els seus missatges als viatgers que s’apropaven a la ciutat passant per davant de les tombes. Aquests missatges, he llegit visitant aquest centre d’interpretació, asseguraven la vida en el més allà perquè al llegir les inscripcions, els vianants pronunciaven els seus noms, dedicant-los així un pensament i fent reviure així al difunt per uns instants. Molts epitafis funeraris manifesten desitjos de bona sort als qui, pronunciant els noms inscrits, els permeten viure en el record: “Que et vagi bé, vianant, que no m’has ignorant”.

He visitat més d’un cop el Carnavalet i el Museum of London... i em van agradar molt. Ara bé! Els estris de la família real francesa a la presó del Temple em poden entusiasmar com a fetitxe, però diuen poca cosa allà guardats darrera la vitrina. A Londres estan a punt d’estrenar l’espai que explicarà l’època Estuart fins l’incendi de 1666, que fins fa poc s’il·lustrava amb una maqueta patètica... que feien veure que es cremava!

El Museu d’Història de la Ciutat no els ha d’envejar. Qui defensa amb vehemència la suposada catalanitat de Colom, s’emociona amb els íbers com a fonament nacional, assegura que el conqueridor de Mèxic es deia Ferran Cortès o i l'autor del Quixot era Miquel Servent, potser algun dia troba fonts que, superant els indicis, li permetin contrastar la seva tesi. Però la radicalitat de la crítica a qui no te els seus mateixos plantejaments nacionals no diuen massa en favor d’aquestes propostes, que queden aleshores tacades així per ombres de sospita que fan pensar que el talibanisme s'ha menjat l'especulació científica.

jueves, 31 de diciembre de 2009

ELS SILENCIS (... i 3): LES COLÒNIES




Excel.lent, un cop més, l'exposició temporal que el MHC ha dedicat a les colònies industrials, aquells conjunts urbans formats per un establiment industrial (generalment una fàbrica tèxtil moguda per energia hidràulica) i un espai d'habitatges i serveis bàsics per als seus treballadors. Nascudes a Anglaterra a finals del segle XVIII, es van experimentar a Catalunya amb èxit a partir de 1879, quan la nova turbina elèctrica (força compensadora dels estiatges fluvials) dinamitzava els aprofitaments hidràulics típics del món pre-industrial. Superar la manca de carbó autòcton de qualitat, un dels principals obstacles per a impulsar una industrialització “a l’anglesa”, basada en el vapor, solament deixava una sortida per ser competitius: reduir costos salarials. El drama humà de les colònies també està explicat en l’exposició, ja que les condicions de treball eren molt dures i la sinistralitat laboral molt alta.

Aquests aspectes són poc agraïts d'incloure en projectes com el Pla Director de les Colònies del Llobregat del Departament de Política Territorial i Obres Públiques de la Generalitat, que vol reivindicar la importància econòmica, històrica, social i patrimonial de les colònies convertint-les en espais productius, de memòria, residencials o turístics. Potser per això resulten apartats del discurs expositiu principal de tal manera que el visitant solament els coneixerà si entra en unes garjoles -iguals en cada espai, perquè semblin avorrides, meres insistències pesades, de disseny discret i poc cridaner en comparació amb la resta de magnífiques escenografies de les sales- en les que es parla de diferents conflictes viscuts en el sí de les colònies. De fet, cap de les dues visites comentades a les que he assistit va entrar en cap d'aquests espais; però -amb una escrupolosa voluntat de ser políticament correctes- els mencionaven: "Si volen saber quins conflictes hi havia, entrin en aquelles zones vermelles que veuran durant el recorregut". Les guies, en canvi, si van explicar les vessants més idíl•liques de la vida a la colònia. Primer, que si se'ls trencava un armari a casa, podia venir el fuster de la colònia. Segon, que l'ambient a la plaça era divertit i s'hi feien molts balls. Tercer, que els treballadors gaudien de dispensari i assistència mèdica regular.



Potser va ser així a partir de les lleis laborals del segle XX. Però també cal dir que l'aïllament de les colònies facilitava les irregularitats: quan es vol lloar el paternalisme empresarial es cita sempre aquell incident de 1905 a la colònia Güell, quan un nen es va cremar les cames, calien implants de pell i els fills Güell van ser els primers a donar-ne! "I sense anestèsia", criden els més patriotes, oblidant que les lleis vigents aleshores impedien el treball infantil i per tant la presència d'aquell nen cremat (i trasplantat) hauria de ser sancionada en comptes de lloada la cessió dèrmica dels "prínceps" Güell.

