Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.

Ferran Sánchez: Història. Divulgació. Docència.
"Sólo unos pocos prefieren la libertad; la mayoría de los hombres no busca más que buenos amos" (Salustio)

miércoles, 24 de septiembre de 2008

ADRIANO NO ES OBAMA



Acabo de regresar de Londres, donde pude visitar una exposición temporal en la vieja Library del British Museum. Hadrian, empire and conflict se estructura en seis espacios. Destacan los tres primeros: Una nueva élite, que sitúa a Adriano en las redes de clientelas creadas por los provinciales dedicados a la exportación de aceite de oliva; Guerra, que le define como líder experimentado y rudo militar, rompiendo el estereotipo del pacifista filoheleno; y Arquitectura, dedicado a la fiebre constructora del periodo. Pero hay tres más, dedicados a la villa de Tívoli, a Antinous y al problema sucesorio.

Además de presentar algunos nuevos hallazgos, como los fragmentos de una estatua colosal descubierta el 2007 en Turquía, la exposición quiere actualizar nuestra visión de un personaje de sorprendente actualidad: su primer acto como gobernante fue retirar el ejército romano que ocupaba Mesopotamia, el actual Irak, en el que costaba consolidar la invasión impulsada por Trajano. Cuando Adriano llega al poder tiene 41 años y una larga experiencia política y militar: había destacado en la segunda guerra dácica (105), había sido pretor en el 106, cónsul en el 108 y gobernador de Siria en el 117. Por tanto, la decisión no es tanto la de un pacifista débil sino la de un experimentado militar que quiso retraer las fronteras del imperio a líneas más fáciles de defender.

Y sin embargo, tras las trágicas contiendas del siglo XX fue leída como ejemplo de pacifismo. Así debió ser cómo el personaje sedujo a Margueritte Yourcenar, autora de una presunta autobiografía extraviada, las Memorias de Adriano (1951) traducida con éxito a a muchas lenguas: sólo en España lleva vendidos más de un millón de ejemplares.



Aquella apasionada clasicista que aprendió latín a los diez años y griego a los doce debió inspirarse en una enorme estatua del emperador con pinta de filosofo fondón que, según el British, es en realidad un montaje victoriano que mezcla una cabeza adrianea con un cuerpo ajeno. Aunque la muestra se abre con su manuscrito, la deconstrucción del Adriano yourcenariano rompe implacablemente con la imagen del dócil filósofo, pacífico, introspectivo y cercano, dedicado a la vida contemplativa, que cede territorio romano. De hecho, la pieza favorita del comisario, Thorsten Opper, es la que él llama la “imagen real” de Adriano: una estatua que luce coraza, expresión despiadada y con el pie izquierdo aplasta a un enemigo bárbaro.

Se ha escrito que la reivindicación de Adriano podría ser un críptico mensaje al candidato a la presidencia norteamericana para que, nada más celebre su advenimiento, retire las tropas de Irak. A mi, sin embargo, la exposición, además de elegante en su diseño, me pareció tan aséptica como una mesa de quirófano. ¡A no ser que fuera precisamente esa aparente ausencia de la reinvidicación la que encubra sutilmente la apuesta por abandonar Irak a su suerte!

Me explico: al hacer hincapié en el Adriano marcial y al mismo tiempo diluir el abandono de las provincias que Trajano había conquistado, el discurso expositivo refuerza la idea de que el abandonismo no era tanto señal de debilidad como de estrategia. Así se adoctrina al público para que no considere la retirada una derrota, y se jalea al candidato a adoptar una medida que será ridiculizada por los agitadores de banderas y el lobby petrolero.



De todos modos, en el caso de que Barak Obama accediera a la presidencia, la decisión me parecería hoy irresponsable y temeraria. Irresponsable porque el mal está hecho, y la comunidad internacional que pecó tolerando el ataque supuestamente preventivo y obviamente arbitrario, tiene la misión de evitar que la deriva de los acontecimientos y el caos que se respira hoy allí den como resultado la constitución de un estado agresivo y rencoroso, que sólo deje de ser marioneta de las petroleras para pasar a serlo de cualquier mafia del terror. Y temeraria porque no se lo perdonarían: desde que en 1960 el viejo Ike dedicara parte de su discurso de despedida a advertir del alcance tentacular del Complejo Militar Industrial, no creo que nada pueda oponerse a la lógica mesiánica del “Destino Manifiesto”. No habrá salida de Irak si la decisión no resulta lucrativa para los magnates wasp.

sábado, 2 de agosto de 2008

THE GOLDEN AGE: LA SOLTERONA AMENAZADA



















Guillermo I de Orange (1533-1584), al que llamaron “el Taciturno” por su renuencia a decir lo que pensaba, falleció en un atentado perpetrado en sus estancias palaciegas por Baltasar Gérard en 1584, copia de otro frustrado dos años antes también con una pistola de llave de rueda. Se trataba de un artículo de moda, cuyas ornamentaciones lujosas lucía ostentosamente la nobleza más snob, pero también de un arma mortífera que podía viajar oculta para acercarse al objetivo, y una vez en el escenario del crimen sacarse con una mano y disparar de un solo movimiento.

El atroz final del príncipe Guillermo el Taciturno. El primer asesinato de un jefe de estado a punta de pistola, señala las consecuencias que tuvo para la evolución política del continente aquel magnicidio. El libro de Lisa Jardine, catedrática de estudios renacentistas en el Queen Mary College de la Universidad de Londres y miembro del Patronato del Victoria & Albert Museum, contiene curiosos anacronismos –“ciudadano alemán”, “emperador español”- pero también un arriesgado paralelismo entre el impacto que el asesinato de Guillermo de Orange tuvo sobre la Europa de su tiempo, y el que tuvo para Occidente el ataque a las torres gemelas de NYC en septiembre del 2001.

Afirmar que “morir de un balazo de una pistola oculta fue un temor tan presente entre los príncipes de la Europa del siglo XVI como lo ha acabado siendo para el siglo XXI la pesadilla global del atacante suicida armado con explosivos o sustancias tóxicas” puede parecer a simple vista una comparación forzada, por mucho que se encuentren similitudes entre los fanáticos religiosos de entonces y los de hoy. Pero el objetivo del libro no es tanto comparar protagonistas como consecuencias.

Cuando la noticia del asesinato de Orange llegó a Londres, la decisión que la reina Isabel había evitado durante casi veinte años se precipitó. Concluir si los neerlandeses eran rebeldes a su rey ungido por Dios o luchadores por la libertad religiosa no era fácil para Isabel, puesto que violar una soberanía regia ajena podía al día siguiente legitimar similares conspiraciones contra ella misma. Ese escrúpulo, más que la conciencia, la hacía dudar al firmar la sentencia de muerte de María Estuardo.

La muerte de Guillermo hacía vulnerables Holanda y Zelanda ante las tropas católicas, y las convertía en inminente baluarte para una futura invasión. Con argumentos como ése la facción belicista de la corte intentaba persuadir a la reina para que se involucrara en Flandes con la causa protestante. El favorito y antaño pretendiente de Isabel I, Robert Dudley, conde de Leicester, se hacía pintar con pistola, símbolo de la potencia, el valor y la destreza marcial que según su facción le faltaban a la reina; el arma se convertía así en símbolo de los círculos cortesanos descontentos con la política isabelina de evitar la confrontación militar con Felipe II, demasiado cara y de imprevisible desenlace.














Esa facción belicista inventó (o publicitó) toda una serie de complots que pretendían causar alarma, mediante panfletos cargados de espeluznantes detalles y sórdidas especulaciones curiosamente parecidas a las que llenaron la prensa amarilla tras los ataques del 11 de septiembre de 2001 sobre los avisos de inteligencia desoídos o los errores de seguridad de los aeropuertos. El alarmismo que desencadenaron en el Londres isabelino todos aquellos panfletos no sólo hizo girar la política isabelina hacia el belicismo enviando a Leicester a los Países Bajos. También mantuvo al lector inglés “sometido a un régimen cuyas medidas represivas y faltas de libertades civiles eran en teoría la reacción responsable a las omnipresentes amenazas que les rodeaban por todas partes”. El asesinato de Orange agudizó en Inglaterra un clima cercano al pánico, a pesar de que la situación inglesa no recordaba la realidad de Francia o los Países Bajos: ni había guerra civil ni rebelión en marcha ni fuerza de ocupación. Lisa Jardine no dice que el pánico fuera totalmente injustificado, sino que permitió a los ministros que controlaban la seguridad de la reina endurecer el control político de la población inglesa con vigilancia, arrestos e interrogatorios, en aras de la “seguridad”. Denuncia Lisa Jardine que cuando impera el miedo, la tiranía se sufre con resignación si se dice que es “en interés de la seguridad”.

¡Algunas semejanzas con algunos presentes son espeluznantes! Y sin embargo, el análisis es más que una provocación. A mi me facilitó las claves para entender la secuela de la película Elizabeth. Aunque la supera en medios técnicos y espectacularidad barroca, The Golden Age convierte El triunfo de la voluntad en un inocente episodio de los Teletubbies. La resistencia inglesa ante la amenaza oscurantista que se cierne desde el otro lado del canal es idealizada hasta tal punto que llegan a poner en boca de la reina un “Sólo puedo prometer”. Le faltaron cuarenta kilos más, un puro y un bombín, para que el ingenioso guionista le hiciera añadir después “sangre, sudor y lágrimas”. Y se hubiera quedado más ancho que Pancho.

Un panfleto paranoide

La Armada es retratada como un megalómano sueño de ambición mundial para que 1588 sea comparable a 1940: subyace una apelación al nazismo en la escena inverosímil en la que una multitud enfervorizada aclama al rey al pie de un edifico que quiere recordar El Escorial. Jordi Mollá es un absurdo Felipe II sobre el que no parece haberse documentado y al que interpreta como a un esperpento retorcido entre sombras: pudiendo optar por un tirano malvado y sofisticado, o un fantasma huidizo y espectral, han preferido mostrarle como un payaso enfermizo. Como en toda buena superproducción, el malo luce unos defectos físicos que le distinguen del bueno, que tiene tableta, bíceps y un esmalte que parece lavado con detergente.













Las concesiones al lenguaje cinematográfico, que precisa de un final apoteósico, obligan a que Francis Drake en solitario hunda la Armada. Nada que ver con los hechos históricos: aunque los corsarios la hostigaron frecuentemente, el ataque de Drake el 7 de agosto de 1588 inflingió más daño psicológico que material, porque sólo hundió un buque. La Armada se reagrupó y siguió navegando casi intacta hasta que, bordeando las islas para evitar molestias piráticas y desembarcos suicidas, tuvo que enfrentarse a unas tormentas de las de agárrate y no te menees que hicieron naufragar 21 buques. ¿Por qué esta demagogia historiográfica se aparta tanto del cuidadoso rigor de la primera parte de la saga?. El libro sobre las consecuencias en Inglaterra del asesinato de Orange en Flandes me ha hecho entender que, al disculpar a la protagonista de toda tiranía, al olvidar cualquier ataque inglés previo contra la monarquía hispánica (como se olvidan los previos, continuos y seculares ataques occidentales sobre el mundo árabe), se está forzando al espectador a aceptar que, ante la ambición demoníaca del enemigo (llámese Felipe u Ossama), cualquier sacrificio y cualquier defensa son legítimos. ¡Esa es la clave!

En la película los fanáticos católicos son suicidas sin cinturones de bombas a los que Walshingam, obsesionado por la seguridad de la reina, se ve obligado a torturar. No recuerdo una escena cinematográfica de torturas en la que el recurso a la violencia para extraer información no sea retratado como una barbaridad salvaje. En cambio, las torturas isabelinas de The Golden Age no vienen cargadas de dramatismo, sordidez o suciedad, sino de poesía visual. Su objetivo es consagrar una violencia legítima, merecida, el medio inevitable para salvar a la reina, cuyo corazón inestable permite identificarse al espectador. Entonces, desde su butaca, acepta los medios en base a la presunta maldad intrínseca de los asesinos fallidos, convirtiendo así al torturador en el bueno, al torturado en malvado y aquí paz y después gloria. ¡Guantánamo, escuchas telefónicas y asesinatos preventivos quedan justificados sin apenas darnos cuenta!

domingo, 27 de julio de 2008

HÉROES DEL EBRO: LA INCONTENIBLE PASION DE LOS VETERANOS



Acabo de regresar de un congreso que conmemoraba en Mora de Ebro el 70 aniversario del comienzo de la ofensiva republicana que cruzó el río. Ha sido una convocatoria muy completa, de extraordinaria y compleja organización. Y no sólo porque daba de comer a más de 300 personas y alojaba a unas cuantas de ellas; sino porque coincidía con la recreación del asalto, e incluía una representación teatral, exposiciones fotográficas, ponentes de excepción, breves y vertiginosas comunicaciones, un paseo por algunas museos de la comarca, la asistencia al homenaje a la quinta del biberón, proyecciones nocturnas de documentales a la misma orilla del río, y una sesión nostálgica que daba protagonismo a los brigadistas supervivientes. El programa quedaba felizmente lleno, las sesiones resultaban maratonianas y sin embargo el público se mantenía entregado: coreaba consignas en las sobremesas y se mantenía atento a los comunicantes diez horas después de haberse iniciado cada jornada. Resultó especialmente emotivo escuchar a los brigadistas, una de cuyas participaciones acabó con un Viva la República rápida y entusiastamente contestado, y doscientos congresistas puestos en pie aplaudiéndoles durante varios minutos. El pequeño reconocimiento no paga la deuda que tenemos contraída con aquellos combatientes que aparcaron sus esperanzas de futuro para acudir a defender una causa que consideraban suya, y que en abstracto -tenían razón- era de todos. Alguna lágrima se me escapó cuando un veinteañero pidió la palabra para darles las gracias “por lo que habéis hecho por nosotros”, y cuando otro más les pidió un consejo para los jóvenes y obtuvo por respuesta “no sentirse vencido porque nadie puede decirte que lo estás si tú no lo sientes”. Dicho de otro modo,


aunque me tiren el puente y también la pasarela,
me verás pasar el Ebro en un barquito de vela;
cien mil veces que los tiren, cien mil veces los haremos,
tenemos cabeza dura los del cuerpo de ingenieros
”.

En el congreso tuve la oportunidad de saludar también a Ferran Sánchez Agustí, tocayo prolífico y fecundo investigador de los maquis, al que hace tiempo que me apetecía conocer. Y de charlar largo y tendido en varias ocasiones con Alberto Reig Tapia, al que ya leí hace unos cuantos años en Los mitos de la tribu, y al que acudí cual sediento en el desierto cuando - convencido por Edmund Burke de que "lo único que hace falta que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada"- esperaba que los historiadores de profesión alzaran la voz contra la verborrea mediática de los viejos franquistas disfrazados de transgresores que dicen revisar lo que en realidad copian... de la versión oficial de la dictadura. La militancia de Alberto Reig Tapia es científica y rigurosa, aunque su Antimoa nos permita a los "progres simpáticos" -por fin, después de tantas agresiones- "echar unas risas"!.

También fue emocionante escuchar al profesor Gabriel Cardona. Su enérgico y genuino discurso historiográfico me retrotrajo a las tardes de invierno de 1996, cuando cada tarde veía caer el sol a su espalda y oscurecerse la ciudad a través de los ventanales del aula del campus de Pedralbes donde impartía su Historia contemporánea de España. Guardo aún sus apuntes porque apunté celosamente todos y cada uno de sus ingeniosos latiguillos, como el que remataba una clase magistral diciendo “¿Ha quedado lo suficientemente confuso como para que sea cierto?”. Tengo otras: "Nueva York es el orgullo de la humanidad y la vergüenza del capitalismo. Lo primero porque gente de todas clases vive junta sin matarse; lo segundo porque vive mal". O esta: "Los Borbones estaban exclusivamente dedicados a las misas, las cacerías y las queridas; pasatiempos de los que yo o discrepo o no tengo edad".

En opinión de Cardona, la Batalla del Ebro fue un esfuerzo tan heroico como ingenuo de alargar una guerra cuyo curso no tenía ninguna posibilidad de cambiar, y que estaba perdida prácticamente desde el principio. La batalla más dura y sangrienta de la guerra (cuarenta mil víctimas en tres meses) no tuvo ningún beneficio territorial. Y sin embargo, me atrevo a decir que en el fondo logró su objetivo: salvó Valencia distrayendo la atención de Franco, superó el derrotismo por un momento, y ganó tiempo. Aquellos hombres mal equipados, mal formados y mal armados, a los que no apoyó la aviación, que combatieron sin apenas reservas ni transportes ni buenos pasos sobre el río, ni provisiones, en el fondo cumplieron su objetivo: ganar tiempo, a la espera de que el conflicto europeo que parecía inminente, se desencadenara. En el fondo Franco ganó la guerra, pero perdió la batalla del Ebro. Porque aquellos resistentes cumplieron la orden de resistir hasta que se les ordenó retirarse después de un largo combate: cuatro meses que para ellos fueron un infierno inenarrable y continuo, es cierto, y que sirven a demagogos de oscuro pasado para acusar al idealismo resistencialista negriniano de absurdo asesinato. Con esa misma crudeza lo denunció un biberón: ¿Por qué nos dejaron allí, en el centro de aquella matanza absurda, si éramos tan sólo unos niños? Decía un brigadista que “hay cosas que no pueden contarse aunque se cuenten”. Resulta fácil imaginar cuántas veces las palabras resultan insuficientes cuando se habla de una guerra.



Y sin embargo, Gabriel Cardona acababa su charla pidiéndonos que volviéramos a cruzar el Ebro, a emprender una nueva batalla 70 años después, “sin cañones pero con libros, cuyas únicas víctimas sean los embusteros”. Está bien entender la democracia no como un estúpido nirvana, sino como un camino, a menudo angosto, por el que merece la pena transitar todos los días. Usar nuestros derechos, convertirlos en realidad cotidiana, es una buena manera de mantener la salud democrática. Deberíamos seguir el consejo del maestro, y el ejemplo de todos esos veteranos. Pues eso: si me quieres escribir, ya sabes mi paradero.

lunes, 21 de julio de 2008

FINO ANALISTA, MAESTRO DE TIRANOS O VOCERO A SUELDO



En su análisis de la obra de Nicolás Maquiavelo, Quentin Skinner recoge una anécdota que muestra la carga peyorativa que mantiene el término “maquiavélico”: en una entrevista para The New Republic en 1972, el secretario de estado norteamericano Henry Kissinger, preguntado sobre la influencia del pensador florentino, se mostró extremadamente ansioso en rechazar esa sugerencia. “No, no, en absoluto”, insistía. En ningún grado Maquiavelo había influido en él, decía Kissinger..

La imagen negativa de El Príncipe como una obra maligna inspirada por el diablo en persona porque enseña al príncipe cómo conservar el poder por medio de la crueldad y la simulación, proviene de su inclusión en el Índice de Libros Prohibidos en 1559. Pero también de que no ha existido hombre poderoso, de Carlos V a Catalina de Médicis, de Napoleón a los dictadores del siglo XX, que no leyera El Príncipe para inspirarse.