Gran Hermano, 1900

Em sorprèn com les crítiques adreçades al comunisme com a utopia totalitària callin que la submissió que pateix l'individu en el context de la colònia tingui moltes coses en comú: és veritat que en la colònia la violència no és explícita, peró sí que és una amenaça permanent per a tot dissident. I és veritat que la mort civil (o biològica) no es produeixen camí d'un gulag instituït, però també ho és que actituds insubmises davant de les condicions de treball conduïen a l'expulsió, un "gulag informal" que abandonava la família discrepant a la seva sort, privant-la de qualsevol mecanisme de supervivència. Dins la "Ley jurídica de industria" (1898) que Prat de la Riba dedicava a Eusebi Güell es legitima que, a canvi de vivenda i alimentació (que eren de pagament, part del negoci!), l'amo de la colònia podia prohibir a casa seva tot el que considerés convenient: "El dueño de la casa, el jefe de la familia industrial, fija un régimen determinado; al entrar en la familia industrial, los obreros aceptan voluntariamente este régimen; si se cansan de él pueden abandonarlo (...) pero mientras vivan en ella han de sujetarse a la voluntad del señor que la preside". Gràcies a això, suggeria Prat de la Riba, l'infecte medi social urbà -del que preocupava més que pogués contagiar l'obrer de socialisme que de còlera- es transformava en un medi sa per acció del director, de l'educació que imparteix el mestre i de la moral del capellà.

Com el comunisme, les colònies mostren una voluntat d’experimentació amb la societat humana que fa por: l’economia dirigida busca la mateixa harmonia prefabricada, de laboratori, que les cooperatives, germandats mútues, ateneus, corals, colles sardanistes, esbarts, equips de futbols, grups teatrals o activitats pastorals que organitzava el patró (“pare”) per als seus obrers (“fills”). Així el control de l'amo arriba -des de la luxosa residència que presideix la colònia- a tots els àmbits de sociabilització de la persona: educació, feina, oci, religiositat i família. Però no havíem quedat, en tantes denúncies de la tragèdia comunista, del daltabaix irreparable que significa per a la dignitat dels homes el control, l’excés normativitzador? Condemnarem el límit de velocitat allà on disculpem la sirena de la colònia?

Ara bé! Cal reconèixer que l’enginyeria social no va ser l'únic motor impulsor de les colònies. Majoritàriament, la historiografia prefereix l'explicació "energètica": la localització en conques fluvials volia reduir costos productius. La qual cosa ens situa davant del cost ecològic que van tenir aquests experiments: El Llobregat és un riu d’or, deia Frederic Rahola i Trèmoles en la Geografia general de Catalunya (1909-1918). L'exposició recull que el geògraf francès Pierre Deffontaines afegia: “cap riu del món no ha estat objecte d’un aprofitament tan exhaustiu com l’indigent Llobregat”. El riu, víctima també, rivalitzava en indigència amb els treballadors industrials!

viernes, 25 de diciembre de 2009

LA SOLEDAD DEL PRÍNCIPE ALBERTO, DE REOJO (2)





Descubrí a Lytton Strachey, bajo la imagen de Jonathan Pryce, en una película que –de joven- me pareció bellísima: biografiaba a la pintora Dora Carrington y comenzaba con la famosa (y desconozco si verídica) anécdota del tribunal militar que procesaba a Strachey por su pacifismo activo: cuando le preguntaron qué haría si un soldado alemán intentara violar a su hermana respondió –con voluntad consciente de crear equívocos- que “se interpondría entre ambos”, insinuando que su “sacrificio” la protegería del impacto del “bayonetazo”.



Sin embargo, lo que para unos es ingenio, para otros es insolencia. Así que, mientras algunos elogian el compromiso de los Bloomsbury con “el placer de la conversación, el goce de los afectos personajes y el disfrute de la belleza”, otros les describen como un “puñado de locas refinadas de lengua venenosa” formando “parejas que eran triángulos y vivían en cuadriláteros”. Ciertamente, Lytton, Dora y su esposo, y probablemente Gerald Brenan, que recibió calabazas de la pintora y se vino a las Alpujarras roto de dolor, y muchos otros de los componentes del “Círculo”, podrían explicarnos bien la complejidad de los sentimientos. Sólo alguien a quien nada de lo humano es ajeno puede escribir una obra como La Reina Victoria, que deja transcurrir el tiempo con indolencia para que transiten por sus páginas, sucesivamente, la doncella insolente, la joven indecisa y voluble, la mujer enamorada y la viuda estupefacta.

Una vez más, lo que para unos es atrevimiento, para otros es grosería. Y por eso hay quien ignora las afirmaciones de Lytton –doctorado en sentimientos en virtud de ajetreadas convivencias y atrevidas confidencias- sobre el esposo de Victoria: “Alberto daba muestras de una marcada aversión por el sexo opuesto. Con tan sólo cinco años, en un baile infantil, lanzó un grito de asco y enfado cuando le acercaron a una niña para que bailara con él, y si bien con el paso del tiempo aprendió a disimular tales sentimientos, no logró librarse del todo de ellos”. La anécdota es banal, de acuerdo. Pero no es la única. Sólo alguien consciente de la porosidad de nuestra actitud hacia la sexualidad pudo atreverse a recoger afirmaciones nada autorizadas para describir la relación del príncipe Alberto de Sajonia-Coburgo con la Reina Victoria: “no estaba enamorado de ella. Sentía afecto, gratitud, las reacciones naturales ante la evolución de una joven y alegre prima que era también reina, pero no el fervor de una pasión recíproca”.