Durante mi carrera profesional me he cruzado muchas veces con Maquiavelo y, empeñado en interpretarlo sin anacronismos y concluir si la moralidad política que expresó en sus obras es la que le adjudicamos hoy, ha acabado inspirándome una profunda simpatía. En realidad Maquiavelo afirma que, si los tratados políticos medievales impregnados de religiosidad cristiana sostenían que el príncipe debía ser virtuoso, prudente, justo, y moderado, para alcanzar la gloria, en realidad aplicar aquellas enseñanzas sólo serviría para perder el poder y ganar el escarnio. Al desvincular la política del dogma cristiano, al dotarla de valores laicos y pragmáticos, Maquiavelo advierte al príncipe que debe actuar “según la necesidad”.

Esas conclusiones, bien aprendidas en las misiones diplomáticas a Francia –donde queda fascinado por el espectáculo del poder bien organizado, contrapunto de Florencia-, o ante César Borgia –donde toma rendida cuenta del uso adecuado del secreto, la combinación de guerra y negociación, y la espera paciente de la oportunidad-, no son meras apologías del poder absoluto. Sino la defensa de una política personal y creativa, creación sutilmente artística de un tiempo que rinde culto a los individuos geniales, sean escultores o navegantes, que aunque fue acusada de eximir cualquier responsabilidad moral, apostaba por el análisis objetivo de la realidad circundante para garantizar la apuesta arriesgada, realista y ambiciosa del político.

Un encargo reciente me ha permitido reflexionar sobre el Maquiavelo historiador y me he encontrado a un personaje distinto, que hasta ahora me había pasado inadvertido. No me refiero al Maquiavelo republicano: es bien sabido que en sus Discursos sobre la primera década de Tito Livio la fraseología que ha llegado hasta los defensores actuales de la teoría del republicanismo -“imperio de la ley”,”repúblicas que buscan el bien común sin el obstáculo de los intereses particulares”, “gobierno mixto que participe de las tres formas políticas clásicas”, etc-, viene acompañada de una verdadera apología nostálgica de la virtuosa república romana y un descarnado lamento por un presente – el que le tocó vivir- en el que los príncipes sustituyen a las libertades.

La contradicción aparente entre los Discursos y El Príncipe es menor si se entienden ambas obras, juntas, como una clasificación de los regímenes políticos, dispuesta a analizar sutil y escrupulosamente tanto los principados –de forma breve y compulsiva- y las repúblicas –de forma más sistemática y elaborada- usando en ambos casos el ejemplo de la Historia para ofrecer modelos de comportamiento adecuados. Como bien dice en su introducción Ana Martínez Arancón (Libro de bolsillo, ciencia política, alianza Editorial/Emecé, 2008), usa la lección de la antigüedad, las deliberaciones de los cónsules y los generales romanos que hicieron posible la grandeza de Roma, para extraer principios de acción política para el presente. Convenciendo al hipotético lector de la sabiduría política de los romanos, pretende estimular su imitación. Uso de la Historia, y admiración por la acción y el compromiso políticos están presentes en ambas obras.

Maquiavelo no dice que el fin justifique los medios



El Maquiavelo que me ha sorprendido no es el republicano; ése me seduce en extremo. Sino el intelectual orgánico acostumbrado a vivir de los encargos de los poderosos. El mal lector de Maquiavelo me diría que todos tenemos un precio, y que el de alguien que aboga por eximir la política de todo escrúpulo, es consecuente cuando implora favores al poderoso. Seguramente añadiría que “comer caliente” (el fin) justifica “hacer de vocero” (el medio), y pondría así en boca de Maquiavelo un razonamiento que él nunca defendió.

Cuando en 1512 los franceses son derrotados en Rávenna, la república para la que tan devota y hábilmente había trabajado Nicolás Maquiavelo desde 1498 expira; y los Médicis retornan a Florencia cargados de proyectos principescos en los que tan eficiente magistrado republicano no encaja ni a empujones. El cambio político le supondrá la pérdida de empleo (y la pobreza de unas escasas rentas rurales), la amargura de sentirse marginado (y sin reconocimiento a su talento), y un ocio difícil de soportar para quien ha vivido en contacto directo con el trepidante mundo de la política. Pobreza, amargura y ocio empujarán a don Nicolás a escribir El Príncipe y a releer y comentar Ad urbe condita.

Es entonces cuando el Maquiavelo que me sobrecoge abandona toda dignidad para implorar el favor del “principado nuevo”. En el paro forzoso, su correspondencia se llena de necesidad y sumisión. Así, escribe a su amigo Vettori el 13 de marzo de 1513 que procure, “si es posible, que su santidad se acuerde de mi, a fin de que en el caso de que sea posible comience a ocuparme, o él o los suyos, en cualquier cosa”. Resumiendo, qué hay de lo mío.

Cinco días más tarde, otra misiva: “si estos señores nuestros se dignan no dejarme en tierra, lo agradeceré y creo que me portaré de manera que también ellos tengan motivos para considerarlo una buena decisión”. Resumiendo, déjeme demostrarle que soy muy hábil con el francés. ¡Y no me refiero al idioma!

El hambre es lo que tiene. Es mundanamente humano, incluso a veces ensucia. Pero sobrecoge el brutal parecido del veterano analista, hambriento de rentas y notoriedad, con los intelectuales orgánicos de nuestro presente. Los contertulios cargados de resentimiento con el poder (cuando les excluye) y de vanidad (cuando les reconoce), que pierden cualquier escrúpulo en denunciarle (cuando les es adverso) o alabarle (cuando les es favorable).

Ahora no sé qué hacer con Maquiavelo. Llevo unas semanas preguntándome si ejercería de predicador del Apocalipsis en la COPE o de comisario político en Catalunya Ràdio… Debe ser por eso que no me contrata nadie…

viernes, 2 de mayo de 2008

DEFENSA DEL AUSTRIACISMO (Y DE PASO, DEL TRABAJO DE ERNEST LLUCH)



En septiembre de 2005 leía a un importante y poderoso historiador cómodamente instalado en poltronas museísticas y púlpitos mediáticos decir, en la editorial de la revista Papers, incluida periódicamente en el interior de L’Avenç, que el austriacismo no era más que “la defensa de l’ordre constitucional català d’arrel medieval”. Era una crítica dirigida quienes estaban estudiándolo como una idea política nueva, “portadora de llibertat”.
Citándose a sí mismo (¡!) en el prólogo del libro de Josep Maria Torras i Ribe (Felip V contra Catalunya, Rafael Dalmau, Barcelona, 2005) insistía en que aquel era un sistema “fet a la mida dels estaments superiors, els beneficiaris del règim de privilegis, les oligarquies que ostentaven el govern del pais i que monopolitzaven les institucions”. Aunque esa afirmación es incuestionable, implicaba una crítica algo injusta de los historiadores que querían presentar “com una cosa nova una alternativa al sistema borbònic que ja existia des de feia molts segles”.

Ya Ernest LLuch se lamentó de la oportunidad que había perdido España en 1714 (no sólo Cataluña) de disfrutar de un sistema representativo (aunque no democrático), parlamentario (por medio de cortes estamentales) y proclive al federalismo. Aquellas sugerentes propuestas han sido criticadas como si el absolutismo y la centralización fueran el único camino viable hacia la modernidad política. Yo mismo me he quejado a veces de que la historiografía catalana no se haya desprendido del romanticismo que enternece su visión de toda aquella quincallería política, ganándome a pulso el rechazo de mis amigos nacionalistas cuando me obstino en hacer notar que la nación política asesinada en 1714 tiene bien poco que ver con el concepto “Cataluña” que hoy, con los sistemas representativos democráticos consolidados, forma parte de nuestro imaginario. Sin embargo, la semana pasada tuve la oportunidad de entrevistar a Agustí Alcoberro y la solidez de su discurso me ha hecho ver que aquellos arcaicos privilegios estamentales no pueden ser despreciados como argumentos para el desarrollo del pensamiento político, como muy bien rastreó Lluch. Escuchándole pensaba yo que era incoherente tomar sin escándalo el modelo inglés y su ausencia de revoluciones jacobinas como un camino alternativo y superior hacia la libertad política, y despreciar el estudio del austriacismo.

¿Cómo es posible que se canten las virtudes del Reino Unido, con su cámara de los lores designados por la sangre, y su capacidad de veto de las decisiones de la cámara democrática, la de los comunes, y al tiempo se desprecien los gérmenes del austriacismo como si de un anacronismo retrógrado se tratara, sin ni tan sólo considerar la propuesta de que aquel corpus jurídico estamental surgido de las cortes fuera (circunstancialmente, quizá) la base de un proyecto futuro renovador, alternativo, incluso “persistente”? ¿Cómo es posible que las limitaciones al ejercicio del poder real asentados por cuatro fanáticos puritanos carpetovetónicos en la Inglaterra del siglo XVII sea considerada un literal progreso hacia el sistema de libertades y, en cambio, se desprecie el mismo esfuerzo de comprensión por el proyecto de monarquía controlada que tienen los austriacistas?

lunes, 7 de abril de 2008

ERNEST BELENGUER CIERRA UN CÍRCULO (1983-2008). OJALÁ ABRA OTROS...



Que el reinado de Jaime I fue decisivo para Cataluña no se puede dudar: los privilegios otorgados a Barcelona dispararon su prosperidad mercantil, se consolidó su estructura política por medio del Consejo de Ciento, las ciudades se convierten en el tercer estamento de las cortes (el braç reial), creció el dinámico barrio de la Ribera, y se vertebró –con las conquistas de Mallorca y Valencia- el territorio que hoy ocupa la cultura catalana. Es indudable que merece, salvando las distancias con que puede ser leído en términos de nacionalidad contemporánea, que el octavo centenario de su nacimiento se celebre este año con el nivel suficiente. Por eso es lógico que el profesor Ernest Berenguer –comprometido y vehemente modernista, autor de pormenorizados estudios sobre la monarquía hispánica durante la alta edad moderna, y tantas obras de referencia sobre los distintos reinos de la Corona de Aragón, pero también de un repaso sobre las interpretaciones historiográficas que, sobre el rey Jaime, tejieron escribanos, escribientes y escritores (1983)- se queje en su reciente estudio sobre el reinado de Jaume I de que no haya dinero público para gastar en ciencia histórica.

La apuesta por el rigor ya se percibe en la portada de la edición castellana, con el único retrato coetáneo del rey que nos ha llegado, sacado de las Cantigas de su yerno Alfonso X el Sabio. También es obvio en el uso de una diversidad ingente de fuentes secundarias (incluido Ferran Soldevila, citado con reconocimiento profesional pero sin nostalgia romántica) y primarias: el Llibre dels Fets es leído con el mismo sentido crítico adecuado, recordando que allí aparecen los “fets gloriosos” y son disimulados o silenciados los que no sirven a la gloria del rey.



Dice el autor que su obra no es un relato oportunista, apresuradamente redactado para aprovechar la ocasión comercial. Y añadió que nadie se enriquece escribiendo; por tanto no será él, poco dado al mercadeo político, quien escriba el guión que en Valencia glosará los tiros que don Jaime, representado con belleza tipo portada de Menshealth, disparó sobre damiselas inocentes, otras menos asustadas, y unas más listas que lo buscaban por los rincones. ¡Quien queda de niño prisionero de los vencedores de su padre en batalla campal, y supera un largo reinado lleno de asaltos y traiciones abandonando una cruzada a San Juan de Acre en beneficio de un buen par de muslos, sin duda, merece una película! ¡Esperamos que tenga, eso sí, mayor dignidad que la que dedicaron a los Borgia!

Quienes hemos disfrutado en clase de la punzante, casi afilada, agudeza del profesor Belenguer vimos en el acto de presentación de Jaime I y su reinado a un autor más afortunadamente comedido, incluso más sensible. Y es que la presentación de la edición castellana del último libro del profesor Belenguer fue un acto emotivo. Él mismo confesó que había temido no poder acabarlo, que espera que no sea el último, que se agota cada vez más en clase y fuera de ella, y que en todos estos años de carrera investigadora –desde su primer libro, sin prologuista porque poco antes, a su maestro, Joan Reglá, le habían diagnosticado un cáncer de pulmón- no ha hecho más que hacer honor a quien le enseñó. Como el maestro ya no estaba cuando el joven Belenguer debutaba, y por mucho que como escritor novato necesitara un buen padrino, se negó a que ningún otro que no fuera su maestro ocupara aquel espacio, y escribió su propio prólogo para glosar la figura de Reglá y vindicar su maestría. Lo cual merece, cuando menos, un encendido elogio.

No acabo de entender por qué un gobierno blavero, cargado de resentimiento anticatalanista, despliega tal cantidad de recursos para celebrar la figura del monarca que, en su euforia belicista, fijó los profundos vínculos con Cataluña que hoy ellos quieren ignorar. Pero estoy seguro que el profesor Belenguer nos lo aclarará: ¡nos ha prometido una conferencia para el veinte de mayo!

lunes, 10 de marzo de 2008

JANE AUSTEN EN EL S. XXI: SOLTEROS POR FRACASAR O POR NO INTENTAR?



Con la decisión sobre el voto resuelta tiempo atrás, dediqué la jornada de reflexión a “La joven Jane Austen” porque me contaron que los críticos neoyorquinos se deshacen en elogios por una novela titulada “El club de lectura de Jane Austen”. Así que, de regreso al video-club, iba pensando por qué de pronto tanto interés por la escritora inglesa. Parece que en el 2003 el biógrafo Jon Spence sorprendió al mundo literario revelando en Becoming Jane Austen que, pese a la soltería, la autora de Sentido y sensibilidad no hablaba de oídas y había conocido una precipitada y precoz historia de amor juvenil, con huida incluida. La película trata de recrear esa historia como si fuera una novela más de su autora, para que los acontecimientos vividos realmente se parezcan a “Orgullo y prejuicio”. Por eso arranca con Jane viviendo con su familia en su casa campestre, y nos la presenta como ella a sus heroínas: joven, guapa, sensible, educada, agradable, inteligente, escritora en ciernes, aunque insatisfecha con los resultados. Y es que una de las tesis de la película es que –para escribir sobre el amor- uno tiene que haberlo vivido. O sufrido…

Resulta estéticamente sugerente la bucólica descripción que hace la película del contacto de las personas con la naturaleza. Si el hombre medieval había sentido incomodidad o miedo ante la misteriosa profundidad del bosque, la pasión por la naturaleza en estado salvaje propia del hombre romántico se parece mucho a nuestro deseo por salvarla hoy de la agonía. Es cierto que Jane –en su austera mansión de provincias- es menos urbana que nosotros; pero me atrevo a decir que el papel que cumple el bosque en aquellos tiempos de primer romanticismo es el que hoy cumple la metrópoli. Sean robles o rascacielos los que acompañan los encuentros (o desencuentros) de aquellos primeros románticos, me temo que se parecen demasiado a los nuestros.

Me explico. Las relaciones Inter-personales que describe la película son tan sofisticadas como distantes. Me recuerdan a las que veo practicar hoy. La joven Jane invoca sentimientos que desconoce, y para los que –en un primer momento- no espera arriesgar. Cree que el amor llamará a la puerta del estudio en el que se consagra a inventar historias durante las noches de insomnio. Tras mis amigas solteras (disfrazadas de superwoman siguiendo la guía cosmopolitan) y mis amigos gays (disfrazados de Robocop insensible), es fácil encontrar una criatura frágil y herida, algo desvalida, necesitada y merecedora de cuidados. También la joven Jane, a veces altanera y algo insolente, disfraza tras una verborrea apasionada y algo grandilocuente la soledad que padece en su íntimo castillo de cristal. Y también como nosotros, que no dejamos pasar la oportunidad de sentir que agradamos, la joven Jane flirtea y coquetea con todos los muchachos de tez pálida, disfraz de dandy y peinado cuidadosamente descuidado que se le presentan. Y como nosotros, evita consumar, si el modelo no encaja en el molde que la imaginación desea…



Aún deseosa del amor, expectante de experiencias, sublimándolas en sueños, Jane (y mis amigas) proclaman unos valores opuestos a la práctica que la conducirían a conocerlo. Ella, el decoro. Ellas, la promiscuidad veloz. Aún necesitándolo, denunciamos la estrechez de un modelo de pareja que calificamos como convencional, criticamos la necesidad de compañía como debilidad, y defendemos las parejas abiertas, o la soltería, como sinónimos de desprejuicio o libertad. Si tanto Jane Austen como mis amigas se parecen en la necesidad no confesa de compartir, ¿qué las diferencia?

Pues el hecho de que Jane, más inconsecuente, no predicó con el ejemplo; y se atrevió a violar las normas del decoro que la constreñían para probar lo que necesitaba. En cambio, a mí alrededor no veo arriesgar. Veo existencias predecibles y cómodas, eso sí, pero a nadie dispuesto a decir, como Jane y su amante se dicen en el film, “¡Soy de usted!”. No veo a nadie dispuesto hoy a sacrificar sus caprichos inconfesables, su deseo de hacer en cada momento lo que apetece, o sus vacaciones exóticas diseñadas a medida. En el debate entre el sentido (el seny, la razón) y la sensibilidad, por usar el título de su más conocida novela, la joven Jane apostó por el riesgo. En lugar de casarse por dinero, en lugar de entregarse a un matrimonio sin amor, se fugó. ¡Se atrevió a decir “soy de usted”! Volvió a los pocos días al hogar acogedor y a los brazos de su madre, es cierto. Regresó y siguió soñando poemas mientras daba de comer a los cerdos de su granja. La realidad es así de prosaica; se parece a los poemas como un huevo a una castaña. Pero lo importante es que arriesgó. Jugó… y perdió. El amor se cayó de la diligencia en la que huía, al primer bache, y ella pagó un precio: la soltería.

Hoy también la soltería es un valor en alza, también se legitima como Jane justifica la suya: argumentando que una mujer se puede servir de su talento (escribir, en su caso) para sobrevivir. También la soltería es hoy igual de difícil: las mujeres de entonces negociaban los términos de una boda que las permitiera subsistir porque la existencia en soledad (escritoras brillantes y reconocidas aparte) era muy dura. Hoy tampoco es fácil para mis amigas solteras pagar una hipoteca a solas, sobre todo porque las mujeres, por el mero hecho de serlo, están remuneradas –haciendo el mismo trabajo, o quizá más- muy por debajo de los hombres.

Sin embargo, hay una diferencia entre aquella soltería y la de hoy: una es la consecuencia amarga del riesgo, de haber jugado y haber perdido; la otra es la consecuencia de no haber arriesgado jamás.

jueves, 7 de febrero de 2008

HAY 5 TIPOS DE HISTORIADORES...