Strachey no explica por qué Alberto no era feliz, pese al éxito de su Gran Exposición en 1851, la ampliación de la familia y la adoración de su esposa. Sugiere que se sentía sólo porque era la diana de todas las suspicacias: varios ministros vieron necesario “combatir la predisposición de una corte en la que los puntos de vista alemanes y los sentimientos alemanes ocupaban un lugar desproporcionado”. También se pregunta con comedida malicia por qué aquel “hombre virtuoso, trabajador, perseverante, inteligente” no se sentía satisfecho. Y lo retrata acongojado: “Pese a todo jamás había alcanzado la felicidad. Su trabajo, que siempre había deseado con un afán casi enfermizo, era un consuelo pero no una cura. El dragón de la insatisfacción devoraba con perversa fruición el creciente tributo de días y noches de trabajo, pero siempre continuaba hambriento. Las causas de esta melancolía permanecían ocultas, eran misteriosas, tal vez imposibles de analizar; estaban arraigadas demasiado profundamente a los lugares más recónditos de su temperamento para ser descubiertas por la razón”.

Razones misteriosas pero arraigadas en su temperamento lo convertían en el eterno insatisfecho. Eso es todo: sin fuentes fiables, no se puede ir más allá de la nostalgia por sus paisajes alemanes, y de la incomprensión de su tierra de acogida: “la terrible tierra de su exilio se extendía ante él como una masa dura e impenetrable”. Pero había algo más, porque el historiador británico advierte que Alberto “se sentía sólo, y no meramente con la soledad del exilio, sino con la soledad de una superioridad consciente y no reconocida”. No cabía duda, dice, de su mérito al encajar sin conflicto su papel de consorte en el sistema político inglés dándole sentido con largas jornadas de compromiso y esfuerzo. El trabajo como refugio ante la insatisfacción personal es un asunto que me resulta tan familiar que me hace considerar plausibles las tesis que esconde. Yo sí entiendo a qué se refiere Strachey cuando afirma que “había algo que deseaba y no podía obtener”, y se pregunta si quizá era “algún tipo de apoyo, absoluto e indescriptible”. Pero entiendo también que sin fuentes el buen historiador no se puede aventurar y se debe limitar –como hizo el renovador de la biografía histórica- a recopilar indicios y a sugerir líneas de estudio futuras.



La naturaleza de la soledad del Príncipe Alberto nunca tendrá solución, ni tan sólo será analizada; aunque las sugerencias al respecto puedan resultar para algunos mordaces e interesantes, otros las considerarán sarcásticas y banales. Como dirían los victorianos, de mal gusto. Profundizar en algunos temas hiere muchos corazones y destripa demasiadas banderas. Por eso se prefiere sublimar el pasado, soñarlo con los ojos cerrados. Y hacer películas que descuiden los genocidios coloniales, la miseria de los suburbios industriales y –como diría otro crítico del victorianismo tardío- “el amor que no osa pronunciar su nombre”. Visto cómo las gastaron los victorianos con el autor de la frasecita, parece mejor seguir mirando algunos temas –como hace el Alberto del fotograma que inicia este escrito- de reojo.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

LA VIRTUD DE LA REINA VICTORIA (1)




Cuando me compré en DVD La reina Victoria para aumentar mi colección de películas históricas pensé que la reina inglesa me seduciría con la misma fuerza que –durante la carrera, haciendo un trabajo- me apasioné por “deconstruir” la Sissí que nos ha legado el cine. A pesar de mi interés por las estrategias de representación del poder de quienes, siendo depositarias de soberanía, pero mujeres al fin y al cabo, debían inventar innovadoras estrategias de representación del poder para legitimarse, el personaje me ha dejado bastante indiferente.

Documentarme no ha sido fácil: quería contrastar las preocupaciones por los obreros que, en un par de ocasiones, la película asigna al esposo de Victoria, y encontrar bibliografía selecta me ha sido casi imposible. La brillantísima y excepcional síntesis de Esteban Canales sobre la época victoriana pone a nuestro alcance las reflexiones de la historiografía británica, pero –más preocupado por analizar con rigor el cartismo, las polémicas historiográficas sobre la calidad de vida de los obreros, la industrialización, la carrera colonial y los vaivenes de la política- apenas se detiene en las figuras regias. No perderé muchas líneas para quejarme sobra la insondable inconstancia de nuestra industria editorial, que no traduce obras de referencia y en cambio publica miles de absurdas intrascendencias de calidad cuestionable; hacerlo me obligaría a reconocer que, sin demanda lectora, siempre tendremos un mercado editorial frágil y caprichoso, apenas lustroso cuando la televisión o el cine se suman al negocio haciéndose eco de escritores suicidas o subiendo el altavoz de los presentadores graciosos.