Para empezar están los "maestros". Son los que no tienen pestañas. Se las dejaron en el archivo, rastreando entre legajos empolvados, pergaminos en mal estado y letras carolinas decoloradas. Cada vez que abren la boca hablan ex cátedra como si fueran Pío IX sentando el dogma de la Inmaculada Concepción. Y no lo digo con acritud, sino con admiración: son los que no quiero que ensayen clases participativas, sino que derramen su erudición crítica, amena y valiente hasta que te dejen aturdido. Proyectan luz sobre el pasado, ofrecen teorías, las contrastan, las matizan, las llenan de documentos y de pruebas y ábsides góticos y cartas de amor, y de voces y de sabores.




Luego están los arribistas. Son los que no tienen escrúpulos. Los olvidaron en algún sarao madrileño junto a la fuente del ponche y las señoras repeinadas, mientras firmaban los libros que sus negros les escriben. Cada vez que abren la boca baja el precio de la mierda porque no se cortan un pelo en “revisarlo” todo. Que si Azaña era un jacobino peligroso, la república derivaba hacia el totalitarismo, pobre Felipe II cómo lloró por la Gran Armada, en las Navas de Tolosa querían construir España, Octubre de 1917 fue un golpe de estado y Julio de 1936 un plebiscito armado, los masones conspiraban (¡joder, qué obsesión!) y a Pinochet le cuadraban las cuentas (las de la balanza de pagos, no las de muertos en la Operación Cóndor, que ese otro recuento les trae sin cuidado). También dicen que la revolución francesa fue un inútil derramamiento de sangre y la independencia de las Trece Colonias, en cambio, una heroicidad aunque se olvidaran de los esclavos negros, y que el colonialismo que se repartió África no era rentable, sino filantrópico, Ah, y que no se me olvide; lo más importante: ¡España se rompe! A la que menos te lo esperas se asoman a la ventana y se ponen a ladrar “venid a salvarla”, como si fueran el Alcalde de Móstoles. Ni que decir tiene que la culpa de todo, incluida la derrota de Trafalgar, la tiene Zapatero. Eso por descontado.



Una tercera categoría la ocupan los meritorios. Son los que no tienen voz porque –siguiendo a Oscar Wilde- prefieren callar y pasar por tontos, que hablar y disipar la duda. Así, temiendo no salir en la foto, esperan si les llega el turno en la “cadena de medraje” universitaria. Cada vez que abren la boca es para bostezar porque, encantados de haberse conocido, se escuchan discursar sobre alucinógenas delicatessen historiográficas: como son muy “postmo”, les va el discurso de género, las gafas de pasta y la historia de la alimentación. Eso sí: los temas de los demás les parecen aburridos, escriben “Historia” sin hache por aquello del “giro lingüístico” y confunden a Martín Lutero con Martin Luther King. Al final, cansados de esperar, se tiran a la enseñanza, donde torturan a los pocos adolescentes que –antes de conocerles- habían sentido algo de interés por las Ciencias Sociales. Entonces, cuando les ven bostezar, desgranan con agotamiento cansino su visión armagedónica de la enseñanza y se lamentan de que los niños escriben historia con “i” minúscula. ¿Pero no habían dicho antes que las faltas de ortografía le dan amenidad al texto?…



Finalmente están los del ombligo pequeño. Son los que no tienen vergüenza: se pasan el rato hablando de ellos mismos y firmando manifiestos que, después, presumen de haber transgredido porque –rematan con sonora carcajada- “las normas están para saltárselas” (sic)... Cada vez que abren la boca el problema es tuyo para cerrársela, porque tienen dogma para dar y vender. Están de vuelta de todas las revoluciones: las han protagonizado todas. Y en primera fila de trinchera. La neolítica, la urbana, la agrícola, la demográfica, la industrial (tanto la primera como la segunda), la proletaria, la Meiji, la bolivariana, la menchevique y la naranja… Como que las revoluciones cansan, que es lo que tienen las revoluciones, acaban a la sombra de un almendro en flor leyendo la enésima reinterpretación de “La formación de la clase obrera en Inglaterra”. Y allí están ellos, con su pinta antisistema y su “historia desde abajo”, desgranando la margarita de si venderse al mejor postor y pasar a escribir la historia de Convergencia (y Unión), o seguir con su trabajo en la correduría de seguros cebando al gran capital a costa de representarle un coste nimio y prescindible.



Para acabar están los historiadores funcionariales. Son los que no tienen corazón. Se lo dejaron en alguna ventanilla, comprando los timbres que correspondía adjuntar al impreso seriado que inicia el procedimiento administrativo de acuerdo con el formato oficial y oficioso marcado por la oficina de subvenciones partidistas. Cada vez que abren la boca es para montarte un proceso que deja al de Kafka en una partida de tetris. Vamos, que Torquemada a su lado es un voluntario de la Cruz Roja. Cuando hablan de independencia se refieren a celebrar su enchufe institucional con subdirectores generales y canapés de salmón. Cuando hablan de justicia quiere decir que si les contradices entras en una lista negra que, por larga, parece las “cuentas del Gran Capitán”. Entonces te castigarán con su indiferencia y las verás levantar su mentón bien arriba, muy estirado, mientras se marchan sin despedirse, con documentos valiosos que no son suyos y que no estaban relacionados en el escrupuloso inventario en el que sí te apuntaron, en cambio, dos gomas milán, tres vasos de plástico y un caramelo de anís.



Toca hacer autocrítica y meterme en la clasificación. Sin duda pertenezco al estadio más lamentable; el de los historiadores express. Son los que no tienen resuello ni aliento, porque no dejan pasar un trabajo ni aunque no sepan hacerlo. Por eso las revistas les tienen de apaga-fuegos y les encargan una reseña en tres días. Cada vez que abren la boca es para lamentarse porque, como no son del Opus ni juegan al golf con Polanco, ganarse las habichuelas les cuesta un esfuerzo insostenible sobre el que cuelga permanentemente una espada de Damocles. Investigan a deshoras y los desplazamientos al archivo, o a un congreso, se lo pagan de su bolsillo, sin subvención.

Los maestros llenan su expediente de matrículas de honor que no les sirven para nada, porque les da ternura ver cómo se esfuerzan. Los arribistas se ríen de ellos porque saben que, por mucho que corran, ni publicarán ni les harán sombra en las tertulias. Los meritorios los desprecian porque andan impulsando sueños que ellos abandonaron hace mucho, y porque ellos hablan cuando tienen algo que decir, no cuando les dan permiso para hacerlo. Los del ombligo pequeño les ignoran porque creen que, con tanta prisa y tanta divulgación, los historiadores express nunca sabrán tanto como saben ellos, que están a punto de descubrir qué coño llevaba Walter Bejamin en su maleta. ¿Y los funcionariales? Siguen enfadados. ¡Resulta que los heridos son ellos!

sábado, 12 de enero de 2008

UN DÍA DE CÓLERA Y UN AÑO DE MIERDA



Nuestro autor más vendido en el extranjero recrea el dos de mayo de 1808 en su nueva novela. Sirviéndose de su experiencia como corresponsal de guerra, ha confesado en una entrevista a Clío que pretende poner al lector “en la puta calle; (…) que corra, que sienta el sudor, el descontrol, el miedo, las navajas”. Siempre critiqué la “españolitis” de su Alatriste, pero esta vez me gusta cómo denuncia las sucesivas manipulaciones sufridas por el “mito del 2M”: Arturo Pérez Reverte se lamenta de que posteriormente “abrió las puertas a la reacción. Nos devolvió a los reyes y a los curas cuando estábamos a punto de librarnos de ellos”. Incluso llega a decir, en un provocador titular, que “en 1808 los malos tenían razón”.

Lo que don Arturo ya no cuestiona es que el levantamiento simbolice un extendido sentimiento “nacional”. Reconozco que es indudable que la “Guerra del Francés” fue un eslabón importante en el largo parto de España, pero las principales causas del levantamiento anti-francés me parecen otras. Por un lado, la presencia ocupadora (el alojamiento militar) desencadenó crisis de subsistencias en aquellas sociedades agrícolas de frágil equilibrio demográfico, del mismo modo que lo habían hecho durante el Antiguo Régimen los ejércitos que “vivían sobre el territorio” y se alimentaban de él. La otra causa decisiva es el componente religioso: el clero arremetió contra los franceses desde su aparato de propaganda (el púlpito) porque, en tanto la Revolución (y el Código Civil napoleónico) preconiza un estado laico, se la puede acusar de “deicida”.



Si hay ideología en los madrileños que se enfrentan a los mamelucos en la Puerta del Sol, ésa es “altar y trono”, no “nación”. Los que salieron a la calle contra los franceses lo harían hoy para secundar una manifestación “por la familia” contra un gobierno “ilustrado” (¿afrancesado?) que trabaja por la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Ya saben, esas ideas ponzoñosas -la libertad, la igualdad y la fraternidad- que llegaban de París en libros que atravesaban la frontera con portada de Biblia para no despertar sospechas…

El 2008 llenará la calle de obispos teocón y otros nostálgicos intentando inclinar el resultado de las inminentes elecciones. Habrá sesudos ensayos vendiéndonos el dos de mayo como el bautismo en sangre de la nación. Porque la palabreja en cuestión sigue desbordando corazones, nublando mentes, cargando explosivos y pintando banderas. Yo, mientras, seguiré pensando que –para que haya nación- tiene que haber antes revolución o romanticismo.

Me explico. En “El nombre de la cosa: debate sobre el término nación” (Centro de Estudios Políticos y Institucionales, Madrid, 2005) José Álvarez Junco, Justo Beramendi y Ferran Requejo, adjudican a la nación tres significados distintos. El primero sería el que la haría sinónimo de “estado”. Es la más incoherente, habida cuenta de que hay estados multinacionales (como Gran Bretaña o España), y naciones sin estado (como Escocia o Cataluña). El segundo significado definiría la nación como “una comunidad humana dotada de una unidad cultural esencial”. Se refieren a la definición romántica decimonónica, nacida de la reacción local contra el universalismo de la revolución francesa, y segura de una esencia personal que, contra el universalismo abstracto y el libre contrato, nace naturalmente con la persona para determinar su esencia.

La tercera opción es la que define la nación como “el grupo humano entre cuyos componentes domina la conciencia de poseer ciertos rasgos culturales comunes (…) y la intención o el deseo de establecer una estructura política autónoma”. Es la base más obvia, porque insiste en la voluntad. Es una definición liberal, contractual, cosmopolita, que nace de la cultura política de la Revolución Francesa, o del “contrato social” de Rousseau…

Según ella, Cataluña y el País Vasco, sin duda, lo son. ¡Pero atención! ¡España no es sólo un estado! Porque también hay un elevado número de personas que creen firmemente en la existencia de una nación española y se consideran parte de ella. Por eso los autores del estudio citado proponen definirla como una “nación de naciones”. Lo mejor de la tercera definición, a mi entender, es que parte del deseo y la voluntad actuales, negando el papel que los montaraces de una y otra subjetividad otorgan a la Historia para lanzar a su nación contra los que la niegan. Si creyéramos firmemente en la democracia, ¿nos haría falta apelar a 1714 o a 1808 para inventar un pasado que refuerce nuestra demagogia?…

domingo, 6 de enero de 2008

TORPEZAS POR LA PARTE POSTERIOR: La sodomía en el Santo Oficio de Barcelona

El auto-bombo que satura este blog ha abandonado últimamente sus márgenes para derramarse con egocentrismo por las entradas. Por eso me apetece hoy presentar el contenido del trabajo de investigación que, precipitada y alevosamente, desarrollé en el Archivo Histórico Nacional este verano para ganarme el certificado de suficiencia investigadora. Lo presenté ante el tribunal en septiembre y me gané otro inmerecido excelente, por el que quiero dar las gracias al tutor de mi tesina: Joan Bada se acaba de jubilar y sin embargo conserva una aparentemente inagotable pasión por la investigación, la docencia y la Historia. Es un hombre sabio y un profesor exigente, paciente en la escucha y con un indefinible brillo en la mirada que quizá no sé explicar porque se me agotó la fe en alguna esquina del camino, siendo adolescente. El autor de una Història del cristianisme a Catalunya (Pagès, Lleida, 2005) más atenta a la iglesia como asamblea de cristianos que a la jerarquía y sus dogmas es un sacerdote peculiar, capaz de impulsar un manifiesto contra la radio vociferante de los obispos. Me propuso que trabajara con los archivos inquisitoriales y cuando le respondí que me quería centrar en los procesos por sodomía, ni se sorprendió ni se escandalizó. Al contrario: me proponía hace poco que, si quería convertir mi trabajo en una tesis y le hacían emérito y por tanto le capacitaban para poder dirigir tesis, lo haría encantado.

Mi trabajo acaba reseñando un documento que reúne todos los ingredientes que he podido encontrar al sistematizar la búsqueda documental de sodomitas en las relaciones de causas que el tribunal barcelonés del Santo Oficio de Barcelona enviaba a la Suprema. Se trata de la causa de Mateo Cabanya, un soldado piamontés de treinta y siete años inculpado en 1603 por ocho testigos de que había dormido en un aposento de un mesón con un muchacho francés. Ese joven, que se llamaba Etienne, declaró que había sido sobornado, porque le habían ofrecido “llevarle consigo, que él yría a la corte a servir los príncipes de Saboya”, y que después de acostados, Mateo le había “abrazado y besado y dicho que le quería mucho”. Los cirujanos le hallaron una inflamación que creyeron demostraba que aquellas partes habían recibido fuerza, por lo que fue desterrado. Mateo no tuvo tanta suerte: “fue puesto a cuestión de tormento y solamente de seis vueltas de cordel no muy apretadas y después ligado a la garrucha se le hizo conminación de subirle en ella y mostrándole las piedras que suelen atarse a los que por ella suben y estuvo negativo, vuelto a ver en consulta se acordó se le diesen cien azotes por las calles” (AHN, Inq., Libro 731, f. 496.) y fuera enviado a galeras.
En esta historia con minúsculas, anécdota para nosotros pero drama para sus protagonistas, hay un soldado adulto, aparentemente soltero y alejado, en su vida cotidiana en la milicia, de cualquier contacto con mujer; hay un joven, sobornado con promesas de un futuro mejor que quizá pueden calmar su necesidad, y quizá calmen algo más. Hay unos testigos –ocho, por si fueran pocos- que denuncian, erigidos en salvaguarda del orden social, haberles visto compartir cama en un espacio de sociabilidad masculina en el que transcurren muchas de las historias de sodomitas de las que nos ha dejado constancia el aparato funcionarial de la inquisición: el mesón, la posada, que proporcionan la intimidad, el acceso al contacto, la oportunidad… Esos ocho denunciantes, por su parte, representan la mirada vigilante, condenatoria, temerosa del castigo divino, de una sociedad en proceso de estandarización, sometida a reglas, presta a condenar cualquier disidencia.
Hay una estructura funcionarial implacable y fría, consagrada a extirpar la mala costumbre para alejar el castigo divino, dispuesta a arrancar la confesión bajo tortura con cotidiana ejemplaridad, siguiendo instrucciones precisas que vienen de mucho más arriba...
Hay también unos insólitos abrazos y unos desesperados besos, incluso una precipitada promesa de amor pasajero: le dijo “que le quería mucho”. Todo lo cual podría desmentir, si me hubiera encontrado algunos casos más, la acusación que pesa sobre los sodomitas (aún hoy) de que evitan cualquier afecto. En aquel caso de 1603, el deseo debió romper los diques del disimulo y la contención, y nos permite intuir que en el sexo furtivo de los sodomitas había más que promiscuidad y precipitación desordenada.
Y finalmente, hay un castigo que, como la mayoría de las sentencias de sodomía, no es de muerte entre las llamas. Pero que incluye el dolor de unas personas desterradas, azotadas, cosidas durante años al remo de una galera. No queda rastro histórico del dolor –físico o íntimo- que sufrieron. Y por eso no podemos apenas referirnos a él. Tenemos que historiar las vivencias de los “homosexuales” –perdón por el anacronismo- de entonces a través de los castigos que recibieron, que sí han quedado escritos en el lugar donde yo he buscado sus sueños y sus deseos, sus ansias por compartir y por abrazar (¡Aunque no por casarse!). Me gustaría haber conseguido darles voz de alguna manera, en la confianza que empatizar con su sufrimiento no implica olvidar el rigor histórico.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

EL SOLITARIO SOLIDARIO (ESO SÍ, AGRADECIDO)



Pues hay ocasiones en las que las palabras parecen inútiles. Cuando alguien que escribe como los ángeles te dice que considera tu trabajo lo suficientemente competente como para darte un premio, pues qué vas a decir. ¡Te quedas mudo! Y te felicitas de haberle conocido y de haber tenido la oportunidad de tomarte un par de cafés hablando de todo lo divino y lo humano con ella… Conocí a Thais poco después de que, con esa timidez picarona con la que se sonríe a veces, presentara su novela en un acto multitudinario al que asistí. Andaba yo entonces colaborando con una tele, donde semanalmente presentaba una sección de libros que duraba 4 minutos. Fue tan generosa conmigo que se vino a hablarnos de las fiestas que, en honor de Safo, organizaba la indómita Natalie Clifford Barney en la rive gauche del París de entreguerras (es la chica de la foto).



Fue uno de esos actos que organizo con cierta alevosía. Y en el que, por cierto, me encapriché de un chico del público, hippioso, ravalero y muy guapo, que me pidió mi teléfono. Ni que decir tiene que me rompieron el corazón, pero bueno… ¡para eso está! Más vale tenerlo roto en mil pedazos que guardarlo inmaculado en una caja fuerte. ¡Pero eso es otra historia! ¡Lo que quería decir es que fue delicioso escuchar a Thais aquella tarde!



Hace unos meses ya que volví a ser el beneficiario de su generosidad: me concedió un premio desde su blog "La inquietud de Mara" (cuyo link también figura en el apartado de blogs amigos). No he tenido tiempo de darle las gracias porque hace unos meses que con tanto ajetreo vital he descuidado muchas cosas. Principalmente leer por placer, nadar todos los días, mi gata (que ahora vive “con sus abuelos”), y la amistad. Son olvidos imperdonables, pero perfectamente justificados por las circunstancias. Y que también explican mi ciber-mudez. ¡Espero verte pronto, amiga! Y que estés muy bien…

viernes, 7 de diciembre de 2007

LAS LÁGRIMAS DE GORBACHEV



Hay que agradecerle a Llibert Ferri que el 13 de noviembre pasado se citara con nosotros en la Biblioteca Pública Arús para recordar el 90 aniversario de la revolución bolchevique y el primero del asesinato de la periodista Anna Politkovskaia. Comenzaba lamentándose por el hecho de que la poesía visual de Eisenstein en Octubre acabara incorporándose a la historia oficial de la revolución iniciada en 1917 para dotarla de una mística de la que los progres, pese al eurocomunismo y Suresnes, no hemos sabido desprendernos...