La película sobre la juventud de Victoria me ha parecido un dulce entretenimiento, lo cual no es poca virtud. Leyendo las críticas que la desprecian como si de un folletín se tratara, advierto que el romance de Victoria y Alberto fue un cuento de hadas para aquella Europa que bullía de pasiones desatadas y violentas, encendidas por la imaginación de visionarios tan patéticos como enternecedores. La recuperación fílmica del mito cuenta con una bella fotografía y excelente ambientación, pero las interpretaciones, aunque verosímiles, dejan inescrutables a los personajes: Victoria parece ya de joven, incluso de niña, aquella señora recia e imperiosa que se antojaba inmortal y severa detrás de una marea de enaguas y corpiños.

Las fajas que acompañaban la reedición reciente de la deliciosa biografía que Lytton Strachey dedicó a la reina afirmaban que la película se había inspirado en el texto. No parece cierto, porque el más extravagante de ese puñado de geniales esnobs que se agruparon en el barrio londinense de Bloombsbury intentó escrutar más allá de lo permitido –y de lo que hace la película- para construir, con fuentes variadas, un retrato que matizaba la grandeza enlazada en celofán que hemos heredado de la propaganda imperial y las revistas de sociedad.

La lengua viperina de Strachey es aquí muy sutil, si la comparamos con los “Victorianos eminentes”. Aquí no se muestra tan cínico; se limita a recordarnos que al comienzo de su reinado, Victoria, prácticamente desconocida para sus súbditos, había tenido una vida privada “como la de una novicia en un convento: casi nadie del mundo exterior había hablado con ella y nadie en absoluto, con la excepción de su madre, había estado a solas con ella en una habitación. Por consiguiente, la sociedad en general no era la única que desconocía todo cuanto tenía que ver con ella; el círculo interno de estadistas, funcionarios y damas de ilustre cuna también estaban a oscuras. Cuando surgió repentinamente de esa profunda oscuridad, la impresión que creó fue honda e inmediata. (…) Y todo lo que se dio a conocer de sus siguientes intervenciones no fue menos prometedor”.

Sin embargo, Strachey se atreve a sugerir ciertos “indicios de un temperamento imperioso y autoritario, de un egoísmo marcado y severo” y una “tenacidad imperturbable, impenetrable, irracional (…) peligrosamente cercana a la obstinación”. Entre líneas se intuye también cierta caracterización de la joven pareja real como unos reaccionarios con aspiraciones muy poco constitucionales, una sugerencia que no por sutil debió incomodar menos cuando se publicó. El carácter legitimista de los reyes se adivina en varios episodios: acogieron a Luis Felipe y al príncipe Guillermo de Prusia cuando la “primavera de los pueblos” fue invierno para las coronas continentales, criticaron la unificación que se estaba produciendo en Italia, e intentaron despedir a Palmerston por apoyar las revoluciones de 1848 y aceptar, tres años después, el golpe de estado que convertiría a Luis Napoleón en emperador. El propio Strachey recoge una carta de Victoria en la que opina que “realmente es inmoral, con Irlanda temblando entre nuestras garras y lista para olvidarse en cualquier momento de su lealtad hacia nosotros, que forcemos a Austria a ceder los territorios que, con toda justicia, le pertenecen”.



Se agradece que, con los tiempos neocón que corren, la película evite construir una hagiografía con esas actitudes. Pero si su intento es identificar a los espectadores británicos con la monarquía, institución que no vive hoy su mejor momento, el uso de una cándida historia de amor obliga a mentir sobre el personaje: aunque la intimidad que muestra con Alberto, entre gasas vaporosas y besos de tornillo, no es casta, sí esconde que el prestigio alcanzado por Victoria y el consenso ganado en su tiempo se deben a que supo representar –a diferencia de su contemporánea española, Isabel II, tal y como dice Isabel Burdiel en “No se puede reinar inocentemente”- los valores morales de la triunfante burguesía. Aquella doble moral a la que Victoria, por cierto, da nombre, sería tan hipócrita que la llevaría a esconder –tras su imagen de eterna viuda- una historia que –pudiendo ser tierna- se convierte en sórdida por la doblez misteriosa del personaje. No es el momento de poner en solfa los trapos sucios de Victoria, pero sí de recordar que nunca fue un personaje fácil ni agradecido para los historiadores. Y maquillarlo requiere algo más que las capas de pintura, los violines y trompetas que la película despliega sobre ella.