Después nos sumergió en aquel mundo gris (y rojo, pero de sangre) nacido de ella, con su industrialización planificada y sus colectivizaciones forzosas. Y en las expectativas que despertó la muerte de Stalin, cuando el XX Congreso del PCUS demonizó al tirano, aunque sin cuestionar las imperfecciones del sistema. Nos contó que, pese a la moderación del cambio, Kruschev despertó las suspicacias del aparato al que intentó dotar de “rostro humano”. Por eso sufrió varios intentos de destitución y tuvo que desautorizar el aperturismo húngaro. Budapest también se encharcó de sangre y dejó paso a toda aquella retórica ideológica filo-científica que, por muy preocupada por la justicia que estuviera, obviaba la libertad con una sorna inhumana.

Cuando en Helsinki (1973-1975) se reconocieron las fronteras y el reparto de Europa que 1945 había consagrado por la fuerza, los soviéticos firmaron el Acta que les comprometía a impulsar los derechos civiles. La fuerza de la disidencia creció entonces ante el fracaso de la verborrea, el inmovilismo y la carrera espacial. En 1982 el GOSPLAN se vio obligado por primera vez a publicar datos de crecimiento negativo, y poco después se encargaba a Gorbachev que salvara el sistema.

Fue aquí, al recrear con viveza su tiempo de corresponsal, cuando el relato de Llibert Ferri se llenó de sutiles matices. Apeló a la teoría de las “dos almas del comunismo” para explicar la esencia del personaje al que pudo entrevistar en varias ocasiones: había un “alma totalitaria” en la pretensión de levantar -sobre las cenizas de un mundo podrido-, un nuevo mundo lleno de pretensiones y sueños justos; pero también un “alma liberal”, ajena al propio cuerpo y rechazada por él, a la que pertenecían humanistas como Mikhail Gorbachev.

Como Trosky había predicho en “la revolución traicionada”, la burocracia nacida de la revolución se había apropiado del poder y, al hundirse la URSS, se disponía a tomar al asalto la propiedad privada. Boris Eltsin, la mafia enriquecida por las privatizaciones, la clase política alimentada por el modelo ultraliberal occidental, y los economistas norteamericanos contratados para desmantelar la economía dirigida e implantar el libre-mercado ejercieron de padrinos de un capitalismo implacable. El precio humano de aquella tragedia es fácilmente comparable al sufrimiento revolucionario, incluso es posible que lo exceda: la inflación galopante, la caída de la producción, los ahorros desaparecidos, la pobreza inesperada, se llevaron más de 10 millones de personas, según informe de las Naciones Unidas que nuestro impecable ponente citó. ¡Nada que envidiar al experimento político anterior, con su violencia política inmanente y sus deportaciones a Siberia!



Es un placer escuchar al periodista independiente, al que no se casa con nadie y paga su precio a sabiendas. Por eso espero con ganas el ensayo que Llibert publicará sobre el tema, próximamente, en Eumo. Porque con esa capacidad tan propia del periodísta de encontrar en el marasmo de información el dato simbólico y gráfico, nos describía los ojos humedecidos de Gorbachev cuando, en una tercera entrevista que le concedía en el 2000, recordaba la ocasión en la que, acompañado de Raysa, se sometió espontánea y transparentemente a las preguntas de los periodistas. Resulta fácil imaginar que aquel político brillante y bienintencionado lloraba tanto por Rusia, triste y eternamente obligada a elegir entre zares rojos o zares de sangre azul, como por el recuerdo añorado de su compañera perdida.

Del árbol caído todos hacen leña, y hoy opacas fundaciones americanas, politicastros de salón y dinastías de magnates petroleros se consagran a denunciar los excesos de aquella experiencia poco edificante pero capaz de alzar un tambaleante rascacielos que publicitaba sueños en su azotea y escondía penurias en sus oscuros sótanos. Sin embargo, todos los excesos de aquel sistema no deben hacernos olvidar los del sistema que le venció: este otro consagra la libertad menospreciando la justicia, y elabora turbios discursos que legitiman el olvido de los que se quedan en el camino, víctimas de la pobreza, de las pateras, de los contratos basura, del intercambio desigual, de la deuda externa, del legado colonial, viendo cada día sus vidas subastadas en el “casino global”. ¡Gracias a Llibert Ferri esos 10 millones de rusos tuvieron el mismo recuerdo emocionado que los que se quedaron en el GULAG! ¡Lo merecen igual!

lunes, 15 de octubre de 2007

LOS BUENOS BLOGGEROS HABLAN DE AMOR...

Los últimos meses han sido como un gran premio de F-1 en la vieja carretera del Garraf: mucha curva, mucho peligro de despeñe, apenas un milagro contenido, una suerte vigilante pendiente de los detalles y una inconsciencia absurda que provoca una falsa sensación de plenitud. ¡Los mismos ingredientes que enamorarse! Sin embargo, lo que en enero me parecía un camino de cabras cuesta arriba, hoy es pasado superado: por lo que no me queda más remedio que prometer a los amigos más pacientes que abandonaré mis lamentos de plañidera mal pagada sobre mi divorcio con la suerte. Me sorprendió en Les Roquetes, envuelto en compañeros de eficiente profesionalidad y corazón generoso, la convocatoria de oposiciones. Tomé el toro por los cuernos con cierto escepticismo. Sin embargo, cuando el inspector que me valoró la gestión del aula me puntuó con alabanzas lisonjeras, la ambición empezó a torturarme los nervios con tan punzante escozor que dejé de morderme las uñas para empezar con los muñones.



Después vinieron la confección de la programación de un curso entero, que por cierto terminé menos de 24 horas antes de su fecha de entrega, y el sorteo de las cinco bolitas en el que el azar me premió con dos temas de historia. Era la parte que más había temido, porque no había tenido tiempo de estudiar nada… Nada quiere decir que, de 75 temas, apenas llevaba 20 conmigo… No por estudiarlos, sino porque te gustan lo suficiente como para que te acompañen siempre, y te apetezca reciclarte en ellos con relativa frecuencia.

El caso es que seduje suficientemente al tribunal como para lograr la tercera mejor nota de la zona, y que –pese a tener poca antigüedad y alegar por tanto apenas un puñado tan pequeño de puntos que, de tan escasos, más bien parecían de sutura- pude elegir un destino cercano a mi casa que sustituirá los eternos desplazamientos de entonces por un ligero paseo. Pero hubo más logros: ganar la presidencia de la asociación Fent Història me está permitiendo impulsar un equipo lleno de entusiasmos, ideas y matices. Tomando una cerveza de verano en una terraza en Gracia por poco no me echo a llorar de alegría por su generosidad, viéndoles reír y rivalizando por tomarse las palabras unos a otros. Historiadores de convicción y soñadores de corazón, tengo la impresión de que vamos a hacer muchas cosas chulas juntos… A mi lado tengo el apoyo de mi granadina lorquiEva, que tiene mucho arte; y otra Eva que maquetando tentaría a Adán cual manzana con curvas; y una Victoria que es tan sabia que me llena de orgullo compartir cartel con ella en la Casa Elizalde; y una Isa que, además de dejar que me tome la confianza de cambiarle el nombre, me cubre las espaldas mejor que María Teresa Fernández de la Vega cubre a ZP; y una Virginia que es capaz de compartir lo que nadie se atreve a compartir; y un Jordi y un Luis –excelentes discutidores y polemistas- que sobre todo destacan por su compromiso por la Historia como herramienta de libertad de pensamiento. El viaje tendrá escollos, pero también voluntad de consenso para superarlos. Espero que sea creativo y se llene de oportunidades…



En todas esas trincheras andaba metido cuando recayó sobre mi un encargo difícil: hablar en público nunca ha sido para mi tan peligroso como para los que me escuchan, pero cuando el tema lo ha elegido una amiga muy competente y que se pone pachucha, la tierra parece temblar con intensidad Lisboa 1755. Lo mejor de aquel acto fue conocer que hay apasionantes experiencias de renovación docente en la facultad, y buenos profesionales (pre)dispuestos a escuchar a los alumnos.

En las reuniones preparatorias del acto, tuve la oportunidad de escuchar a la doctora Marta Sancho decir que “ser historiador”, (y yo lo apunté en la agenda precipitadamente con letra de médico extendiendo receta), “no es una profesión, es una forma de vida”. Espero que no lo tenga registrado, porque se lo pienso copiar a destajo… porque tiene razón al decir que las gafas de mirar que hemos elegido para entender el mundo a nuestro alrededor no funcionan sólo en horario de oficina…



Por lo que respecta a la doctora Teresa Vinyoles, me resulta difícil camuflar la incondicionalidad del aprecio que le guardamos todos los que empezamos la carrera en 1996. Llegamos perdidos a la facultad y –en una clase primeriza y vespertina- nos contaba que acababa de regresar de un congreso que había incluido una visita a un castillo. Y que, preguntándose con algunos compañeros por la zona más gastada de los escalones que subían a la torre del homenaje, habían concluido –al preguntarse qué pasos habrían dejado aquel desgaste en la piedra milenaria- que la Historia era aquello: preguntarse por las huellas y las personas que las dejaron.



Recuerdo que un escalofrío de emoción me recorrió la espalda. Mi mirada coincidió entonces con otra estudiante con la que apenas había cruzado algunas palabras hasta entonces. Nos sonreímos. Eva Ubarti aun hoy aún es una de mis mejores amigas. Y, como todas las personas a las que he mencionado en este texto, también ha dejado huella.

domingo, 14 de octubre de 2007

40 AÑOS DESPUÉS, DAVID SE CONVIRTIÓ EN GOLIAT





















Recomiendo efusivamente una lectura que abrumó despiadadamente mi último trayecto en tren entre Barcelona y Manresa: me refiero al último número de La Vanguardia Dossier, que está dedicado al conflicto Israel-Palestina. Aunque el tema te encharca el alma de sangre y tristeza con sólo mencionarlo, me siento obligado a tratarlo con la sutileza que requiere porque en mi horario lectivo en mi nuevo destino docente figura un crédito variable dedicado a la geopolítica que amenaza con eternizarse en áridos debates sobre “paz positiva” y “paz negativa”. Una alumna de trece años reflexionaba en voz alta el otro día ante sus compañeros, mientras yo intentaba convencerles de la diferencia entre “paz justa” y “paz posible”, que –si tan ventajosas resultan las paces pragmáticas y poco idealistas- por qué israelíes y palestinos parecen tan poco dispuestos a intentarlo. Los adolescentes tienen una asombrosa capacidad de helarle la sangre a cualquiera; por lo que –enfrentado a mi ignorancia por una joven brillante- me arrastré hacia un kiosco y me compré el dossier de La Vanguardia.

¡Su lectura es tan apasionante como dolorosa! Abordar los cuarenta años que se cumplen ahora de la victoria israelí en la Guerra de los Seis Días implica contemplar de golpe 120 años de odios, prejuicios, culpas, estereotipos, desconfianzas y miedos. Cuando la Historia da vértigo, los historiadores pueden ser útiles; por lo que el dossier reseña algunos libros que quieren dar luz sobre el tema. Por un lado, el ex presidente Jimmy Carter critica en Palestina; paz, no apartheid los 40 años de ocupación israelí en Gaza y Cisjordania, aunque siempre ha defendido el derecho de Israel a la paz y la seguridad, y siempre ha condenado con vehemencia el terrorismo palestino. Creo que eso le da suficiente crédito como para seguirle en su crítica de las estúpidas consignas que la Vulgata neoliberal cacarea para explicar el Próximo Oriente: “Israel es la única democracia en Oriente Medio. Está rodeada de dictaduras enemigas cuyo principal objetivo es destruir el estado judío y expulsar a su población al mar. El holocausto inmuniza a Israel contra todas las críticas: todo lo que haga para protegerse contra el terrorismo y garantizar la supervivencia del estado judío es apropiado”.






















Sin duda, el tema necesita de materiales más completos que esas simples consignas. Por eso el dossier de La Vanguardia reseñan también dos estudios recientemente aparecidos: 1967, Israel, the War and the Year That Transformed the Middle East, de Tom Segev; y The accidental empire. Israel and the birth of the Settlements, de Gershom Goremberg. Por ellos sabemos que en 1967 Nasser no tenia intención de atacar Israel, que el estado mayor hebreo lo sabía, que los incidentes fronterizos con Siria que movilizaron a Nasser fueron provocados voluntariamente por unidades israelíes (según confesión del general Moshe Dayan) y que el pánico que se apoderó de los ciudadanos judíos sirvió para justificar una guerra que el estado mayor contemplaba desde mucho antes y que –en lo que podría ser considerada una “revuelta de los generales”, y por qué no, un golpe de estado- fue impuesta al primer ministro de entonces en el curso de una reunión tumultuosa.

No se trata de una cuestión local, del propio estado judío, puesto que el panorama actual en el Próximo Oriente, el que nos afecta a todos, nació de dos consecuencias de la guerra de los Seis Días. Por un lado, el debilitamiento de la influencia soviética que había armado a Egipto y Siria (Nasser expulsó a los técnicos y asesores soviéticos y se pasó al bando americano). Que el prestigio soviético se derrumbara en Oriente no sólo es un capítulo de la evolución de la “Guerra Fría”, porque el descrédito del nacionalismo árabe, laico y socialista, dio paso al prestigio de regímenes conservadores pronorteamericanos: Arabia Saudí sustituyó a Egipto en el liderazgo del mundo árabe y difundió… ¡en fin! No me quiero apartar de lo que intentaba: recomendar el sesudo dossier, que contiene una feliz selección de libros, películas, novelas y enlaces. Y apasionados artículos enfrentados, que discuten pros y contras de las soluciones uniestatal y biestatal. Y la voz a Gideon Levy, columnista de Haaretz, que denuncia la “religión de la seguridad” con la que se justifica todo lo que ocurre en el patio trasero de una democracia que no puede ser tal si ignora tratados internacionales, expropia tierras, traslada colonos, se dedica al pillaje y encuentra justificaciones para tales actos. ¡Porque en Israel también hay almas sensibles que no lloran sólo por los suyos! ¡Y que por eso no son escuchadas! ¡Démosles voz tanto como podamos! ¡Sirvamos para algo!

sábado, 4 de agosto de 2007

NEGRÍN, NUMANCIA EN LLAMAS Y LOS PATRIOTAS DE HOJALATA



Qué buena noticia que el Museo de Historia de la ciudad de Barcelona haya acogido la exposición que la Fundación Pablo Iglesias ha dedicado a Juan Negrín, cuando coinciden la biografía de Ricardo Miralles Juan Negrín, la república en armas (Temas de Hoy, 2003), y otra más reciente de Enrique Moradiellos. Se quiere reivindicar al que fue presidente del gobierno republicano desde mayo de 1937 y superar la triple acusación que apestó al personaje hasta hoy: que entregó la república a los comunistas, que fue el responsable de la salida del oro a Moscú y que su obstinación de resistencia a ultranza condujo a un final sangriento de la guerra.

Parece claro que el primer objetivo político del gobierno Negrín fue recuperar el poder político para el estado. Dar mayor poder a los partidos y quitárselo a comités y sindicatos era un paso básico para aparentar legalidad constitucional y ganarse así apoyo internacional (y entregas de armas). Por eso negoció con el Vaticano la apertura de las iglesias intentando dar garantías de seguridad. Me sorprende que los mismos que le adjudican el asesinato de Andreu Nin descalifiquen el "desorden" y la anarquía republicanos. Esos gallitos de espolón español que cacarean letras para el himno nacional, ¿no estaban en contra de las colectivizaciones en Aragón y denuncian la puesta en marcha de una supuesta “tercera república” nunca votada por los ciudadanos y en proceso de satelización del universo comunista? ¿No es contradictorio criticar la “revolución en marcha” de la CNT y la FAI, y al tiempo criticar que ese proceso se detuviera con violencia sumaria?

Profesionalizar el ejército era la otra cara la misma moneda: era urgente unificar el ejército popular y arrebatárselo al control de pandilleros y milicianos oportunistas. El gobierno Negrín no sólo agrupó bajo la presidencia de Prieto un nuevo ministerio de defensa nacional que integraba los de guerra, marina y aire. También puso al frente del ejército al mejor general de la república: Vicente Rojo será el protagonista de las estrategias diversivas que pretendían salvar el norte primero (Belchite y Brunete), evitar que el avance nacional separara Cataluña de Valencia (Teruel) y resistir a toda costa (El Ebro). Era una apuesta resistencialista que confiaba que estallaría la guerra en Europa y un conflicto internacional entre democracia y fascismo forzaría el apoyo francobritánico para los republicanos. Quienes critican ese “resistir es vencer”, ¿por qué callan que Franco no escuchó los Trece Puntos de mayo de 1938 ni los agónicos intentos de pacto del General Casado, y exigió una rendición incondicional que le permitiría imponer en toda España el silencio de los cementerios?

Las 7800 cajas con 600 toneladas de oro que viajaron de Cartagena a Odessa (el 72% de las reservas del Banco de España, el cuarto más rico del mundo) pretendían la pervivencia de la república en un momento en el que se temía que los aliados decretaran un embargo financiero parecido al que –respecto a las armas- había establecido la conferencia de Londres. La desconfianza, a mi juicio razonable, de la izquierda respecto a los medios financieros internacionales, acabó forzando la entrega del oro a la mafia soviética. Los que están tan preocupados por el precio político que supuestamente pagó el bando republicano, el precio y la calidad de las armas pagadas con el oro de Moscú, ¿por qué olvidan que hubo un “oro de Berlín” y niegan el apoyo masivo, decidido e inmediato que permitió a Franco saltar el estrecho en aviones alemanes?

Al final de la exposición un documental ofrece algunas claves sobre este asunto, que en el discurso expositivo apenas aparece tangencialmente. En él aparecen los mejores especialistas, como Angel Viñas, Julián Casanovas, Santos Juliá o –hablando sobre la calidad del material de guerra ofrecido por los soviéticos- Gerald Howson, quien ya decía en Armas para España (Península, 2000) que, aunque la república recibió fusiles de ocho calibres distintos, dificultando así la logística y la formación de reclutas, los aviones que recibió eran “el último grito”: los Mosca, dice en el documental, eran los primeros aviones de combate moderno y mostraron verdaderos virtuosismos en el aire contra la aviación enemiga. Las maquetas de los aviones son una de los aciertos de la exposición, junto con la recreación del laboratorio de fisiología que Negrín dirigió en 1916 en la Residencia de Estudiantes, o la entrega al visitante de un excelente programa de mano con fotografías, textos de los paneles y reproducción de fuentes primarias.

El tema de la gestión de los fondos en el exilio, con el que es probable que pudiéramos empañar la memoria de Juan Negrín, queda al margen de la exposición. Curiosamente, estos voceros de conducción temeraria, campos de golf y recalificación de terrenos de ciudades deportivas, padrinos de historiadores de tres al cuarto, omiten también la crítica. Seguro que después de escribir esta entrada, además de la tradicional enemistad de sus rapados seguidores, me he ganado la de algunos alternativos de estética neohippie a los que enternece la “utopía igualitaria”. Debo confesar que, de vivir aquel caos violento e imprevisible, hubiera preferido ganar la guerra antes que hacer la revolución. A fin de cuentas, sin guerra ganada, revolución no habría nunca. Aunque ellos me dirían que con la guerra ganada tampoco, y probablemente tendrían razón.